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Histórico noticias



Metz, la ciudad donde los colores hablan de historia

El ocre dorado de la piedra amarilla de Jaumont era el preferido por la arquitectura metzina tradicional, mientras que el ocre gris fue el dominante durante su anexión al Imperio Alemán. Los colores de Metz, en el corazón de la Lorena, testimonian su ajetreado pasado histórico.

17 de diciembre de 2018

Ocre dorado, el de la piedra amarilla de Jaumont, el preferido por la arquitectura messina tradicional. Ocre gris, el dominante en la época de su anexión al Imperio alemán. Los colores de los edificios emblemáticos de la ciudad de Metz, en el corazón de la Lorena, testimonian su ajetreado pasado histórico. Y, todo es de justicia decirlo, salpicado por el verde gozoso de sus innumerables parques y el más azulado de los ríos Mosella y Seille.

 

Un poco de historia

Frankfurt ,18 de Mayo de 1871: la testa gala se inclina frente al pujante Imperio Alemán de Guillermo I y de Bismarck. A la humillación de su derrota en la guerra franco-prusiana del año anterior se añade la pérdida de las regiones de Alsacia Lorena. Ahora serán las Reichsland Elsaß-Lothringen.

Estos territorios, que en la actualidad conforman el Grand-Est francés, vivirán a partir de ese momento, una intensa germanización, lingüística, cultural y administrativa. Y un importante éxodo demográfico: miles de metzinos abandonan su ciudad. Rechazan al ocupante y quieren conservar su nacionalidad francesa, para lo cual deben establecer su domicilio dentro de los nuevos límites de Francia. Además, muchos jóvenes en edad militar huyen, temerosos ante el reclutamiento obligatorio en el ejército alemán.

15 de junio de 1888: Guillermo II es coronado emperador. Metz, por su situación estratégica en la frontera occidental del Imperio, se convierte en una de sus obsesiones Y fue entonces cuando el ocre dorado de la arquitectura metzina perdió su hegemonía cromática a favor del ocre gris de las construcciones imperiales.

 

La nueva estación de ferrocarril, un regalo envenenado

Guillermo II decidió regalar a la ciudad de Metz una nueva y colosal estación ferroviaria. ¿Generosidad imperial? Nada de eso Los planes militares del Segundo Reich exigían poder movilizar en un día los veinticinco mil hombres, la caballería y el poderoso armamento del flamante XVI Cuerpo del Ejército Imperial asentado en Metz.

Se necesitaba liberar espacio. Las murallas medievales fueron derribadas y se abrió un concurso para construir la nueva Gare. El proyecto del arquitecto berlinés Jürgen Kröger fue el escogido. Las obras comenzaron en 1905. El terreno era cenagoso y la estación se cimentó sobre numerosos y elevados pilotes de cemento.

Guillermo II sabía lo que quería. Y cuando en la zona destinada al rápido acceso a las vías de la caballería aparecieron los restos de un anfiteatro romano del siglo I d.C. no vaciló en ordenar que fuese cubierto. Y adelante. Nada importó la singularidad del anfiteatro, uno de los más importantes de la antigüedad, con un aforo de veinticinco mil personas. El pasaje actual del l’Amphithéâtre nos recuerda su emplazamiento y nos permite llegar al muy cercano y flamante Centro Pompidou de Metz.

Viaje a Metz, Francia

Donde comienza el pasaje de l’Amphithéâtre, a la izquierda de la estación, se levantó la Torre del Agua, el Château d’eau, un depósito de cuarenta metros de altura con una capacidad de trescientos metros cúbicos de agua. Servía para alimentar las locomotoras de vapor y para aprovisionar del líquido elemento a la caballería militar. Durante un breve tiempo, se habilitó como sala de baños para los empleados ferroviarios, y hoy constituye un bello monumento policromado con ventanas y balconadas decoradas con ornamentaciones en las que no faltan los motivos acuáticos.

También tenía las ideas muy claras Guillermo II respecto al estilo, y no titubeó en ordenar a Kröger que se olvidara del Modern Style que había escogido y lo reemplazara por su preferido, el sólido y sobrio neorrománico renano de austeras fachadas, gruesas columnas y ventanas más grandes que sus antecesoras medievales.

La que hoy es considerada como la plus belle gare de France se inauguró el 17 de agosto de 1908. La elección del día no fue inocente. Un día como aquel de 1870 las tropas francesas habían sido derrotadas por los ejércitos alemanes en los alrededores de Metz. Pero esta vez la humillación no se daba en el campo de batalla. El Imperio Alemán ostentaba su poder militar y económico con ese sólido edificio ocre gris que se extendía imponente a lo largo de trescientos metros. Una torre de reloj de cuarenta metros de altura se alzaba al costado del hall central. Algo insólito en una estación ferroviaria, pero no banal. Semejante a las torres de los templos protestantes de la época, recordaba la hegemonía religiosa de los vencedores.

 

Una suite a pie de andén

Si cogemos el TGV en Metz para ir a Estrasburgo o a París, en el andén 1, nos sorprenderá agradablemente su pared ricamente decorada, en la que destaca un majestuoso portal neorrománico, flanqueado por dos columnas rematadas con las esculturas de dos leones.

La afición por la caza y las obligaciones militares llevaban a Guillermo II a visitar Metz dos veces al año. Y al descender del tren era por este portal por donde pasaba a sus dependencias privadas, un pabellón de trescientos metros cuadrados. Ni bien llegaba, no dejaba pasar mucho tiempo el emperador sin asomarse por la balconada que, sobre una bella marquesina, se abre en el extremo derecho de la estación. Más que un paternal saludo a sus súbditos, era una estudiada puesta en escena para recordarles la presencia del poder imperial.

El pabellón contaba de dos ámbitos bien diferenciados. En el privado el emperador disponía de dos dormitorios, dos salones privados y un comedor. El público, destinado a las recepciones oficiales, era un imponente salón iluminado por amplios y policromados vitrales entre los que sobresale el que representa a Carlomagno, un ingenuo intento de seducir a los hostiles metzinos recordándoles un lejano pasado en común.

Viaje a Metz, Francia

Actualmente, Sites et Monuments de Moselle organiza visitas guiadas al pabellón imperial. Merece la pena aprovecharlas para poder contemplar la belleza de su estilo romano bizantino, rico en nobles maderas y lujosos mármoles. Para los vitrales y capiteles se escogieron temas de caza, escenas que glorifican las conquistas imperiales y representaciones de batallas alegóricas. Muy interesantes son las que recuerdan las de los germanos contra los romanos y contra los hunos, claras alusiones a la rivalidad del Imperio Alemán con Francia y el Imperio Ruso.

 

Un caballero de rostro mutante

La escultura de Roldán, el legendario sobrino de Carlomagno, adorna un ángulo de la torre de la estación. Cuatro veces cambió de rostro, según soplaban los vientos de la historia. Comenzó con el del general von Haeseler, héroe de la guerra franco-prusiana de 1870. Como el militar, rehusaba que se le erigiese una estatua; Guillermo II quiso honrarlo de esta manera.

Cuando Metz volvió a Francia, después de la derrota alemana de 1918, la estatua fue decapitada y la cabeza reemplazada por la de un ciudadano francés anónimo. En 1940, otra vez anexionada Metz a Alemania, los nazis vuelven a colocar la cabeza original. Finalmente, en 1944 después del triunfo de los aliados en la batalla de Metz y el retorno de la ciudad a Francia, la estatua volvió a recuperar su gala cabeza.

 

Unas esculturas muy elocuentes

Aunque la estación ha experimentado las modificaciones impuestas por el progreso ferroviario, una observación atenta de los numerosísimos capiteles que la decoran nos permite imaginar los espacios interiores y el paisaje humano de sus primeros tiempos.

Así, por ejemplo, donde vemos una joven camarera llevando un cubo con dos botellas de champagne, sabremos que estamos ante la que era la entrada al restaurante de primera clase. Más allá, unas enormes tijeras nos indican el sitio de la peluquería. El espacio destinado a los más humildes viajeros, los de la tercera clase, aparece representado con la imagen de una humilde familia compartiendo sus alimentos mientras que unos rayos recuerdan la entrada a las dependencias eléctricas.

Otros capiteles reflejan momentos y emociones propios del trajín ferroviario, como el de una joven y risueña pareja que nos sugiere la ilusión de un viaje de bodas o el de los dos hombres que unen sus manos a través de dos capiteles vecinos escenificando una despedida o un reencuentro. Más enigmático es aquel en que un joven y un hombre de mayor edad se besan. Todas las interpretaciones son posibles. Pero la lista no se acaba. Y podemos pasar buenos momentos descubriendo muchos otros con los que los distintos escultores que trabajaron en la Gare quisieron ilustrar la pluralidad de la vida en una estación de tal envergadura.

Salgamos y situémonos frente a la puerta principal. A la derecha observaremos capiteles cúbicos con las representaciones de los diferentes medios de transporte: una carroza, una locomotora a vapor, un automóvil, un barco y hasta un camello y un caballo de narices humeantes, símbolo del caballo a vapor. A lo largo de la arquivolta que enmarca la puerta veremos pequeñas esculturas que parecen danzar entre un estilado follaje: son matronas, obreros, soldados, burgueses, campesinos y músicos de la sociedad metzina de entonces. Sobre un cordón lateral se asoma discretamente el retrato de Jürgen Kröger, el arquitecto de la estación.

Si avanzamos hacia la derecha en dirección al hall de llegadas, veremos pequeños capiteles donde aparecen esculpidos los diferentes oficios y profesiones implicadas en la vida ferroviaria: el telegrafista manipulando las cintas, el mozo de estación, el cajero contando el dinero y con la pluma sobre la oreja, el médico laboral (signo de los avances sociales del Segundo Reich), los controladores, los despachantes de aduanas, y hasta un anciano y barbudo ferroviario que parece disfrutar de su pipa, en la que suponemos una merecida jubilación.

Los bajorrelieves se extienden a lo largo de los muros. Motivos florales, el dragón de Metz, aves diversas, cabezas de caballeros teutónicos y hasta las alegorías de Alsacia Lorena junto a las que aparecía el águila imperial alemana. Tanto este símbolo como los similares que se esparcían por toda la estación fueron reemplazados después de 1918 por el escudo de la ciudad de Metz.

 

La memoria de la Resistencia

En el inmenso hall central se alza desde 2014 una escultura monumental dedicada a Jean Moulin, héroe de la Resistencia francesa. Moulin murió en esta estación el 8 de julio de 1943 mientras era trasladado a un campo de prisioneros alemán, después de haber sido detenido y torturado en Lyon. Aunque la escultura es elevada, para no entorpecer el paso de los pasajeros, su autor, el alemán Stephan Balkenhol, ha querido evitar la imagen de un héroe sacralizado. Moulin aparece con ropa de calle y rodeado de dos hombres y una mujer no identificables, en recuerdo a los hombres y mujeres anónimos que lucharon contra el invasor nazi.

No muy lejos de allí, sobre la Avenida Juan XXIII, en los muros del Gran Seminario de Metz, una placa medio escondida por una enredadera recuerda que en ese lugar funcionó un campo donde resistentes de la Lorena fuero encerrados y torturados entre 1940 y 1943.

 

El barrio imperial: un mosaico de colores

Se necesitaba un nuevo barrio. Los militares exigían una zona leal, segura y próxima a la nueva estación. La burguesía alemana, los nuevos habitantes de la ciudad, deseaban viviendas acordes a su poder económico y a su relevancia social. Y Guillermo II veía en estas necesidades otra oportunidad de ostentación del poder imperial sobre la reacia sociedad metzina.

En el mismo terreno liberado gracias al derribo de las murallas medievales, parcialmente ocupado por la Gare, el arquitecto Conrad Wahn diseñó un barrio siguiendo las pautas del urbanismo alemán de la época. Junto al neorrománico tan estimado por Guillermo II, coexisten aquí ostentosos edificios neorrenacentistas, neogóticos y neobarrocos. La variedad se impuso también en los materiales: el amarillo de la piedra de Jaumont convivió con el gres rosado y el gris de los Vosgos.

Viaje a Metz, Francia.

Un bulevar circular, la actual y majestuosa avenida Foch, servía como rápida vía de comunicación militar entre los cuarteles y la estación ferroviaria. Se conserva en ella la bella Torre Camoufle. Esta torre defensiva de comienzos del siglo XV y la Puerta de los Alemanes, un poco más alejada y que debe su nombre a la proximidad que tenía con un hospital de la orden de los caballeros teutónicos, allá por el siglo XIII, son las dos únicas edificaciones que Guillermo II permitió sobrevivir al derribo de las murallas medievales. La puerta Serpenoise, muy próxima a la Torre Camoufle, por el contrario, data de mediados del siglo XIX y fue transformada en Arco de Triunfo a comienzos del XX.

El edificio más imponente del nuevo barrio imperial es sin duda el edificio de Correos, la Poste. De estilo neorrománico, construido en piedra rosa y semejante a una sólida fortaleza, se edificó frente a la Gare a fin de agilizar las comunicaciones militares y civiles.

Dos construcciones neorrenacentistas destacan: el Palacio del Gobernador (Palais du Gouverneur) y la Casa de las Corporaciones (Hôtel des Arts et Métiers). El neogótico tiene un claro exponente en la nueva fachada de la iglesia de Sainte-Ségolèn, mientras que el neobarroco en la Villa Grégoire, en el número 26 de la avenida Foch.

Tanto este barrio como la Neustadt de Estrasburgo constituyen los ejemplos más completos y mejor conservados del urbanismo alemán del Segundo Reich, ya que los barrios coetáneos alemanes sufrieron los destrozos de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial.

 

El espacio religioso y las rivalidades arquitectónicas

Las diferencias religiosas no han sido, ni son, el mejor campo para suavizar tensiones. La numerosa población alemana que se fue asentando en la católica Metz a partir de 1871 necesitaba nuevos templos de culto protestante. La construcción del Templo de la Garnison y del Templo Nuevo, el Temple Neuf, ejemplifican la voluntad de representar el poder imperial también en el plano religioso.

El templo de la Garnison se inauguró en 1881, destinado fundamentalmente a los soldados alemanes de confesión protestante. A pesar de que en la elección de la piedra de Jaumont, la preferida por los metzinos, podía vislumbrarse una cierta voluntad conciliadora, la rivalidad con la cercana catedral de Saint Étienne llevó a los arquitectos a elevar su torre hasta los noventa y siete metros, un metro más que la Torre de la Mutte del templo católico. Y, curiosidades de la historia, esta torre es la única parte de ese edificio neogótico que ha llegado hasta nuestros días. Desafectado para el culto después de la derrota alemana de 1918, parcialmente destruido durante la Segunda Guerra Mundial y por un extraño incendio en 1946, el Consejo municipal de Metz decidió el derribo total de este testimonio de la dominación alemana en 1952. Pero, poderoso caballero es don dinero, los elevados costes económicos obligaron a detener la demolición cuando ésta amenazaba la torre.

Viaje a Metz, Francia.

No muy lejos del Templo de la Garnison, en el extremo de la Isla del Pequeño Saulcy, y frente a la Plaza de la Comedia, se levantó entre 1901 y 1904 el Temple Neuf, el templo protestante más importante en Metz. Guillermo II había decidido que se construyera con la piedra gris de los Vosgos y en el más puro estilo neorrománico. Los metzinos se sintieron ultrajados desde los comienzos de la obra. Los arquitectos no habían dudado en arrancar unos bellos y centenarios castaños que crecían en el lugar elegido para erigirl, y ahora remataban la ofensa con esa mole gris que violentaba brutalmente la dorada armonía clásica del Teatro de la Ópera, uno de los más antiguos de Francia, y del Palacio de la Prefectura, sus estimados edificios de la Plaza de la Comedia.

 

Una obra respetuosa: la fachada neogótica de la Catedral de Saint Étienne

Pero hubo una amable excepción: la fachada neogótica de la Catedral de Saint Étienne. Guillermo II había ordenado reemplazar el deteriorado portal neoclásico próximo al mercado. El arquitecto alemán Paul Tornow, el escogido para esta obra, estudió en detalle el gótico francés del siglo XIV. Siempre en la dorada piedra de Jaumont, realizó un portal neogótico respetuoso con el pasado artístico de Metz y en el que destaca la representación del Juicio Final esculpida en el tímpano.

Viaje a Metz, Francia

La Catedral de Saint Étienne, conocida como “la Linterna de Dios” por los seis mil quinientos metros cuadrados de vidrieras que la iluminan, veía así, respetada y aumentada, su singular belleza.

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