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    J. Laurent (firmaba solo con la inicial de su nombre) nació en Garchizy en 1816, pero desarrolló su carrera fotográfica en España, abriendo un estudio en la Carrera de San Jerónimo 39 (donde hoy está el Congreso de los Diputados). Retrató la segunda mitad del siglo XIX español, tomando vistas panorámicas de ciudades, paisajes, monumentos y obras de arte que documentan el patrimonio cultural material e inmaterial de la península ibérica. Una exposición con más de doscientas imá...[Leer más]

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Paseos nuevos en Nueva York

Hay algo en Nueva York que hace que cada viaje a esta ciudad sea un viaje distinto. Hubo un tiempo en que todos los turistas iban a Central Park porque salía en las películas; ahora todo se ha mudado a la Zona Cero y los barrios de moda. Pero hay mucho más en la Gran Manzana.

5 de enero de 2015

Anochece en Central Park y los rostros, sombras ya, aún cruzan el parque. Patinadores, corredores, peatones, trabajadores de vuelta. Hubo un tiempo en que los visitantes venían a Central Park porque salía en las películas y siempre pasaban cosas. Ahora parece que aquí ya no pase nada, que todo se haya mudado a los barrios de moda y a la Zona Cero, donde siempre se comienza algo, un proyecto, un homenaje, un haz de luz, un edificio, un futuro, mientras se sigue retirando pasado, tristeza y sombra.

En las afueras de ese lugar mutante he quedado con Sam, que viene envuelto en la sonrisa de seguridad y felicidad que los pobladores de las provincias del Viejo Mundo siempre han despreciado. Sam quiere saber qué he hecho estos días en su ciudad, qué hace un europeo cuando llega a ella. Qué quería ver.

Algunas torres, algunas obras de arte, algunos fracasos, algunos logros, cosas que no había visto antes. Como el edificio, que resultó tan feo, de las ilusiones quebradas: esa ONU desangelada, apagada al sol, que recuerda a una palmera deshojada en un erial. Fui hasta allí para descubrir que su presencia extemporánea había convertido a la ciudad en una desconocida. Al menos, muy cerca quedaba el Hudson.

Y las torres de agua, esos llamativos depósitos de madera que coronan y personalizan los edificios, según me explicaron, de más de seis plantas. Durante años, estas inmensas torres se ocultaron: parecían feas con su aspecto anticuado y rural, su redondez, su color a humedad –el agua va impregnando y tiñendo la madera– y su semblante práctico, ajeno a la estética del cristal, el acero y el hormigón de las grandes obras; pero al fin se descubrió que en sí mismas eran hermosas, bellos adjetivos de las construcciones. La madera resultó ser el material más adecuado para contener el agua, para evitar que la presión enloquezca. En la distancia, la ciudad tiene un horizonte familiar; en la proximidad, el skyline son algunas de las diez mil torres de cedro.

Quería contemplar dos murales, en el MOMA, el primero de Henry Darger –un artista loco cuyos pasos había seguido en Chicago, un tipo que vivió y murió solo y dejó en su casa un rollo kilométrico de papel, el arte irrepetible que hacía cada día– y The Street, aquella pintura de Balthus que fue un escándalo. Al poco de salir, al subir al metro, vi una escena que recordaba al cuadro pero ya no escandalizaba. Hay un distrito en China donde se quiere copiar el espíritu de Montmartre, el underground de Berlín, la pulsión de Nueva York, para ser el nuevo lugar del arte. Pero eso es fuera de aquí. Nueva York no piensa en otros lugares, nunca lo hizo, avanza y se renueva porque sólo se fija en sí misma.

Deseaba contemplar los frescos de San Baudelio, esas obras arrancadas de una ermita española un siglo atrás y que se encuentran repartidos por América, en esta y en otras ciudades. Según las leyes españolas, los edificios religiosos pertenecían a la Iglesia, pero el interior, al pueblo. El pueblo le vendió los frescos, pinturas del siglo XIII, al marchante, pero se denunció y hubo un juicio y quedaron retenidas. El tribunal falló a favor del comprador. Embarcaron los frescos y luego, durante años, se quedaron almacenados en el puerto de Nueva York. Nadie se atrevía a comprarlos. Se intermedió con el gobierno español para que se recomprara algún fresco, pero el precio era imposible y se negoció la cesión de un claustro a cambio de unos frescos que ahora están en El Prado. Los demás siguen en Estados Unidos. Para Sam, el hecho de que fueran legalmente adquiridos exime de cualquier responsabilidad.

Puente de Brooklyn, Nueva York

Geraint Rowland, Flickr.

Hoy ando con Sam desde Wall Street, en una caminata pausada, hasta un territorio que flota sobre el Hudson. Sam me guía entre esqueletos de fábricas destartaladas, sobre el camino de raíles antiguos que las unía cuando estaban vivas; por un espacio al que algún urbanista le encontró el secreto y le otorgó una segunda existencia. El High Line ahora está de moda. El paseo desemboca en un anfiteatro que se detiene en un cristal: tras él solo está el aire y, abajo, el tráfico. Ante el vidrio, que es mirador y telón, algunos jóvenes cantan, tocan algún instrumento, interpretan su momento de gloria, su video que colgar en las redes; los menos, reciben el anochecer. Sam ha quedado con un par de amigos y los esperamos frente a un hotel, o un espectáculo.

A los pies del Standard Hotel van cada noche mirones, turistas y curiosos. La fachada, un ventanal, es un escaparate. En una habitación una pareja se exhibe: ella se apoya en la pared, pegada al cristal, y su cuerpo se mueve con los impulsos de su pareja. Luego se ilumina otra ventana, luego otra. Hay pocas variaciones en el sexo pero algunos protagonistas interpretan un vals perfecto que acaba cuando finaliza la exhibición.

Los amigos de Sam, cachorros egresados de la Columbia University, quieren saber en cuántos países he estado. A la terraza del restaurante de Chelsea en el que cenamos llega un excluido de la vida neoyorquina. Es negro, músico –duda si aún lo es o sólo lo fue– en los tiempos difíciles, en los días del Nueva York del crimen. “Yo andaba en el crack, me metieron en la cárcel. Sí, soy músico, pero nunca he rehecho mi vida”. Cuando se va, Sam pregunta si en Europa el Estado atiende y paga a personas así.

A medianoche cruzamos el puente y vamos a Brooklyn. Una pizzería fantasma lanza extraños neones desde el interior. En las calles algunos carteles en cirílico de las tiendas cerradas no se inmutan ante el paso del tren. En un chiringuito abierto unos mexicanos venden comida barata a los rezagados de todas las vidas. Pisamos la playa helada. Del otro lado están las luces.

Del otro lado, mañana, tengo un par de visitas, un par de espacios donde el arte lo hacen y lo reivindican los latinos. Pero ese arte, esas salas, son neoyorquinas.

Hay algo en Nueva York que hace que cada viaje a esta ciudad sea un viaje distinto.

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