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    ExposicionesEl mundo no volvió a ser el mismo después de esta expedición. Doscientos treinta y nueve hombres y cinco naos partieron de Sevilla en 1519 en busca de una ruta por el oeste hacia la Especiería. Tres años después, regresaron dieciocho hombres y una nao, después de haber dado la vuelta al mundo. El Museo Naval de Madrid se une a la celebración del quincentario con la exposición Fuimos los primeros. Magallanes, Elcano y la Vuelta al Mundo, abierta al público desde el 20 de septiembre.

Histórico noticias



Pinceladas de la isla de Inhaca

Hace 7.000 años, Inhaca decidió caprichosamente separarse del continente africano y alejarse unos buenos 40 kilómetros de Maputo. Zarpamos rumbo a la isla donde las ballenas veranean mientras los escolares reciben clases bajo la tupida sombra de un anacardo.

14 de octubre de 2013

Dos horas después de zarpar del embarcadero de Maputo, el viento del norte borra la bruma y la isla de Inhaca se perfila  nítidamente en el horizonte. El cascarón herrumbroso avanza con fatiga batido por el océano encrespado. A cada golpe de mar lanza un quejido inquietante, sordo y prolongado. Temo que los roblones de acero salten como botones mal cosidos y las soldaduras se abran como cremalleras.
La bajamar obliga a atracar a un centenar de metros del espigón. Antes de apagarse los motores, el pasaje se arremolina apresuradamente a babor para descender a los botes, que hacen de lanzadera hasta la orilla. Los barqueros timonean con pericia para evitar los fondos de coral y los jardines de algas. Con el agua hasta las rodillas, jóvenes porteadores ayudan a los viajeros a descargar las mercancías por unas monedas. En tierra firme, vendedoras de pescado y niños con cestos de frutos secos chalanean con los recién llegados.

Rumbo a  la isla de Inhaca, Mozambique, África.

Zelig Matongö.

Hace siete mil  años, Inhaca decidió caprichosamente separarse del continente y alejarse unos buenos cuarenta kilómetros de Maputo. Los necesarios para no perderse de vista, pero los suficientes para adquirir identidad propia. La isla tiene forma de gorro tirolés con pluma, una docena de kilómetros de punta a punta, y está cosida por un laberinto de estrechos caminos arenosos que unen a los dispersos habitantes con el minúsculo centro portuario.
Alfredo, el motorista, me espera sobre la misma arena de pie junto al coche. Conducimos durante media hora entre chozas, pequeños huertos y manglares. Nos cruzamos con ancianos sentados en los porches de sus cabañas, hombres cortando madera, mujeres moliendo mijo a la puerta de casa y niños correteando semidesnudos detrás de las gallinas. Escolares de uniforme caminan hacia la escuela y mujeres jóvenes con sus bebés amarrados a la espalda acarrean sobre la cabeza bidones de agua del pozo cercano. En África se anda mucho, siempre se está andando.

 

Ballenas desde el faro de Inhaca

Finalmente, el faro aparece sobre un promontorio envuelto por espesa vegetación en el extremo norte de la isla. Hacemos el último tramo a pie para salvar el desnivel. Luiz, el farero, saluda desde el porche del vetusto edificio como un virrey orgulloso de sus dominios. Por encima de nuestras cabezas se eleva una torre blanca, hexagonal, de 47 metros. El segundo faro en importancia de Mozambique. A partir de allí, el Índico se abre magnífico, imponente hacia el estrecho de Madagascar. Desde esa privilegiada atalaya se divisan nítidamente los saltos acrobáticos de las ballenas y se escucha el impacto de sus colosales cuerpos contra el agua.
A las puertas del verano austral, los cetáceos migran hacia el sur buscando los largos días estivales y la fundición de los hielos polares, donde el plancton es más abundante. La ballena rorcual común, de unos 25 metros y 70 toneladas y su prima, la ballena jorobada, algo menor, pero más plástica y ágil en sus piruetas, merodean por estos mares entre agosto y octubre antes de continuar su viaje anual.

Embarcación en la isla de Inhaca, Mozambique, África.

Zelig Matongö.

Desciendo caminando por un sendero estrecho hasta el litoral. En el costado oeste del faro, el océano bate con fuerza una amplia playa desierta. Resguardada al oriente, la ensenada, con sus lenguas de arena, adopta formas caprichosas y cambiantes con las mareas. Hassan me espera en su embarcación Twanano II. Deseo ver los cetáceos de cerca. Sopla el viento de septentrión. Ballenas y ballenatos asoman las aletas y las colas y resoplan chorros de agua vertical como fumarolas, pero se cuidan de acercarse a nosotros. Nos cruzamos con un pesquero que parece un barco de piratas somalíes. Después de una breve negociación, nos descuelgan por la borda una hermosa garopa –familia del mero– de cinco  kilos, por apenas quince euros.

Garopa pescado en la isla de Inhapa, Mozambique, África.

Zelig Matongö.

Los faros poseen un halo mágico, misterioso, novelesco, tenebroso, inquietante, lóbrego, épico…, según quien los evoque. El de Inhaca guarda un poco de todo. Después de cocinar la garopa al fuego de brasa y dar buena cuenta de ella, conversamos sentados en el porche a la luz de una bombilla alimentada por una batería de camión. Frente a nosotros, la oscuridad turbadora, quebrada por las lejanas luces de Maputo, el rumor agudo del viento y el fragor incesante del mar.
Imagino las solitarias noches de tormenta y pregunto a Luiz si no tiene miedo de vivir allí solo. Sorprendentemente, confiesa que sí, que a menudo le asaltan pesadillas sobre espíritus enviados por sus enemigos. Fantasmas que llegan durante la noche hasta el faro mientras duerme confinado bajo llave en su habitación. En una demostración dramática, rodea su cuello con las manos y lo zarandea simulando su propio estrangulamiento, mientras me mira angustiado con los ojos desorbitados.

Faro de la isla de Inhaca, Mozambique, África.

Zelig Matongö.

Por la mañana, visito la Estación Biológica Marítima de Inhaca. Un pequeño y modesto museo con muestras de especies de la fauna local. Como preparado para la ocasión, a pocos metros de la entrada me topo con una cobra del bosque –naja malanobeuca–, enfrentándose a una culebra menor. Guardo una distancia prudente mientras las fotografío. Su veneno letal apenas me concedería el tiempo suficiente de llegar con vida al primer puesto de salud.
En el interior, Sergio Mapanga, un joven apasionado por la biología, me guía por las dependencias con explicaciones precisas y anécdotas curiosas. Sobre mesas y anaqueles se alinean centenares de botes que contienen animales marinos, ofidios y moluscos sumergidos en formol. De las paredes cuelgan espectaculares caparazones de tortugas, aves y pájaros disecados e innumerables insectos claveteados ordenadamente en planchas de madera.
Desde una esquina, un cocodrilo bien preservado mira desafiante. Sergio asegura que llegó desde el continente empujado por las riadas que asolaron Mozambique en 2002. Y más inquietante todavía: a un lado de la puerta trasera pende la piel de dos pitones de más de tres metros de longitud que sorprendieron merodeando dentro del recinto del único hotel de Inhaca. Al salir del recoleto museo, la lucha agónica entre ambas serpientes está a punto de llegar a su fin. La naturaleza dicta su ley: el grande se come al chico.
De camino al embarcadero, paso frente a la casa de Evenice Nhaca, el régulo de la isla. Una especie de rey local venerado por la comunidad. Tiene 98 años, aún camina con agilidad y se ocupa de mediar en las disputas vecinales. El cargo pasa de padres a hijos desde que sus antepasados se asentaron allí en la noche de los tiempos. Pertenecer a los primeros pobladores les permitió otorgar a la isla el nombre del clan familiar.

Niñas en la isla de Inhaca, Mozambique, África.

Zelig Matongö.

A terrenos deforestados les suceden bosques sombríos donde se diseminan cabañas de paja y hoja de palma. Bajo la tupida sombra de un cajueiro –el árbol del anacardo–, una veintena de rapaces sentados en el suelo escuchan atentamente al maestro. Pensé cuánto me hubiera gustado asistir de niño a una escuela así, sin paredes ni puertas. A pesar de que el índice de escolarización ha aumentado considerablemente en Mozambique desde 1992, el acceso a la educación está ligado al lugar donde viven los niños, a su sexo y al nivel de pobreza familiar. Los mozambiqueños tienen una curiosa manera de describir el fracaso escolar: dicen “romper el boli”, cuando el joven renuncia en secundaria; “romper el lápiz”, cuando deja de ir en primaria; y “espiar desde detrás del cajueiro”, si nunca asistió a la escuela.
El barco se aleja lentamente de Inhaca. A bordo, medio centenar de viajeros charlan animadamente. La mayoría ocupa la ruidosa bodega, donde el precio del billete cuesta la mitad. Atardece y el mar está en calma. Desde la amura observo la proa solitaria. Me asalta un ridículo impulso de imitar a Leonardo di Caprio en Titanic. Una mezcla de pudor, miedo a que un golpe de mar me barra sin que nadie se percate y el recuerdo del trágico final del célebre transatlántico me mantienen inmóvil y bien asido a la baranda de babor durante el resto de la travesía. Entretanto, el sol muere sobre Maputo.

inhaca, islas, viaje a mozambique

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Comentarios sobre  Pinceladas de la isla de Inhaca

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  • 15 de octubre de 2013 a las 7:49

    La prosa, llena de poesia, me transporto a mi propia experiencia del mismo viaje, ya hace mas de 50 años.
    La garupa, DE COMERSELA.
    De COMERSELO tambien, ese desconocido y brillante ZILIG MATONGO.

    Por Maria de la Osa
  • 24 de octubre de 2013 a las 10:24

    Me parece un artículo excelente, como todos los que hace José Luis. Yo no he estado en Mozambique, pero tirando un poco de historia supongo que será un país muy pobre debido a las múltiples guerras que en él ha habido. Es curioso ver que a pesar de la pobreza del país todavía hay gente que llega a vivir 98 años. Supongo que será debido a su ambiente sin contaminar y a su comida natural. Cosa que no podemos decir de Madrid por su contaminación y por la alimentación que tenemos, que cada vez es peor. Son ironías de esta vida, en países como Mozambique con más pobreza que en España, la gente tiene más calidad de vida.

    Por José Luis Polo Fernandez-Mayoralas