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Mi deuda con el paraíso

Luis Amadeo de Saboya, Duque de los Abruzos, es uno de los grandes exploradores que ampliaron el espectro de la belleza del mundo, junto con personajes como Nansen, T. E. Lawrence o Mummery. Uno solo de sus días bastaría para avergonzar a quienes emplean la palabra aventura con ligereza.

12 de noviembre de 2018

Era el 18 de marzo de 1933. En Somalia. Ese día, el Duque vio el mundo por ultima vez. Puede que en aquel momento, entre las nubes balsámicas de la morfina, todavía aparecieran las siluetas afiladas del Karakórum y los Alpes, el blanco cegador del Polo Norte o las Montañas de la Luna. Unos días que, ahora, a Luis de Saboya –hundidos entre los recuerdos– le parecen imposibles… Sueños con tacto de terciopelo. Y, sin embargo, él sabe que fueron ciertos, que una vez estuvo allí. A su lado, la foto de Katherina Elkins, su gran amor imposible, le acompaña, como siempre en la vida, y tal vez la siente más cercana que a la propia Faduma, que ahora le vela.

Ricardo Martínez Llorca, en Mi deuda con el paraíso, nos abre las puertas del lado más humano de Luis Amadeo de Saboya. Un hombre que desde muy temprano aprendió que perseguir las ilusiones es lo que nos pone alas en los pies, que correr tras nuestros anhelos –sin traicionarnos– nos hace libres y puros, y que sujetar los sueños contra las decepciones, para que no escapen de nuestro lado, es lo que nos ata a la vida y algunas veces nos hace creer que somos inmortales.

Mi deuda con el paraíso. Ricardo Martínez Llorca.

La novela, arranca con la huida de España –Luis era hijo de Amadeo I de Saboya y había nacido en el Palacio Real de Madrid–, pero rápidamente nos conduce, primero a las escenas finales de su vida y después a la exploración de las fuentes del Uebi Scebeli, su ultima expedición. Y entre uno y otro capítulo, nos muestra al Duque en el San Elías de Alaska, en las pendientes expuestas del Chogolisa o en la arista que aún se conoce como la de los Abruzzos en el gigante K2.

Luis de Saboya pasó la mejor parte de su vida viajando: navegó –tres veces la vuelta al mundo–, escaló y caminó incansablemente por la nieve y el hielo, o entre las densas nieblas, las lluvias interminables y la malaria del Ruwenzori. Su época fue la de las grandes exploraciones y los descubrimientos geográficos, en un mundo que aún guardaba sus mejores secretos a buen resguardo. Fue coetáneo de muchos que, a pesar de sus grandes logros, no ensombrecieron su figura. Con algunos de ellos, como Vittorio Sella o el gran Mummery, compartió viajes y escaladas; con otros como Nansen, además, un profundo sentido de la humanidad que les llevó a salvar cientos de vidas. Y tampoco hay que olvidar que en aquellos días estaban en el mundo Peary, Amundsen, Scott o el señor de nuestros Pirineos, el conde Russell. Con todos ellos, sin quererlo, formó una clase de elegidos para la posteridad.

Una extraña hermandad de los que nunca se apearon de la curiosidad ni renunciaron a conocer el mundo. Unos tipos aparentemente capaces de todo, con vidas tan intensas que uno solo de sus días debería bastar para avergonzar a quienes emplean la palabra aventura con ligereza. Seguro que algunos solo lo hicieran por orgullo, por ambición, por la fama o el dinero; pero todos –incluso los que fueron capaces de mentir para conseguirlo– estaban atraídos sin remedio por la luz deslumbrante del sol reflejándose en el hielo, en la arena o en el agua, o por unos pocos rayos que se colaban entre la espesura de la selva.

Mi deuda con el paraíso es un tributo al mundo en el que muchos mapas estaban aún por trazar. Un reconocimiento a quienes lo descubrieron, pero contado desde el final, desde los últimos días de un explorador postrado mientras su tiempo se acaba.

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