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“No creo que pueda seguir escribiendo”

Este pequeño artículo está destinado a animar la lectura de la historia del explorador británico Robert Falcon Scott, la lectura de su diario y una visita a la British Library, en Londres. En una de sus salas se exponen varios tesoros universales del mundo de los libros. Uno de ellos, los diarios del explorador.

2 de abril de 2018

En los cuadernos y notas de viajes podemos distinguir entre aquellos que quieren ser útiles como base de posteriores trabajos como libros o informes, y aquellos otros que son privados y de los que no está prevista trascendencia alguna, aunque a veces llegan a tenerla. Respecto al autor, también hay que hacer una importante distinción: algunos cuadernos son de escritores que al viajar escriben ya que esa es su naturaleza y oficio; otros cuadernos pertenecen a viajeros, aventureros cuyo oficio no es escribir, pero lo hacen. De estos últimos me voy a ocupar. Me resultan más conmovedores, porque, al ser no pragmáticos ni literarios, muestran con mayor nitidez una experiencia humana a veces extraordinaria. Y entre ellos uno en particular: los diarios de Robert F. Scott y, de este, unas páginas específicas, las últimas, cuando ya sabe que su muerte en la Antártida es irremediable.

Los diarios de Robert Falcon Scott

La historia del capitán Scott es bien conocida. Se han publicado sus diarios y hay numeroso libros ensalzando o criticando su viaje. Uno de los más impactantes es el voluminoso El peor viaje del mundo, en que se relata su historia y otras aventuras polares escritas por uno de sus participantes, Asley Cherry-Garrard.

El diario de Scott fue encontrado meses después de su muerte, ocurrida el 26 de marzo de 1912. Ocho meses más tarde llegó la expedición de rescate hasta ellos. Este pequeño artículo está destinado a animar la lectura de la historia de Scott, la lectura de su diario y una visita a la British Library, en Londres. En una de sus salas se exponen varios tesoros universales del mundo de los libros. Uno de ellos los diarios de Scott.

Se dice que tuvo mala suerte, que planificó mal, que Roald Amundsen fue más astuto… Se dan razones de tipo logístico para explicar su muerte cuando ya estaban a pocos kilómetros de un depósito con provisiones y abrigo. Puede ser. No soy un experto en ello; pero propongo que hay que mirar su final con otros ojos, con una mirada existencialista y comprensiva. Scott, Evans, Walker, Bowers y Oates llegan tras enormes dificultades al Polo Sur para ser los primeros en alcanzarlo. Allí se encuentran con la bandera de Noruega, una pequeña tienda, provisiones y una nota dedicada a ellos. Todo dejado amable y perversamente por Amundsen. Si el objetivo era ser los primeros, habían fracasado. Se suele decir que los logros científicos y geográficos también eran importantes; pero ya lo decía Poulidor, el ciclista: ¿quién se acuerda del segundo del Tour? Lo curioso es que a él todo el mundo le recuerda, dadas las numerosas veces que no ganó y quedó segundo. Pero ese no era el espíritu del inglés que era Scott. Sin duda él y sus compañeros volvieron deprimidos y fracasados, y en esas circunstancias se está para pocas heroicidades. Pero eso era lo que se necesitaba para volver a una base que estaba a más de mil kilómetros. El tiempo fue infame aun para un lugar en el que lo normal es que lo sea.

Desde mi punto de vista, en realidad murió de pena, de decepción. Es como si hubieran decidido morir antes de volver a Inglaterra sin lograr su meta principal. A través de su cuaderno de viaje, de sus notas, vamos teniendo constancia de la crónica de un fracaso que se gestaba a cada paso, día a día. Es la crónica de una muerte anunciada, parafrasendo el bello título de Gabriel García Márquez. Lo curioso es que ese fracaso de tintes épicos y románticos se ha convertido con el paso de los años en un gran triunfo histórico y personal. ¿Quién se acuerda de Amundsen? ¿Quién lee lo que escribió? Todos preferimos al perdedor Scott.

En su cuaderno hay muchas notas conmovedoras. Escribe cuando ya es consciente de que las dificultades son insuperables:

“Dios nos ayude, pues lo cierto es que no podemos continuar con este esfuerzo. En grupo todos estamos de buen ánimo, pero ignoro qué siente cada hombre en su corazón”.

Poco después, Evans muere exhausto y congelado. Unos días más tarde, Oaetes, quien abandonó la tienda del equipo el día de su cumpleaños, el 17 de marzo, dejó escrito: “Voy a salir, quizá me quede fuera un tiempo”. ¿Cabe mayor sobriedad?

Scott, el 26 de marzo deja escritas unas palabras de despedida. Si el hielo tuviera sensibilidad, se hubiera derretido:

“…afuera, delante de la entrada de la tienda, todo el paisaje es una terrible ventisca, resistiremos hasta el final, la muerte ya no puede estar demasiado lejos: es una lástima, pero no creo poder seguir escribiendo. Por el amor de Dios, cuidad de nuestras familias”.

Murió dos días más tarde.

Para muchos un modelo de heroísmo y nobleza. Para otros de incompetencia y arrogancia. Para el citado Cherry-Garrard: “Scott era una persona tímida, reservada y susceptible, de temperamento débil y depresivo. No sabía juzgar a los hombres y tenía poco sentido del humor. Lloraba con más facilidad que ningún hombre que he conocido”.

Tal vez ahora ya eso importe poco y quede la tragedia poética de aquellos cinco hombres que hemos conocido a través de lo que escribieron en esos días.

Los cuadernos de viaje son notas que suelen servir para no perder pie, para seguir siendo quien uno es cuando todo alrededor ha cambiado o está cambiando. Hasta hace muy poco estaban escritos a mano. Hoy en día los dispositivos electrónicos están modificando esto, pero no sustituirán a los cuadernos tipo Moleskine, ya que su uso es muy rápido, accesible y libre de toda dependencia tecnológica. La escritura a mano, al ser más rápida e inmediata, nos permite ver dudas, titubeos, pensamientos paralelos, correcciones, errores de apreciación, manías… De esta manera, el proceso de creación y de estructuración de una experiencia viajera se nos revela paso por paso, casi a medida que se va produciendo en la mente del viajero. Las primeras observaciones, las primeras reflexiones, quedan bien reflejadas en esos cuadernos. Por eso son tan familiares, tan cercanas, tan cargadas de emoción y veracidad. Además, la grafía es la propia de cada uno, no es un texto tecleado y eso le confiere una especial belleza. Tienen algo del autor, tanto de forma simbólica como literal. Le tuvo entre sus manos. Por más que esta afirmación suene a bolero.

Escribir un cuaderno de viaje es una forma de tener permiso para viajar, una especie de pasaporte estético y moral. Un arma contra la banalidad habitual en la experiencia turística. También supone un trabajo, por lo tanto una cierta expiación por el sacrilegio de introducirse en un territorio ajeno.

No todas las notas de viaje son nobles o poéticas. Amundsen también escribió. Dejó una nota para Scott sabiendo que sería el siguiente en llegar. Un prodigio de amabilidad forzada y chulería:

“Querido Capitán Scott: Como usted probablemente es el primero en alcanzar esta área después de nosotros, le pediría amablemente expedir esta carta al Rey Haakon VII. Si usted quiere usar cualquiera de los artículos abandonados en la tienda no deje de hacerlo.

El trineo dejado fuera puede ser empleado por usted.

Con saludos cordiales, le deseo una vuelta segura.

Cordiales saludos,

Roald Amundsen”.

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