Azímut

13 de diciembre de 2018
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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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México de pensión dadá

El hotel Juárez, en México DF, es un albergue de mala muerte con barman –lector de Pablo Neruda– especializado en cócteles frente al desaliento. Refugio de artistas extranjeros, el alojamiento presume de haber dado techo, matasellos y dirección de remite a las docenas de cartas escritas por el púgil Arthur Cravan a la poeta Mina Loy.

16 de abril de 2018

México es mucho México, a la sal y al limón, para el tequila de botella con salamanquesa en el cuerpo. Una ronda de tequilas. Dos y tres de un trago, en apariencia inofensiva su forma de transportarte a los territorios donde lucidez y delirio le bailan abrazados a los muertitos. Pulque y mezcal en la tradición de la garganta seca chicana, frente a la primera comunión de mayores bebidas blancas, que pronto derivan en extrema unción. México, ese país donde el gatillo fácil se aprieta para dar vida a quienes la creían perdida. México, el lugar donde se descorchan botellas con sonido a pistoletazo de salida, en no se sabe qué carrera de fondo o resistencia numantina al alcohol. Valgan como prueba los disparos a quemarropa de cantina que Salma Hayek se permitía en el papel cinematográfico de Frida Kalho, para despabilar de la borrachera a su Diego Rivera. ¿Han visto la película?

Dos amantes con veleidades literarias tuve mirando a México, ambas convencidas de encarnar a la Virgen de Guadalupe y arrastrar tras de sí devotos. Dos escritoras bipolares que de buenas a primeras se apartaban de mi lado, a este lado del Atlántico, como acordeón de mariachi en Xochimilco, so pretexto de promoción artística por tierras aztecas y sin fecha de regreso salvo en el recuerdo. Victoria se hacía llamar una de ellas, en tanto a la otra debieron bautizarla Derrota… Ambas usaban sobrenombres. Sea como fuere, las dos llegaron a mis días cuando, por fortuna, tenía ya bien claro, muy claro, que para seguir a una mujer más de lo aconsejable no basta cambiar de género, apuntándose uno al sexo de los ángeles mediante el transformismo, las razones del eunuco o el celibato. Para entonces ya venía yo de cohabitar con la viuda del mejor lugarteniente que tuvo en su guerrilla el Subcomandante Marcos. Era Isabel toda una dama todoterreno y por eso la conocí en la sesiones de baile que ofrecía el Hotel Juárez, la noche en que también supe que compartía reparto con la cantante Talhia, como actriz de telenovela.

Poco interés personal tuvo aquella relación, fuera del baile a la salud del presidente Benito Juárez. Tenía Isabel una espléndida colección de máscaras aztecas y de ellas nos servimos, para el bis a bis, cuando pasamos a vivir juntos. Si su sonrisa cerámica me abría la puerta, se imponía la media vuelta y ya estábamos saliendo de casa con lo puesto a trasegar. Si en cambio me recibía con antifaz doliente, airado o pensativo, mejor era no dirigirle la palabra en posición vertical. Aspavientos, rictus, mohines… Jamás discutimos. Ni le exigí un porqué la tarde que me vino rasurada la cabeza y con billete de avión a la Baja California de los indios taumara, buscando a toda prisa una maleta vacía que llevar de viaje. No supe más de ella. Me negó incluso el poder y la ocasión de evocarla hasta escribir estas líneas.

Viene tal apunte de biopic a colación, perdón por la licencia, para sugerir hasta qué punto el hospedaje en México te cala los huesos, te transfigura y salpimienta tus días más de lo previsto en cualquier dietario. Y es que, mientras decidía reír o llorar el luto por la viuda Isabel, mis pies me encaminaron preventivamente al alojamiento en el hotel Juárez. Un albergue con barman especializado en cócteles frente al desaliento, lector de Pablo Neruda, que más de una vez me había recomendado: “Mejor que aprendas a bailar tango que boleros. Te será más útil. Es tan breve el amor y tan largo el olvido…”

Su hotel presumía de haber dado techo, matasellos y dirección de remite a las docenas de cartas escritas por el boxeador Arthur Cravan a la poeta Mina Loy entre 1917 y 1918. Cartas que la rogaban se reuniese con él allí. Cuartillas de caligrafía a cuál más atropellada, toda vez que no obtenían respuesta desde Nueva York, epicentro donde meses antes se habían conocido, escandalizando en sus círculos más exquisitos de arte y ensayo.

México de pensión dadá

15 de diciembre de 1917: “No estuve a la altura de mí mismo en Nueva York”, la escribe Cravan desde sus casi dos metros de estatura. “Me veo totalmente destrozado por haber pensado demasiado en ti”. 22 de diciembre: “Por aquí ando, perdidamente enamorado. ¡Ay, si pudiera morir de llanto, como quien se abre las venas!”. 24 de diciembre: “Después de haberte conocido, ninguna mujer tiene sabor: sobre todo, desde el punto de vista moral… Y tú sabes que lo demás me importa muy poco. Hice voto de castidad, lo que no me costará cumplir tanto como si me hubiera propuesto dejar de fumar…”

¿Dislates? ¿Necedades de púgil a los oídos selectivos de toda una poetisa? En absoluto. No se ha inventado aún la mujer que se resista a la ternura torpe de un oso. Mina no contestaba porque los censores retenían y revisaban todo correo a los Estados Unidos, recién terminada la revolución mexicana. Pero cuando, a los dos meses de ser escritos, llegaron tales renglones en un saco a sus manos, a la poetisa le faltó tiempo para presentarse en el hotel Juárez, donde Cravan aún languidecía. Todavía no había muerto de tristeza porque le preocupaba sobremanera el espacio disponible en su lápida, ese que daría cuenta de los mil oficios que hasta la fecha había ejercido.

Cualquier tarjeta de visita extendida a nombre de Arthur Cravan en 1917 le anunciaba como mínimo así: “Caballero de Industria. Marino en el Pacífico. Mulero. Recolector de naranjas en California. Encantador de serpientes. Sobrino de Oscar Wilde. Leñador en bosques gigantes. Atracador. Conductor de automóviles en Berlín. Nieto del canciller de la Reina. Ex campeón de boxeo en Francia. Rata de hotel”. Por algo hablamos de quien predijo el Movimiento Dadá, redactando en 1912 la revista Maintenant, en París, antes y después de ganarse la vida como púgil.

Si se busca un famoso boxeador afincado en el hotel Juárez, durante el invierno de 1917, ese atendió sin duda por Arthur Cravan. Trabajaba para un gimnasio en la misma calle Tacuba del hotel y venía de pelear año y medio antes, en la plaza Monumental de Barcelona, con Jack Johnson, primer campeón del mundo negro en la categoría de los pesos pesados. Además, entre los clientes del Juárez, el marchante más renombrado también se llamaba Cravan: cuanto no ganaba en las apuestas del cuadrilátero, ciento tres kilos de corpachón por delante, lo obtenía vendiendo las telas en alza de Picasso, Modigliani, Matisse y Diego Rivera, a quienes había frecuentado en París.

Si se trata de poner en valor las identidades escurridizas de la clientela que en su día  tuvo el Juárez, conviene recordar también que el recluta Cravan había huido como apátrida de la Gran Guerra europea, llegado a los Estados Unidos con pasaporte ruso y cruzado Río Bravo provisto ya de pasaporte mexicano. Lo cuenta León Trotsky, con quien Cravan coincidió en el trasatlántico Montserrat rumbo a Nueva York y al que recibiría de visita en su hotel, entrado el año 1918, cuando el ideólogo marxista recaló también en México Distrito Federal: “En el pasaje de mi barco viajaba un curioso boxeador, literato de ocasión, emparentado con Oscar Wilde”, anota Trotsky en su diario de a bordo.

Los felices años veinte en el DF fueron anticipados por el hervidero de espías alemanes, desertores, emigrados y bolcheviques en el exilio, caso de Trostky, que allí se dieron cita sin pretenderlo. Y, por si fuera poco, en 1918, aún la revolución de Pancho Villa seguía levantada en armas. Pancho Villa, que se ofreció a financiar la revancha de Cravan contra el campeón del mundo Jack Johnson en Ciudad Juárez, a poco de conocerle en el hotel del mismo nombre y verle pelear en la plaza del Toreo, septiembre de 1918, contra el púgil local Jimmy Smith. “Vine al único país del mundo donde las regulaciones no valen de mucho, puesto que la vida vale menos aún”, había dejado dicho el poeta boxeador cuando el 17 de diciembre de 1917 pisaba por primera vez tierra azteca. Nada parecía impresionarle demasiado allí. Ni tan siquiera que el gran pistolero de la revolución mexicana se declarase fan de sus puños, capaces de poemas con guantes de boxeo.

Lo mismo París que Nueva York habían sido hasta ese momento metrópolis a la medida de un buscavidas como Arthur Cravan. En la ciudad de la luz se había labrado la suficiente reputación excéntrica como para epatar luego en la Gran Manzana, allí donde de niño tuvo nacionalidad suiza y, por nombre de pila, Fabien Avenarius Lloyd, ajeno todavía a transformismos posteriores. Pero cómo no seguir inventando nombres y oficios temerarios, teniendo en cuenta que de vuelta a New York Cravan coincide, en el Greenwich Village, con Picabia y Duchamp, entre otros libertinos de la vanguardia parisina. Ahora bien, si a Cravan se le iluminan los ojos entre la bohemia neoyorkina de entonces, snob ella, es porque incluye los versos en vivo de Mina Gertrude Lowy, a la que conoce gracias al coleccionista Walter Arensberg. Mina venía de crecer y acreditarse literariamente en los círculos de T.S. Elliot y Ezra Pound. Casi nada. “Deberías venir a vivir conmigo en un taxi. Podríamos tener un gato”, se cuenta que Cravan le propuso a Mina Loy nada más conocerla y deslumbrarse con ella. “Y una maceta de geranios en la ventana”, dicen que le respondió ella, al verse requebrada de amores. Sea como fuere, en el hotel Juárez del DF terminaron cuajando los mayores planes de futuro que se le conocen a Cravan, proclive como era a vivir siempre al día y con lo puesto. El corpulento poeta recaló allí, huyendo del reclutamiento en tierra yanqui, pero no sin antes lograr que Mina le prometiese volver a reunirse con él sin demora.

“La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar…” Tan conocida ranchera ofició de banda sonora para Cravan, mientras penaba en el hotel su espera amorosa. Una espera que se le hacía interminable y que le llevó a cambiar una y otra vez de estrategia, pretendiendo mantenerse en contacto con la poetisa por carta. “Me dijiste que yo era el único hombre que te había dado la impresión de ser dios. Ven si quieres probar al ángel…”, escribe tras las navidades de 1917. Y, al poco, en otra misiva, apela al amor propio de su dama: “Ahora que ya no tengo tu ingenio, voy todos los días a la biblioteca y me lo paso en grande leyendo a los genios”. Con el silencio por respuesta, sin embargo, Cravan acaba bajando la guardia y entonces sus estados de ánimo se suceden en caída libre: “Soy un hombre a punto de ahogarse. Si no me has telegrafiado todavía, hazlo, por favor, ya mismo. Lo merezco en nombre de los minutos que pasamos juntos en el pasado. Mi cuerpo está cada vez más quebrantado (…) Quizá dure un mes o dos… No creo que pueda resistir  tanto. Muero por ti”. Y, en el colmo de su debacle, apostilla en vísperas de Nochevieja: “Si no recibes más cartas mías, sabrás que estoy muerto o que me he vuelto loco. Si el consuelo no me viene de ti, desapareceré del mundo (…) Casi no tengo fuerzas ya para escribirte. Y, si supiera que lo hago en vano, me suicidaría en cinco minutos. No hago más que pensar en el suicidio”.

En fin, desconocía Cravan hasta qué punto había tocado fondo, creyendo que en el amor correspondido de la poetisa Mina estaba su remonte. Mina se reunió con Cravan finalmente en el hotel Juárez y, viviendo en una de sus alcobas, le faltó tiempo para casarse con él en la Basílica de Guadalupe. Todo a la velocidad del rayo, sin imaginarse que, a los pocos meses, se vería viajando de nuevo a solas, en cinta y abocada al parto en el trasatlántico que la llevaba de regreso a Europa, porque su marido, otrora pretendiente desbocado, desapareció enseguida. Y lo hizo en la más teatral de las escenografías posibles: haciéndose a la mar una tarde de tempestad marina, en el Golfo de México. Así se saldan amores tan tormentosos como el que les unió.

México de pensión dadá

Años después del suceso fatal, la madre de Arthur dijo haber recibido carta de su hijo, radicado en Buenos Aires. Un periodista aseguró, al poco, que acababa de entrevistarle en La Habana. La extraña desaparición del poeta púgil, en cualquier caso, desencadenó todo tipo de teorías. Poco importó que el también poeta William Carlos Williams contase de primera mano en sus memorias: “Cravan compró un barco en América Central y lo reparó. Una noche, antes de la cena, quiso probarlo a flote. Mina lo vio alejarse abordo. No regresó jamás”. El marchante neoyorkino Julien Levy no acepta tal infortunio y exclama en público: “Tengo la certeza de que no ha muerto”. Marcel Duchamp replica que sólo la muerte explica su ausencia de la escena artística, en París o Nueva York. André Breton, pope del surrealismo, pone como nunca los pies en la tierra al asegurar: “Desapareció un día de tempestad, navegando las aguas del Golfo con una embarcación frágil”. Al hilo de sus palabras, Octavio Paz redacta el poema titulado Cravan en la panza de los tiburones, puesto en duda por la crítica de arte Carolyn Burke, que sitúa el naufragio de Cravan no en el Caribe, sino en el Océano Pacífico. Y, por si fuera poco, el escritor Jean-Pierre Begot  supone a su colega tiroteado en Río Grande, basándose en la balacera que, por aquellos días, abatió a un tipo muy alto y rubio, nunca identificado por la policía de frontera norteamericana.

De todo ello se dedujo, a la postre, cierta peregrinación de intelectuales al hogar hotelero que Cravan tuvo en el Distrito Federal. Mientras lo habitó con Mina Loy, fue buena excusa para que Man Ray, Djuna Barnes, Sylvia Beah y Louis Aragon, aparte de William Carlos Williams visitaran la meca centroamericana del movimiento Dadá. Luego sus epígonos y los surrealistas de primera y segunda generación entronizaron al poeta púgil en su mismísimo panteón, tratando de ver lo que él vio; entre ellos, el visionario Antonin Artaud, que no se privó de visitar el DF y sus posadas de culto en la década de los pasados años treinta. Porque, además, allí tenía un cicerone de excepción, al que también recuerdan en el hotel Juárez: el muralista Federico Cantú. Hablamos a todo esto sobre un albergue de mala muerte, que no se ha preocupado mucho de resucitar paredes y coleccionar vestigio, a resultas de su reputación como refugio de artistas extranjeros.

Si mi chamaca crecida se iba de casa con un portazo, tocaban a liberación femenina. Si era yo quien lo protagonizaba, el mismo portazo se entendía abandono de hogar. Cuando Isabel me anunció su partida a tierra taumara, sin embargo, decidí tomarme la noticia con calma, alojándome en el hotel Juárez, para dar esquinazo al fantasma casero que me dejaba por toda compañía. Necesitaba los chupitos necesarios para recordar olvidando, hasta olvidar recordando. Y pulquerías precisamente no faltaban alrededor del hotel, en pleno epicentro del DF, a dos pasos del Zócalo. Un hotel  abandonado al desdén de su zaguán bajo viga vista, ideal para la cuerda floja del ánimo. Un lugar anónimo en su corrala de patio con fuente central de mármol, cuya tabiquería interior, en tono verdor desleído, salpica exteriormente con ventanas a la calle propias de un presidio. Calculé entonces mis opciones de hundir la cara entre las manos, leí las sentencias de chantaje emocional que allí mismo había practicado Arthur Cravan y, acto seguido, renuncié a toda tragicomedia. Nada de ceder a la postración con lamentos, reproches, evocaciones. Urras finales al libre albedrío. Con el epistolario del poeta púgil entre las manos, no cabía mejor antídoto para la cicuta del desamor a pequeños sorbos. Lejos de mí los consuelos o desconsuelos… Nada como curarme de espanto y por anticipado en cabeza ajena, comprobando cuán ridícula y patética llega a ser la queja romántica fuera del ring. Qué abandono sentimental no habrían pasado otros en aquel albergue hasta mudar de piel… A qué redundar en la larga literatura del quejido, con frases de Cravan en las orejas, como la que siguen: ”Tengo delante tu fotografía totalmente mojada y te adoro como creo que ningún hombre adoró jamás a una mujer. Estoy destrozado por pensar demasiado en ti y no logro terminar la carta”.

Sobre la mecedora de mimbre que acunaba tales frases, mientras el breviario de Cravan se me caía de las manos, comprendí que la sopa se me quedaba fría. Y más aún cuando supe que Cravan, por si sus letras no surtían efecto, recomendaba a su amada la correspondencia entre George Sand y Alfred de Musset, dos amantes de leyenda. La marcha de Isabel me había dejado indiferente hasta la médula. Ahí residía mi verdadera zozobra…

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