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Paseando con Nescio por Ámsterdam

La primera pasión del escritor neerlandés fueron las grandes caminatas. Ya con nueve años se iba a andar solo y apuntaba luego sus impresiones; en 1899 hizo un itinerario de 522 kilómetros a pie, y mantuvo durante toda su vida una relación muy especial con el paisaje holandés.

3 de diciembre de 2015

La recepción del libro Historias de Ámsterdam, de Nescio, constituye una de esas anomalías que nos hacen comprender lo profundo que es el océano de cuanto desconocemos. Considerado un clásico de la literatura neerlandesa, sólo recientemente se ha empezado a traducir esta pequeña joya al inglés, al italiano, al castellano y a otros idiomas. La labor de estos pequeños editores (como los de Elba) se parece cada vez más a los pescadores que describía John Steinbeck en La perla: No pasa una semana sin que asomen a los escaparates de las librerías autores olvidados o sencillamente desconocidos que alguien ha rescatado de entre las rocas y que lucen con todo su brillo, mayor, seguramente, que cuando fueron escritos. El propio Nescio se lo dijo en alguna ocasión a su familia: “Ahora no me hacen caso, pero tenemos que ser pacientes. Ya veréis que estoy en lo cierto”. Porque incluso en su propio país tuvo que esperar a los años sesenta, una época más acorde con su propia sensibilidad, para ser reconocido como un maestro. Cees Nootebom lo considera uno de sus autores favoritos, lo que no es de extrañar en un autor tan atento como él mismo al paisaje.

La propia vida de Nescio (locución latina que significa “no sé” y que es el pseudónimo de Jan Hendrick Frederick Grönloh) puede explicar de alguna manera este reconocimiento tardío. Había nacido en 1882 y empezó a publicar sus primeros relatos en 1911, poco antes de cumplir los treinta años. Unos relatos con una gran carga autobiográfica en los que describe episodios de la vida bohemia de algunos estudiantes y jóvenes artistas en la primera década del siglo XX que, con esa mezcla de ambición y languidez, de raptos de inspiración con periodos de vagabundeo, recuerdan y parecen de hecho los precursores de la generación beat. Dice Goedele de Sterck, el traductor al castellano de Historias de Ámsterdam, que Nescio comparte algunos rasgos con Azorín (por ejemplo, ese talento para captar en estampas un paisaje o una atmósfera) y hasta con el Unamuno de Niebla. Y es cierto que llama mucho la atención el desparpajo con la que el narrador se dirige en ocasiones al lector. En un pasaje de su relato El poetilla escribe, por ejemplo: “Antes de seguir, debería mencionar que mi mujer también se encarga de pasar a limpio mis manuscritos y que no comprende la poesía de esa historia. Que Coba coquetee no le parece tan grave, pues lo achaca a que el poetilla la descuida. Curiosamente, en otros relatos estas cosas no le preocupan tanto. Cree que es porque esto lo he escrito yo. Mi mujer debería ser capaz de hacer distinción entre el autor y el señor Nescio, pero me parece que eso es pedir demasiado. La situación me resulta dolorosa, ya que empaña la felicidad doméstica. Aun así continuo escribiendo…”

Libros de viaje

Moyan Brenn, Flickr.

Nescio murió en 1961 dejando una obra que en su conjunto no llega a las doscientas páginas, compuesta por relatos breves (el más largo de unas cuarenta páginas). Después de haber pertenecido durante un breve periodo a una colonia de artistas fundada por el psiquiatra Frederik van Eeden e inspirada por Thoreau, muy pronto (en 1904) empezó una carrera empresarial que le llevaría a ser en 1926 director de la compañía Holland-Bombay Trading. A pesar de que sus personajes tienen mucho de vagabundos, él llevó la vida de un perfecto burgués. Se casó en 1906 y pronto se llenó de hijos. Si escribió toda su obra con pseudónimo fue por el temor a que en el ambiente donde se movía lo consideraran poco menos que una extravagancia. Sin embargo, como apunta Joseph O’Neill en la introducción a la edición inglesa de este libro, la primera pasión de Nescio, antes que la escritura, fueron las grandes caminatas. Ya con nueve años se iba a andar solo y apuntaba luego sus impresiones. En 1899 hizo un itinerario de 522 kilómetros a pie. Mantuvo durante toda su vida una relación muy especial con el paisaje holandés, que llegaría a ser, asegura O’Neill, el centro de gravedad de su obra.

Con todo, aún más importante que el espacio es el tratamiento del tiempo, lo que convierte estos relatos en inolvidables. Hay una profunda melancolía en algunos pasajes, una aguda conciencia del paso del tiempo y de nuestra absoluta futilidad. “Entre el puente y la ciudad se extendía una enorme mancha luminosa en el río. El agua fluía como si nada, el sol se reflejaba en ella como si nada, cien, mil, cien mil veces. Hacía dos mil años, el sol ya brillaba y al agua ya fluía. Dios sabe desde cuándo. Desde entonces el sol había salido más de setecientas mil veces y se había puesto más de setecientas mil veces, y en todo este tiempo el agua no había dejado de fluir. La cifra le daba vértigo. De entre ellos, ¿cuántos días habría llovido?, ¿cuántas noches habría helado tanto como esa noche o más?, ¿cuántas personas habrían visto fluir aquella agua, habrían mirado el reflejo del sol en el río o habrían contemplado las estrellas en las noches heladas?, ¿cuántas de ellas habrían muerto ya?, ¿y cuántas verían fluir el agua en el futuro? Dos mil años no era nada. La Tierra llevaba existiendo miles de años y sin duda seguiría existiendo otros miles de años. El agua seguiría fluyendo miles de años sin que él estuviera para verlo”.

Hay mucha tristeza en estos relatos, por ejemplo en Insula Dei, cuando el narrador se encuentra, cuarenta años después, con su amigo Flip. O al principio de Mene Tekel, cuando escribe: “Sentíamos una gran tristeza por todo lo pasado, y por nuestra vida, que algún día se terminaría mientras todas estas cosas seguirían sucediendo. Veríamos crecer los días algunas veces más y después dejaríamos de ser jóvenes”. Hay mucha sabiduría, cuando en otro momento dice: “Era una época asombrosa. Pensándolo bien, esa época aún perdura, y lo hará mientras haya muchachos de diecinueve y veinte años. Sin embargo, para nosotros terminó hace tiempo”. Mucha ironía, como cuando su amigo Bavink le da consejos para pintar un cuadro de éxito: “Pintas dos franjas horizontales, una debajo de la otra, del mismo ancho, una azul y otra dorada y en el centro de la franja azul pintas una mancha redonda color oro. En el catálogo ponemos: número 666 ‘El pensamiento’, lienzo… no te imaginas lo que pueden llegar a descubrir en tu obra. Todo tipo de curiosidades de las que no tenías la menor idea”.

Y de pronto, el lector de Historias de Ámsterdam que escribe esta reseña se queda pensando si el propio Nescio, a pesar de llevar más de cincuenta años muerto, no estará sonriendo en algún lugar ante sus esfuerzos por encontrarle al libro “curiosidades de la que el autor no tenía ni idea”.

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