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Mi último rulo por Indonesia II. Borneo

Antonio Cordero nos cuenta su segunda aventura por Indonesia. En esta ocasión, navegando en un klotok por el río Sekonyer junto a un guía del Parque Nacional de Tanjung Puting, con la esperanza de avistar algún orangután en la frondosa selva tropical de Borneo.

28 de julio de 2012

Tom Crawford decía que se llamaba. Pero ahora ya no estoy seguro de cuál era su verdadero nombre, tampoco de lo que realmente ocurrió en aquellos días. Cuando subí al pequeño barco por el que ascenderíamos el Río Sekonyer, Tom ya estaba tumbado en la banda de babor sobre una de las colchonetas con bordados azules. No se levantó al verme saltar a bordo. Seguía en silencio concentrado en el grueso cuaderno que tenía sobre sus piernas. El klotok –así se llaman estos barcos –se mecía ligeramente sobre la corriente del río firmemente amarrado por dos cabos a uno de aquellos árboles gigantes de la orilla del río. No tendría más de 15 metros de eslora y unos 3 metros de manga. Todo de madera con un pequeño castillo de popa por donde bajaban las escaleras al sollado, que era al tiempo cocina y camarote de la tripulación.

El "klotok" atracando en el pequeño muelle

Foto: Antonio Cordero

En la proa amorrada podía uno sentarse a contemplar el río mientras navegábamos. No me sentí decepcionado, aquello era lo que esperaba, un bote con olor a madera y brea tripulado por un puñado de dayaks que bien podrían haber sido parte de la tripulación de Los tigres de Mompracem. el libro que me llevé para leer. Soltaron la amarra de popa, después la de proa y el bote se situó en medio de la corriente. Partimos río arriba cuando el sol ya estaba alto en el cielo azul. Miré a mi alrededor. Biaju era nuestro guía, el hombrecillo de mirada inteligente que había aprendido nuestra lengua mientras trabajaba en el Parque Nacional de Tanjung Puting. Sentado en cuclillas observaba las orillas buscando algo bajo la luz restallante del mediodía. “¡Bah, es inútil! –dijo –Hace demasiado calor. Habrá que esperar a la tarde para ver algún mono”.

Por primera vez, el chico de babor levantó la mirada y dijo algo farfullando en un inglés del este del Támesis: “Todo tiene su tiempo y esos putos monos deben estar durmiendo la siesta.” Y, mirándome, se dirigió hacia mí como si fuera la primera vez que me hubiera visto en aquel barco. “A propósito, mi nombre es Crawford, Tom Crawford, y creo que compartiremos la subida del río.” Me había tocado en suerte aquel tipo joven y delgado con perilla de chivo bajo unos ojos azules llameantes. No aparentaba tener más de treinta años y se vestía con unos pantalones bombachos que debía haber comprado en Pakistán. “Antonio –le respondí –. Y, efectivamente, esos monos no llegarán hasta que el sol baje, así que voy a descansar un rato”.

Proa del klotok en el río

Foto: Antonio Cordero

La tarde transcurría plácida con la brisa aparente que provocaba nuestra pequeña nave al subir el río. Las orillas, distantes al comienzo de nuestra navegación, se iban acercando y la vegetación iba cerrando los márgenes. Poco tiempo después habíamos dejado atrás los infinitos campos de palma de aceite que estaban acabando con la selva tropical. Biaju se sentó a mi lado y tomamos té mientras Tom parecía dormido en su colchoneta. “Todos los años el cielo se cubre de humo negro y todos los años nos quejamos al gobierno indonesio, a los alcaldes locales que también son indonesios y a los jefes de las empresas de aceite de palma, pero estos ya no son indonesios, jejeje”.

Nada que hacer. Todos los años, invariablemente, una espesa nube de humo se desplaza por el sudeste asiático cambiando climas y lluvias y sale en todos los telediarios de los países occidentales. Pero de nada sirve. Aunque nos cuenten que son los agricultores dayaks que queman sus tierras en época seca, esta no es la verdad. Las grandes compañías de capital mixto, indonesio y extranjero, obtienen permiso del gobierno para quemar enormes extensiones de selva primaria y desecar estas zonas abriendo canales que llenan los ríos de ceniza y productos tóxicos. Eliminan la biodiversidad de los bosques pero también la de los ríos. Cada año mueren quemados o asfixiados en esos incendios centenares de orangutanes y otros son recogidos por los trabajadores de la explotación de aceite de palma y mantenidos como mascotas en malas condiciones. Estos son los orangutanes que los rangers del Parque Nacional Tanjung Puting intentan reintroducir en su medio natural. “Vaya historia para una isla de leyenda, ¿eh?” Tom se dirigía a nosotros mientras se desperezaba. “¿Tienes un momento, Biaju?” Preguntó y señaló la popa del barco. Se dirigieron hacia allá y bajaron las escaleras.

Podía oír el murmullo de su charla mientras los primeros gritos de los monos narigudos llamaron mi atención. Intenté hacer unas fotos pero, como siempre, mi cámara era una mierda: no tenía un zoom adecuado y los animales se veían como diminutas manchas en el fragor del verde. Abrí una cerveza y seguimos el curso del río. Sabía que en sus orillas vivían los más tremendos cocodrilos de aguas saladas del mundo. Bichos que no tendrían ni el más mínimo reparo en tragarse de un solo bocado a James Brooke, el malvado rajá de Sarawak que hace la vida imposible a mi querido Sandokán.

Una de esas bestias estaba allí, tomando el sol plácidamente con sus 6 metros de eslora y esa cabeza prehistórica y temible. “Joder –pensé –, cualquiera se pega un bañito en el río este.”

El río estaba quieto y esponjoso. Del color marrón del primer día habíamos pasado a un negro con reflejos colorados. El agua cada vez más limpia y más oscura, los pájaros más verdes y los narigudos con sus largas colas haciendo equilibrios en las ramas de los árboles. Me quedé adormilado mientras leía el libro de Taibo.

Pasamos la noche fondeados en un recodo del río. Biaju y Tom seguían farfullando en bahasa indonesio y yo no entendía ni palabra. El final de la luz, los sonidos de los insectos y la luz parpadeante de las luciérnagas. ¡Uhmmmm! I like it. Una inmersión en tiempos remotos de la conciencia, bajo la mosquitera, meciéndome en la corriente, una poderosa sensación de algo por venir e inevitable. ¡Claps! Otra cerveza, ya caliente porque hace tiempo que el hielo que traíamos se había derretido. “Vamos Tom, vamos Biaju, una cerveza por las noches más largas.”

De la sentina nos llegaba un aroma a especias y fruta fresca y poco después cenábamos a la luz del candil mientras charlábamos de nada. De tanto en tanto teníamos que encender nuestros frontales para sacar algunas polillas que habían quedado pegadas al arroz. Nos reíamos mientras las cogíamos entre los dedos y Biaju hacía como que se las comía. Os juro que entre carcajada y carcajada se comió más de media docena. El flaco y desmelenado inglés recostado sobre su codo y el enjuto y sarmentoso dayak sentado en cuclillas en la borda de estribor, colgado sobre el agua. Aquello parecía una escena de mi libro. ¿Qué diantres hacían aquellos dos tipos siempre tan cerca y siempre tan lejos? Biaju miraba fijamente la pipa que había sacado Tom de una bolsita de saco que le colgaba en la espalda.

calaoAl amanecer, y cuando aún una suave bruma cubría la superficie del río, el kotlok se alejó suavemente de la orilla y enfiló la sombra de la galería río arriba. Algún cálao pasaba rozando la corriente y las garzas se posaban entre las ramas a nuestro paso. Un poco más allá alcanzábamos a ver los primeros metros de la selva de borneo donde aún vivían leopardos nublados y osos de anteojos envueltos en las historias de los dayaks. “Da buena suerte encontrarte con el espíritu del bosque cuando sales de caza. Si te mira el leopardo tendrás una buena pieza, seguro; pero tienes que tener cuidado con los espíritus de la noche, porque olerán la sangre y vendrán a robarte mientras duermes”, nos contaba Biaju mientras señalaba el laberinto verde. “Y que te roban?”, preguntó Tom con socarronería. “Primero entran en el sueño y devoran tu caza. Después, y con la boca aún llena de sangre, van a por tu alma y ya no despiertas más”, le contestó el dayak sonriendo.

“Nosotros sólo queremos ver a los orangutanes en el Camp Leaky –intervine yo al ver el gesto hosco del británico –. Nada de cacerías ni de leopardos nublados, sólo una visita a nuestros primos cercanos y un paseo por el río.” Biaju me miró con gesto grave y , mientras se dirigía a las escaleras de la sentina, respondió: “No todos, no todos, míster Antoni”.

“No le haga caso –oí que decía Tom a mi espalda –. Es un dayak loco que aún cree en los fantasmas. Yo sigo el río como usted, para llegar al campamento.” Y siguió sentado en la proa con los pies a pocos centímetros del agua. Pensé que no era una buena idea pero no dije nada.

Unas horas más tarde llegábamos a la parte más estrecha del río bajo una densa maraña de vegetación. La nave había ralentizado la marcha y salieron los hombres de la cocina con sedal y anzuelos para sentarse en la borda a pescar. Parecían muy excitados y le pregunté a nuestro guía cual era el motivo. “Es por el Arowana, dicen que uno de ellos vive por aquí y que estas aguas frías y oscuras son las que más le gustan.Pez Arowana El Arowana es un pez enorme y muy sabroso. Además es el pez de la suerte. Todos quieren ver al Arowana.” Pero el gran pez no apareció. Seguro que estaba escondido en su cueva de raíces esperando nuestra marcha y entonces saltaría hasta morder los dedos de los macacos de cola cerdo que estaban observando sentados en la rama del árbol seco. Eso decía la tripulación, y en un barco más vale tener respeto por la tripulación. Cuando salieron las primeras estrellas, amarramos el klotok a los árboles dejando que los cabos lo alejasen unos metros de la orilla, así nos evitábamos visitas no deseadas en la noche. Pinché el The Piper at gates of dawn de Van Morrison en mi móvil y disfruté en silencio mientras desaparecía el último rastro de luz y la cerveza templada refrescaba el gaznate. Sonaba bien el viejo rockero.

Enchanted and spellbound, in the silence they lingered

And rowed the boat as the light grew steadily strong

And the birds were silent, as they listened for the heavenly music

And the river played the song

The wind in the willows and the piper at the gates of dawn

The wind in the willows and the piper at the gates of dawn

(Encantado y fascinado, en el silencio que se quedó

Y se desplazó por el barco como la luz se hizo cada vez fuerte

Y los pájaros guardaron silencio, mientras escuchaban la música celestial

Y el río tocó la canción

El viento en los sauces y el gaitero en las puertas de la aurora

El viento en los sauces y el gaitero en las puertas de la aurora)

Tom y Biaju bebían mientras examinaban unos mapas topográficos de la zona. Yo iba por la tercera cerveza y Van Morrison se había convertido en el timonel de La Mentirosa, el último barco de Sandokán. Unos minutos después, los chicos subían una sopa de pescado humeante que picaba como un diablo. “Bebe, es brandy local”, me decía Tom al pasarme una botella sin etiqueta. ¡Uagffff, joder! Aquel brebaje era peor que el orujo de la aldea. Por lo menos el primer trago, porque después iba calentando la barriga, la lengua y hacía que todo se dibujase con enorme definición como en un cuadro hiperrealista. Creo que hablamos de las otras islas donde nos gustaba quedarnos, de las pequeñas y de las grandes, y de los libros de London y de si Conrad o Melville, y también salió la música de los Ethiopians y bailamos el mejor ritmo jamaicano, lento y ritual, de su canción ‘One heart’. En medio del río Seikonya, en mitad de la selva tropical de Borneo.

Antonio leyendo por la selva de Borneo

A veces merece la pena estar vivo aunque sólo sea para esto. Aquel tipo y yo movíamos las piernas y los brazos muy despacio ante la mirada ida de Biaju. Nuestro guía ya estaba en otra remota región.

Por cierto, aquí va mi libro:

El regreso de los Tigres de Malasia. Paco Ignacio Taibo II. Planeta. Barcelona, 2012. 352 págs. ISBN: 9788408097822. PVP: 20 €

Experiencia de Viaje

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