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Noches (improbables) en los jardines de Lisboa

Un jardín no se visita, se está en él. Y en la capital portuguesa hay unos cuantos que merecen ser sentidos y frecuentados. Pasear por ellos es pasear fuera del tiempo. Son jardines gratamente desordenados, donde la obra del hombre se confunde con la de la naturaleza.

8 de diciembre de 2014

No se visita un jardín. Visitar un jardín es un oxímoron, una contradictio in terminis. Un jardín no se visita, se está en él. En un jardín hay que estar, pasar horas de meditación y contemplación. Sobre todo esos jardines cuyo plan no es evidente, ni hay grandes perspectivas a la francesa ni avenidas. Claro que se puede visitar un jardín al ritmo del turista enfebrecido, pero eso no nos hará sentir la naturaleza.

En Lisboa hay algunos jardines que merecen ser frecuentados, sentidos. Ya hablamos hace meses de un par de jardines en Oporto, la relativamente desconocida ciudad de Oporto.

Como todo antiguo imperio ultramarino, Portugal dedicó gran atención a las semillas, a las especies botánicas, a los nuevos cultivos. García da Orta, el gran botanista judío (originario de Valencia de Alcántara), sería uno de los precursores en su estudio. La persecución inquisitorial le hizo alejarse de Portugal, y eso redundó en todas sus investigaciones en la lejana India. El comercio de especias alentó el de semillas, el de plantones, y el gusto por lo exótico, facilitado por el clima suave de Lisboa, donde no hay heladas y prospera casi cualquier planta.

Hay plantas, además de las muy conocidas como la patata o el tomate, que fueron traídas por los portugueses, que fueron cambiadas de continente, de África a Brasil, de la India a Angola o Mozambique. Las rutas que siguieron plantones y semillas son similares a las de los exploradores, a veces en dirección contraria, de Este a Oeste, como la caña sacarina o de azúcar.

Noches (improbables) en los jardines de Lisboa

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye.

Las entradas de estos jardines son importantes. No hay mayestáticos  frontispicios ni verjas arrogantes con las puntas doradas, como en Versalles, ni grandes avenidas. Son jardines discretos por fuera, normalmente tapiados, algo recoletos, aparentemente modestos, que despliegan su profundo verdor y sus sombras una vez que estamos dentro.

Sus árboles parecen pertenecerles desde el principio de los tiempos, sus verjas oxidadas, quejumbrosas, nos dejan atisbar la oscuridad densa del verde antiguo. Sus tapias, deliciosamente decrépitas, parecen cuadros, fondos de pinturas laceradas. Gatos, pájaros, plantas raras, aromas desconocidos que sobresalen del musgo, limo y hojarasca acumulados junto a sus hiedras y muros.

Jardines escondidos hay muchos, anónimos, en un abandono que sería encantador si no fuera porque es el símbolo del descuido y el desprecio por la naturaleza (nadie tendría su salón de recibir así). Pero eso los hace más evocadores, como la poesía. Decrepitud que muestra el paso de los siglos, del antiguo imperio, emotiva como las ruinas de Roma.

Pero algunos jardines se pueden visitar. Pasear por ellos es pasear fuera del tiempo, aislados de la ciudad. En muchos de ellos, la obra del hombre se confunde con la de la naturaleza, son jardines gratamente desordenados, como esas librerías de viejo en las que se puede remover todo y nunca son las mismas.

La nobleza portuguesa fue bastante maltratada por la dinastía de los Habsburgo españoles (Felipe II, III y IV). Luego, tras un renacer a partir de la restauración de la independencia, en 1640, el Marqués de Pombal atacará y destruirá gran parte de su poder después del terremoto de 1755, razón por la que muchos jardines desaparecieron con sus palacios. El palacio real de Evora –ya sin rey portugués que lo habitase– fue utilizado en la época española como cantera para construir conventos.

Los españoles, y luego el terremoto, propiciaron pues una huida de los nobles a sus propiedades agrícolas, que embellecieron al gusto manierista y que produjo todos esos jardines que aún se encuentran repartidos por todo el país. Lisboa, el centro de la ciudad, fue bastante abandonado, y el solaz de los nobles rehuía la Corte (que durante los Habsburgo sencillamente dejó de existir como tal).

Muchos de estos jardines fueron obra de técnicos extranjeros, pues la expulsión de los judíos, grandes conocedores, y después, de los jesuitas, eliminó prácticamente la clase  botánica portuguesa.

Escogeremos cinco, bastante bien cuidados, con plantas y árboles venidos de lejos.

 

Marqués de Fronteira

El Palacio de los Mascarenhas, situado en el barrio de San Domingos de Benfica, es uno de los ejemplos del manierismo portugués o, como han señalado los expertos, de los jardines cripto-mágicos. Escalinatas, perspectivas, parapetos con balaustradas, grutescos, majestuosos bojes olorosos (los parterres de boj son quizá de los mejores de toda la península), fuentes enmohecidas, auténticos escenarios de la gloria pasada.

Dos características de estos jardines, que se repiten por todo el país, son las incrustaciones de piedra y azulejos de color, y no solamente en las grutas, y los paseos o deambulatorios, siguiendo la tradición de las villas romanas. Hay que marcar hora de visita.

Si el viajero quiere completar esta visión, debe conocer también la Quinta da Bacalhoa, en Azeitão, al otro lado del río Tajo, a unos treinta kilómetros de la capital.

 

Parque Botánico del Monteiro Mor

El montero mayor del rey, que era marqués de Angeja, lo funda a finales del siglo XVIII. En 1840 el duque de Palmela lo compra y le da ese aire romántico. Sólo en 1977 se abre al público.

Fue en realidad un jardín botánico, adaptado por el belga Rosenfelder. Se encuentra junto al Museo del Traje y al Museo del Teatro, en Lumiar, a las afueras del norte de Lisboa. Es un islote en medio del desastre inmobiliario que lo rodea. De todos los jardines desconocidos, éste es una especie de juez y parte. Los árboles, singulares, majestuosos, nos guían y nos orientan.

Sus más de cien especies leñosas nos ofrecen toda la gama de sombras verdes, verdinegras, oscuras y azules, que se encuentran en los recoletos senderos.

Tanto el del Monteiro Mor como el Palacio Fronteira son residuos de lo que eran quintas de recreo, verdes y alejadas del centro, donde la nobleza se refugiaba. Hoy Lumiar y Benfica son barrios sin gracia, arrasados por la especulación inmobiliaria.

 

Jardín Botánico de Lisboa

Se entra por una avenida de suntuosas palmeras imperiales de la rua da Escola Politécnica. Empinado, con vericuetos y curvas, alberga muchas clases de palmeras, de árboles descomunales, de arbustos espesos y hasta hay un plantel de cactus. Está en cuesta y es un pequeño pulmón en Lisboa.

 

Botánico de Ajuda (Belém)

En los altos de Ajuda, casi en frente del inacabado palacio, está este jardín aterrazado, que fue fundado por el rey José en 1768, obra del italiano Mattiazze. Siempre solitario, pues las masas de turistas afortunadamente no lo invaden (se quedan en los Jerónimos y en los pasteles de Belém).

 

Jardín Botánico Tropical de Belém

Detrás de la demasiado visitada pastelería (donde no destacan, curiosamente, por su simpatía, quizá porque están saturados de éxito y turistas), se puede visitar el antiguo jardín de experimentación, el antiguo Jardim Colonial, tranquilo, lejos del ruido, con un pequeño jardín japonés y con todas las huellas de las grandes exploraciones portuguesas. Entre otras curiosidades, la xiloteca, con muestras de más doscientos tipos de maderas. Esto de las xilotecas es muy lusitano, existiendo otras en Brasil.

 

Lo que desearíamos es poder pasar la noche en esos jardines. Ninguna autoridad admite eso pero sería lo lógico. Al fin y al cabo, toda la poesía sobre jardines se apoya, como la de Juan Ramón Jiménez o José Carlos Llop, en los crepúsculos, en las noches. Un jardín que no se puede frecuentar de noche es un jardín a medias. Por la noche se perfuman, se llenan de pequeños susurros, croar de ranas, gorjeos de pájaros ocultos, como metrónomos que resaltan nuestra meditación en la fantasmal oscuridad y el silencio. Hasta el aguacero nocturno es como una música sacra, cansina, que nos hará recogernos.

Hay muchos más jardines que merecen una visita en Portugal, se encuentran en todas las ciudades, y también cerca de Lisboa, en Sintra, Oeiras, Queluz, Carnide o Belas. Esté atento el viajero, porque no suelen ser muy conocidos. Para terminar, vale decir que, mientras en Gran Bretaña hay más de tres mil jardines catalogados, protegidos y visitables, y en Francia unos dos mil, en España no llegan al centenar.

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