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Pinceladas de Rabat

Paseando por la medina de Rabat nos invade esa sensación apacible de estar lejos de todo, en paz, sobre todo en la necrópolis de Chellah. Por todo el barrio huele a hornos de pan, y en una terraza, con un té azucarado, el viajero se deja hipnotizar por el árabe dialectal y la humildad tranquila de los marroquíes.

25 de enero de 2016

Volver a Rabat, donde viví unos años, es volver a casa, con la ventaja de que ahora hay vuelos directos a su flamante aeropuerto de Salé, rodeado de palmerales y verdor. Coincidía mi viaje con el Al Hijra, el año nuevo musulmán, 1437, que es una fiesta exclusivamente religiosa, no laboral, por lo que los cánticos de las mezquitas eran más largos y especiales.

Afortunadamente la ciudad ha quedado fuera del circuito turístico tan trillado y conserva su alma. Pasear por la Medina, la ciudad vieja, hacer las compras, comer en un pequeño restaurante o de pie en algún puesto –pimientos verdes y berenjenas fritos en uno de esos deliciosos panes–, sobre todo en Bab Chellah, la puerta de Chellah, es un acto tranquilo, cordial, sin agobio alguno, a pesar de la densidad de paseantes, sobre todo en la rue Suika. Y también, en la muralla de la Medina, junto a la puerta principal, Bab Buiba, junto al mercado antiguo (construido por los franceses), está el restaurante El Bahia, con su patio, donde se come sencillo y bien, con camareros muy amables, como Abdellatif.

Se puede visitar la alcazaba Chellah, llena de cigüeñas, la alcazaba de los Udaya o la rue des Consuls, que es el circuito turístico habitual que nos distancia del verdadero Rabat.

Pero en cuanto se sale de la calle comercial des Consuls, que es bonita, agradable, se pierde uno en callejas blancas, cuidadas, estrechas y silenciosas, frescas, sosegadas. Los rabatíes viven y dejan vivir, hay algunas, pocas, chicas con velo (casi más por coquetería, pues se lo colocan como un bello pañuelo) que pasean con sus amigas sin velo. Cada uno hace lo que le parece, sin imposiciones ni mandatos. Las mujeres de edad prefieren la vestimenta tradicional, desde el qamis (como la palabra camisa) hasta la fajhariya de algodón por debajo y el caftán de las fiestas, como es natural.

Por todas partes hay gente trabajando, limpiando, rehaciendo una fachada, pintando una puerta, transportando una bombona de gas. Conviven, hablan, discuten, beben el té, se cuentan cosas, leen un periódico. Nos sorprenderá la cantidad de gatos, remedio natural contra los roedores, protectores de almacenes harineros, de las pilas de sémola para el alcuzcuz.

Viaje a Rabat, Marruecos

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye.

Las tardes en Rabat son cortas porque tienen un horario racional, acorde con su meridiano real. Cuando oscurece, la medina se llena de animación. Las sombras no son disuasorias, y parece que todos se apresuran a hacer las  últimas compras, a conversar con el amigo recién encontrado. La oración vespertina del almuédano nos acompaña, espectadores desde fuera del trajín tranquilo de las mezquitas (el mariscal Lyautey fue quien prohibió que los no musulmanes pudieran entrar en las mezquitas, para evitar abusos de la soldadesca y la curiosidad impertinente de los turistas).

Los riads son las casas de la medina, con patio, como las sevillanas o cordobesas, algunas en ruina, otras restauradas, pues algunos marroquíes han vuelto a vivir en la medina tras haberla abandonado por pisos en el extrarradio (como ese furor del Albaicín cuando la gente  lo abandonaba en los años sesenta por los feos bloques  del Camino de Ronda).

Las azoteas, como en el sur de España, son parte de la ciudad. Desde las azoteas de Rabat vemos en la lejanía la ciudad de Salé, la raya del mar, algún alminar. Un pequeño rumor se eleva desde las calles ocultas. En algunas juegan niños que ya han sido retirados de las calles por sus padres.

El océano genera siempre una cierta melancolía, como saben tan bien los portugueses, melancolía que concuerda con la de esos cementerios mirando el mar, blancos, silenciosos. El barrio, hoy modernizado, del Océan, estuvo poblado de italianos y españoles hace sesenta años.

El velo. En Europa nos ponemos muy nerviosos con el velo. En Marruecos el velo fue desterrado, que no prohibido, por los nacionalistas independentistas, que querían la liberación de la mujer. Tras la partida de los franceses y españoles, en 1957, las mujeres comenzaron a vivir su vida de forma más libre, más audaz, aunque el retorno de una cierta ortodoxia literal ha hecho que haya habido un paso atrás. Las escuelas se hicieron más laicas y las profesiones se abrieron a todos.

La fruta es un placer de la vista y del gusto. Marruecos exporta fruta a toda Europa, así como a sus vecinos del sur, como Mauritania o Mali. Sus naranjas son especiales, como lo son sus manzanas, todos sus frutos secos y, hoy, los aguacates, plátanos y toda la fruta imaginable. Hay caquis, granadas o romas (de los romanos), los higos, los melones y sandías. El marroquí conoce la huerta, los frutos. Y todas las verduras son sabrosas –prueben las berenjenas o los pimientos– y las legumbres. Con la eliminación del cerdo, la alimentación es más sana, más variada. Ahora hay establecimientos de zumos de frutas, limpios, agradables, coloridos. Eso hace años, no existía. Parecen inspirados en esos que se ven en las esquinas de Rio de Janeiro o en los centros comerciales de Caracas.

Viaje a Rabat, Maruuecos

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye.

Por toda la medina huele a hornos de pan, hornos en lugares inverosímiles, en casi covachuelas de donde sacan tablas de panes planos, sabrosísimos, olorosos. El pan, la sémola, para el alcuzcuz, y la harina siempre, desde Mohamed V, han estado subvencionados por el Estado para que toda la población pudiera tener acceso a este alimento básico. Y hay muchos otros productos hechos con harina, como por ejemplo las tortitas de harina de trigo, rghayf, que se pueden untar con mantequilla casera, excelente, con miel o acompañarlas de queso de cabra. También las tortitas normales, o crêpes, y las mjamar, deliciosos panecillos aplastados. Todo eso se compra en puestos en la medina.

La repostería marroquí, a base de almendras, miel, hojaldres y azúcar, es quizá de las más deliciosas del Mediterráneo. Párense en la Medina, tras pasar por alguna pastelería y comprar un breuat, por ejemplo. Con un té azucarado, en una mesilla, veremos pasar las gentes y nos sentiremos como en casa observando el discurrir de la vida cotidiana, con esa humildad tranquila, con una austeridad sosegada, la pobreza digna. Es lo que ellos llaman el hanan, un término que designa un cierto sentido de la fraternidad, de la convivencia, de donde viene esa limosna que el pobre da al aún más pobre, al tullido o al ciego.

Repare en fin el paseante en tantos productos de limpieza personal: jabones, hierbas, perfumes, cremas, manoplas, piedra pómez… todo para el hammam, institución civilizada y amable.

Hay en las medinas un concepto del tiempo diferente; como ha dicho la sutil y valiente escritora Fatima Mernissi, fallecida el 30 de noviembre, “hace falta una dosis de humildad para considerar que, al fin y al cabo, nuestro tiempo no tiene ningún valor”, que es la base de la meditación, de la contemplación y de lo que ella llamaba el paseo inmóvil.

Abundan todavía los oficios de la madera, del cuero, la cerámica, el hierro y el latón, la bisutería, la seda y tejidos, en los kaissariats, o alcaicerías (palabra que viene de César, que autorizó espacios en las ciudades para dedicarlos a tejedores, mercaderes de seda y tejidos). En Salé, además, los picapedreros y canteros  que de la especial piedra del lugar, dorda y esponjosa, sacan capiteles, molinos, columnas, arcos, nervios de bóvedas. Los reconoceremos en muchas  casas decoradas a la marroquí, en las fuentes  y jardines.

Los árboles y las zonas verdes de Rabat, con un clima oceánico, ciudad húmeda y verde, llama la atención. Hay jardines pletóricos, densos, de árboles antiguos y tapias floridas. Las jacarandas, los algarrobos, adornan sus avenidas desde tiempo de los franceses. Hay algunos parques, umbríos, tranquilos, donde estudiantes leen a la luz de las farolas o algunas parejas pasean de la mano. La ciudad de Rabat siempre estuvo bajo el control del Majzén, de la Corona, y eso ha permitido que haya muchos espacios libres, abiertos, con arbolado, con flores y muy seguros. Todo alrededor de la muralla, por la zona universitaria, cerca del palacio, está lleno de parques. Muchos tienen verjas a la francesa y en ellos proliferan las altísimas araucarias, las jacarandas, las palmeras y hasta los eucaliptos.

El Mariscal Lyautey, colonizador de Marruecos, hizo del país esa mezcla de modernidad y tradición que aún subsiste. Respetando sinceramente su religión, sus costumbres, su sabiduría antigua, preservó las medinas, los viejos monumentos y permitió que ese país sea uno de los pocos donde la tradición artística no se haya cerrado a la modernidad, aunque se conserve la historia y el carácter nacional. No ha habido en Marruecos ese barrido falsamente laico, de orientación o marxista o capitalista que ha echado abajo las raíces de muchos  países musulmanes. Lyautey mandó trazar avenidas a cordel, modelo adaptado de las teorías de Haussmann, pero en las zonas modernas, sin desguazar las villas de siempre.

Los barrios de la época francesa, el Agdal y Les Orangers, muy art-déco, combinan con los grandes desarrollos inmobiliarios de las afueras, cerca del cinturón verde, como Hay Riad. Hay como una diacronía, o distopía, como se dice ahora, entre la ciudad moderna y la medina.

Paseando por la medina, observe el viajero la plasticidad de la lengua árabe, aquí deformada en cherja, la gesticulación tan expresiva, los tonos cambiantes de voz. En el árabe dialectal que se habla en Marruecos –aunque leen en árabe clásico– los españoles reconocemos algunas palabras, como tabla, mandil, candil. Y recordemos que tenemos palabras puras, antiguas, para designar muchas de las cosas que se afrancesaron innecesariamente, como alcazaba, en lugar de kashba, alcuzcuz (Cervantes y Calderón, por ejemplo) en vez del francés couscous, madraza, en ver de médersa, almuédano o almuecín, en vez de muezzin.

Viaje a Rabat, Marruecos.

Andrew Nash, Flickr.

Al caer la noche en la medina, mucho antes que en España, pues tiene un horario más lógico, las luces macilentas, amarillentas, dan sosiego, se siente uno apartado de todo. Una especie de bruma difusa desciende sobre la medina pues el mar está próximo. Algunos ancianos, dignísimos, van tartaleando hacia la mezquita más próxima, impecables, con su chilaba blanca, sus babuchas amarillas (las babuchas son fáciles para descalzarse antes de pisar el suelo sagrado cubierto de esteras), un Corán en la mano. Pronto nos volveremos a nuestro riad, donde todavía nos llegarán los rumores de la ciudad que se van apagando.

Vemos por la medina algunos jóvenes europeos o norteamericanos, quizá émulos de Burroughs, Allen Ginsberg o Bowles en aquel cosmopolita Tánger que ya se encargó el régimen nacionalista marroquí de desbaratar.

Probablemente haya dos, o tres, Marruecos. Siempre hubo frontera de clases, el llamado huddud, límite, entre las medina y los nuevos barrios, entre musulmanes y judíos y nesranis, o cristianos, que coexistían, no convivían. Hoy la frontera es más de clase y de riqueza, así como de campo y ciudad.

Marruecos no es un país hedonista, narcisista ni superfluo, y para comprobarlo es mejor sentir las medinas, los barrios antiguos. Nada del brillo occidental, despilfarrador, de nuestras calles; allí hay la luz necesaria, no más.

Los marroquíes son discretos y sufridos. Y ya eso, de por sí, representa un choque cultural para nosotros. Y esa sensación apacible en la medina de Rabat de estar lejos de todo, en paz.

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Comentarios sobre  Pinceladas de Rabat

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  • 10 de febrero de 2016 a las 0:41

    Dan ganas de comprarlo ya!!

    Por Merce