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    La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos ha digitalizado su colección de libros raros chinos. Más de mil obras anteriores a 1796, algunas de las cuales se remontan al siglo XI, son ya accesibles desde su página web: sutras budistas, mapas antiguos, textos sobre remedios médicos... y acuarelas que representan la vida en Taiwan antes de la llegada de los colonos Han. Debido a las dificultades de conservación, parte de esta colección no puede exponerse al público, por lo que la ...[Leer más]

  • China: Cinco miradas de mujer

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    Cine chinoLi Yu, Ann Hui, Zhao Wei , Guo Xiaolu y Sylvia Chang han dirigido algunas de las películas más relevantes realizadas en China desde el año 2007 hasta el 2017. Casa Asia y la Fundació Institut Confuci de Barcelona les dedican un ciclo de cine, donde a lo largo del mes de junio se proyectarán las últimas obras de las directoras. La entrada es libre hasta completar aforo con inscripción previa.

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    Exposición de Francisco Hernández en el Museo Nacional de Ciencias NaturalesEl ilustrador y pintor naturalista Francisco Hernández viajó al parque nacional de Etosha, en Namibia, con un objetivo claro: adentrarse en la naturaleza africana y dibujar su fauna y su flora, siguiendo el lento pero imparable peregrinaje de miles de mamíferos en busca del más preciado elemento: el agua. Sus dibujos, bocetos y pinturas pueden verse en el Museo Nacional de Ciencias Naturales hasta el 1 de septiembre.

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Nos vamos de vacaciones

Las vacaciones de verano son una oportunidad para ampliar horizontes y asumir riesgos que transformen nuestro ser y nuestra experiencia de viaje. Un momento para cambiar la rutina, tomar un rumbo radicalmente distinto y perderse en países lejanos o, por qué no, deambulando por las calles del barrio.

21 de julio de 2013

Se ha iniciado ya ese tiempo que llamamos vacaciones. Y tal vez por eso podamos establecer el protocolo necesario y universal de frases a evitar en estos días que se aproximan: “Quiero desconectar”, “hay  que cambiar de chip”, “necesito cambiar de aires”, “he de descansar”, “tengo que liberarme”, “necesito tranquilidad”.

Todas ellas son frases que, a poco que nos fijemos, destilan decepción, derrota, huida, cansancio, desesperanza… Antesalas de la muerte. ¿Acaso son eso las vacaciones?

Vayamos al principio. Tener vacaciones es una desgracia. Lo es por lo que implica. Supone que uno se pasa la vida trabajando, menos unos pocos días al año en los que “está de vacaciones”. Como decía Marx, esos periodos sirven para reproducir la fuerza de trabajo, para que no se muera de asco, aburrimiento, inanición, rabia o explotación. Para que no lleguen a pensar que la vida así vivida no merece la pena y, lejos de terminar en un suicidio, inicien una revolución. Estar de vacaciones es una desgracia, asumible, desde luego, pero una desgracia, ya que habla de nuestra inserción en el mundo del trabajo de forma indisoluble (ahora que  ya ni el matrimonio es indisoluble, según ha escrito el mismísimo Papa: tan solo es estable).

Aunque hay una cosa peor que trabajar y es no tener trabajo. O para ser más preciso, no tener dinero. ¿Cuánta gente trabajaría y cogería vacaciones si acertara los  cinco números y el complementario del famoso sorteo? Lo bueno sería dedicarse a una vida a-laboral, placentera, creativa, original…, en la que los pajaritos cantaran y las nubes se levantaran. Pero, mientras eso no ocurra, ¿qué se puede pensar de las vacaciones?

Vayamos un poco más atrás en el razonamiento. Por lo general, cambiamos a base de ir incorporando o asumiendo aquello que nos es próximo, cercano. Una especie de ósmosis que nos va transformando sin casi darnos cuenta. Las vacaciones podrían ser una oportunidad para que esto fuera de otra manera, para dar un salto más lejos, para poder cambiar a partir de lo remoto, de lo extremo, de lo radical… Para probar el riesgo y ver qué pasa.

Nos vamos de vacaciones.

Guillaume Paumier, Flickr.

Sí, para eso, pero a condición de que sea articulable con la propia  vida. Sin duda esto merece una explicación que, como aquel alcalde de la película, voy a dar a continuación. Pero antes convendrá adelantar la idea fundamental que quiero sostener: las vacaciones habrían de ser una experiencia. Una experiencia es lo que uno vive. Pero las experiencias, para que tengan sentido, no han de ser una forma de deambular entre acontecimientos, sino que han de tener la capacidad de poder articularse con el resto de la propia biografía. Eso explica que mucha gente que ha viajado mucho, que ha utilizado sus días de vacaciones para viajar aquí o allí, no sean  más  que unos coleccionistas de lugares cada vez más exóticos y más ajenos a su propia vida.

Si toda vacación ha de servir para aportar algo de sentido a una vida, eso es lo mismo que decir que las vacaciones son culturales. ¿Estoy proponiendo vacaciones culturales? Para nada. Lo que se entiende por eso suele ser una absurda acumulación de visitas a ruinas, museos o casas natales realizadas bajo un sol de fuego. Tampoco propongo irse a un balneario a leer las obras completas de Hegel, obviamente en el original alemán.

¿Unas vacaciones activas entonces? No necesariamente la actividad es sinónimo de algo bueno o interesante. Uno puede estar de vacaciones en un monasterio zen sin decir ni pío en un mes o en uno cisterciense compartiendo la observancia de su más estricta regla. Ambas experiencias merecen la pena si son incorporadas a la corriente del propio devenir.

¿Vacaciones para regresar al pasado, al pueblo, a los lugares sin cobertura, a la felicidad perdida? Tampoco parece que la nostalgia sea el mejor modo de ampliar la vida.

Nos vamos de vacaciones.

Jeffmason, Flickr.

De lo que se trata, por tanto, es que ese tiempo vacacional constituya una experiencia capaz de perturbar nuestra existencia gracias a que se asuma algún riesgo. ¿Vacaciones de riesgo? ¿Tirarse por un barranco o un puente? No será necesario. Bastará con que no estén totalmente determinadas, con que no sean un mero consumo de tiempo. Vacaciones que, en alguna medida, sean  capaces de modificar en algo nuestro ser. Vacaciones  para “ser” no para “estar”, o mejor dicho, estar para ser.

El problema que tiene ir a, pongamos por ejemplo, la Dominicana no es que no sea un lugar hermoso. Probablemente lo es. La cuestión es que ir allí no amplía el propio mundo y, si no lo hace, lo empobrece. Y en ese caso sí que partir es morir un poco…, esta vez de forma real, no poética.

Hasta aquí podría parecer eso de vacacionar tan complicado que casi mejor se queda uno trabajando en casa. No es así. Ir de vacaciones le permite a uno ir gestionando de manera realista y eficaz el propio devenir. Además, permite recuperar para la actualidad de la vida lo que fueron realidades no dadas de la propia biografía. Retomar el hilo de los que fueron deseos que no existieron. Volcar el pasado y el presente en el futuro que esta empezando a darse. O, como dice Rafael Argullol:

“Perderse, desaparecer, cambiar de identidad, renacer con otro nombre. He tenido esa tentación muchas veces, con frecuencia al viajar por países lejanos, pero también deambulando por las calles de mi ciudad e incluso sentado en un sillón de mi casa. En todos los casos he experimentado el goce de tomar otro rumbo radicalmente distinto, aunque sólo fuera con la imaginación: matar al que eres es, entonces, una forma posible de inmortalidad, la única resurrección que está al alcance de nuestra mano.”

Y todo ello en medio del placer. No habrá vehículo más eficaz para el cambio. Decía Violeta en La Traviata: “Todo en la vida es locura, excepto el placer”.

Experiencia de Viaje, vacaciones

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Comentarios sobre  Nos vamos de vacaciones

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  • 27 de julio de 2013 a las 12:33

    Mañana me voy de vacaciones, he empezado a leer el artículo y me estaba gustando bastante hasta que me ha empezado a agobiar con la casuística vacacionera que describe prolijamente el autor…¡que me dan ganas de quedarme en casa!. Bueno, ya está todo pagado, allá voy.

    Por Celia