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Naranjas bañadas en puesta de sol

Cualquiera que en el pasado haya viajado por Italia y haya prestado algo de atención a sus cítricos, merece la mención de Helena Attlee en su último libro: Guy de Maupassant, Charles Dickens, Edward Lear, D.H. Lawrence, Hans Christian Andersen, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Gadda, d’Anunnzio, Sciascia…

2 de enero de 2018

El título del hermoso libro de Helena Attlee procede del Wilhelm Meister de Goethe, de aquel pasaje en el que se formula la célebre pregunta –“¿Conoces el país donde florece el limonero… lo conoces bien?”–, que es casi un momento inaugural. Aquel libro, epítome de lo que luego se conocería como Bildungsroman o novelas de formación, se publicó en 1795 y está en buena medida en el origen de esa tremenda atracción que durante siglos ejerció el Mediterráneo para los jóvenes cultivados de los países del Norte. No es por supuesto el único autor extranjero que circula por estas páginas. Cualquiera que en el pasado haya viajado por Italia y haya prestado algo de atención a sus cítricos, merece la mención de Helen Attlee: Guy de Maupassant, Charles Dickens, Edward Lear (de quien por cierto recomienda con entusiasmo un libro al parecer inédito en castellano), D.H. Lawrence, Hans Christian Andersen… Por no citar a los autores italianos: Lampedusa, Montale, Gadda, d’Anunnzio, Sciascia… Uno se adentra por las páginas de este libro con admiración y una cierta envidia. Al final lo que más felicidad nos proporciona son nuestras pasiones. Cuando durante un tiempo o a veces durante toda una vida concentramos todos nuestros esfuerzos en una dirección y convertimos una sola cosa en el centro de nuestros intereses –la montaña, el ajedrez, la jardinería, incluso dentro de la jardinería específicamente el cultivo de los cítricos, como en este caso, esta cosa termina por ser una especie de principio ordenador del mundo a partir del que todo lo demás cobra unidad y sentido. Y esta es la sensación que transmite la lectura de El país donde florece el limonero.

El libro, como suele ocurrir en estos casos, tiene un origen lejano, prácticamente desde finales de los setenta, cuando la autora hizo sus primeros viajes a Italia, aunque sus últimas anotaciones son del año 2012, poco antes de su publicación original. Decir que las naranjas, las mandarinas, los limones y los pomelos le sirven a la autora para hacer un repaso de la historia italiana, desde la ocupación de los árabes hasta la actualidad, es quedarse corto. Lo mismo nos habla de la historia de las colecciones del Renacimiento que de la navegación y de la importancia de estos frutos para la erradicación del escorbuto, provocada por la falta de vitamina C, una enfermedad que hacía estragos entre los marineros hasta mediados del siglo XVIII, o de los planes de Mussolini para acabar con los humedales en los años treinta del siglo XX, o del surgimiento de las primeras cooperativas.

Hay algunos momentos especialmente memorables, como el pasaje en el que nos cuenta cómo el surgimiento de la mafia en Sicilia a mediados del siglo XIX está estrechamente relacionado con los jardines de cítricos. La comercialización de unos frutos delicados y que tenían que hacer largos viajes era un contexto que favoreció la manipulación de los mercados y unos métodos de extorsión y chantaje que luego serían tan conocidos y que se aplicarían a otras actividades, dentro y fuera de Italia. Es tremendo leer, por ejemplo, cómo estos jardines idílicos escondidos tras altas tapias esconden una historia de terror y cómo en los años sesenta albergaron laboratorios clandestinos donde se fabricaba la heroína que se exportaba luego a Estados Unidos. La autora del libro entrevistó al catedrático de arboricultura de la universidad de Palermo Giuseppe Barbera. De estudiante había tenido autorización para estudiar los cítricos de La Favarella, una finca del clan de los Greco. El propio Michele Greco, jefe de la comisión rectora de la Cosa Nostra, un personaje conocido como Il Papa y que recibía en su casa de campo regularmente a banqueros, cardenales, jefes de policía, políticos y aristócratas, fue quien le entregó un juego de llaves para que entrara cuando quisiera en los huertos, aunque a veces se encontrara con que inexplicablemente habían cambiado las cerraduras. Giuseppe Barbera le dice: “Conocí bien a don Michele, y en aquellos tiempos a nadie le importaba sus relaciones con la mafia. Se vestía como un agricultor, con sus chaquetas desgastadas y le gustaba hablar de fútbol. Adoraba sus bosques de mandarinos… Sin embargo, se apresura a explicar Barbera, esta benevolente figura era también la perpetradora de innumerables actos de la crueldad más atroz y de repulsiva ferocidad”.

El país donde florece el limonero, Helena Attlee.

Por supuesto que es también un libro de viajes y de entrevistas con personas que tienen algo que aportar sobre la importancia de productos derivados de los cítricos en la elaboración de perfumes como la bergamota, que se utiliza como un valiosísimo agente fijador, el neroli, que sigue siendo el principal ingrediente del más del doce por ciento de los perfumes modernos, el petitgrain. En otro momento, es a la elaboración de las mermeladas y a su historia a lo que dedica páginas inspiradas. Eso sin contar con la propia gastronomía del país y su relación con estos frutos (el libro está salpicado de recetas que contienen naranjas y limones en su elaboración). En otro momento Attlee cree advertir toda una metáfora (y aprovecha para darnos una pequeña lección de historia) a partir de tomarse un combinado de Campari con naranja en una terraza en Génova. El camarero le dice que ellos llaman Garibaldi a esa bebida: “Mientras Garibaldi luchaba para que Sicilia y sus boques de naranjas sanguinas formaran parte del nuevo reino de Italia, Gaspare Campari se encontraba en la región norteña de Lombardía desarrollando la receta del aperitivo que llevaría su nombre”. Y concluye: “Mi bebida era un símbolo de la unificación en un vaso, la combinación del norte y el sur, y también una metáfora de la extraordinaria importancia que el cultivo de cítricos tuvo tiempo atrás en toda la península italiana, desde Lombardía en el extremo norte hasta Sicilia y el sur de la península italiana”.

Hay capítulos enteros dedicados a la compleja taxonomía de los cítricos, con diferentes corrientes y grandes especialistas como Walter Tennyson Swingle y Tyozaburo Tanaka. Se refiere en varias ocasiones a las devastadoras consecuencias de una enfermedad que afecta a las raíces de los árboles: la gomosis.  Y como casi siempre que se hacen libros de estas características, las últimas páginas desprenden nostalgia e incertidumbre. La globalización, la comercialización de productos criados en cualquier región del mundo, está arruinando los cultivos tradicionales, que están conociendo, sin embargo, un tímido repunte como atractivo turístico (como la fiesta que describe en el capítulo ‘La batalla de las naranjas en Ivrea’, y que vincula con el Carnaval), ligados a corrientes más o menos contraculturales, como el movimiento Slow Food de Carlo Petrini, que ha hecho de los chinotto casi un icono, o a partir de algunas iniciativas con su parte de romanticismo, como la de Miki y su marido, el príncipe Scipione Borghese, que han puesto en marcha un exitoso programa de ayuda a la investigación contra el cáncer basado en el cultivo orgánico de cítricos. Una lectura sabrosa, en suma, la del libro de Helen Atlee. Con mucho jugo.

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