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París barojiano: don Pío por Les Buttes Chaumont

En el parque de Les Buttes Chaumont todavía podemos respirar, en mañanas brumosas, esa neblina tan parisina, un cierto romanticismo que parece haberse quedado enganchado en las ramas de los viejos árboles y en los paseos enarenados. A don Pío Baroja le gustaba.

8 de noviembre de 2013

El viajero que llega a París y encuentra todos los lugares míticos saturados de turistas, se pregunta qué se hizo de su París, de esa ciudad que tenía más en la imaginación que en la realidad. París ya no es la ciudad romántica de Baudelaire, ni si quiera la existencialista de Sartre o Juliette Gréco. Todo pasa. Pero si quiere encontrar algún lugar que uno de nuestros últimos románticos, Pío Baroja, frecuentó, salga del centro y vaya al parque de Buttes-Chaumont. La estación del metro se llama igual, es fácil llegar. Está muy cerca de La Villette (donde se puede  montar en una barcaza para bajar por el canal St. Martin hasta el museo d’Orsay, excursión muy recomendable si no está diluviando).

Las novelas de Pío Baroja aparentemente no profundizan en la psicología, el sentido se revela de inmediato, hay poco misterio. Sin embargo, Baroja consigue, contando y describiendo las andanzas de sus personajes, crear el ambiente del relato y, por ese medio indirecto, calar en el lector. Leerlo con un plano de la ciudad, en este caso de París, aporta al lector un mayor sentido del relato y da perspectiva y profundidad a la aparente sencilla redacción y al dibujo de los protagonistas.

El parque de Buttes Chaumont, Paris.

Carolina Ortiz, Flickr.

Baroja vivió también en el norte de París, y en este barrio lejano, precisamente en una calle de resonancia barojiana, la rue des Solitaires, en los altos de Belleville, sitúa la acción de una de sus más melancólicas –y oníricas– novelas, El hotel del Cisne. Desde los altos del barrio contemplará el viajero París tendida a sus pies, con ese tono nacarado, único, de sus neblinas, evitando así la abarrotada y anegada por el turismo de masas, colina de Montmartre.

El parque de Buttes Chaumont fue creado sobre las antiguas canteras de yeso, por donde había hornos para su fabricación. Hay algo de ancestral en él, es como el origen de la ciudad que se expone a la luz. Las canteras antiguas siempre evocan un pasado lejano, la herencia olvidada de la ciudad. Durante decenios, en el siglo XIX y hasta mediados del XX, fue éste un barrio obrero, insurreccional, huelguista, al este de Montmartre. No lejos de allí, en el siglo XVI se alzaban los cadalsos de Montfaucon, cantados –es una forma de hablar– por el poeta François Villon (siglo XV). Muchas calles de las inmediaciones fueron dedicadas a libertadores como Bolívar o Botzaris (Grecia), o a principios revolucionarios (Liberté, Egalité, etc). En la limítrofe plaza del Coronel Fabien, sienta sus reales el casi extinto Partido Comunista francés, en una sede diseñada por el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer, que desde el cielo evoca la hoz y el martillo, y decorada por el maestro del op-art, Vasarely. Pero estos barrios fueron desfigurados –sí, París también tuvo sus fatídicos  70 y 80– por inmensos bloques blancos que se ven desde toda la ciudad, por los altos de Belleville y de Romainville, lo que aquí en París llaman barras o cités. Quedan, afortunadamente, calles barojianas como la rue de la Grange aux Belles.

Los paseos enarenados del parque en una mañana neblinosa, tan parisina, permiten al viajero meditar lejos del barullo de la ciudad. El parque de Buttes Chaumont, durante la semana, suele estar silencioso y solitario, y el tiempo, detenido.

El parque de Buttes Chaumont, Paris.

Guillaume Lavaud, Flickr.

No busque el lector descripción de edificios. Baroja reitera, en toda su obra y en su autobiografía, que la monumentalidad, los museos, los edificios solemnes, le aburren. En este sentido, es el antiturista, ahora que toda guía que se precie parece que debe tratar de museos, monumentos y gastronomía. Por eso elige barrios de calles anónimas, poco poblados, solitarios, pues él retrata ambientes y personas, no arquitectura. En esos bulevares barridos por el viento, los personajes se refugian en tabernas amarillentas, ahumadas, con agrio olor a vino y a tarima mojada. Tampoco es un aficionado a los restaurantes. Comedores de pobres y hambrientos, sopas de caridad –que hoy, en 2013, aún existen y han aumentado–, tugurios varios son los únicos que describe.

Si en la capital francesa nos alejamos del río, de los itinerarios turísticos más trillados, aún podemos redescubrir tipos y personajes inmortalizados por Balzac, Eugène Sue, Zola y Baroja. Bigotes, narices coloradas, boinas o gorras, buen pinard (vino), hombres que zanjan con dos frases cortas como trallazos una discusión en un café o sobre el cinc de un bar perdido, más filosofía que diez discursos retóricos de los expertos en ciencia política, una de las profesiones más abundantes en París. El pueblo, ese que retrataba don Pío, sabe decir con brevedad lo que interminables tratados no consiguen.

De sus años de París y de sus novelas, lo mejor son los ambientes en los que se van dibujando, como en negativo, sus personajes, siendo quizá los secundarios los más logrados. Descritos de forma expresionista, con trazos a veces sin acabar, descuidados como son los tipos mismos en la vida real, recordándonos que nadie somos ciertos, exactos, dibujados. No en vano, don Pío fue un gran aficionado a la fisiognómica. En los barrios de St. Marcel y La Salpêtrière y en la zona de Maubert, en las distintas épocas en que Baroja estuvo por allí hospedado, subsistía entonces algo de esa vida de maleantes, de pobres y traperos, que ha sido ya erradicada. Así había sido desde el siglo XV hasta bien entrado el XX, y así lo describe Victor Hugo en Los Miserables, situando la guarida de los criminales de la banda de Patron-Minette por aquellas entonces semidesiertas latitudes.

El parque de Buttes Chaumont, Paris.

Vincent Desjardins, Flickr.

Baroja conoció en sus estancias parisinas a españoles escapados de conspiraciones decimonónicas, a estafadores y sablistas, a gorrones y soñadores, así como a rusos blancos, emigrados alemanes y aristócratas arruinados y tarambanas. De ahí salen Pipot, Mudarra, Till Fortuner, el señor Roberts… Tiene una predilección por viejos carlistas irredentos y por liberales exiliados, sólo comparable a la que tuvo por tipos como Améry, vendedor de libros viejos, experto en los fuera de ley y en historias truculentas, o por el librero Gentil, su guía en El Hotel del Cisne.

No encontraremos nunca en Baroja un retrato de los artistas o escritores de moda. Apenas algunos, casi olvidados, como el escultor Sebastián Miranda o el dibujante Abel Escalante. Huraño, detestaba el cubismo y todas las derivaciones del arte de entonces, rehuía los lugares de culto como Montmartre, Montparnasse; evitaba los cafés donde se encontraban por aquellos mismos años los que serían memorables artistas, Modigliani, Soutine, Picasso, Gris, Utrillo o la famosa guarida de los surrealistas en el 54 de la rue du Château, no muy lejos de sus habituales lugares de paseo.

Cuando Baroja describe la ciudad, París ya ha cambiado. Pero nos queda la ensoñación y el recuerdo literario. La letra y el poema son portadores de sueños.

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