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Eva en los mundos

Escritoras y cronistas

RICARDO MARTINEZ LLORCA

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 188
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda bolsillo

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Es tiempo de tormentas y sobre ellas han escrito, y lo hacen hoy, mujeres de un talento extraordinario para la crónica. En este mes de marzo queremos dar voz y presencia a algunas de las que más nos gustan: Svetlana Aleksiévich, Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Joan Didion, Hayasi Fumiko, Helen Garner, Martha Gellhorn, Leila Guerriero, Janet Malcolm, Edna O'Brien, Annemarie Schwarzenbach, Marina Tsvetaieva y Rebecca West. Eva en los mundos es una colección de perfiles escritos desde la admiración, porque la pasión la ponen ellas. Pertenecen a diferentes épocas, geografías y culturas pero todas ellas comparten una mirada singular sobre la realidad y un robusto sentido de la justicia.
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Histórico noticias



Melancólico y azul. El barrio azul de Jodhpur

Las casas de los brahmanes se pintaron de un precioso azul para evidenciar la distinción que creían tener sobre el resto de los mortales, de acuerdo al sistema indio de castas. El mismo azul que la piel del dios Krishna, un color que simboliza la verdad y la paz espiritual.

11 de abril de 2019

Para sentirse superior se necesitan, al menos, dos condiciones: tener poca capacidad crítica y algo de maldad. A lo que hay que añadir que uno no puede sentirse superior si los demás no lo saben o no lo perciben. Para ello se ha de generar alguna diferencia sobre ellos, por ridícula que sea. Puede ser por la nación, la religión, el color de la piel o, hablando de colores, por el de la fachada de la casa en la que se vive. Los brahmanes de la India han conseguido ser vistos como superiores desde hace miles de años. Es el sistema de las castas, desarrollado por la cultura veda y aún vigente en muchas partes de la India, pese a los esfuerzos de Ghandi por superarla.

Las casas de los brahmanes se pintaron de un precioso azul para evidenciar la distinción que creían tener sobre el resto de los mortales. Azules como el color que el cielo tiene aquí casi siempre, pero también como la piel del dios Krishna, un color que simboliza, en la abigarrada y contradictoria mitología hindú, la verdad y la paz espiritual. Por eso se escogió como distintivo de las casas de los miembros de la casta noble y sacerdotal de Jodhpur. Solo sus casas tenían ese color. El caso es que lo más probable es que un día alguien no brahmán, al estilo de la valiente Rosa Park con su ocupación de los sitios solo para blancos en un autobús de Montgomery, Alabama, decidió que él también iba a pintar su casa de azul. Se puede uno imaginar que la cosa resultó escandalosa en la ciudad. No sé qué le ocurrió a esa persona. Tal vez fue detenida, asesinada o despreciada, pero el ejemplo cundió y poco a poco se extendió.

Viajes

Rafael Manrique.

Otras personas no pudieron hacerlo en un primer momento porque ese color proviene del índigo, un pigmento de origen animal o vegetal (para los más cultos: obtenido del pequeño caracol hexaplex trunculus o de la planta Isatis tinctoria), siempre difícil de obtener y por tanto muy caro. Más tarde, con la creación de los colorantes artificiales, la “operación azul” estuvo casi al alcance de todos. Cualquiera podía pintar así su casa. La subversión se había consumado. Con nada, con una mano de pintura. Y atrevimiento e inteligencia. Ya no había distinción. O sí la había. La de toda la vida: la que hay entre los ricos y los pobres. Esa siempre permanece.

Las casas situadas alrededor de la plaza central de la ciudad antigua, la Plaza del Reloj (inglés, cómo no), son más grandes y están bien construidas. Algunas de ellas se han convertido en modestos hoteles o en restaurantes. Pero al ir subiendo por la pendiente hacia el fuerte de Mehrangarh la cosa cambia. El alcantarillado consiste, en su mayor parte, en regatos por los que bajan las aguas sucias, apenas hay iluminación eléctrica y eso que los amasijos de cables serían dignos de cualquier museo de arte contemporáneo. En la zona alta muchas de las casas siguen pintadas de azul, pero están cerca de la ruina. Ya no hay comercios y la gente ve con gusto a los pocos turistas que llegan. No todos, alguno muestra disgusto por su presencia: Tourist go home. En todo caso, no hay apenas europeos en esa zona ya un tanto sórdida. Y así, mientras las casas se ponían azules, mi compañera se iba poniendo blanca. Era prudente volverse. Pero, a pesar todo, aun en ese ambiente un tanto desolado, las diferentes formas y texturas y los diversos tonos de azules crean un mundo un tanto onírico. Dependiendo de lo cultureta que uno se sienta lo comparará con un pueblo de pitufos o uno de Chagall o de Patinir. No hay que dejar de recordar que las lluvias monzónicas, de estilo bíblico, causan muchos daños, por lo que hay que rehacer la pintura todos los años. ¿Signo de renovación? ¿Están Vishnu, dios de la protección, y Shiva, dios de la destrucción, compitiendo?

Esta teoría que les he narrado me parece la más convincente. Si buscan en las guías o en Internet encontrarán la afirmación de que el azul espanta a los mosquitos. En teoría no es así y en la práctica este viajero les asegura que tampoco. También afirman en la Red que dispersa el calor. Ni hablar. Recuerden los pueblos blancos de Andalucía. Y allí saben de calor tanto como aquí. La teoría subversiva es la más coherente y desde luego la más estética y acorde con la sorprendente visión de las casas. En la actualidad la principal razón del color seguramente será económica: atrae a los turistas encandilados por la rara belleza que desprende esa zona de la ciudad vieja.

Este barrio humilde y azul (como aquel gato que cantaba Roberto Carlos) es especialmente bello desde lo alto del fuerte. Desde dentro la sensación es más compleja. Como suele pasar con casi todo. Ya Juan Goytisolo advertía en su obra Campos de Níjar que hasta las terribles y pobrísimas casas de los jornaleros andaluces vistas desde la distancia parecían un encantador pueblito. De cerca eran el retrato de la miseria más atroz. En una carta a Juan Barnabé de 1956, Julio Cortázar habla de los pobres que ve en las calles de Bombay e imagina que tienen una vida realizada debido a su falta de ambición y a su comunicación con lo sagrado. Mi admirado Cortázar, creo que, a este respecto, no sabía lo que decía.

En este barrio por un tiempo uno no está en la India, ni siquiera en el Rajastán ni en Jodhpur. Está en un lugar extraño, fantástico. Abstracto por un lado y materialista histórico por otro, por ponernos ahora snobs con las definiciones. La visita no tiene más lógica que el encanto de deambular por las estrechas calles. Desde cada esquina se ve dónde hay más casas azules y hacia ahí uno se dirige. Cuando ya se tiene bastante se inicia la bajada por donde se pueda hasta llegar de nuevo a la plaza del reloj. Otra vez se está en Jodhpur. Y ahora la dificultad estará en sortear los tuc-tuc, las motos y las vacas sagradas. Todos ellos y ellas campan por sus respetos.

Viajes

Como seguramente el lector sabe, esta ciudad caravanera se sitúa en la vertiente sur de la ruta de la seda. El Himalaya, Karakorum e Hindu kush imponen dos alternativas de viaje. O por el norte de ellos o por el sur. En ambos casos imponentes desiertos. La norte es la ruta de Samarcanda, Bujara y Khiva. La del sur lleva por Jodhpur y Jaisalmer. Luego se unen por la actual Irán y siguen camino hasta Estambul. De Jodhpur salen también rutas hacia el mar Arábigo para luego continuar por mar hacia África y Europa.

Las diversas rutas de la seda son las creadoras de la primera globalización que conocemos. Son la forma más expresiva y práctica de afirmar que somos una especie hecha de intercambios, de comerciantes, de nómadas, de buscavidas. Y es en ese mestizaje como nos hicimos humanos. Mestizos. Todo el que quiera ser puro es, si se me permite la vulgaridad, puramente gilipollas. No hay que olvidar que por estas rutas transitaron –otra globalización tal vez– aquellos homo sapiens que salieron de África, llegaron hasta aquí, pasaron a China y luego fueron a América y a Australia. El globo terráqueo ya estaba poblado.

La riqueza inmensa que tuvo esta ciudad y sus maharajás dependía de esa ruta. La peor parte del desierto del Thar estaba a continuación o se acababa de atravesar, depende del sentido. Aquí las caravanas obtenían provisiones, agua, protección, descanso. Y pagaban bien por ello. Dátiles, especies, oro, seda, armas, opio, café… esa riqueza inimaginable y esta insólita situación quizá expliquen la desmesura enloquecida de los maharajás. Pero eso es otra historia. Mientras, quedémonos en la memoria que Jodhpur fue fundada por 1459 por Rao Jodha (Jodh-pur, siendo “pur” un sufijo que significa “ciudad de”) invadiendo lo que hoy es Rajastán y fundando un nuevo estado que fue conocido como Marwar. Aunque después fue incorporado al imperio mogol, mantuvo una notable autonomía y gran capacidad de acumular riqueza. Casi lo mismo pasó cuando se aliaron en el siglo XIX con el Imperio británico. Hoy es un importante destino turístico. ¿Triste y azul?

Jodhpur, viaje a india

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