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No sin mi pasaporte

El pasaporte tiene diversos significados en función del lugar del mundo donde nos movamos. Si viajamos por Kirguistán y Uzbekistán, es fácil comprobar que no sólo es un documento que nos identifica: marca la diferencia entre la sumisión y la libre identidad.

31 de mayo de 2013

Hace tiempo que las fronteras han dejado de tener los significados de límite y confín que se les atribuyó desde la Antigüedad, al menos las de Europa para un europeo. Casi nadie recuerda ya lo que sentía cuando el tren paraba, por ejemplo, en Ventimiglia y había que esperar a que la policía francesa e italiana revisara el pasaporte y mirara con ojos acusadores. Contarle hoy a un adolescente que hubo un tiempo en que había que pasar por la zona internacional del aeropuerto cuando se iba a Alemania, le parecería tan lejano como ver una película en blanco y negro. Lo mismo ocurre con el pasaporte, hoy uno tiene que hacer un esfuerzo por no olvidárselo, pues apenas representa un papel que se concede por el mero hecho de haber nacido; eso sí, en determinados países y circunstancias.

Poco que ver con el viaje que hice a Asia Central en el año 2007. Conseguí el visado para Uzbekistán vía París; pero en la capital uzbeka, Taskent me fue imposible tramitar el de Tayikistán, adonde quería ir emulando a los viajeros de principios del siglo XX que visitaron la cordillera del Pamir. De allí que, finalmente, tras pasar unas semanas en Uzbekistán, me decidiera por Kirguistán.

Volvía de pasar unos días en una yurta en el lago Song-Kul, quizás uno de los sitios más extraordinarios en los que he estado. Debía ir pensando en regresar ya hacia Taskent, pues en unos días volaba de vuelta a España. Hacerlo por Biskek, la capital kirguisa, en avión, era demasiado caro, así que me dirigí hacia la frontera terrestre. Me quedé en Karsaman, donde tuve que esperar dos días hasta conseguir un taxi que me llevara a Yalal-Abad, la frontera que, me aseguraron, estaba más cerca de Uzbekistán. La noche antes de salir oí balar una oveja hasta su muerte.

Paso de Taldyk, Osh, Kirguistán.

Gustavo Jeronimo, Flickr.

Durante varias horas, el matrimonio dueño del taxi y yo atravesamos las montañas peladas y puntiagudas del país. En las llanuras, había pueblos cubiertos de corolas de girasoles secándose y había que sortear las extensiones de pipas de la carretera. Me dejaron en el mercado de Yalal-Abad, donde arrastré durante un par de horas mi maleta buscando un taxi que me llevara a la frontera. Creí entender que no podría cruzar desde allí y que debía ir a Osch, al valle de Fergana. Cuando llegué, tuve que dejar mi taxi: había que cruzarla a pie. Una de las singularidades de las diferentes fronteras del mundo. Quién sabe si, tras llegar a la parte uzbeka, encontraría otro taxi… Había, y me llevó hasta Andijan, en Fergana, esa extraña ciudad más parecida a San Petersburgo que al imaginario oriental que tenemos del país. Allí tuve que esperar toda la tarde a que se llenara el taxi colectivo que me llevaría por fin a la capital y que conformó una de las imágenes más histriónicas, pues con ese espíritu me lo tomé, que vería en mucho tiempo.

Íbamos una pareja de adolescentes con su tío, un universitario y yo. Antes de salir, me pidieron si no me importaba que pasáramos por la casa de la chica para cargar su equipaje. Nada más entrar en una hermosa villa con jardín, salieron varios hombres y empezaron a cargar el taxi con paquetes de camisas a cuadros. Después de quitar las maletas del portaequipajes, ponerlas en los pies del interior y llenar el techo de camisas, aún quedaron varios paquetes por cargar. Los abrieron y, sueltos, los metieron debajo de los asientos y cubrieron la guantera y el cristal posterior. Así en un coche en el que se asomaban las camisas, emprendimos el viaje.

Como era habitual, había controles en la carretera. En algunos nos pedían la documentación. Íbamos tan cargados que llamábamos la atención de la policía. Nos hicieron parar en todos. El sistema era el siguiente:

Control de carretera en la frontera uzbeka.

Peretz Partensky, Flickr.

Después de que el policía discutiera con el conductor, éste pedía dinero a los jóvenes y se lo daba. Deduzco, como forma de pagar nuestro sobrepeso. A mitad de camino, nos pidieron la documentación. Los demás pasajeros la sacaron y, con las ventanillas subidas, la mostraron a través del cristal. Yo, en cambio, las bajé y le di el pasaporte a un policía. Lo cogió y se fue al puesto para, supongo, comprobarlo. Estuvimos un rato esperando, pero no volvía. Creo que pregunté a los pasajeros qué pasaba y la chica me contestó sorprendida. “¿Cómo le entrega el pasaporte al policía?, ¿qué es usted sin él? Nada, sin él no es nada”.

Asustada, pero decidida a emplear el tono colérico que aprendí a usar en Uzbekistán (y no en Kirguizistán), donde todo había que negociarlo, salí del coche y fui a buscarlo a una caseta desvencijada. Ni siquiera me acordaba de la cara del policía al que se lo había dado. Me lo devolvieron y seguimos hasta Taskent. Entonces entendí por qué, a lo largo de mi viaje por el país, cada vez que nos acercábamos a un control los pasajeros subían rápidamente las ventanillas. No sé qué habría hecho si no me lo hubieran dado; probablemente, ofrecerles dinero. En todo caso, no tiene mucha importancia, al menos para mí, que de una u otra forma lo podría haber solucionado. Sí para ellos, quienes , dieciséis años después de la disolución de la Unión Soviética e independencia de su país, seguían atemorizados ante la posibilidad de perder lo que les representaba: el pasaporte. En cierta manera, la libre circulación sigue siendo el privilegio del primer mundo y lo que lo diferencia frente al tercero y al cuarto.

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