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Mostar: Turismo en el postinfierno

Viajar a Mostar es hacerlo al corazón mismo de la contradicción de ser humano. Donde hoy es un paraíso pasear, ayer estaba el infierno. No se trata de hacer turismo de guerra, esa forma perversa, insolidaria e insensata de viajar, porque Bosnia-Herzegovina está hoy en paz.

21 de abril de 2016

Viajar a Mostar es hacerlo al corazón mismo de la contradicción de ser humano. Hablar de la ciudad de Mostar, en Hergezovina (Bosnia-Herzegovina, si para cuando se publique esto el mapa no ha cambiado de nuevo), es hacerlo también sobre esa forma suprema de injusticia y violencia que llamamos guerra. No es tarea fácil escribir sobre la guerra, y menos aún cuando ya otros lo han hecho con eficacia. Pero el caso es que Bosnia y Herzegovina existen, podemos ir a su capital, Sarajevo, y a alguno de sus pueblos y ciudades. De turismo, de visita. Una de esas ciudades, tal vez la más famosa, es Mostar. Y es necesario seguir hablando de ella.

La ciudad aparece tardíamente en las crónicas. Allá por el siglo XV se cita el puente viejo y el cobro de tasas por cruzar ese paso situado en la orilla del río Neretva y punto clave para trasladar minerales y bienes del centro de Bosnia y Herzegovina hacia la costa dálmata, que hoy pertenece casi en su totalidad a Croacia. Y digo casi porque hay un curioso y pequeño corredor hacia el Adriático que pertenece a Bosnia desde hace siglos, pero cuyo uso es casi exclusivamente turístico. Se atraviesa de camino hacia Mostar y se sitúa alrededor de una ciudad llamada Neum. Una curiosidad histórica y política que aún no parece bien utilizada.

Viaje a Bosnia.

Rafael Manrique.

Me gustaría pensar que viajar a Mostar, ser turista en el lugar que se hizo famoso por las atrocidades bélicas y por la destrucción, es hoy un acto político y crítico en sí mismo. No fue desde luego la única ciudad bombardeada y destruida. Hubo sitios que sufrieron peor suerte, como Sbrenica. La cercana Dubroknic, ya en Croacia, también lo fue, pero allí era “el enemigo” quien atacaba. Lo particular de la guerra en Bosnia y Herzegovina es que con frecuencia el  enemigo no era el extranjero, sino el vecino, a veces de la casa de al lado, con el que se habían compartido muchos años de vida y un mismo destino. Sarajevo también estuvo en guerra, o Madrid sin ir más lejos, pero ninguna tan cercana en el tiempo como ésta. De hecho, cuando uno se va acercando a Mostar se encuentra aún con numerosas casas destruidas por los bombardeos. Tras recorrer la parte medieval del puente y las fortalezas de defensa a sus extremos, merece la pena pasear por la ciudad no medieval en la que se ven los estragos del conflicto como si fueran de ayer mismo.

Viaje a Bosnia.

Rafael Manrique.

Las crónicas de la guerra en Mostar difieren según la nacionalidad y religión de quien las cuente. La lista de atrocidades cometidas sobre las personas y los bienes es aterradora. El caso es que la ciudad fue destruida y el puente volado. Pero hoy es objeto de visita de turistas, de viajeros, y se hace difícil hablar de forma no trivial de lo que aquí ocurrió hasta el año 1995, hace tan solo poco más  de veinte años.

Para llegar a Mostar desde la ciudad de Dubroknic, antaño enemiga, se tarda unas pocas horas en coche o autobús. Es muy aconsejable invertir un día en ese viaje. La mezcla de belleza, historia, crueldad y esperanza lo merece. Ser objeto turístico le viene bien a la ciudad. La normaliza, la humaniza, la aleja de la barbarie. El puente viejo suele ser el objetivo de esta desconcertante visita a algo que ya no existe. En un principio era de madera, pero en el reinado de Solimán el magnífico, en los años del imperio otomano, se construyó el de piedra por el que llegó a ser muy conocida esta ciudad. Para su época era una obra  extraordinaria. Un semicírculo perfecto. Alto, esbelto y elegante, el viajero del XVI Evliya Çelebi lo comparaba con un arco iris que vuela hacia el cielo.

En la actualidad, cuando se  cruza el puente uno se encuentra con gente del  mundo entero, pero también con serbios, bosnios, herzegovinos, montenegrinos, macedonios, croatas, kosovares, eslovenios… Todos los que formaron Yugoslavia y que hasta hace poco se mataban con total dedicación  y saña. Encontrarlos allí es un triunfo sobre la guerra y su lógica. Se pasean sobre un puente reconstruido que  respeta la forma pero no imita la construcción tradicional. Esa se perdió. Creo que ha sido una buena idea haberlo hecho así.

Tal vez ese sentido de reparación y superación que supone este puente de nuevo operativo llevó a Godard a situar en ella el  contradictorio paraíso que narra en su filme Nuestra Música. Donde hoy es un paraíso pasear, ayer estaba el infierno. Godard aborda con maestría esa contradicción.

No se trata de hacer turismo de guerra, esa forma perversa, insolidaria e insensata de viajar. Aquí ya no la hay. Bosnia-Herzegovina está hoy en paz con sus vecinos, aunque sea de una forma un tanto tensa y hostil. No podía ser de otra manera. Las personas mayores que vemos por la ciudad hace poco estuvieron en guerra y vieron morir a hijos, hijas, maridos, mujeres, padres, madres, vecinos, amigos… Tal vez alguno disparó sobre ellos o fue disparado. No es para estar loco de alegría. La reconciliación no será fácil.

Como es sabido, la ciudad es patrimonio de la humanidad. Esa declaración supone siempre un atractivo para realizar visitas, pero aquí la pregunta surge al instante: ¿Qué visitamos aquí que sea un patrimonio, un ejemplo, para toda la humanidad? El puente antiguo ya no existe. Ahora hay uno de hormigón. La misma ciudad antigua ha sido totalmente reconstruida (con bastante acierto) y hoy está tomada por tiendas que venden recuerdos y souvenirs abominables. Pero esos lugares donde hoy hay tiendas y cafés  no hace mucho eran el lugar de una actividad mucho más abominable: la de los francotiradores. ¿Tal vez  lo que sea patrimonio de la humanidad es el triunfo de la paz y la esperanza sobre el nacionalismo, la violencia  y la destrucción?

Viaje a Bosnia.

Rafael Manrique.

Hay que tratar de cruzar el puente un día y a una hora en la que no haya mucha gente. Entonces llega el momento de situarse en la parte central, la más elevada, y mirar hacia el pasado, hacia el presente y hacia el futuro que desde allí se contempla: el de Mostar, el de Europa, el nuestro. Todos se intuyen desde la cima del Puente. Y luego tomar un café para comentarlo, para que se fije en la memoria y el razonamiento. ¿Con la esperanza de que no se repita? Tal vez eso sea una ingenuidad.

Además de los extremos, hay otros dos puntos esenciales para verlo. Los dos aguas abajo. Uno es desde las terrazas que a la derecha, desde lo alto del puente, son muy visibles. Tienen unas escaleras y constituyen lo que puede denominarse un parque fluvial. Proporciona una de las estampas más usuales y hermosas. Y hay otra menos conocida que está precisamente enfrente, en la otra orilla. En ella hay un peligroso trampolín para tirarse al río (por deporte, no por desesperación). Cuesta encontrar el acceso y no hay que tener vértigo para llegar hasta él, pero la vista, un tanto elevada, sobre el casco viejo y el puente, es insuperable.

Además, la zona vieja y los alrededores de la ciudad también merecen la pena. No sólo por valorar los muchos destrozos aún visibles, sino por hacerse una idea del día a día de una ciudad actual de Bosnia-Herzegovina. En la parte musulmana hay una pequeña joya a visitar. Se trata de una bella casa de estilo otomano, asimismo incluida en la lista de patrimonio, a la orilla del río. Y hablando de puentes, no sólo hay que ver el puente viejo. Hay otro más pequeño y muy hermoso que fue construido en 1558  por Sinan, el gran arquitecto otomano cuyos edificios constituyen la imagen que tenemos de Estambul. Pequeñas joyas que completan la visita a lo que era y es una bella ciudad que se esfuerza en vivir de otra manera y  que, como ejemplo, tiene dos universidades con más de diez mil alumnos. Desconozco si España, mando allá de cascos azules, tiene algún concierto con ellas.

Al cruzarnos con la gente de Mostar, de Bosnia, parece como si los que pertenecemos a la Unión Europea les debiéramos algo. Probablemente así es.

Desde hace treinta horas
las granadas
llueven sobre nosotros desde todas partes.
Una de ellas
ha sobrevolado ahora
este poema.
Ha sido lanzada desde el Mrkovići
donde antes de la guerra cogía margaritas
con la mujer que amo.
Izet Sarajlić

guerra de los balcanes, mostar, Turismo, viaje a bosnia

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