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Eva en los mundos

Escritoras y cronistas

RICARDO MARTINEZ LLORCA

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 188
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda bolsillo

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Es tiempo de tormentas y sobre ellas han escrito, y lo hacen hoy, mujeres de un talento extraordinario para la crónica. En este mes de marzo queremos dar voz y presencia a algunas de las que más nos gustan: Svetlana Aleksiévich, Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Joan Didion, Hayasi Fumiko, Helen Garner, Martha Gellhorn, Leila Guerriero, Janet Malcolm, Edna O'Brien, Annemarie Schwarzenbach, Marina Tsvetaieva y Rebecca West. Eva en los mundos es una colección de perfiles escritos desde la admiración, porque la pasión la ponen ellas. Pertenecen a diferentes épocas, geografías y culturas pero todas ellas comparten una mirada singular sobre la realidad y un robusto sentido de la justicia.
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Histórico noticias



Plantando cara en Moscú

El Metropol ha superado pruebas bien duras manteniéndose en pie frente al teatro Bolshói durante los acontecimientos que señalaron el siglo XX, especialmente convulso en Rusia. El hotel, convertido en la trastienda del Kremlin, puso piedra sobre piedra cuando San Petersburgo era capital todavía.

4 de febrero de 2019

Muchos hoteles atienden por Metropol en el planeta. Venecia, Montecarlo, Dehli, Denver, Montecatini, Dublín, México DF, Lyon, Lloret de Mar… Puedes encontrar uno hasta en el último rincón, con ciertos aires o pretensiones cosmopolitas. Ninguno, sin embargo, ha marcado época como el Metropol de Moscú. Y precisamente porque hizo honor al talante mundano que evoca tal rótulo, al concentrar en él la mirada extranjera, frente al borrón y cuenta nueva de la revolución soviética para con la Historia. A su politburó le interesaba el espaldarazo de los líderes de opinión allende sus fronteras, la subespecie de los escritores cotizaba y, en consecuencia, allí les regaló el paladar, tratando de investirles predicadores de su causa. Un buen puñado de premios nobel lo visitaron con ocasión de congresos. Pero, además, el Metropol aceptó una cuota permanente de simpatizantes incondicionales del partido comunista ruso. Invitados sin fecha de regreso al país de donde procedían y donde publicaban sus artículos y libros, a título de intelectuales críticos e independientes.

Stalin había inventado el Photoshop, al borrar a Trosky de su famosa  fotos junto a Lenin proclamando el triunfo de la revolución. Apenas se le echa de menos ya en los anales… También el cartelismo ruso de los años veinte está en la génesis de la propaganda con gancho psicológico. Y, por las mismas, el llamado pesebrismo intelectual tiene orígenes modernos en el agasajo de Lenin a los narradores y ensayistas más reputados de Occidente. Lenin, que ya sabía del paño, por los círculos literarios que frecuentó en el exilio vivido en distintas ciudades centroeuropeas.

Viaje a Rusia

Tal como se muestra hoy al viandante, el Metropol fue concebido por el mecenas e industrial Savva Ivanocih Mamontov a finales del siglo XIX, sobre la mole de una casa de baños residencial frecuentada por el filántropo León Tolstói y el pintor Iliá Repin. La residencia llevaba el nombre de su promotor, el comerciante Chelyshev, pero sus tres plantas adolecían del encanto modernista que los tiempos pedían. Lástima que el proyecto de gran centro cultural que Mamontov tenía para ella se truncase a medio realizar, cuando su mentor sufrió arresto por desfalcos varios, en 1899. Hasta contemplaba la mole un teatro de la ópera dentro, con 2.650 localidades. Los jueces absolvieron finalmente a Savva Mamontov de todo cargo, pero en el proceso perdió demasiado dinero y reputación como para que su proyecto de hotel cultural no se pusiera en venta. Una proyecto que finalmente se hizo realidad en otras manos y que en 1901 acogía ya clientes, cuando sucumbió pasto de las llamas. Por tanto, a consecuencia del incendio sufrido, vivió su segunda inauguración en 1905, lejos ya de su diseño inicial. De hecho, su reapertura  sustituyó el teatro inicial del proyecto por un restaurante, eso sí, con techo de cristal, obra del ingeniero Vladimir Shuhov.

En 1905, no obstante, el Metropol hizo gala de cuanto avance dictaba la gran hostelería finisecular, incluido en la nómina el primer cine de la ciudad, que aún funciona. El agua caliente manaba entonces de su grifería. Las fresqueras franqueaban el paso a las instalaciones frigoríficas y de ventilación. Sus ascensores daban gracias a Edison que descubriera la electricidad… Y, desde luego, en la mejor tradición del modernismo, no se contemplaban dos iguales entre sus cuatrocientas habitaciones, aparte la firma y tecnología ornamental de su fachada e interiorismo. En tanto sus exteriores adoptaban la técnica mayólica de recubrimiento en cerámica, con vitrales fileteados de estaño, se conservaban los mosaicos de su frontispicio financiados por el taller de Savva Manontov, mosaico donde Mijaíl Vrúbel titulaba su composición Princesa de los sueños, al hilo de la triunfal representación homónima del dramaturgo Rostand en la cartelera moscovita.

El plafón del restaurante se debía al pintor Serguéi Chejonin y, por lo demás, el neoclasicismo ponía freno allí a la floritura dieciochesca. No es de extrañar, pues, que en sus mesas se comenzase celebrando, por todo lo alto, las migajas de libertad concedidas con el nuevo siglo por el zar Nicolás II, amedrentado por los disturbios de 1905 frente a su despotismo. “Manifiesto para la Mejora del Orden Estatal”, se llamó aquel edicto zarista. Y el banquete a que dio lugar fue promovido por los liberales moscovitas, el 18 de octubre de 1905. Un ágape a cuyos postres el bajo-barítono Fiódor Chalipin entonó a capella la Dubinushka, tonadilla popular con la que reivindicó sus orígenes campesinos. Y, no contento con ello, pasó la gorra tras su interpretación a los comensales, destinando la recaudación a los revolucionarios.

El Metropol por esas fechas reservaba muy a menudo sus salones para el uso y disfrute de los notables que lo frecuentaban. Tal ocurría con el licencioso Rasputín, que allí celebraba sus fiestas privadas, con lo más granado de la nigromancia y el alto copete ruso. Pero si de espacios íntimos hablamos en lugar tan mundano, hay que referir que allí el poeta Esenin declaró su amor apasionado a la bailarina Isadora Duncan. No pasaría de apunte romántico tal suceso, en 1923, si no fuera porque la declaración del joven fue puramente gestual y mímica. Sin palabras… El poeta no hablaba inglés. La bailarina norteamericana ignoraba la lengua rusa.

Se expone en la Galería Tretiakov el lienzo de La princesse lointaine, que inspiró el mosaico exterior del hotel. De todos modos, su fachada tiene mucho de museo al aire libre, tal como hubiera deseado el mecenas que lo concibió, cuya última contribución al hotel fue precisamente el mosaico. También pueden leerse en la fachada del Metropol dos frases emblemáticas. Una del filósofo Nietzsche que reza: “Otra vez una vieja verdad… Cuando terminas un edificio siempre aprendes algo”. Y la segunda de Lenin, grabada a conciencia por quienes, a partir de 1917, ganaron su bastión y lo ocuparon como cuartel militar: “Solo la dictadura del proletariado es capaz de liberar a la humanidad del yugo del capital”. No en vano, la Guardia Roja tomó allí su segundo Palacio de Invierno, pues en el hotel se atrincheraban los últimos cadetes fieles al zarismo. Claro que los bolcheviques necesitaron seis días de artillería pesada contra el improvisado fortín para desalojarles. Y al séptimo día la artillería descansó. Después las reparaciones del Metropol se demoraron casi un año. Una vez más, el Metropole había dado la cara.

Viajes a Rusia

En 1919, por tanto, los pensamientos de Lenin se unían a los de Nietzsche a la entrada del hotel, convertido en sede política, con Moscú como capital del nuevo régimen. Se conocía por entonces el Metropol como “la segunda casa de los soviets”, teniendo en cuenta que la primera correspondía al Hotel Nacional, otro emblema del refinamiento arquitectónico fin de siécle. Son aquellos años de cambio en la indumentaria pudiente que puebla el Metropol, puesto que a los bisones y astracanes les suceden las cazadoras de cuero, y no precisamente roqueras… Las cazadoras identificaban severamente al alto funcionario bolchevique, cuyo jefe de filas, Lenin, arengó a las masas desde los balcones del lugar como ninguna estrella del rock hubiera sabido hacer, en tanto buscaba el reconocimiento internacional al nuevo estado ruso.

Las habitaciones del Metropol se disponen como salas de recepción y gabinetes donde recibir parabienes y salutaciones. Así recupera cierto aura el Metropol, atendiendo a varios adalides de la cultura en el periodo de entreguerras. Al Nobel Bernard Shaw le organizan allí una cena, en 1931, a cuyos postres se hace de bruces frente a las barbaridades que la prensa occidental le atribuye a Stalin. “He visto todos sus ‘terrores’ y me han complacido enormemente”, lee de su puño y letra a los asistentes, entre los que se haya la vizcondesa Nancy Astor. De ahí que en 1933 firme en el diario The Manchester Guardian defendiendo los logros sociales de la URSS, junto a veinte intelectuales más. Tiempo después llegaría al Metropole sin definición política Marlene Dietrich. Y, antes que ella, en 1941, Bertolt Brecht, a la espera de tomar el transiberiano hacia Vladivostok, donde embarcarse rumbo a su primer exilio como guionista en Hollywood.

Los políticos Chicherin, Sverlov y Bujarin habían vivido en el hotel mientras el poder de la URSS pasaba de Lenin a Stalin. Y en el suma y sigue de congresos literarios que auspició su aparato de propaganda, merece mención el de 1934, en torno a la figura totémica del novelista Maksim Gorki, recién rehabilitado por Stalin. Para Klaus Mann, invitado a aquel congreso, el sexagenario Gorki luce como una momia. Sin embargo, más allá del populismo que rezuman sus palabras en público, consta el recibimiento caluroso que a los extranjeros invitados les dispensa no solo el aparatik soviético, sino el pueblo destinado a comprar sus libros convenientemente traducidos. El proletariado instruido y amante de la lectura viene a ser el verdadero regalo que reciben Louis Aragon, Ernst Tollerm, Stephen Zweig y André Malraux, escoltados en aquel congreso por escritores de casa como Boris Pasternak, Alexis Tolstói e Ilyá Ehrenburg, más el polaco Karl Radek.  “He de reconocer que, en muchos momentos, sentí tentación de sumarme a los himnos y el entusiasmo general”, escribe Zweig sobre su experiencia en tierras soviéticas. Y apunta que cierto día, al cerrar la puerta de su alcoba en el Metropol, detectó el papel doblado que alguien había deslizado en su bolsillo con las siguientes palabras: “No crea todo lo que le cuentan. No olvide las muchas cosas que no le enseñan”.

Stephen Zweig no publicó panegírico alguno sobre las bondades de la revolución que sus anfitriones esperaban, a la vuelta de su viaje. Alegó que el libro habría nacido desactualizado, considerando el ritmo de las transformaciones en Rusia. “Allí sentí la velocidad de nuestro tiempo como jamás la había sentido”, declara al respecto. Sí redactó un volumen, en cambio, André Gide, que acudió al mismo congreso dos años después. En El regreso de la URSS plasma el descrédito que le merece la praxis bolchevique, en la que tantas expectativas había depositado. Y, sobre los prometedores encuentros con colegas y políticos en el hotel, cuenta lo siguiente: “Bujarin había venido a charlar conmigo. Pero antes de que entrase en el salón del fastuoso apartamento que el Metropol me había asignado, un supuesto periodista se interpuso entre nosotros, haciendo imposible nuestra conversación. Bujarin desistió y dijo que esperaba volver a verme”. Tres días después ambos coinciden de nuevo en el entierro de Maksim Gorki y Bujarin le propone celebrar el encuentro aplazado, una hora más tarde, en el hotel. Una cita que, según apuesta el escritor Boris Pasternak, no se celebrará. Y, en efecto, no se celebra. Misterios, intrigas bajo cuerda, cambio de planes y recelos en cada esquina del congreso. Finalmente, Gide escribe: “La URSS no es lo que esperábamos que sería, lo que había prometido ser, lo que se esfuerza aún por aparentar: ha traicionado todas nuestras esperanzas”. A tenor de tales palabras, en el diario Pravda puede leerse luego la siguiente réplica: “Gide es el representante típico de una burguesía decadente. Es un individualista”.

Bujarin sería fusilado por Stalin en 1938 por supuesta conspiración, en tanto nuevos escritores occidentales pasan por el Metropol a su salud: Drieu La Rochelle, Orwell, Rolland, Jean Paul Sartre, Pablo Neruda… y de nuevo Louis Aragon, cuyas loas al poder de Stalin le valieron domicilio casi permanente en el hotel.

Se dice que los tacos y las alcayatas sirvieron para colgar tiestos en los agujeros de metralla que acusó su fachada, cuando los bolcheviques lo tomaron a sangre y fuego. No es de extrañar su arreglo floral, teniendo en cuenta que Lev Trotsky instaló su despacho en el hotel cuando aún se barajaba su nombre como sucesor de Lenin. No cayó esa breva, pero se conservan intactos el pianoforte de su habitación presidencial, sus muebles decimonónicos, los leones tallados de su tresillo y las vidrieras de Murano, para quien quiera ocuparla ahora, no sin pagar un alto precio. Mucho más caro lo pagó Trotsky por enfrentarse a Stalin en la línea de sucesión leninista, asesinado finalmente en México. Diez años después, en 1950, Mao Zedong visitaba al dictador soviético en Moscú y, en lugar de reunirse con él puertas adentro del Kremlin, insistió en invitarle o en hacerse invitar a una cena en el Metropol. Stalin era reacio a dirimir asuntos políticos fuera de su despacho, pero aceptó ante la insistencia del líder chino y, a los postres, hasta jugó con él una partida de ajedrez en el propio hotel. Total, solo cuatrocientos metros le separaban a pie de su búnker en la Plaza Roja. Y, además, antes de refrendar el tratado chino-soviético con un banquete en toda regla, Mao aceptaba incluso escucharle un discurso, a riesgo de ser interminable.

Se desconoce quién ganó la partida entre los dos colosos comunistas, en vísperas de la Guerra Fría con los EE.UU. Se sabe, empero, que también víctima de las purgas stalinistas fue Rostropóvich, que en el mismo restaurante del Metropol había conocido a su futura mujer, la soprano Galina Vishnévskaya. Cincuenta años después de casado, a finales del siglo XX, cuando Stalin le levantó el veto devolviéndole la nacionalidad rusa, el violinista y su mujer volvieron a cenar en la misma mesa donde se enamoraron. Y fue la suya una ceremonia a la que se invitó a monarcas de todo el mundo. A veces la Historia admite correcciones antes de ser escrita definitivamente.

Viaje a Rusia

A diferencia de lo que ocurre con otros grandes hoteles, que ganan empaque con los años y las ampliaciones, el Metropol de Moscú dispone ahora de trescientas ochenta y ocho habitaciones, dos menos del cómputo con el que se dio a conocer. Es más, las reformas que su edificio acometió entre 1986 y 1991, con la perestroika en ciernes, buscaron recuperar el tronío modernista con el que había sido concebida su fachada y mural policromado, eliminando los retoques faraónicos recibidos del realismo socialista cuando sus pisos abundaban en residencias y burós de soviet; su restaurante principal, además, acomodado para recibir asambleas de la antigua URSS.

La presencia de Rostropóvich en el hotel marcó la transición hacia el sesgo occidentalista que, en adelante, tendrían sus huéspedes de talla, con punto de inflexión en Montserrat Caballé, El perfil alta cultura de su clientela abrió el abanico y allí lucieron también palmito los actores Gerard Depardieu, Arnold Schwarzenagge y Sharon Stone, aparte de Michael Jackson. Cabría decir incluso que la presencia del ídolo pop marcó un antes y un después en la clientela VIP del Metropol. El lugar huyó del concepto hotel boutique al rechazar la oferta millonaria que el autor de Thirller hizo por una estatuilla de oso perteneciente a su decoración. Sería por dinero… El hotel había invertido ya, entre otras lindezas, treinta y cinco kilos de oro en la restauración de su interiorismo, sin escatimar ni dar a entender estrechez económica alguna. Metropol, en lengua griega, significa “mayor”. Y, aunque su propiedad se privatizó en el 2012, hasta entonces su gestión post-soviética también dejó contentos a visitantes de largo protocolo como Barack Obama, Jacques Chirac y el rey Juan Carlos I, en tanto también lo frecuentaban Elton John, Pierre Cardin, Giorgio Armani, Hu Jintao y lo mismo Julio que Enrique Iglesias.

Pruebas duras ha superado el Metropol manteniéndose en pie, frente al teatro Bolshói, en la Teatralny Proezd número 2 de Moscú. Incendios, fuego de mortero, manos torpes que intentaron rediseñarlo al compás de los acontecimientos que señalaron el siglo XX, especialmente convulso en Rusia. El hotel puso piedra sobre piedra cuando San Petersburgo ostentaba todavía la capital del país. Luego los tiempos dieron la razón a su magnetismo, hasta convertirlo en la trastienda del Kremlin, en el lugar donde las conversaciones de pasillo suponían un gobierno en la sombra para un país tan vasto e ingobernable. Maquillajes, los justos. Luego de lavarse la cara, el Metropol ha vuelto a su ser, cabalgando tiempos tan nuevos como antiguos.

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