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    Una jaula se transforma en una nube, un cubo de hielo en un regalo, notas de músicas caen como ramas de un árbol, un cactus hecho de piedras... Chema Madoz juega con elementos de lo cotidiano y con la Naturaleza, en fotografías que interpelan y sorprenden al espectador con una nueva visión del mundo. El artista crea objetos nuevos, inventa combinaciones inesperadas, piensa asociaciones insólitas. Muestra la fragilidad de la vida. Su trabajo puede verse hasta el 1 de marzo en una ...[Leer más]

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  • La India del XIX bajo mirada fotográfica

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Mi último rulo por Indonesia . Borneo II

Antonio Cordero finaliza su viaje por Indonesia visitando el Centro de Recuperación de Orangutanes de Camp Leaky con un propietario de campos de aceite de palma. Negocio que acaba con la selva tropical y con especies en peligro de extinción, como el orangután.

22 de agosto de 2012

A la mañana siguiente todo parecía estar en su sitio. Todo excepto las cabezas esponjosas por la resaca. “Más sopa”, dijo Biaju. Y tomamos unos tazones de sopa picante de pescado que nos despertaron del todo antes de llegar al pequeño fondeadero donde atracamos. Habíamos llegado a la estación biológica, el final de nuestra expedición. Nos dirigimos al Centro de Recuperación de Orangutanes del Camp Leaky, una estación biológica en medio de la vegetación. “Mierda, no tenía que haber bebido tanto anoche. Espero no encontrarme de frente con la doctora Biruté”.

Biruté Galdikas

Biaju y yo caminábamos solos por el sendero. “¡Na! No te preocupes, la doctora pasa largas temporadas fuera del centro. No creo que esté ahora por aquí”. Bueno, por un lado era una decepción porque desde que oí hablar de este sitio en aquel bar de Jogya siempre había fantaseado con encontrarme a esa mujer y tener una larguísima charla de la que luego sacaría algún buen relato. Pero en aquellas circunstancias incluso me alegró saber que estaba fuera. Siempre es mejor dejar otra oportunidad para un encuentro futuro que cagarla del todo en la primera entrevista. Había unos cuantos orangutanes vagando por los alrededores y varios jabalíes siguiéndoles. “¿Dónde está Tom?”,  le pregunté al dayak. “No viene. Tom está más interesado en otras cosas que en los simios. El inglés tiene otros planes”.

Orangutanes de Borneo

Foto: Antonio Cordero

Seguimos caminando hacia el lugar del bosque donde cada mañana dejan leche y plátanos para los orangutanes que se están reintroduciendo en su hábitat natural. No es seguro que aparezcan con las llamadas de los rangers, a veces llega uno o dos o ninguno, y otras veces se convierte en un punto de reunión muy frecuentado. Esta era una de esas veces. Sobre una plataforma elevada un par de metros del suelo de hojarasca, dejan plátanos y ponen leche en grandes cuencos. Llaman con gritos huecos : “¡Uhh uhhh uhhh!” Es siempre la misma llamada para anunciar que la comida ya está aquí, que la mesa está servida. ¡Bien! Dos hembras, una llevando un bebé en brazos, bajan por uno de los árboles cercanos y se acercan a coger unos plátanos de la plataforma.

Orangutan macho

Se oye el crujido de las ramas en las cercanías, algunos orangutanes  van acercándose más. Hay varios machos jóvenes y alguna hembra adulta. Su tamaño es bastante impresionante. Miran alrededor con disimulo antes de empezar a comer. Junto a mí, a unos tres metros de la plataforma, un grupo de cinco gringos quemados por el sol se dan codazos y disparan las cámaras. Algunos jabalíes, entre ellos uno albino que me da bastante grima, intentan subir a la plataforma sin éxito. Son oportunistas y al menor descuido se zamparán la comida de los orangutanes o incluso a alguno de los bebés del grupo. Se han documentado muchísimos casos de ataque a crías de orangutanes por parte de grupos de jabalíes y es probablemente una de las mayores causas de muerte de los pequeños orangutanes dentro del Parque Nacional.

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De pronto, un fuerte ruido a nuestras espaldas nos alarmó y, casi sin darnos tiempo a reaccionar, un enorme macho de orangután adulto atravesó nuestras filas y fue a subirse a la estructura de madera. Joder qué susto cuando el bicho me pasó casi rozando, con ese movimiento pendular de sus brazos y piernas. Era muy fuerte y tenía unas orejas enormes y sobresalientes a los lados del rostro, lo que hacía que su cabeza pareciera más grande y más agresiva. Desplazaba al resto de los simios y se disponía a merendarse lo que quedara. Pidió leche y en seguida los chicos del parque le sirvieron en su tazón. Mientras bebía, algo de líquido le caía por la barbilla. Parecía un auténtico señor, un rey medieval, o por lo menos así me los imaginaba yo en mi niñez.

De repente, todos se echaron para atrás unos metros. Todos menos yo que seguía , despistado, las correrías de dos jóvenes en uno de los árboles. En un santiamén me vi demasiado cerca de una escena amorosa entre el macho alfa y alguna de sus favoritas. La había cogido del brazo y, bajándola al suelo, la arrastraba para doblegar su resistencia. La hembra, aburrida o desfallecida o acojonada, al final dio su consentimiento y , abriéndose de piernas, dejó al galán hacer a su gusto. Unos minutos de gemidos y resoplidos casi humanos y después silencio mientras se reponían del esfuerzo. El macho subió de nuevo a por más comida y los demás salieron escopetados hacia las alturas.

Aquellos juegos se prolongaron durante más de dos horas hasta que los orangutanes decidieron que ya habían comido lo suficiente y empezaron a desperdigarse por la selva entre pequeños gritos y sonido de ramas. Ahora volvían a la naturaleza.Vista aérea de camp Leakey

Las salas del Camp Leaky estaban abiertas y cubiertas por una fina capa de polvo. Algunas fotografías de orangutanes con sus nombres y sus árboles genealógicos, explicaciones sobre el comportamiento de la especie, números y distribución, y un cartel como de colegio en el que se explicaba el daño que hacían los incendios para crear nuevas plantaciones de palma de aceite en las estribaciones del parque. Había una fotografía gastada y descolorida en la que se veía a una cuadrilla de obreros abrir un canal en un campo quemado. Entre los árboles carbonizados podía verse a un joven con un sombrero blanco. Me acerqué y pude ver a Tom sonriente vestido de capataz y, debajo de la foto, un pequeño cartel en el que se leía: “Un hombre decisivo en la conservación: el inversor extranjero”. Así que Tom, en realidad, no era un turista: aquel hombre estaba relacionado con el negocio de los campos de palmas y, además, Biaju lo sabía, tenía que saberlo.

Klotok  al fondo del rio Sekonyer

Foto. A. Cordero

Al salir del barracón nos encaminamos de nuevo al barco. En el paseo de regreso le conté al guía lo que había descubierto y él se rió mientras afirmaba con la cabeza. “Sí, míster Crawford sube el río cada cierto tiempo para hacer mediciones y comprobar qué tierras serían las mejores para una próxima plantación. Ya sabe, para la palma de aceite. Ha oído hablar de los biocombustibles?”

Los biocombustibles, ese sueño ecológico con garras de monstruo destructor. Más perjudicial para la salud del planeta que los propios combustibles fósiles como el petróleo, porque desforestan miles de hectáreas de selvas vírgenes, de humedales primarios, de huertos locales y comunidades relacionados con ellos. Crea pobreza y semiesclavitud en los pueblos donde se instalan las grandes compañías extranjeras o nacionales, la gente pierde su entorno, su medio de vida, su orgullo, y pasa a formar parte de mano de obra barata que trabaja en condiciones pésimas por un precio que controlan siempre las compañías que les compran su producto o su servicio. Bah, prefiero dejarlo que se me pone una mala leche tremenda. Así que aquel tío tan curioso era en realidad un buscavidas, un viejo pirata en medio de la sangría al planeta. Joder, y yo bailando con él bajo las estrellas.

Cocodrilo de agua dulce. BorneoSólo faltaban unos metros para llegar al destartalado malecón donde nos esperaba nuestro klotok cuando oímos gritos y golpes y chapoteo de agua. Salimos disparados hacia allí. Uno de los tripulantes se había arrojado al agua oscura de la corriente mientras otro vigilaba en un diminuto bote junto a él. Salía y entraba rápidamente pataleando hacia el fondo cobrizo hasta que su compañero gritó y éste saltó como con un resorte sobre el bote. Un enorme cocodrilo cortaba el agua silencioso con el cuerpo inmóvil como un madero a la deriva. No medía menos de seis metros el bicho aquel. La gastada camisa de lino blanco de Tom, su pantalón arrugado y las alpargatas de cuero viejo permanecían apoyados en la borda. El sombrero y la bolsita de saco con la pipa, sobre la colchoneta de babor. Ni rastro del inglés. Los chicos siguieron la búsqueda por un rato y, ya al atardecer, tuvieron que darse por vencidos. Probablemente restos de su cuerpo aparecerían en la orilla días más tarde o, quizá, nunca más se volviera a saber de Tom Crawford.

“¿Tú crees que míster Crawford estaba tan loco como para bañarse en ese río?”, me preguntó Biaju cuando bajábamos la corriente al anochecer. ”Él conocía esto desde hacía años y sabía el riesgo de bañarse con estos monstruos”. Miraba hacia las estrellas. “No, no lo creo, el míster no ha muerto en el río. Eso quiere hacernos creer”.

Semanas después recibí un mail de Biaju: “Sólo los cuerdos saben mirar en los ojos de los saurios. Míster Tom le envía saludos desde su refugio de Mompracem.” Mompracem, Ese era el nombre por el que se conocía entre los dayaks a la mina de oro ilegal que se había montado río arriba, entre la selva de las estribaciones de la cordillera. Pero yo ya estaba en otro viaje, hundiéndome en las junglas del Gunung Leuser en las montañas de Sumatra, así que no respondí a la llamada.

Experiencia de Viaje, orangutan

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