Azímut

19 de octubre de 2018
“Para comprender en su esencia una nación extranjera es absolutamente necesario haberla visto con los ...
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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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Narciso en Burdeos

El Espejo del Agua quizá nos haga creer que lo que vemos es Burdeos. Sin embargo, los géiseres que de vez en cuando surgen de la superficie y difuminan todo, hasta nuestra propia presencia, parecen advertirnos: No creas lo que ves. Narciso también creyó que el que se reflejaba en el lago era él y por querer acercarse tanto… murió ahogado.

17 de mayo de 2018

Borges y Homero eran poetas ciegos. Podría parecer que los espejos no van con ellos. Como ninguno lo era de nacimiento, bien podrían encontrar formas significativas y poéticas de explicarnos en qué consiste El Espejo de Agua, situado frente a la plaza de la Bolsa de Burdeos. Pensaba en ellos cuando hace unas horas allí me encontraba (verán que uno no pasea a lo bobo, sino inmerso en literarias meditaciones). Ambos han escrito acerca del tema que vamos a abordar. Espejos de agua y agua que hace de espejo, y que hubo de ser el primero al que se asomaron los seres humanos antes de crearlos. Imitación de la naturaleza.

Borges, suena lógico, consideraba a los espejos abominables, ya que reflejaban lo que para él era algo irreal e imposible. La visión de sí mismo, piensa él, crea desconocimiento. En su poema Los espejos, afirma: “Yo que sentí el horror de los espejos
 no solo ante el cristal impenetrable
 donde acaba y empieza, inhabitable,
 un imposible espacio de reflejos”. Y algo hay de verdad en ello.

Todo los espejos son una forma de espejismo. Muestran algo que no existe, aunque no nos pongamos tiquismiquis, tal vez tampoco nosotros, y aquí estamos. Simulan agua cuando más se necesita, el agua digo, no los espejismos. Por eso tienen esa tendencia a aparecer en medio de cualquiera de los espantosos y bellos desiertos de la Tierra. Están en los más importantes mitos de la regeneración, del nacimiento, del conocimiento y de la destrucción.

Los constructores de mitos ponían espejos en manos de dioses y héroes. Atenea, tan frecuentemente prevaricadora, dio a Perseo un escudo tan pulido que servía como tal. En él se miró Medusa y murió de su propia mirada reflejada. Narciso también muere al verse a sí mismo en el espejo del agua de un estanque. Esa es la mirada narcisista, engreída y ensimismada. Ocurre que la violencia y la soberbia, si se miran al espejo, mueren… o matan. Pero del que más me acuerdo es del de la madrastra. Sí, ella, la de Blancanieves, a la que el espejo insobornable le anunció que ya no era la más hermosa del reino. En este caso fue el espejo el que quedó destruido.

Viaje a Burdeos, Francia

No son, por lo tanto, cosa fácil los espejos. ¿Habrán tendido una trampa a los enfants de la Patrie, el gobierno de Burdeos, el paisajista Pierre Gangnet y el arquitecto Michel Corajoud, autores del Espejo de Agua? Para algunas críticas especializadas, es uno de los mejores diseños de plazas urbanas que se han realizado en el mundo en los últimos años. Para otros, una obra un tanto kitsch e innecesaria.

Una vez que se crearon los espejos, estos artefactos pasaron con rapidez a ser objetos relacionados con fenómenos mágicos y rituales. Desde el comienzo de la humanidad, aquello que reflejase la realidad ha estado ligado a lo esotérico y lo oculto. El verse retratado uno mismo en los espejos que el agua crea ha significado para muchas culturas de la antigüedad obtener la imagen de la propia alma. Creen que ese objeto, capaz de reflejar lo que ante él se sitúa, tiene también la capacidad de mostrar o atrapar su alma. Algo, lógicamente, inaceptable.

Pero, además de pensar que refleja la verdadera esencia de las personas, puede otorgársele la capacidad mágica de servir como puerta a otros mundos, ya paralelos o imaginarios, así como enlace entre vivos y muertos. Se los ha usado como si de oráculos se tratase. Se podría divisar, a través de ellos, imágenes que brindarían información acerca del futuro. Recordemos que uno de los más importantes libros de la literatura toma este camino: Alicia en El Pais de las maravillas, y sobre todo Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll. En la vieja tradición que sospecha de los espejos, Alicia descubre que, detrás de lo que se refleja, hay otro mundo. Subvierte la realidad y se sitúa detrás de ella.

Uno no puede evitar pensar y sentir que algo de eso es posible frente al Espejo de Agua de Burdeos y sus extraordinarios efectos de reflejos y niebla en los que la ciudad parece desaparecer, o tal vez sea mejor decir, recrearse. Un complejo sistema hidráulico hace que el agua se filtre a través de unos orificios realizados en una enorme y lisa placa de mármol. Se crea con ello una delgada capa formando diferentes efectos según la lámina sea de unos pocos milímetros (máximo dos centímetros) o simplemente sea el granito aún húmedo tras la retirada del agua. Agua que se filtra en una plaza, reflejos de los edificios, humedad brillante. ¿Les recuerda eso a algo? ¡Sí, exactamente! Este espejo está inspirado en las cíclicas inundaciones de la plaza de San Marcos en Venecia.

Contiene, la imagen que genera este ingenio, la totalidad del enorme, recargado y bello edificio de la antigua bolsa de comercio de la ciudad portuaria. No es extraño que lo haga, ya que es el más grande del mundo, con sus 3.450 metros cuadrados. Se inauguró en 2006 y ha tenido un enorme éxito. Incluso demasiado, porque sus cualidades poéticas y mágicas a veces se olvidan cuando los visitantes, sobre todo en verano, chapotean y juegan en el interior e incluso hacen botellón. No sé si esta queja será propia de un elitista que no desea que todo el mundo use una intervención artística o está justificado como abuso e infantilización del lugar. Ustedes dirán. Lo que es cierto es que se ha convertido en el lugar más visitado y fotografiado de Burdeos, ciudad que es Patrimonio de la Humanidad y que cuenta con cientos y cientos de casas y palacios del siglo XVIII que conforman uno de los cascos históricos más grande, original, armónico y bien conservado de Europa.

Prefiero creer que el éxito se debe a la mezcla y contraste entre lo suave y lo líquido que supone el río Garona a un lado y la solidez y dureza de la Bolsa de comercio al otro. Tal vez esa dialéctica no estaba bien simbolizada hasta la creación de El Espejo del Agua. Lo duro, lo material, lo interesado, se amalgama con lo tenue y artístico. Y esa mezcla forma el espejismo que menciono. Si uno lo piensa, verá en este paisaje real y especular el mismo intento y la misma solución que daba El Greco a sus pinturas. Se trata de construir una especie de pliegue, de sutura –en el caso del pintor, tenía forma de nube– que contrapone y comunica realidades que no podían estar juntas: lo efímero y terrenal con lo celestial y eterno. Esta intervención urbana lo logra gracias al ingenioso espejo realizado con una lámina de agua. Aparentemente simple pero dotado de una hábil tecnología hidráulica. El resultado es esa especie de espejismo que trastorna la mirada.

Tanto El Greco como el arquitecto Michel Corajoud realizan una obra que no respeta el tiempo ni la materialidad, aunque de ambas cosas está hecha. El Espejo de Agua establece una confusión entre realidad e imagen, entre día y noche, entre presencia y ausencia… Al final, entre cultura y barbarie. Eso lo hace tan fascinante y desasosegante. Tal vez por ello las personas traten de desactivar ese peligro trivializando y bromeando. No parece importar a muchos de los visitantes ese romanticismo ciudadano a ras de suelo. ¿Habrán sido los gobernantes superiores a sus ciudadanos? Desconcertante posibilidad.

El Espejo del Agua de Burdeos se incorpora a lo que se ha venido denominando posmodernismo arquitectónico. ¿Una realidad líquida, tenue y frágil que en este caso adquiere forma de arte y espectáculo no es también una metáfora del capitalismo neoliberal? No en vano, juega con la Bolsa de Comercio, a su vez metáfora del origen del capitalismo, antes de que se disfrazara de liberalismo y democracia.

Para Lacan, mirarse al espejo es el inicio del desconocimiento de uno mismo. El niño llegará a creer, y lo hará para siempre, que “ese” que se refleja en el espejo es “él mismo”, lo que realmente “es”. Y así, creyendo conocerse se aleja de su conocimiento. El Espejo del agua quizá nos haga creer que lo que vemos es Burdeos. Sin embargo, los géiseres que de vez en cuando surgen de la superficie y difuminan todo, hasta nuestra propia presencia, parecen advertirnos: No creas lo que ves. Narciso también creyó que el que se reflejaba en el lago era él y por querer acercarse tanto… murió ahogado.

Disfrutemos del Espejo de agua de Burdeos con placer y distancia. Sobre todo al caer la tarde. Merece la pena.

espejo de agua, viaje a burdeos

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