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Misterios de la Villa de los Misterios

A pesar de la erupción del Vesubio del año 79 d.C., que dejó sepultadas las ciudades de Pompeya y Herculano, la Villa de los Misterios es una ruina muy bien conservada de una casa romana. Precisamente gracias a la lava, el estado de sus pinturas al fresco es espléndido.

26 de mayo de 2014

Villa de los Misterios. Pompeya. Es una casa destruida y al mismo tiempo conservada por la lava. ¿Se puede hallar un ejemplo más potente y bello de la contradicción de la existencia? Lo malo resulta bueno, lo bueno resulta malo. Lo que te arrasa, te conserva. Lo que te oculta, te hace resplandecer… ¿Será esto la destrucción? Es para volverse loco.

El acierto mediático del que propuso este nombre es inmenso. Nadie dejaría de interesarse por una villa en la que ocurren u ocurrieron misterios. No de esos que hablan de extraterrestres o de fuerzas paranormales, sino de los que exigen conocimiento, perversión, secretos, sexo, elitismo…, placer y muerte. Nada menos.

La Villa de los Misterios. Una ruina muy bien conservada de una villa romana, a las afueras de Pompeya. A pesar de la erupción del Vesubio del año 79 d.C. y de quedar sepultada como toda la ciudad, su estado es magnífico. En especial sus frescos, que están casi intactos. El misterio de esta villa abarca todos sus aspectos. Con todo lo que hoy se sabe de Pompeya, de sus casas y habitantes, se ignora quién fue su propietario en el momento de la erupción. Desde luego, se trata de una casa lujosa que estaba asociada a una explotación agropecuaria. Había sido reformada pocos años antes del desastre, otro detalle más que incrementa su aura romántica. En tiempos, como lo son los nuestros, de barbarie urbanística, el diseño urbano y la integración de los edificios en el paisaje de esta villa son paradigmáticos. Pórticos, galerías y terrazas conectaban la vivienda con la ciudad, con el mar y, asimismo, con los terrenos agrícolas.  Una casa bien pensada, hecha para vivir y disfrutar.

Frescos de la Villa de los Misterios.

Rafael Manrique.

Pero volvamos a los misterios. Los que vivimos en universos cristianos deberíamos estar más que acostumbrados a ellos, pues… ¿qué otra cosa es un sacramento?, ¿y qué decir de la Santísima Trinidad?, ¿y todo eso de una paloma que, además de ser paloma, es Espíritu Santo y es amor y es…? Demasiado complejo.

En todas las culturas encontramos un lugar para la expresión de lo misterioso. Desde los animismos amazónicos hasta la Grecia de los cultos secretos, o Egipto y sus cultos mágicos. Tal vez una sociedad como la romana, muy vinculada a lo legal, lo tradicional y familiar, necesitaba estos cultos iniciáticos por los que respirar y liberarse de una existencia demasiado agobiante y cerrada. Cuanto más sofisticada es la cultura, más lo son sus misterios. Su existencia nos habla de esa característica de los seres humanos que consiste en ser ontológicamente incompletos, con un profundo desconocimiento de nuestra  última naturaleza, de nuestras razones esenciales. Somos una especie que siempre trata de escapar a la lógica de lo animal, de lo natural. Y lo hacemos de manera precaria, provisional, fácilmente retornable al estado más silvestre, básico, animal, sí. Por eso los misterios nos conectan con lo espiritual, con lo inefable de nuestra condición humana. Pero no necesariamente con lo divino, lo sobrenatural o lo religioso. Estas elaboraciones suelen ser añadidos utilizados sabiamente por los poderosos para lograr la sumisión de las personas. Se llamen chamanes o emperadores. Y no es cosa de mundos antiguos. Muchas culturas o épocas del pensamiento actual se han apropiado o interesado con fuerza en los misterios. Desde luego, lo ha hecho el cristianismo, pero también el romanticismo y, en general, todo idealismo. Ni siquiera, por obvio, podemos dejar de mencionar al nazismo y su mitología mistérica (e histérica).

 

Enigmático arte romano

Es probable que la Villa perteneciera a la familia de los Istacidii. Eso tan solo lo intuimos por el hallazgo de un anillo-sello, y por algunos contratos de obras que mencionan un lugar que bien podría ser la villa. Su construcción se remonta al siglo I. Se reformó pocos años antes de su destrucción en un terremoto que precedió a la erupción del volcán. De esa época son los frescos que, tanto entonces como hoy, consiguen deslumbrar, impresionar, a quien los contempla. La mansión –lo fue para la época– se construyó sobre un terreno pendiente hacia el mar que, antes de la catástrofe, no quedaba muy lejos. Hoy, tras la erupción, el mar se ha alejado. Como rechazándola, como temiendo al Vesubio, desconfiado… y con razón. Hasta el golfo de Nápoles ardió aquel aciago día.

Es consolador, al tiempo que deprimente si uno piensa, por ejemplo, en Benidorm, ver cómo entonces ya estaba de moda poseer una casita –palacio, villa, en este caso– junto al mar. Esta vivienda de personas muy ricas trataba de recrear un ambiente sofisticado, impregnado de cultura griega. Hay en su ejecución un gran acierto estético; pero, al mismo tiempo, evidencia la incultura y la barbarie de  los poderosos y acaudalados romanos. Los frescos egipcios de una de las salas, por ejemplo, están magníficamente realizados, pero carecen de emoción, de compromiso. No tienen ningún significado ni profundidad. Eran meramente decorativos, pintura a la egipcia.

Frescos de la Villa de los Misterios.

Rafael Manrique.

La Villa de los Misterios de Pompeya es ya un concepto, pero también, claro está, es una obra real. Una casa cuyo diseño es ya artístico y que además está llena de arte. Una de estas obras de arte es excelsa, de una calidad extraordinaria. Tanto, que te envuelve y te acoge al principio y te expulsa después, cuando comprendes que no perteneces a ese mundo; que solo estás de visita turística, superficial; que no perteneces a los iniciados.

Lo más importante de la Villa, de donde recibe su nombre, son las pinturas al fresco en una de sus habitaciones, un espacio que pudo haber sido un comedor. Probablemente se inspiran en un original griego que no se conserva, pero la ejecución es extraordinaria, propia de un gran artista. El tema aún es objeto de discusión. Suele decirse que se trata de la iniciación de una mujer en los cultos dionisíacos, que requería la ejecución de ritos específicos y  complejos: cantos, libaciones, procesiones, recitados, narraciones, atuendos especiales, adoraciones, profecías… Pretendían llegar a las comprensiones de la vida y de la  muerte más profundas y sentidas. Otra interpretación más prosaica, debida a Paul Veyne, es que representa simplemente a una joven pasando por los ritos del matrimonio. Vamos, una especie de álbum de boda. Cuesta pensar que fue tanto para tan poco –es el “¡Tanto penar para morirse uno!”, como reza un verso gongorino, metáfora de lo que acabamos de explicar.

Aunque quizá lo fuera, no parece un comedor. Nuestra mente no admite, para tanta belleza, algo tan vulgar. Más parece un lugar destinado al pensamiento, a la reflexión, para la contemplación; es decir, para estar solo. Es de destacar lo bien iluminada que estaba esa habitación. La luz entra por muchos sitios. No sabemos cómo estaba exactamente antes de la destrucción, pero si uno quiere algo de ocultación y  misterio, no lo busca tan cerca de ventanas. Hay que pensar como en el Paleolítico; esto es, que para pintar algo de orden probablemente mágico o iniciático, se introducían en las profundidades de las cuevas. Quizá esta estancia fuera un espacio para la evocación sensual, para pensar, para citarse… O, como decía antes, para estar solo. ¿Qué tipo de soledad buscaban?

 

Los frescos de la Villa de los Misterios

Si uno viaja en época de demasiado turismo –nunca hay poca gente en Pompeya– y tiene la suerte de estar un rato a solas, puede sentir cómo esa estancia logra –tal vez estaba destinada a ello– luchar contra el tiempo. Rodeado de esos frescos, que entonces debieron de tener un significado más claro del que suponemos, el tiempo y el exterior quedan en suspenso. Y se nota. En ese sentido, se asemeja a aquella habitación blanca, barroca y minimalista con la que Kubrick cierra 2001. Una odisea del espacio. Incluso, para aumentar esa sensación de tiempo detenido, hay que recordar que aquí, como en otras zonas de Pompeya y Herculano, se encontraron una serie de cuerpos retorcidos  de los que se hicieron esos famosos modelos en yeso. Casi se han convertido en la representación  canónica del drama de Pompeya.

Misterios de la Villa de los Misterios.

Rafael Manrique.

¿Y los frescos? Las imágenes son claras: podemos ver, entre otras, a un niño leyendo el ritual bajo la supervisión de una matrona, a una joven que sostiene la bandeja de ofrendas, un grupo de mujeres en alguna clase de celebración, un sileno que toca una lira, una joven que ofrece su pecho a una cabra, etc. También se representan las bodas de Dioniso y Ariadna. Predominan los colores azules y rojos, que no solo son bellos sino caros de obtener y de ejecutar con acierto. Recordemos que en los frescos no se puede corregir. Lo que se pinta se seca a los pocos segundos y ahí queda. No se puede modificar. El pintor ha de tener ideas claras y buena mano rápida.

De todos los frescos, tal vez el más impactante es el  retrato de una mujer joven y hermosa, con la cabeza apoyada en el regazo de una mujer –tal vez su doncella– que está siendo peinada. Es raro dentro de la pintura romana, ya que no parece un retrato de serie, uno de eso rostros convencionales, como ese tan conocido de una mujer que mira a los ojos a la que se suele llamar Safo, sin ir más lejos. Son figuras de oficio, muy bien pintadas, pero que no representan a nadie en particular. Pero esta mujer melancólica, de mirada serena y suave, es distinta. Más bien está en la estela de esos rostros que, como La joven de la perla, de Vermeer, el Retrato de una muchacha, de Petrus Christus, o La Madonna Sixtina, de Rafael, consideramos retratos ciertos de personas reales y, al tiempo, como ideales de mujer, de vida, de una época y una cultura. Y que así son lo prueba la fascinación que han ejercido a lo largo de cientos de años sobre generaciones de espectadores.

Frescos de la Villa de los Misterios.

Rafael Manrique.

Aún hoy, como probablemente ocurría antes de la erupción, visitar esta villa y contemplar estos frescos es rozar por un momento un mundo inefable que nos libera, por unas horas, de lo cotidiano. Y eso que hay algo de obsceno, de incorrecto, en el hecho de asomarse a la estancia, al territorio prohibido. Afortunadamente, hoy solo se puede ver desde la entrada. Eso, sin duda, le quita gracia y fuerza, pero permite la conservación frente a una atracción turística tan masiva.

Estos frescos comparten una inspiración misteriosa que los vincula a obras como  La danza, de Matisse, que hoy puede verse en las escaleras del Hermitage de San Petersburgo, o a los derviches danzantes de Turquía. Esos danzarines giróvagos llegan a un mareo alterado, místico y un tanto orgiástico que nos remite a los misterios de Dioniso. Estas pinturas se centran en la vida material y real de una villa, pero también se sitúan y nos sitúan en contacto con lo espiritual y misterioso. Se trata de una dualidad difícil de concebir en términos reales. O tal vez todas estas suposiciones seductoras son solo una elucubración de intelectuales ociosos y los frescos sean solo frescos. Quién sabe. René Magritte decía que sus pinturas no ocultaban nada ni significaban nada, porque el misterio tampoco significa nada, ya que es incognoscible… por definición.

Como es bien sabido, la Villa de los Misterios fue sepultada en la erupción del año 79 d. C. Se excavó, esencialmente bajo la dirección de A. Mauri, en los años 1924-1961. Rápidamente adquiría fama, y fue una de las razones por las que el gran viaje de los jóvenes ingleses acaudalados cambiaran su periplo para pasar por Pompeya y Nápoles… ¡Nápoles! ¡Pozzuoli! Esa es otra, que quedará para otro día…

Monte Vesubio.

Rafael Manrique.

Nápoles es el olvido.

En el rencor de sus piedras

se guarece el sueño de la historia.

El mar le reserva una mirada azul,

pero ella se despereza por sus colinas,

mientras el Vesubio duerme su muerte profunda,

y rehuye el contacto precioso de las aguas.

 

Nápoles mantiene una respiración oscura,

de calles pobladas de basura y blasones de tiempo,

donde los niños juegan con la suerte de sus manos

y las grandes coladas tendidas

en los enfilados senderos a la cumbre

son como las banderas multicolores de una extraña fiesta,

todo forma una selva de penumbra, ruina y vida.

 

Canciones en las noches de las trattorias,

embelesando los acordes de las viejas guitarras

y un rumor de lamento en las sombras tristes de sus palacios

abandonados al fin en el afán de la nostalgia.

 

Nápoles es un bullicio,

un caos de sangre que palpita,

lluvia perpetua

que arrastra todos los silencios

y cuando te alejas de ella

algo tuyo e íntimo se queda

entre sus callejuelas y plazas.

 

F. Sarría

pompeya, viaje a napoles, villa de los misterios

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