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O de Ordesa

Decir Ordesa es decir Pirineos y, sin embargo, lo que realmente encontramos es una excepción, una diferencia radical con el resto de montañas que se alargan conformando la cordillera. En consecuencia, Ordesa es lo que no podemos comprender. El Parque Nacional de Ordesa es la excepción de los Pirineos.

11 de septiembre de 2017

Decir Ordesa es decir Pirineos. No solo porque el valle de Ordesa es el lugar más emblemático del Pirineo en cualquiera de las dos vertientes y, en consecuencia, de la cordillera; también porque en Ordesa o el valle de Arazas, como lo denominaban los primeros franceses que se aventuraron a explorar esta zona del Alto Aragón, que tan agreste e inhóspita les parecía, arranca el Pirineísmo.
Será Henri Béraldi en 1898, en su magnífico catálogo de ascensiones en siete volúmenes, Cent ans aux Pyrénees (Cien años en los Pirineos), quien use por primera vez el término “Pirineísmo” del mismo modo que ya desde el siglo XVIII, con la primera ascensión al Mont Blanc en 1786, se venía usando Alpinismo. El -ismo, que añadido como sufijo a las diversas cordilleras montañosas a lo largo del mundo da a entender no solo el esfuerzo deportivo de escalar montañas, sino principalmente la tarea exploratoria que tales territorios exigieron a aquellos pioneros que se internaron en sus valles y escalaron sus cimas. Además, este -ismo, por difusas razones que seguramente tengan que ver con la belleza de las montañas, su presencia sublime y su condición de salvajes e inhumanas, expresa toda una cultura que se va creando entre sus visitantes, que no solo acumula y transmite conocimiento, sino también un amor hacia esos territorios que define una ética en su relación con ellos y un cuidado por su conservación. “Subir, sentir y escribir” es quizá la sentencia que contiene el -ismo cuando lo aplicamos a las montañas.

Así que no es extraño que sea Ordesa el primer parque nacional español y uno de los primeros parques nacionales declarados en el mundo. Gracias a la labor divulgativa y conservacionista de Lucient Briet y Pedro Pidal, el 16 de Agosto 1918 se declara por decreto el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. En 1997 la UNESCO lo declara asimismo Reserva de la Biosfera.

Croquis de los sectores de OrdesaCien años se cumplirán el próximo verano de esta declaración, y hay que alegrarse de ello porque, a pesar de todos estos regímenes de protección, de la masificación de visitantes que recoge cada año en cualquier temporada, de las profundas transformaciones climatológicas que la Tierra viene experimentando en los últimos años, sigue siendo un territorio salvaje en donde encuentran refugio y territorio algunas de las especies más amenazadas del planeta, como el quebrantahuesos o el urogallo, y en donde podemos encontrar la edelweiss, la flor más característica de la alta montaña.

Seguramente, los primeros escritos sobre el Alto Aragón son los que realiza en 1764 Malesherbes, un ministro de Luis XVI que describe su viaje por Aragón; pero será Louis Ramond de Carbonnières quien descubra el fascinante paisaje de Ordesa para el mundo y coloque el -ismo que da comienzo a una cultura de los Pirineos. En 1792, Ramond nos describe su exploración del Valle de Broto y del puerto de Bujaruelo. Resulta sorprendente leer las descripciones que hace del ambiente fronterizo que existía en estas montañas en aquellos años. Por ejemplo, al llegar al hospital de San Nicolás de Bujaruelo escribe lo siguiente:

“Había mucho trasiego en el hospital; los arrieros, los comerciantes, los contrabandistas, los guardas, cada uno se mueve a su manera, Unos blasfeman, otros hablan bajito, éste huye, a aquél le han robado, otros van de caza de su presa a través de precipicios del pico del Taillón (Punta Negra). Allí se reparten el dinero fraudulento; aquí, otros se reparten el botín, cada cual suspira por que llegue la noche y oculte los pérfidos manejos de todos.

El mesonero celoso pega a su mujer; ella huye por estos parajes desiertos. El marido la busca, desesperado, sujetando una tea; las muchachas del mesón se aprovechan de la ausencia de los amos y los criados espían en lugar de los dueños los intereses de los viajeros, echando una mano a los defraudadores, otra a los empleados. Éste era el cuadro viviente de las primeras horas de aquella noche.” (Louis Ramond de Carbonnières, Valle de Broto y el hospital de San Nicolás de Bujaruelo, 1792).

Será unos años más tarde, en 1797, cuando en sus exploraciones alcance las altas zonas de Monte Perdido y descubra la grandeza y belleza de estas montañas, pero no será hasta 1802 cuando pise por primera vez su cumbre. Desde la brecha de Tucarroya, Ramond expresa de la siguiente manera sus emocionadas expectativas:

“Desde lo alto de las rocas, contemplamos con silencioso asombro el majestuoso espectáculo que nos esperaba en el paso de la Brecha: no lo conocíamos, nunca lo habíamos visto; no teníamos la menor idea del resplandor incomparable que recibía en un día tan precioso. [...] El lago ya no estaba helado y reflejaba un cielo completamente azul. Los glaciares destellaban y la cima del Perdido, resplandeciente de celestes claridades, ya no parecía pertenecer a la tierra. Si intentara pintar la mágica apariencia de este cuadro, sería en vano: el dibujo y el color son igualmente ajenos a todo cuanto llama habitualmente la atención. Si intentara describir su inopinada, sorprendente y fantástica aparición, cuando el telón se levanta, cuando la puerta se abre, cuando por fin se alcanza el umbral del gigantesco monumento, sería también en vano.” (Louis Ramond de Carbonnières, Primeras miradas sobre el Monte Perdido desde la brecha de Tucarroya, 1797)

Monte Perdido desde la Brecha de Tucarroya. Dibujo de Franz Schrader

Dibujo de Franz Schrader.

Y es que, efectivamente, el paisaje de Ordesa resulta muy difícil de representar, ya sea con palabras, ya sea con imágenes. E igualmente laborioso y, seguramente inútil, resulta expresar los sentimientos que puede producir. Sin ninguna duda, es un lugar hermoso y sobrecogedor por la dimensión y profundidad de los cañones de rocas calcáreas que el agua ha ido lentamente horadando, por las amplias extensiones que los glaciares han provocado, por la conformación de las masas rocosas que dibujan singulares motivos en las montañas, por la diversidad de colores de los distintos tipos de rocas que delimitan, como en un mapa coloreado, la superficie como un artificio. En rigor, la más persistente impresión que uno recibe al caminar por cualquiera de los sectores que componen el parque es que es el resultado de alguna intención, como si un gigante de otro tiempo, con cubo y pala como un niño en la playa, se hubiera entretenido jugando a dar forma al paisaje. De alguna manera así ha sido y no es del todo desencaminado, aun sin tener el mínimo conocimiento de geología, comparar las formas de las montañas con las construcciones de barro que cualquier niño pudiera hacer en la orilla de una playa. La gamba del Cilindro de Marboré, las cúpulas tan redondas y moldeadas del Casco o de la punta de las Olas, y el desgaste de las fajas rocosas como cuando el ímpetu de la marea comienza el proceso de destrucción del castillo que con tanto esmero el niño ha ido edificando a lo largo de la mañana. A menudo, paseando por la orilla de cualquier playa encontramos las ruinas que las olas han producido en el juego del niño; así parece Ordesa, una ruina majestuosa que ha sobrevivido a las olas, sometiendo al agua a su voluntad. Así, los ríos —el Arazas, el Bellós, el Yaga, que terminan confluyendo en el Cinca— caminan ya muy profundos bajo la autoridad de las masas rocosas y ya no destruyen, sino que aumentan y magnifican la belleza de la construcción.

Circo de Carriata

Carlos Muñoz.

No es extraño que Ramond se maravillase ante lo que sus ojos veían cuando por fin el telón de la lejanía se levantó, y no es extraño que de su entusiasmo haya surgido el Pirineísmo. Con sus palabras, ahora ya tan citadas, levantó la curiosidad de todos los que vinieron detrás de él: de Schrader, el gran cartógrafo de la zona; de Russell quien promoverá la construcción en Goriz del primer refugio en 1877; de Victor Brooke,  el cazador de bucardos; de Packe, de los hermanos Laurent y Henri Passet y, por supuesto, los ya citados Briet o Pidal:

“He aquí lo que nadie encontró donde moran las nieves perpetuas, lo que buscaríamos vanamente en las montañas primitivas cuyos flancos desgarrados se alargan en cimas agudas y cuya base se esconde bajo montones de escombros. Quienquiera que se haya saciado con sus horrores podrá encontrar aquí ciertos aspectos extraños y nuevos. Hay que venir del Mont Blanc hasta el Monte Perdido mismo. Cuando se ha visto la mayor de las montañas graníticas, hay que ver la mayor de las montañas calcáreas.”

Decir Ordesa es decir Pirineos y, sin embargo, lo que realmente encontramos es una excepción, una diferencia radical con el resto de montañas que se alargan conformando la cordillera. Y, en consecuencia, como en todo proceso clasificatorio, lo excepcional, lo singular, establece lo general, porque nos sirve como elemento diferencial a partir del cual podemos crear un orden que nos permita comprender el todo. Ordesa es lo que no podemos comprender. Ordesa es la excepción de los Pirineos.

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