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Histórico noticias



Persiguiendo dragones por la Patagonia

Argentina es la tierra de las mil y una sorpresas. Con este viaje por la Patagonia vivimos la apasionante epopeya de la colonización galesa. Mansos dragones que se hermanaron con los pueblos originarios para sobrevivir en un entorno tan duro y distinto a su fértil paisaje celta.

10 de agosto de 2015

Sí, y son rojos y galeses. Y flamean airosos sobre el blanco de la albiceleste enseña argentina o en  la verde y blanca del País de los Gales. La Patagonia argentina es la tierra de las mil y una sorpresas. Si ya estábamos sobrecogidos por la belleza del paisaje de la Península Valdés, si tuvimos el placer de avistar ballenas, lobos y elefantes marinos, pingüinos  y aves sorprendentes, el viaje por las tierras patagónicas  nos permite asomarnos también a una apasionante epopeya: la de la colonización galesa. Os propongo entonces perseguir a estos mansos dragones a través de ciudades llamadas, en la lengua de los que llegaron allende los mares o de aquella que hablaban los tehuelches, el pueblo originario con el que se hermanaron en la lucha por la vida en este  entorno tan duro y diferente al de su país de origen. Pero antes un poco de historia.

 

El sueño de una Nueva Gales en la Patagonia

A mediados del siglo XIX la situación no era buena para los habitantes de Gales. Inglaterra, en plena evolución industrial, devoraba ávidamente el carbón de sus ricas minas  y sometía a durísimas condiciones laborales a los hijos de esas tierras, quienes venían soportando desde tiempo atrás la prohibición de la enseñanza de su idioma en las escuelas y la persecución de sus prácticas religiosas, una variada gama de cultos protestantes que, por lo visto, molestaban a la jerarquía anglicana británica.

Fue así que la apuesta por la emigración sedujo a galeses de diferentes oficios y profesiones ilusionados por la posibilidad de construir una nueva Gales más allá de Gales, una sociedad donde pudieran vivir conforme a su cultura, hablar en su lengua, profesar sus cultos y ganarse la vida sin el yugo del dominio y la explotación británica.

Uno de los primeros destinos que recibió un flujo considerable de inmigrantes galeses fue Estados Unidos. Pero al cabo de un tiempo, los miembros más activos de la comunidad galesa allí instalada observaron que ese no era el destino idóneo para preservar sus costumbres, ya que la necesaria adopción, por motivos laborales, del inglés  dañaba inexorablemente la voluntad de preservar su propia lengua.

Había que buscar una tierra prometida, una tierra virgen que necesitara de su trabajo, de sus ganas de salir adelante, y que asegurara un grado importante de aislamiento de otras poblaciones a fin que ellos pudieran crear esa sociedad galesa que les era prohibida en su tierra de origen.

En Liverpool se había creado una activa Sociedad Colonizadora para fomentar y organizar la emigración. Pusieron sus ojos en la Patagonia argentina. Tenían noticias de un galés que había andado por allí hacía unas décadas y, por supuesto, habían leído las descripciones de Fitz Roy. Así que, en 1862, Lewis Jones y Love Jone Parry, barón de Madryn (vayan reteniendo nombres), dos de los miembros más activos de la Sociedad,  se lanzaron a una visita a la Patagonia, tanto para explorar in situ el territorio como para entablar los necesarios contactos con las autoridades argentinas. Éstas acogieron con interés la posibilidad de poblar esos inhóspitos territorios con gente blanca, europea, esperando que pudiesen ser un freno natural sobre la que consideraban la barbarie indígena y frente a las ambiciones chilenas sobre la zona. Las manifestaciones en 1870 del presidente Bartolomé Mitre así lo confirman, al declarar  que “los galeses eran no sólo la avanzada de la civilización contra los bárbaros, sino también el núcleo de una gran población que podía resolver pacíficamente una cuestión de límites pendiente”.

Viaje a la Patagonia argentina

Néstor Galina, Flickr.

Pero en el primer momento no todo fue tan sencillo. Varios diputados se alzaron en contra, ya que veían a los galeses como practicantes de una religión que no era la oficial de la Argentina y, además, se les temía como posibles aliados de los ingleses que ocupaban las islas Malvinas y que tendrían así una buena base desde la cual  avanzar sobre el sur patagónica. Pero el ministro del interior, Guillermo Rawson, jugó un activo y eficaz papel en la defensa de las gestiones de Jones y Parry, y finalmente éstos consiguieron el permiso del gobierno para el establecimiento de los galeses y la concesión a cada familia de 100 acres de terreno en el valle del Chubut.

Ya sólo faltaba relevar la mejor zona para los asentamientos y preparar éstos. Se optó para el desembarco por una ensenada suficientemente profunda en el Golfo Nuevo, y hasta allí se transportaron víveres y algo de ganado. Desde ese momento este enclave pasó a llamarse Puerto Madryn (¡qué les decía con lo de retener nombres!). Las campañas propagandísticas consiguieron reunir un contingente de unos ciento sesenta colonos, incluyendo mujeres y niños. Eran trabajadores de diferentes oficios, muchos mineros, pocos agricultores y granjeros, un farmacéutico, un médico (o alguien con conocimientos de medicina, las informaciones son contradictorias) y tres pastores protestantes disidentes.

 

Los difíciles comienzos

Embarcaron a bordo del velero Mimosa. La travesía fue dura, se prolongó durante casi dos meses, sin escalas, algunos fallecieron y, finalmente, fueron ciento cincuenta y tres los que llegaron el 28 de julio de 1865 a la tierra prometida. Sus predecesores, que habían organizado el desembarco, habían preparado unas cabañas que los intensos vientos habían deteriorado, y parece ser que los recién llegados debieron alojarse en las cuevas naturales horadadas en la roca, junto al mar y adecentadas con listones de madera. Todavía persisten esos refugios en el sitio exacto del desembarco: Punta Cuevas, y al contemplarnos hoy en día sobrecoge imaginar la dureza de la vida en ellas, tan expuestas a las embestidas del viento y del mar. Era verano, sí, pero estamos hablando de un punto a 42° latitud sur.

Lo mejor de la llegada fue el poder disponer de víveres renovados y de la ilusión de ser recibidos con una bandera esperanzadoramente mestiza, la  argentina, que  sobre su central franja blanca ostentaba el orgulloso dragón rojo del pabellón galés. Lo peor: que el territorio al que arribaban mucho distaba de sus verdes tierras galesas. Frente a ellos se extendía un paisaje árido, donde no se veían ni ríos ni arroyos de donde extraer agua dulce. Y esas vacas tan ariscas, tan hostiles, tan rebeldes a los  confiados intentos de las granjeras galesas que se les acercaron confiadas  para ordeñarlas como habían hecho siempre con las suyas, tan galesas, tan domesticadas. Aquí más de una debió de huir corriendo frente al rechazo agresivo de vacas que no toleraban esas extrañas prácticas sobre sus vírgenes ubres.

De este momento de la colonización, aparte de los topónimos, pervive la adopción posterior de esa bandera de acogida como la propia de la ciudad de Puerto Madryn, y  también el recuerdo del velero Mimosa, presente en los escudos de esa ciudad y en el de Trelew.

 

Un respiro: La confraternidad con “los hermanos del desierto” y… la poesía

Los contratiempos se multiplicaban; los vientos arrasaban las endebles viviendas, la mortandad se cebaba sobre los más débiles, los infantes, las parturientas, los ancianos…

Diciembre de 1865: entre tantas adversidades los colonos reciben una carta del cacique Antonio ofreciéndoles intercambiar bienes. Los galeses, que habían sido aconsejados por sus pastores sobre el  trato humanitario y respetuoso  que debían brindar a los pueblos originarios, aceptaron y comenzó entonces, no sin algunas dificultades iniciales,  un provechoso intercambio comercial entre ambas comunidades “hermanas del desierto”. Los galeses  ofrecían pan, manteca, azúcar, tabaco y un poco más adelante trigo y, a cambio, los tehuelches, que así se llamaba el pueblo originario mayoritario en la zona, les proporcionaron elementos  para la confección y protección de viviendas y vestimentas, como pieles de zorros, mantas de guanacos y plumas de avestruz. También intercambiaron útiles técnicas: mientras los galeses les enseñaron cómo fabricar hornos para hacer pan, los tehuelches los adiestraron en las técnicas para cazar animales salvajes. Una convivencia pacífica y fructífera para ambas partes,  como lo corrobora la expresión común entre los primeros galeses de “¡Qué hubiéramos hecho sin los indios!”

Nada que ver con la campaña de destrucción y asesinato que emprenderá poco después el general Roca, la oprobiosa Campaña del Desierto, y ante la cual más de una vez la voz de los colonos galeses se alzaría en contra. Infructuosamente, por cierto.

Los colonos continuaban en su lucha por lograr que el suelo patagónico les diera los frutos para vivir. Pero siempre se necesita algo de poesía y de música. Y así fue que, durante la primera navidad que pasaron en suelo patagónico, organizaron un modesto Eisteddfod, los Juegos Florales galeses que periódicamente se celebraban desde el Medioevo. Príncipes, nobles, poetas y músicos se reunían sentados para celebrar la palabra y la música, lo que explica el significado de Eisteddfod (estar sentado), así como la forma del premio: un colgante de plata en forma de sillón (hoy reemplazado por una corona del mismo metal), o, cuando se podía, un auténtico sillón de madera de roble, el sillón del bardo.

Las vicisitudes de la posterior expansión colonial no permitieron la celebración regular de los Eisteddfod hasta 1880. Hubo algunos breves períodos de decadencia, pero en la actualidad gozan de renovada actividad, han incorporado también las expresiones poéticas en lengua castellana y hasta cuentan con la asistencia de un Archidruida que viaja especialmente desde Gales.

 Viaje a la Patagonia argentina

 

Y las tierras de hicieron fértiles y surgieron las capillas

Y un día llegó el milagro encarnado en la sabia observación de Aaron Jenkins y su mujer Rachel. Corría el año de 1867 y los colonos padecían por los malos resultados de su incipiente agricultura. Entre que la mayoría no eran campesinos y que la tierra era decididamente árida, las lluvias escasas y las inundaciones rotundas e imprevistas, la falta de grano era desesperante. Hasta que un día el matrimonio observó que las aguas del río Chubut discurrían a mayor altura que sus tierras; por lo tanto, si cavaban una zanja entre ambos desniveles, las aguas podrían irrigar sus sedientas tierras. Así lo hicieron. Las cosechas de trigo comenzaron a ser  generosas y la zona se convirtió en una de las  primeras en adoptar el riego por canal en la Argentina.

A la vez que arrancaban frutos a la tierra, fueron levantando, entre todos y con sus manos, capillas que no sólo servían para la práctica de sus cultos, sino también como centro de reuniones políticas, sociales (donde no faltaba la tradicional ceremonia del té), educativas y hasta comerciales. Dada esta variedad de usos, no era extraño que algunos colonos asistieran hasta tres veces al día a su capilla.

El estilo arquitectónico fue el resultado de la adaptación al medio y a los materiales disponibles, junto con elementos procedentes de la tradición europea. Aunque las primeras fueron de adobe con techos de barro y paja, posteriormente las paredes se levantaron con adobe, ladrillo, piedra, chapa de zinc y madera para los revestimientos interiores. Los techos eran de dos aguas y de chapas de cinc. Los pisos, cielorrasos, ventanas, puertas, los púlpitos y los bancos, de madera de pinotea. Tenían un salón principal rectangular, con púlpito al fondo, ventanas laterales de formas variadas, mayoritariamente góticas o guillotinadas, e hileras de bancos separadas por dos pasillos que comunicaban con las puertas de entrada. Carecían de ornamentos e imágenes religiosas, y se iluminaban gracias a lámparas colgantes, en ocasiones de porcelana, que funcionaban a kerosene. A veces tenían un vestry, esto es, un salón adosado que servía como escuela dominical, lugar de reuniones o cocina para preparar el té.

 

La conquista del oeste

Pero también cundió el desánimo, el descontento, la frustración… Algunos decidieron partir hacia tierras más amables, en las provincias de Santa Fe y Buenos Aires. Para reclutar nuevos colonos, se organizaron viajes a Gales y Estados Unidos, y así fueron llegando  sucesivas oleadas de entusiastas galeses.

Pronto se planteó la necesidad de dar una salida eficaz al creciente tráfico comercial de la zona, lo que llevó a Lewis Jones a impulsar la construcción de una línea férrea entre el valle inferior del río Chubut y Puerto Madryn. Con capitales británicos consiguió crear el Ferrocarril Central del Chubut. En 1888, la ciudad cabecera de esta línea pasó a denominarse Trelew, esto es “la ciudad de Lew”, por Lewis Jones, en reconocimiento de quien tanto hacía por la colonización galesa.

La expansión hacia el oeste continuaba sin pausa, y poco a poco se fueron estableciendo nuevos asentamientos en el valle inferior del Chubut. Los más importantes: Gaiman y Dolavon.

En 1885 los intereses de los galeses y los del gobierno argentino volvieron a coincidir. Los colonos buscaban, como siempre, nuevas tierras fértiles, pero también soñaban con encontrar oro, ya que eran muchas las historias que corrían sobre la abundancia de este preciado metal más hacia el oeste. El gobierno argentino, por su parte, necesitaba afianzar su presencia en  esas tierras constantemente ambicionadas por Chile. Fue así que se organizó la Compañía de Los Rifleros del Chubut, dirigida por el coronel Fontana e integrada por poco más de treinta personas, la mayoría galeses. Estaban bien provistos de víveres, armas, instrumentos científicos, caballos y herramientas, tanto para buscar oro como para relevar el terreno. La expedición partió en octubre de 1885 y, a lo largo de poco más de tres meses, recorrieron cinco mil kilómetros, obteniendo rica información geográfica, a la vez que reafirmaban el dominio argentino sobre la zona, dando nombre a los diferentes accidentes geográficos que iban encontrando. Entre ellos destacó un valle tan impactante en su belleza que los galeses, al verlo, exclamaron “Cwm Hyfryd!” (Valle Hermoso), seguramente nostálgicos de las verdes praderas de su tierra de origen. Así se lo conoció, aunque posteriormente se adoptó el nombre en español de Valle 16 de octubre, por ser éste el día de 1888 en que se lo reconoció oficialmente. En este enclave privilegiado florecerían poco después Trevelin y Esquel.

 

El caballo que se ganó una tumba

John Daniel Evans tenía tres años cuando llegó a bordo del Mimosa. Creció  en  buena sintonía con sus hermanos del desierto y con uno de ellos, el hijo de un cacique tehuelche, cultivó una muy cercana amistad. Fue así como, ya en 1883, y gracias a los comentarios de ese joven, conoció las leyendas que hablaban de la existencia de oro en las estribaciones andinas. Ambicioso y aventurero, organizó una expedición para encontrar las minas del preciado metal; pero la brutal campaña de exterminio del general Roca, la tristemente llamada Campaña del Desierto, había enrarecido las relaciones con la población originaria. En febrero de 1884 tuvieron un encuentro con las fuerzas tehuelches del cacique Foyel, que venían huyendo de las razias del ejército argentino. Los indígenas, desconfiando de los galeses a quienes tomaron como espías, los atacaron ferozmente. Los tres galeses compañeros de Evans murieron en el acto atravesados por lanzas. Evans, que cabalgaba a su caballo Malacara, rocín que había sido entrenado por los tehuelches para moverse por terrenos abruptos, logró evadir el cerco gracias a la habilidad de su montura, que saltó al fondo de un barraco de casi cuatro metros, se incorporó de un brinco y siguió cabalgando durante tres días, hasta llegar, extenuado y sin cascos, a un puesto cercano a Rawson, salvando a su dueño de una muerte segura. Posteriormente, Evans mandó levantar un monolito en el lugar del funesto encuentro, que pasó a llamarse el Valle de los Mártires y hoy es conocido como el Valle de Las Plumas.

 

Una opción agradecida

Las disputas limítrofes con Chile sobre el territorio patagónico se acentuaron a finales del siglo XIX. Para resolver tan espinoso tema, se decidió pedir al Reino Unido la organización de un arbitraje. El gobierno inglés nombró para tal menester a Sir Thomas Holdich, quien convocó a los pobladores de la zona a un plebiscito el 30 de abril de 1902. Los colonos galeses, que eran mayoría, lo tuvieron muy claro: cuando sir Holdich les peguntó si querían pertenecer a Chile o a Argentina respondieron que no era cuestión de preferencias, sino de reconocer que habían llegado a esas tierras amparados por el pabellón argentino, que era con ese país con el que relacionaban y comerciaban, y que era en los registros civiles de ese mismo país donde anotaban a sus hijos. Era, entonces,  una cuestión de respeto y lealtad a la patria, de adopción para unos y nativa para otros. Y así, gracias a la opción abrumadoramente mayoritaria de los colonos galeses, esas tierras quedaron definitivamente bajo la soberanía argentina.

Y cuando el fiel Malacara falleció en 1909 en la granja de Evans en Trevelin, su dueño lo enterró en una tumba ornada con una placa que testimonia su agradecimiento y que todavía hoy se puede visitar.

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