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Nomadismo y desasosiego

Bruce Chatwin hizo de su corta vida un manifiesto nómada y su estilo narrativo abrió nuevos caminos a la literatura de viajes. Ahora se publica la totalidad de su correspondencia  que deja entrever una personalidad poliédrica y siempre atractiva.

18 de abril de 2013

Sabemos definir a una persona corriente, pero nos vemos en apuros cuando tratamos de comprender a esa clase de gente desbordada por una singularidad nada común. Temperamentos saturnales condenados a los bordes, los extremos y sus abismos. Leer un epistolario no siempre es una tarea literariamente apasionante a menos que te interese la personalidad y la vida de quién desgranó, en el tiempo, esas cartas. Tienen la ventaja de revelar con poca trampa y cartón el enrevesado mapa emocional de una personalidad estética, artística, compleja en sus contradicciones, pero muy seductora. La carta, por la inmediatez del momento, el vínculo con el destinatario, y el relato espontáneo de los hechos que se cuentan, contiene más verdad que la autobiografía, donde a menudo se cuela una identidad idealizada, ficcionada, una componenda hecha con recursos literarios que oculta a quién escribe de sí mismo.Bruce Chatwin con las botas al hombro

Hay casos en que es importante poner en claro esta tarea detectivesca que asumen los lectores, y más aún en el caso de ese ejemplo tan singular que fue Bruce Chatwin ( 1940-1989) que, al fin y al cabo, se pasó su corta vida trabajándose como un buen personaje de ficción. De él conocíamos ya, además de su relatos y novelas, la biografía de Nicholas Shakespeare, que firma también la edición de este grueso volumen de cartas junto a la esposa de Chatwin, Elizabeth Chandler y también algunas  antologías de textos autobiográficos como Anatomía de la inquietud y  ¿Qué hago yo aquí? (Muchnick) que redactó un poco antes de morir de sida a los 48 años y que fue traducido, por cierto, por Alberto Cardín, otra joven víctima de la misma enfermedad. Una de sus editoras, Susannah Clapp, también es autora de una admirativa biografía titulada Con Chatwin. Retrato de un escritor (Muchnik); pero, con todo, las cartas, postales, dedicatorias, notas y telegramas reunidas ahora, abarcan cuarenta años de biografía, desde la primera dirigida a sus padres Charles y Margharita desde el colegio, y en la que ya se jacta premonitoriamente de ser “el segundo de la clase”, hasta la última dirigida, precisamente, a su amigo y futuro biógrafo Nicholas  Shakespeare. Está enviada  desde el Castillo de Seillans, en Francia, pero dictada a su mujer, Elizabeth, pues se encontraba sin fuerzas, aunque no lo suficiente como para  proyectar un viaje a París en busca de nueva medicación.

Bruce Chatwin en el Marlborough College, 1955Es precisamente Shakespeare el que ordena y contextualiza  toda esta riada epistolar que deja al desnudo la personalidad poliédrica de Chatwin. Si no fuera por esos sacos de arena que ordenan, explican y ponen coto a su efervescencia parlanchina y a la impresionante cohorte de amigos, familia, colegas, editores, conocidos y transeúntes de su vida, es fácil dejarse arrastrar por un encantador e  irredento desorden vital al que la mayor parte de personas no estamos acostumbradas.

Con todo, su testamento intelectual está en un libro  desordenado y algo anárquico: Los trazos de la canción. Ya le escribía a su amigo el escritor Roberto Calasso que “lo he pasado muy mal con el libro australiano; he hecho pedazos tres borradores sucesivos y al final me he dado cuenta de que la única salida es el método tijera”.  El libro ya estaba en la cabeza de Chatwin desde finales de los 60 como evidencia la carta a Tom Mashler, donde le expone el sumario de un ensayo sobre el nomadismo que se llamará La alternativa nómada, pero con los años el ensayo se convirtió en el relato polivalente que iba a cristalizar en Los trazos de la canción. Chatwin quiso hacer en este relato, para el que viajó en un Toyota por el centro del continente acompañado por Salman Rusdhie, un alegato de lo que para él constituía el problema de los problemas: “La naturaleza de la tendencia humana a desplazarse de un lugar de otro”. Trataba de establecer una teoría del nomadismo con la que comprenderse a sí mismo a través de una estética simbólica cuyo símil le pareció ver en el laberinto imaginario de los aborígenes australianos, mediante la existencia de senderos invisibles, líneas  trazadas por las huellas de los antepasados en clave musical que los europeos denominaron Trazos de la canción o Rastros de sueños. En su intento de trazar él mismo una epistemología del nomadismo, la envergadura de esta aventura intelectual le superó y el relato se desmigajó en aforismos, historias, citas, ficciones y narrativa de viajes en un ensamblaje algo caótico pero iluminador en algunos pasajes.

Un joven Bruce Chatwin en su trabajo en Sotheby´s

La fragmentación, la  ausencia de jerarquías temáticas o estilísticas en el texto, que será una de las peculiaridades de su estilo en las narraciones de viaje, es muy visible en Los trazos de la canción pero también en su libro más adorado por los viajeros:  En la Patagonia. Su correspondencia y su biografía deja claro que, antes de redactarlo, Chatwin ya había viajado por medio mundo y trabajado como periodista y reportero para el Sunday Times. Aquí le habían contratado como asesor de arte, pero su redactor jefe, Francis Wyndham le dio manga ancha y Chatwin escribía con una libertad sin límites. El historiador Robin Lane Fox, que lo conoció en esa época,  dijo de él: “No había nadie que escribiese mejor los reportajes”. Y unos años después llegó la despedida: “Querido Francis: He hecho lo que tenía que hacer (…) Pienso pasar las navidades en medio de la Patagonia” lo que equivalía a una renuncia a su trabajo en el Sunday Times y al origen de su relato de viajes más valorado. Digamos que el estilo Robert Byron ilumina esa tan poco ortodoxa ordenación de las categorías narrativas que hizo de En la Patagonia, casi un antes y un después en el relato contemporáneo de viajes. Robert Byron, viajero, erudito y esteta, viajó por Asia Central en los años treinta y de ahí nació su famoso relato Viaje a Oxiana, que Bruce Chatwin adoptó y elevó a la categoría de “texto sagrado” desde que lo leyó  a los quince años. No sólo realizó años después el mismo viaje, “todavía conservo el cuaderno de anotaciones que prueba en qué medida copié ciegamente tanto su itinerario como su estilo –si esto fuera posible”, sino que le inspiró ese estilo experimental y desfragmentado con el que se convirtió en un referente, guste o no.Bruce Chatwin caminando a finales de 1970

Las cartas aquí reunidas dan fe de una compulsión por el movimiento que parece rayar la neurosis. Incapaz de establecerse en ningún lugar, Chatwin se alojaban aquí o allá, montaba y desmontaba casas, trabajo que realizaba su demasiado paciente mujer, Elizabeth (tema que da para un largo análisis), y era incapaz de asentarse en un lugar por mucho que le gustase. Desde su infancia tomó el hábito de basar en la huida el temor y el miedo al conflicto. El viaje, expresaba él, era el único alivio a la angustia que le producía la relación consigo mismo y la vía para distraer el desasosiego vital, ordenar ideas y producir intelectualmente, pues  el cambio “es lo único que le da sentido a la vida”, como le escribió a su jefe Michael Cannon cuando se fue de Sotheby´s. Incluso en su canon estético estaba presente el arte nómada, como un arte efímero, fugaz, “tiende a ser portátil, asimétrico, discordante, inquieto, incorpóreo e intuitivo”. En una carta a su mujer desde Patmos se expresaba así: “Cada vez veo menos necesario tener posesiones materiales, a excepción de un par de objetos portátiles, y deseo vivir con la mayor frugalidad posible”. Vivía la vida como una estrella fugaz.

Portada de la versión en inglés de Bajo el sol, las correspondencia de  Chatwin.Pero, por aquello que decía al principio, la correspondencia, por ese halo de inmediatez, sinceridad y hasta descuido estético, es el mejor observatorio de las profundas y, es obvio decirlo, neuróticas contradicciones en las que incurría como un náufrago a la deriva. Podía afirmar algo y lo contrario, improvisaba sus convicciones en función de su humor errante, expresaba su curiosidad con vehemencia y, como le comentaba el escritor –Colin Thubron, que le conoció bien– al periodista Jacinto Antón en una entrevista: era… “violentamente imaginativo”.  Establecía relaciones personales compulsivas y su correspondencia abunda en ejemplos de cómo sabía trabajar vínculos que utilizaba en su propio beneficio con su simpatía y locuacidad desbordante. Por aquí desfilan buenos y entregados amigos y amigas que parece que lo daban todo al menor guiño del escritor. Amistades, amantes o conocidos, todos parecen quedar atrapados y deslumbrados por esa luz cegadora que irradian los grandes narcisistas. Bastaba que pusiera el ejemplo de su espíritu libre, de su ojo clínico, de su encanto, y de su apasionante conversación para obtener la ilusión de un mundo a sus pies.

Y, por cierto, sus cenizas se esparcieron junto a ese hogar (”Dentro de todo viajero, un anacoreta está deseando quedarse”) que tan cálida y generosamente mantuvieron a su disposición Paddy y Joan, el escritor Patrick Leigh Fermor y su mujer Joan en Kardamyli, Grecia, donde pasó largas temporadas acogido por esta maravillosa pareja.

 Nota: una versión reducida de este texto aparece en la revista Siete Leguas, Nº XLV.

bruce chatwin, cartas

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