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Oporto y sus jardines secretos

Cuando quiere huir del barullo de la ciudad, el paseante se refugia en los parques. Entre árboles y plantas, el ruido urbano es sólo un rumor lejano. Lo comprobamos viajando a Oporto y visitando los Jardines del Palacio de Cristal, la Fundación Serralves y el Jardín Botánico.

10 de marzo de 2014

La ciudad de Oporto, edificada en la escarpada margen norte del Duero, junto a la desembocadura, era en el siglo XIX una ciudad algo industrial, no mucho, todo a la lusitana medida. También fue aristocrática y burguesa, de la cual quedan restos y edificios singulares. Portugueses ilustres, ingleses y holandeses negociantes de vino, adornaron sus villas y palacetes con jardines de influencia más nórdica que la que observamos al sur de Coimbra.

En la descripción que hiciera de la ciudad Rebello da Costa en 1789 –el año de la Revolución francesa– figuran muchos jardines que ya cayeron bajo el hormigón y la ruina. Hubo un gusto especial por los parques, muchos de ellos colgantes. Los ricos eran bastante ilustrados en la época. Hoy ya ni el recuerdo de ellos existe. Pero aún hay mucho jardín secreto, resto de huertas, taludes verdes sobre el Duero.

La ciudad conserva rincones amables –si bien algo tristes–, unos magníficos puentes sobre el río, bellos edificios (algunos en ruina, ruinas bellas y evocadoras), panoramas y vistas, y algún jardín inesperado, oculto. Hoy, buenos arquitectos (como Alvaro Siza y Eduardo Souto de Moura), trabajan para recuperar esta hermosa ciudad. Su propia parálisis industrial y económica –sobre todo desde el 25 de abril– la salvó de la destrucción en los horribles sesenta y setenta del siglo pasado. Aun así, hay numerosas cicatrices, en forma de torres y edificios que rompen el perfil de la ciudad. Los suburbios, como en Lisboa, fueron entregados a la codicia de los especuladores. Ahí ya no hay casi nada que salvar, salvo bloques soviéticos. A veces, estos parques, atenazados entre bloques de un urbanismo basado en la codicia, nos parecen la metáfora del hombre sensible que vive entre lobos o tiburones. Pero no sigamos con la filosofía, sino con el paseo.

Jardín Botánico de Oporto, Portugal.

Joseolgon, Wikipedia.

El viajero debe pues quedarse en el viejo centro décimononico, el que conserva el carácter. Un día tendremos que hacer una ruta de sus jardines escondidos, muchos de ellos privados y no fáciles de visitar. Son jardines de tinieblas y humedad, de sombras densas y luces claras. Pero hoy nos limitaremos a tres parques públicos de esta brumosa ciudad: Serralves, el jardín monumento, Campo Alegre y el Botánico, y el Palacio de Cristal. Los tres son espacios salvados a la especulación inmobiliaria y a la codicia; son de un tiempo en que la aristocracia tenía gusto y el afán de lucro era algo más relativo que hoy. En la época actual, en la que todos los indicadores de protección de la naturaleza están en números rojos, los parques, pequeños islotes en el marasmo constructor, son muy importantes.

Un cierto equilibrio entre industria y negocio y ocio y cultura se tradujo, en el siglo XIX, en la construcción de parques para solaz de la burguesía y de las clases laboriosas. Había una función higiénica, un deseo patriarcal de mejorar el ocio de las clases laboriosas. No existían el fútbol ni los espectáculos de masas, que parecen ser hoy el destino de las inversiones de ocio.

Desde antiguo, y no sólo por razones estéticas, los parques y jardines fueron una preocupación espiritual de monjes (esos hortum conclusum de los monasterios) y un afán ético y de pompa de los nobles y de los reyes. Hoy, algunos ayuntamientos, con mejor o peor fortuna, protegen pequeñas áreas para que los ciudadanos puedan disfrutar de unos momentos de paz, lejos del tráfago. En la época de las nuevas tecnologías, de la omnipresente –y muy dudodsa– coartada del PIB, del afán de crear empleos y superar las penurias, puede parecer fútil dar paseos por los parques. Y, sin embargo, ello contribuye a bajar la tensión y, según un estudio citado por The Economist, a aumentar la productividad. A ver si así, en nombre de la producción, se salvan los parques y espacios verdes.

 

Parques de silencio y meditación

Cuando se quiere evitar el barullo de una ciudad, el paseante se refugia en los parques. Es salir de la ciudad siguiendo dentro. El silencio es necesario, aunque nuestras sociedades dejen cada vez menos espacio al silencio, al recogimiento. El rumor urbano es lejano, la paz de la meditación le invade y, si es sensible a los árboles y plantas –que son seres vivos–, encontrará reposo de sus preocupaciones. Los parques, creados como elemento para socializar, son hoy lugares de soledad.

Pasear por un viejo parque evoca tiempos y personas pasadas, los árboles más viejos aún son testigos vivos. Visite Oporto el viajero en silencio, escuchando, abierto a las sensaciones, a los sentimientos que le producen calles solitarias, edificios abandonados, empinadas y mojadas. Tendrá sentimientos melancólicos, pero también otros más misteriosos, como si volviera atrás en el tiempo. Guarde la cámara fotográfica por un momento, ese aparato que nos impide ver, deje las anotaciones, los datos, la visión positivista, y déjese llevar por los olores, los espacios inesperados, la oscuridad de un pasaje, el granito y el azulejo –los dos materiales que constituyen su arquitectura–, tan distintos, uno áspero, duro; otro suave, colorido y frágil.

Parque del Palacio de Cristal, Oporto.

Leandro Neumann Ciuffo, Flickr.

Oporto, con su clima húmedo, sin heladas, con sol y una primavera gloriosa, es lugar ideal para los jardines, para las flores y para aclimatar especies de todas las latitudes. Con la humedad, los olores de un viejo parque, putrefacción, flores, tierra removida, se hacen más intensos; porque un jardín que se precie debe tener algo de antiguo, un cierto abandono y mucho musgo. La vida en un jardín perdura, incluso cuando un árbol es abatido, pues las bacterias y microorganismos subsisten, lo mismo que en las que llamamos hojas muertas del otoño.

En el perfecto silencio, oyendo crujir la arena bajo nuestros pies, podemos así contemplar todas las escalas de verde. Hay una cadencia para visitar, para adentrarse en un viejo parque; o quizá, más que visitar, hay que estar, sentirlo, dejar que los olores, la brisa, las risas lejanas de unos niños nos alcancen.

Desde el Botánico y el Palacio de Cristal, vemos la otra ribera, Vila Nova de Gaia, con todas las viejas bodegas de Oporto, y atisbamos la brumosa desembocadura del Duero, la llamada Foz. Nos adentramos primero en el Botánico. Es un jardín que conserva su origen de jardín familiar, habitado, con espacio íntimo para pasear y soñar. Un jardín de estar, según la terminlogía que usa Hélder Carita, gran experto portugués en jardines. En efecto, la vieja quinta que fuera propiedad, entre otros, de la familia Andresen (de la poetisa, Sophia de Mello Breyner Andresen), es desde 1951 el Jardim Botánico de la Universidad de Oporto. El jardín de su infancia que le inspirase tantos versos:

Devagar no jardim a noite poisa

e o bailado dos seus passos

liberta a minha alma dos seus laços,

como se de novo fosse criada cada coisa

 

Lenta en el jardín la noche se posa.

y el ritmo de sus pasos

libera mi alma de sus lazos,

como si de nuevo fuese creada cada cosa.

Los Jardines del Palacio de Cristal inicialmente fueron los de la Exposición Internacional de 1865 y después de la Colonial de 1934. Pero en 1951, una alcaldada consiguió demoler el decimonónico palacio de cristal para construir un discutible pabellón que parece un platillo volante y que está en un estado de negligencia muy triste. Afortunadamente, los jardines se preservaron y el mamotreto del centro deportivo se puede olvidar por un rato mirando hacia otro lado. Es un jardín más escenográfico, con un patrón muy diferente a los jardines íntimos de las villas burguesas y aristocráticas. Un jardín de paseo y panoramas.

En tercer lugar, pero no en importancia, la Fundação Serralves, que es uno de los centros culturales más interesantes de Europa y de la Península Ibérica. La intervención sabia de Alvaro Siza ha ampliado su espacio de exposiciones y es un lugar para pasar la jornada, entre las exposiciones, la biblioteca, los jardines y una amable cafetería donde se almuerza muy dignamente. Las exposiciones son siempre una interpelación para el visitante, que nunca saldrá de allí indiferente. Es el jardín considerado como una obra de arte yuxtapuesta a un museo y a un edificio central singulares.

Fundación Serralves, Oporto, Portugal.

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye.

El parque fue diseñado por el francés Jacques Gréber, en una línea art déco (de la que tantos y buenos ejemplos hay por todo Oporto, especialmente por este barrio de Boavista, donde se ubica Serralves). El uso para el diseño del parque, de la mampostería, del ladrillo, de los bojs (buxus sempervirens), las especies diferentes de árboles (hay hasta abedules, las betulas), el agua, las curvas y los círculos, hacen de este jardín un espacio clásico, un monumento destacado de los jardines europeos del siglo XX. El buen observador puede incluso intentar descifrar claves del simbolismo de los jardines. Gréber, hay que recordarlo, se opuso a Le Corbusier y a los firmantes de la Carta de Atenas (que tanto destrozo trajeron a las viejas ciudades europeas). Quizá por ello, por ir contra corriente, fue relativamente olvidado en su país, aunque trabajó mucho en los Estados Unidos y en Canadá.

El parque se ha reinventado hace poco añadiendo esculturas modernas, prolongación del museo, pequeñas fábulas de humor que lo nutren aún más de significado.

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