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Histórico noticias



Menos mal que nos queda Portugal

Cien años exactos separan los nacimientos de Byron y Pessoa, entre 1788 y 1888, sellando no se sabe qué lazos líricamente históricos o históricamente líricos. Otra coincidencia: a su paso por Sintra, los dos escritores se alojaron en la posada Lawrence, la más antigua de la Península.

26 de junio de 2017

Si hay un camino bajo los tilos que destile poesía, palabra de poeta, ese conduce sin duda a Sintra, desde Lisboa. Al volante de un Chevrolet por la carretera de Sintra tituló Fernando Pessoa uno de sus poemas más famosos, hace cien años. Lo hizo un siglo atrás, sin más movimientos del calendario por estos parajes que la sucesión de las estaciones meteorológicas: una para cada estado del ánimo viajero. Otoño de libro con hojas caídas. Invierno de mirada monástica alrededor. Primavera en el brote de las aguas bravas. Estío que rima con hastío en el colmo de las melancolías. Bien lo sabía Lord Byron, otros cien años anterior al propio Pessoa, transitando la misma ruta en carruaje, en la cabeza los versos del Peregrinaje de Childe Harold que allí escribiría.

Está documentado que Byron se detuvo varias semanas en la posada Lawrence. Y eso sin sospechar que, a día de hoy, podríamos leer estrofas suyas allí donde tomaron forma. Para nada imaginaba el lord escocés, en fin, que visitaba un hotel llamado a ser, con el tiempo, el más antiguo de la Península Ibérica, demolidos o transformados otros de su misma factura en la ciudad. Por entonces, en 1809, el lugar atendía por “la posada de los caballeros” y llevaba a las espaldas más faena en activo que Byron. No en vano, había sido fundado en 1764, a manos del gentleman Jane Lawrence, que le había dado nombre.

Viaje a Portugal

El terremoto de 1755 en Lisboa sacudió también el reposo de indianos, virreyes y ocultistas en Sintra. Pero con él ganó galones la ciudad como enclave templario y de cuento, en lugar de perderlos. A partir de ese momento, incorporando masones, arquitectos de la fantasía e ilustrados a sus residentes, para entrar con buen pie y mejor hada madrina en la edad contemporánea. De ahí el laberinto modernista de la Quinta da Regaleira, por ejemplo, que no lejos de la posada Lawrence habla de sociedades secretas, logias y culto a la belleza, en semejante rincón atlántico.

Cien años exactos separan los nacimientos de Byron y Pessoa, entre 1788 y 1888, sellando no se sabe qué lazos líricamente históricos o históricamente líricos, de británicos a lusos. Entre una y otra efeméride, en todo caso, la aristocracia de la inteligencia se confabuló y conjuró en Sintra. De 1793 data la estancia en la posada Lawrence del febril William Beckford, excéntrico coleccionista de arte y viajero de quien descienden personajes tan dispares como Rainero III de Mónaco y el diseñador Egon von Fürstemberg. Y, como no podía ser menos, también pernoctó en la posada Eça de Queirós, padre de las modernas letras portuguesas. De hecho, se la menciona en su novela Los Maia: “En frente del hotel Lawrence, Carlos aminoró el paso y se lo mostró a Cruges”, puede leerse en su páginas. Es más, junto a Ramalho Ortigão, otro ilustre huésped del Lawrence, Eça de Queirós publicó el folletín titulado El misterio de la carretera de Sintra, abundando en las mismas sensaciones nebulosas que Pessoa describe rumbo a la ciudad encantada. No es de extrañar, por tanto, que lleven nombres de literatos cada una de las once alcobas y cinco suites con las que únicamente cuenta la posada, devuelta en 1989 a su diseño original por parte del holandés Jan Willem Bos que la rehabilitó, desportillada y perdida parte de su cubierta, desde que en 1961 cayó en el abandono. Reverdecer sus laureles le supuso al holandés, su último propietario, la friolera de quinientos millones de escudos. Todo por no apartar de la circulación semejante templo del hospedaje, por muchos considerado segundo hotel más antiguo del mundo en activo.

Lady Catherine Jackson cita así mismo su paso por la posada en el libro A Formosa Lusitania, publicado 1877, cuatro años después de su segundo viaje por los alrededores de Lisboa. Y lo hace destacando el trato familiar que allí recibe. También la posada hospedó, antes de acabar el siglo XIX, al historiador y político Oliveira Martins, reconocida influencia en nuestra Generación del 98. Y al académico Bulhao Pato, entre los intelectuales portugueses de reconocido prestigio. Así mismo a don Alexandro Herculano, timonel en Portugal de una generación literaria no menos romántica que la de Byron, en cuya nómina figura, cómo no, Camilo Castelo Branco, escritor, adúltero y suicida, por este orden. La posada Lawrence fue fundamental para ocultar los amores prohibidos de Camilo con Ana Plácido, a los que poca placidez furtiva aportaba el apellido de la dama. Y, hablando del pedigrí de la posada como nido de idilios, conviene recordar que el citado Eça de Queirós les puso mantel de cenador a dos de sus protagonistas en Los Maia. María Eduarda se llama la dama de los requiebros que pisa la moqueta del Lawrence, en la obra de Queirós.

Los caracteres del rótulo que luce el Hotel Lawrence evocan la Casa Amarilla que hospedaba a Van Gogh en Arles. Al menos a mí me lo recordó, lejanamente, la noche que cené en su restaurante, creyendo que la escritora a la que acompañaba o que me acompañaba no pasaría a la historia. Pero pasó a la historia como acompañante y, desde luego, como escritora. Entiéndase bien: pasó a la historia con minúsculas, lo que no significa que hiciera Historia, sino que cayó en el olvido, con todas las de la ley y en la pluma seca de los cronistas. El destino pasó página, en fin, entre nosotros, aunque pidiésemos el menú de 1800 que el Lawrence conserva en su restaurante como reliquia gastronómica, tratando de ganarle tiempo al tiempo. No pocas luminarias, luciérnagas o estrellas habrá visto apagarse el Lawrence, que en 1961 palidecía en ruinas y supo luego reverdecer laureles, con la eternidad del ave fénix por bandera. Fusionado con el paisaje que le vio nacer, eterna carretera a Sintra, parece la posada Lawrence bendecida por algo más que el signo del museo viviente.

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