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Medellín años veinte se vistió de cóctel

El Edificio Gonzalo Mejía era la mayor oda al art nouveau de Medellín. Fue demolido en 1967 sin que se levantara protesta alguna. Parece que ningún antioqueño lamentó su pérdida. La nostalgia vino después, con las generaciones posteriores y las redes sociales, que lo idealizaron.

19 de mayo de 2020

La emancipación colonial de Antioquía cambió de color y manos el oro, piedra filosofal de lo que había sido el dominio español en Latinoamérica. Lo cambió de color tostándolo paulatinamente. Agotadas o vendidas sus explotaciones mineras, dio paso al comercio del café, a partir del cual se prolongaron en el tiempo las fortunas de familias locales como los Ospina y los Jaramillo. En tanto la sombra de una Gran Colombia seguía planeando, saludando y prometiendo larga vida a la oligarquía de Medellín, los Jaramillo en concreto asentaban allí su poderío económico, con edificios patrimoniales de familia que enseguida derivarían en grandeur burgués a lo centroeuropeo.

De 1880 a 1920 se mantuvo en pie la Casa de los Jaramillo sobre la confluencia de la Avenida de la Playa y el Pasaje Junin. Pero cuando el negocio de la banca y la finca raíz también comenzaban a volar alto en Medellin, hacia 1924, el edificio Gonzalo Mejía ocupó su solar. Levantó en él la mayor oda al art nouveau que en cientos de kilómetros a la redonda podía escucharse con los ojos. “El Teatro Junín y el Hotel Europa representaban un fragmento del sueño burgués de nuestras élites en el siglo XIX. Su máximo esplendor. Optaba por un tipo de cine, música, moda y rituales a la mesa del hotel muy suyos”, cuenta el profesor universitario y arquitecto Luis Fernando González.

Hoteles históricos. Colombia

Gonzalo Mejía fue un empresario de tercera generación antioqueña, interesado en dotar a su ciudad de gran teatro con hotel anexo, una vez hizo fortuna con el desarrollo del correo aeropostal en el continente iberoamericano. Nada mejor podía esperarse de un magnate benefactor. Y, a fin de dejar claro dónde se inspiraba su idea de progreso recreativo, llamó Europa a su hotel. Es más, para levantar el hotel Europa, en 1922 había dado manos libres al arquitecto belga Agustín Goovaerts, admirador de la obra de Gaudí. Porque, aunque advenedizo en la ciudad, pronto Goovaerts iba a firmar a la carrera los palacios de gobierno y monumentos que requería el enorme desarrollo socio-económico de Medellín, a más de escuelas y cárceles. “Todos los habitantes parecían orgullosos de esas fachadas que un arquitecto extranjero sobreponía sobre las tapias con aleros”, escribe Mercedes Vélez en su libro Agustín Goovaerts y la arquitectura en Medellín. Y agrega para explicar el diseño tradicionalista pero atrevido de la Casa Gonzalo Mejía: “Surgieron cornisas y los aleros comenzaron a desaparecer […] Se abrieron vanos generosos en las ventanas que empezaron a acristalarse, para mejor iluminación de los espacios interiores”.

El edificio Gonzalo Mejía fue el más translúcido y grácil de su cosecha, sin trabas en la secuencias de sus espacios y con sencillez de trazo en las arcadas que lo distinguían como absolutamente moderno. Merecía tal tratamiento el Teatro Junin que con él nacía, dotado de cien lunetas, treinta y siete palcos, dos mil localidades en su patio de butacas y una formidable platea. Y otro tanto cabría decir del alojamiento first class que traía consigo, con treinta habitaciones en las que no faltaba ropero y baño; incluso antecámara, en las catorce de ellas que se anunciaban dobles.

“Don Gonzalo

no lo atajen pa onde va

Ya va llegá

ya va llegá

ya va llegá la carretera

ya llega al má!”,

le cantaban los paisas al empresario Mejía, que tanta libertad de cátedra había dado al nuevo arquitecto de la ciudad. “Gastar agradablemente el dinero es el mejor estímulo para el trabajo”, respondía don Gonzalo.

Poco más de cuatro décadas reinó el edificio Gonzalo Mejía en el centro de Medellín, hasta que en 1967 se ordenó su demolición a modo de magnicidio. Cuarenta años en los que Medellín hacía caja, con champán y espectáculo para celebrarlo, en tanto Europa pasaba tropezando, trastabillada y sin norte, del periodo de entreguerras a la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría.

Murió Gonzalo Mejía Trujillo en 1956, sin prever que su construcción iba a sustituirse por la de un imperio textil, la Casa Coltejer. Por tanto, tampoco pudo adivinar hasta qué punto y cuánto alimentó melancolías la desaparición de su joya art nouveau. Tanto que incluso se recuerda con cariño la decepcionante actuación de nuestra Saritísima Montiel en el Teatro Junin, alojada en el hotel contiguo.

“Es inevitable que se vaya el Teatro Junín porque la esquina donde está situado es la más más valiosa y merece convertirse en una edificación suntuosa, que caracterice el avance incontenible de la ciudad”, hacía saber el locutor del radioperiódico Clarín el 3 de octubre de 1967. “Y, como pronto desaparecerán todos los que recuerden la génesis de la sala, serán felices las nuevas generaciones asistiendo a un sitio grato y que esté a tono con sus exigencias”. Estaba equivocado de medio a medio…

Al hotel Europa acudían, como no podía ser de otro modo, cuantos primeros actores, divos del bel canto y cómicos de la legua, milla de oro en Medellín, programaba su teatro. Así ocurrió con el tenor mexicano Juan Arvizu en 1943, al que la multitud ferviente escoltó el corto trecho que separaba la Casa Gonzalo Mejía de la emisora La Voz de Antioquía, en cuya sala de audiciones había de grabar. También amparó el reposo de las compañías de ópera italianas, españolas y brasileñas que pisaban las tablas del Junin, lo mismo que a los miembros del Ballet Cosaco y a los de la Sinfónica de Nueva York. La actriz Libertad Lamarque saltó de la pantalla en el Junin para alojarse en el Europa del Nuevo Mundo, cuando la edad dorada del cine mexicano se enseñoreaba en su teatro. Y lo propio hizo el músico coral Roger Wagner y el bolerista Agustín Lara.

“El infrascrito tiene el gusto de poner en conocimiento de sus honorables clientes, amigos y del público en general, que ha renovado completamente su establecimiento y, bajo su personal dirección, ha mejorado notablemente el servicio, tanto de la mesa como en comodidades especiales para familias. El establecimiento cerrará a las 10 de la noche, y las noches de funciones teatrales o cinematográficas, a las 12. Se reciben comensales y se sirve a domicilio a precios convencionales y muy módicos. Tarifa para pasajeros con servicio completo, diarios, desde 1,50 pesos oro a 4 pesos oro. Por mensualidades, el 10% de descuento”, rezaba una nota de prensa emitida por el Hotel Europa, que a las primeras de cambio parecía querer renovarse apenas nacer, también cerca del Club Unión, donde las fortunas del país vestían de pajarita y apadrinaban a sucesivos presidentes de la República.

Se afirmaba la tendencia a construir hoteles y teatros puerta con puerta, como si la puesta en escena de cualquier argumento no tuviera que acabarse al bajar el telón. Así se explica, incluso, que las reposiciones de Hollywood en Medellín fueran seguidas con la devoción de un verdadero estreno, para el que parecía esperarse la presencia de Buster Keaton, Humphrey Bogart o Rodolfo Valentino en el cóctel con que el hotel celebraba por todo lo alto la proyección. Pero, entre estreno y estreno, el Teatro Junin acogió así mismo las soflamas incendiarias de los poetas visionarios y surrealistas que abogaban por un orden nuevo, ajeno a los cánones y moral burguesas. Será por eso que los obreros encargados de demoler la Casa Mejía en 1968 apostaban entre sí a ver quién rompía más vitrales importados de Europa para el Europa. El peritaje de todo su conjunto arquitectónico en propiedad, tres años antes, se valoraba en 8.281,298 pesos, según fuentes periodísticas de El Correo.

A finales de la década anterior habían surgido ya iconos de la pantalla, el fútbol y la música dispuestos a romper cualquier monopolio del buen gusto, dada la explosión demográfica ganada por la ciudad. Un nuevo y numeroso público que exigía verbena en el Junin. Al edificarse además el Hotel Nutibara, los ecos de sociedad daban la espalda al Europa.

Fueron aquellos años dorados de la industria textil local, que acabaron con la esquina más cotizada de la ciudad en manos de Coltejer, su empresa líder. Llegaron los años setenta apuntalados de rascacielos, Coltejer elevó tanto como pudo la altura de su nueva sede en la que fuera Casa Gonzalo Mejía y el gigantismo con que quiso conducirse se vio dinamitado financieramente, en sus mismísimos cimientos, cuando la crisis golpeó su sector, apenas inaugurada su gran nave nodriza en 1972. Coltejer se vendió al capital no antioqueño en 1975, su balance se vio insostenible en los años ochenta y en 2001 hubo de acogerse a la Ley de Quiebra. Nada que apelar a su triste fábula.

Poca historia había dejado escrita su gran inmueble de puertas cerradas, que en adelante se abrió a las visitas turísticas y los maratones deportivos que el consistorio organizaba. Carreras que aleccionaban sobre cómo todo lo que sube, baja. Carreras donde se premiaba la rapidez con la que los participantes alcanzaban a pie su ático, para precipitarse inmediatamente escaleras abajo. Nada importaba el tiempo que podía permanecer nadie en su cumbre, disfrutando de las vistas. Y todo porque, en 1999, el bicicrossista Javier Zapata había pedaleado sobre sus setecientos sesenta escalones para alcanzar un récord Guiness.

Coltejer promovió el correspondiente concurso de propuestas arquitectónicas para su edificio, al que respondieron los profesionales top de Medellin, fantaseando con remates de su cúpula al estilo gótico y con remedos del Empire State. Los mismos que habían mirado a otro lado durante la demolición de la Casa Gonzalo Mejía. “La actitud  claramente ética y crítica hubiera sido protestar por la decisión de tumbar la mejor muestra art nouveau en el país”, señalaba Mercedes Vélez en el rotativo La Hoja. Y, por su parte, asegura el arquitecto Luis Fernando González que el común de los medellinenses en absoluto lamentó que se derrumbase la Casa Gonzalo Mejía, excepción hecha de algunos de sus músicos, docentes y actores. “La nostalgia vino después, con las generaciones posteriores y las redes sociales, que lo idealizaron”. Parece que al antioqueño le encanta demoler, para luego comprar nostalgias a cualquier precio.

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