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18 de febrero de 2019
“Alguien me había sugerido que un revólver sería un buen compañero del pasaporte, pero yo ...
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Eva en los mundos

Escritoras y cronistas

RICARDO MARTINEZ LLORCA

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 188
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda bolsillo

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Es tiempo de tormentas y sobre ellas han escrito, y lo hacen hoy, mujeres de un talento extraordinario para la crónica. En este mes de marzo queremos dar voz y presencia a algunas de las que más nos gustan: Svetlana Aleksiévich, Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Joan Didion, Hayasi Fumiko, Helen Garner, Martha Gellhorn, Leila Guerriero, Janet Malcolm, Edna O'Brien, Annemarie Schwarzenbach, Marina Tsvetaieva y Rebecca West. Eva en los mundos es una colección de perfiles escritos desde la admiración, porque la pasión la ponen ellas. Pertenecen a diferentes épocas, geografías y culturas pero todas ellas comparten una mirada singular sobre la realidad y un robusto sentido de la justicia.
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Nueva York, la ciudad que te busca y te habita

Nueva York es la ciudad que contiene casi todo lo que del mundo uno imagina, donde personas venidas de cada punto del globo transitan su Quinta Avenida, la calle Broadway, Times Square; por Brooklyn o Manhattan, se escucha el corazón veterano de este cuerpo urbano.

26 de febrero de 2015

Es la ciudad de la que recuerdo todo, y será así mientras el tiempo respete ruidos, olores, rostros y estaciones de metro, calles, ventanas, voces y multitud de siluetas que comienzan a entrar por alguna grieta de la mente cuando pronuncio la palabra-llave, Nueva York. Negué durante años querer conocerla, no tenía el menor interés en vivir allí, pero no es una ciudad que habites, Nueva York es la urbe que te busca y te habita. Ninguna canción, mediocre o no, que llevase su nombre, ni aun siendo pegadiza y omnipresente, lograba despertar en mí voluntades de tratarla en primera persona. Pero, como un fantasma que se pasea cada noche a los pies de la cama, Nueva York me visitaba. Mucho antes de que se engendrara la posibilidad de vivir en ella, su espectro aparecía en lugares remotos. Recuerdo aquella vez sin haber cumplido los veinte, en una casa de buena familia en el Norte de África, sentada frente a un televisor la víspera del día de Navidad junto a un sirviente del que nunca supe su nombre, como él nunca supo su edad ni el día en que había nacido.

Festival El Viaje y sus Culturas. Las ciudades visibles

Festival El Viaje y sus Culturas. Las ciudades visibles

Festival El Viaje y sus Culturas

Eran los minutos del parte meteorológico en la cadena francesa, él me preguntó qué era aquello, qué significaba aquel dibujo que había visto ligeramente diferente cada noche durante años, aquellas líneas que cambiaban de color y lugar o desaparecían según el día y las nubes. Yo levanté como pude el bloqueo de mi asombro y le expliqué como pude también, que se trataba de un mapa, una representación de la Tierra, de los países de Europa, de donde yo venía, y después salía África, su continente, de donde él venía y en donde nos encontrábamos los dos en ese momento. Parecía grabar a gran velocidad mi voz, no hubo necesidad de repetirle nada. Cuando terminé mi explicación, esperé la pregunta incubada en aquel silencio de su escucha. Pero no hubo pregunta, sino una afirmación tan potente como la mejor de las respuestas: “Yo quiero ir a Nueva York”. Mi corazón se hinchó como un globo, o al menos, a mí me dio esa impresión, hasta que articulé una absurda pregunta: ¿Dónde has oído hablar de Nueva York? Con una sonrisa que le alcanzaba hasta la mano, dirigió uno de sus dedos hacia el aparato y, en este punto, se difumina mi recuerdo. Tengo varias versiones de cómo acabó aquella conversación, creo que hablamos de la escasa lluvia o de las cabras, al poco rato se hizo un grato silencio, él volvió a sus manualidades y yo a la lectura; la televisión quedó apagada enfrente de nosotros. El silencio siempre es un espacio de comodidad y bienvenida entre la gente sencilla, nunca un obstáculo a derribar, ni un vacío a corregir con palabras.
Festival El Viaje y sus Culturas. Las ciudades visibles
Festival El Viaje y sus Culturas. Las ciudades visibles
Aquella noche, en la soledad de mi pequeño cuarto casi desamueblado, con aquel goteo cumplidor en el grifo del baño, como el segundero de un despertador ruidoso en la mesilla, Nueva York me hizo su visita. La ciudad aparecía en diferentes latitudes con otros protagonistas y detalles, pero siempre con aquel final familiar, aquella sombra de rascacielos a los pies de mi cama. Hasta el año en que el fantasma se desprendió de la sábana y se hizo real. Tan real que me encontré en la Quinta Avenida, la calle Broadway, Madison Square Park y deambulando por Union Square, la Sexta Avenida, Bryant Park, Harlem, Central Park y un sinfín de esquinas conocidas. Pero evitaba en lo posible Times Square, donde los destellos  amplificados de las pantallas, las calles atestadas que se cruzan y descruzan, me devolvían al mismo centro de la plaza. Éste es el vórtice de la megalópolis, y allí, es difícil liberarse de una gravedad descomedida que no te expulsa nunca; aunque, al final, encuentras la salida en medio de una especie de agobio bullicioso. Manhattan era toda esa arquitectura que había visto hasta el empacho en las series televisivas y películas desde los últimos coletazos de mi infancia, a pesar de mi falta de voluntad por descubrirla.
Festival El Viaje y sus Culturas. Las ciudades visibles
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El órgano primo de Nueva York es una isla que contiene casi todo lo que el mundo acumula en otras proporciones, con personas venidas de cada punto del globo, y en esta última afirmación no hay exageración narrativa, en esta ciudad el todo es la suma diligente y rigurosa de cada una de sus partes. Moverse en el metro a cualquier hora del día es comprar un billete para dar la vuelta al mundo saltando de rostro en rostro. En ninguna otra metrópoli, se tiene la oportunidad diaria de descender a un lugar tan lúgubre como los andenes del suburbano neoyorquino, la llegada del tren enflaquece los nervios con un chirrido que transporta al apocalipsis de otro mundo, un final nada glorioso. Lo raro, es que uno experimenta una atracción casi inhumana por desplazarse en este medio de transporte; razón, creo, por la que la inmensa mayoría de sus habitantes lo usan. Es obra del brujo que duerme en el costado invisible de la ciudad, que exhala ese gas que emana de las alcantarillas a plena hora del día o de la noche, que hierve en sus profundidades grandes calderos de sueños incompletos o imposibles. Pero Nueva York es Manhattan, y algo mejor.
Festival El Viaje y sus Culturas. Las ciudades visibles
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Festival El Viaje y sus Culturas
Cuando mi estómago cultural lo permite, me olvido de museos, centros y fundaciones varias, porque las urbes las destapo mirando a los ojos de la gente que las patea, estrechando sus manos o escuchando las sonrisas, cuando no las penas, que van quedando en el aire. Hay un lugar concreto donde descubro Nueva York, y es en el tramo del puente de Brooklyn Bridge, sobre todo yendo desde la orilla de Manhattan hacia la de Brooklyn; si se ha cruzado en una y otra dirección, creo que se entenderá el porqué. Su ardua construcción se cobró la vida de muchos trabajadores, entre ellos de su progenitor. Tal vez por esos duros inicios sea uno de los puentes más sobrios y tristes que conozco, un puente que no disfruta de su fama aunque la agradece. Sin esta pasarela y las vistas que ofrece, la ciudad sería como un París sin Montmartre, una Lisboa sin Torre de Belem o un Rio de Janeiro sin playa de Copacabana. Debajo de las calles de Brooklyn Heights, Cobble Hill o Park Slope es donde sentí latir un corazón, veterano, fuerte, y a su forma, melancólico.
Festival El Viaje y sus Culturas. Las ciudades visibles
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Brooklyn fue el espacio cotidiano por el que me enganché a una ciudad de la que tantas veces había renegado, recorrí los barrios viendo cambiar las cuatro estaciones en la transformación de los árboles, el ladrillo de las fachadas y en esa luz tan atlántica sobre las aguas del East River que fluyen hasta el Hudson River. Todo lo que en Manhattan era desmesura, cobraba en aquellas calles de Montagne, Remsen, Columbia Heights o Court un apacible tono que me era tan familiar y querido como los imperfectos secretos de la ciudad donde nací. Pasé incontables horas en el Brooklyn Bridge Park; pero, sobre todo, en el Promenade de Brooklyn Heights, donde removía mi personal caldo de cultivo del que no salió ni una idea productiva, pero sí cientos de bellos momentos e impresiones. Fue en uno de sus bancos, bajo el último atardecer antes de dejar Nueva York, donde encontré al fantasma; me despedí con la promesa de ser yo quien visitara. De la primera vez que dormí en suelo neoyorquino, de aquella noche en Manhattan de un mes de junio, recuerdo bien el ruido de aquel enjambre de aires acondicionados que conversaban como grillos desde las ventanas. En plena madrugada, las baterías de la ciudad se mantenían cargadas y ahora sé la causa: estaba despierto el brujo que habita el costado invisible de la ciudad, ese que a todos nos queda por ver, o mejor, a casi todos.
Festival El Viaje y sus Culturas. Las ciudades visibles
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Fotos: Juan Echeverría. Texto: Belén Alvaro.
www.festivalelviajeysusculturas.com

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