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Histórico noticias



P de Panticosa

Los primeros turistas de las montañas no fueron los montañeros, sino los aristócratas que acudían a los balnearios. Uno de los más idílicos del Pirineo era el de Panticosa, hasta que la burbuja inmobiliaria explotó. Pero las montañas permanecen altivas, dando sombra a sus ruinas.

19 de octubre de 2017

Realmente, los primeros turistas que comenzaron a llegar a las montañas no fueron los montañeros ni los ociosos cazadores que entendieron la caza como un deporte; fueron los enfermos y aristócratas que en los balnearios de las montañas creyeron encontrar la salud o la paz que la ciudad les quitaba. Las estaciones termales de Cauterets o Eaux Bonnes en el Pirineo francés fueron las que descubrieron las montañas a los que no eran montañeses, como los balnearios alpinos lo hicieron con los Alpes. Thomas Mann en su prodigiosa novela, La Montaña Mágica, nos lo describe admirablemente.

En la vertiente española, el termalismo también data de antiguo con los Baños de Benasque, el Balneario de las Vilas del Turbón y el más famoso de todos los Baños de Panticosa. Según parece, ya conocido desde la época romana, aunque no se tiene constancia documental del lugar hasta el año 1286, año en el que Pedro I de Aragón lo cede al quiñón de Panticosa. El primer edificio del recinto se construye en 1694, recuperándose definitivamente la actividad termal en el siglo XVIII. En 1826, el rey Fernando VII expropia los baños al quiñón, otorgándole los derechos de explotación al empresario tensino Nicolás Guallart hasta 1854. En el siglo XIX se construyen los principales edificios y jardines del complejo termal, encargándose de las labores la empresa Aguas de Panticosa, S.A y recibiendo desde entonces a huéspedes tan ilustres como Alfonso XIII, Niceto Alcalá Zamora, Ortega y Gasset, Santiago Ramón y Cajal o Primo de Rivera.

Así que los primeros pirineistas que llegan desde Francia a descubrir, estudiar y cartografiar la vertiente española se encuentran en los Baños de Panticosa un lugar muy distinto al ambiente frío y salvaje de la alta montaña. Un viajero parisino anónimo en 1851 relata de la siguiente manera el paisaje natural y edificado que encuentra en el circo de Panticosa:

“[...] estamos ante los Baños de Panticosa. Imagínense un circo cuyo contorno está irregularmente cargado de gigantescas gradas de granito gris, unas enteras y otras devastadas y derrumbadas; que se elevan a más de dos mil metros por encima de su base, con un coronamiento jaspeado de campos de nieve medio perdido entre las nubes. Toda esta inmensa superficie está desnuda: no hay árboles ni casi hierba; abajo, llenando en dos tercios la base del circo, se encuentra un pequeño lago de un cuarto de legua de diámetro, alimentado por cuatro cascadas que caen tumultuosamente desde las alturas. He aquí el lugar más grandioso y más espantosamente triste que se pueda soñar.

El establecimiento, de un estilo más que modesto, está compuesto por cuatro o cinco grandes casas blancas construidas en la pendiente, a la orilla del agua. Todo el paseo consiste en una pradera amarilla y sin árboles: las piedras y las gravas acarreadas por las cascadas desde las alturas superiores han terminado por conquistar el emplazamiento del lago.

Las fuentes minerales salen del granito por el flanco izquierdo del valle, a poca distancia del lago. Según mi estimación, su elevación absoluta por encima del nivel del mar no debe ser de más de mil doscientos o mil quinientos metros. No obstante, si tuviéramos en cuenta la pomposa inscripción escrita sobre un gran cartel en el frente de la primera casa: “8.500 pies sobre el nivel del mar”, habría que duplicar esta valoración. [...] Las aguas son calientes, poco sápidas y ligeramente gaseosas: van bien para no sé cuántas enfermedades. A unos cien metros más arriba, se encuentra una fuente de muy diferente naturaleza, caliente también, pero sulfurosa. Probablemente, viene del mismo manantial que las aguas de Cauterets y de Saint-Sauveur, situadas al otro lado de la montaña. Esta riqueza de medios curativos junto con el lugar extraordinario y la parsimonia de la naturaleza que ha dado tan pocas fuentes medicinales a la vertiente meridional de los Pirineos mientras que las prodigó en la nuestra, explican el renombre del que gozan los Baños de Panticosa en toda España, y la multitud de enfermos de todo tipo que acuden.”

(Anónimo. Excursión a los Baños de Panticosa, Pirineo Español,1851)

El relato de nuestro anónimo parisino prosigue con la descripción de los personajes que, fuera ya de temporada, andaban por ahí, y la fiesta que a la noche, arrancando con jotas aragonesas, muestran al excursionista toda la variedad de bailes españoles para finalizar con un fandango que, parece ser, le impresionó vivamente.

Abusando de las citas, no puedo dejar sino que las palabras de Franz Schrader describan el circo de Panticosa, pues no creo que se pueda hacer mejor retrato:

“Si el viajero llega de Cauterets por el puerto de Marcadau, y se acerca a Panticosa a través del largo valle de los lagos de Bachimaña, verá abrirse ante él, más allá del abismo donde cae la grandiosa cascada de Labaza, un circo inmenso cuyo fondo le queda oculto, pero cuyos bordes de granito dorados por el sol suben a izquierda y derecha hasta las nieves. A la izquierda se yerguen los montes agrestes de los Batans y de Brazato, cuya parte superior es invisible. El camino, una especie de huella marcada en las rocas, difícilmente transitable para el que no esté acostumbrado a la montaña, sigue la base de estas montañas desnudas y abruptas, encontrando cada doscientos o trescientos metros la sombra de un viejo pino de ramas retorcidas. En la otra vertiente, al oeste, las montañas de la margen derecha se muestran enteras desde la base hasta la cima. Es el poderoso macizo de Pondiellos, cuyas puntas sobrepasan todas los tres mil metros. Por encima de un zócalo granítico rojo y leonado, vertical, estriado por delgados torrentes que bajan como hilos de plata, se extiende una serie de neveros muy inclinados de los cuales emergen tres picos principales. El más septentrional, que se nos presentaba majestuoso al pasar la frontera, pero cuya cima hace un tiempo que ya no vemos (estamos demasiado cerca, y el cuerpo oculta la cabeza), es la Quijada de Pondiellos, el pico de l’lnfierno de nuestro colega, el conde Russell (3.081 m). Dos bellos glaciares agrietados cubren su vertiente norte y brillan delante del viajero que pasa de Francia a España. Más al sur, invisibles desde el puerto de Marcadau pero gradualmente más despejados a medida que se desciende hacia Panticosa, se levantan otros dos picos, apenas unos metros más bajos: el pico de Argualas (3.069 m) y el pico d’Algás (3.046 m); el primero es más macizo, el segundo más esbelto y de aspecto más altivo. Pero pronto la vista ya no se dirige hacia las montañas nevadas: desde una última terraza quemada por el sol súbitamente se percibe bajo los pies, en el fondo del circo, un hermoso lago de aguas azules, y en la orilla del lago, en medio del abismo pedregoso, un jardín de dibujo regular alrededor del cual se alinean, en forma de herradura, cinco o seis construcciones rectilíneas, cuarteles o falansterios, con treinta, cuarenta, cincuenta ventanas por fachada, con tejados de pizarra brillando al sol, con fachadas blancas como la nieve, con chimeneas bien alineadas de las cuales escapa un humo azul. [...] En el centro de la hilera del fondo se levanta una pequeña iglesia, con dos campanarios aplanados al estilo español; tropas de hormigas humanas se pasean alrededor del lago donde flota una pequeña barca negra y los remos dejan tras de sí una estela iluminada por el sol; y todo esto está allá abajo, tan lejos, tan hondo, tan pequeño, tan inverosímil y tan diferente de lo que se esperaba, tan cómico y encantador a la vez, tan inocente y tan pomposamente ordenado, que uno debería frotarse los ojos para asegurarse de no estar viendo doble, de que la barca no es una corteza, que las hormigas son hombres y los largos edificios blancos son hoteles de tres plantas”.

(Franz Schrader. Panticosa y el Pico d’Algás, 1882)

Por mi parte, conocí los Baños de Panticosa a comienzos de los años ochenta del siglo XX, una mañana de mal tiempo de invierno que no dejaba hacer ninguna otra actividad sino la de hacer turismo por el Valle del Tena. Llegamos, tras la empinada carretera que accede al circo desde el pueblo de Panticosa, en un Seat 127 amarillo (conocido como “el churrero” por el olor que despedía el aceite que quemaba), a la planta embotelladora de agua que anuncia la colonización humana. No encontramos allí esas multitudes de turistas, ni enfermos ni aristócratas, ni cocineras ni personal de servicio de los hoteles; en rigor, no había nadie y tan solo quedaba en pie el largo hotel (que recuerdo verde y no blanco como refieren nuestros pioneros), el Casino y algunas construcciones aledañas a la planta de embotellamiento. El resto, ruinas que dejaban ver tiempos mejores y que aún hoy pueden verse en las zonas más altas de las terrazas edificadas. Había un silencio y una calma muy singular, aquélla que no se espera donde la vida humana transita, y nos produjo una sensación de sorpresa y asombro esas ruinas y abandono. ¿Para qué tanto y ahora esto? Debí de pensar en esa época.

Pero en los albores del nuevo siglo, en plena especulación inmobiliaria y en plena transformación de la política turística, a la búsqueda de un turismo de lujo que procurara mayores dividendos a las empresas del sector, una revolución sucederá en ese ruinoso paisaje urbano y, a la vez, maravilloso paisaje natural. Uno de los grandes grupos del sector de la construcción desembarca con la intención de una transformación radical del complejo turístico. Dispuesto a hacer un gran resort, irrumpe como un elefante en una cacharrería a derribar, a rehabilitar, a construir no solo los baños, sino las instalaciones hosteleras, un gran aparcamiento de varias plantas, un centro de alto rendimiento deportivo, arrinconando algunas ruinas, dejando algunos edificios históricos como la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen de 1875 (que se puede aprovechar para celebrar bodas de postín) o el histórico refugio de la Casa de Piedra, un edificio singular de la época de los primeros baños.

En aquellos días en donde la destrucción fue devastadora, dada la magnitud de la operación: los árboles permanecían blancos no ya de la nieve sino del polvo que levantaban las máquinas, todos los caminos fueron alterados, la pista habitual de esquí de fondo sirvió para instalar los comedores y alojamientos de los trabajadores. Producía una profunda tristeza. En el interior de la Casa de Piedra se hablaba sobre la suerte que correría, dado que también había sido adquirida por la empresa constructora y se suponía que sería derribada o, desde luego, dejaría de cumplir la magnifica función, debido a su espléndida ubicación, de albergar montañeros. Es cierto que, en sustitución, la federación de Aragón construiría otro más arriba, en los lagos de Bachimaña. Había incertidumbre; pero, al final, los discretos montañeros pueden disfrutar ahora de dos refugios. La Casa de Piedra sigue existiendo como refugio, y por muchos años o siglos más, porque el desenlace fue inesperado.

Como ya sabemos, tras la burbuja vino su explosión; la empresa constructora entró en quiebra, todo quedó a medias. Ruinas modernas se sumaban a las ruinas antiguas. En 2008 aquello parecía el resultado de la acción de una banda de majaderos con armas de destrucción masiva. Al final, los hoteles y las termas salieron adelante y hoy tenemos unas inoportunas y descontextualizadas construcciones, diseñadas por egregios arquitectos tales como Rafael Moneo. Naturalmente, todo juicio es subjetivo y así debe ser, pero toda esta intervención nos manifiesta que lo humano tiene un fin. Y las grandes montañas, el Gramo Negro, el Algás y el Argualas, que dan sombra a lo que terminarán siendo ruinas sobre ruinas, permanecerán altivos, testigos de los asuntos humanos, quizá sin entender, pero seguro que tampoco les preocupa.

Abecedario de los Pirineos, Balnearios, Montañismo, Panticosa, Termalismo

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