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¿Pobre Bélgica o pobre Baudelaire?

Aparecen por primera vez en España los escritos de Charles Baudelaire sobre sus vecinos del norte en ‘Pobre Bélgica’, una recopilación de textos inmisericordes y exagerados donde el poeta maldito se despacha sin compasión contra los belgas y su tierra.

30 de octubre de 2014

Es interesante a veces rescatar textos de autores muy conocidos que permanecieron en los cajones de la editoriales. Sirven para conocer las facetas ocultas del escritor.

Hoy aparecen por primera vez en España los escritos de Baudelaire sobre sus vecinos del norte. El gran poeta que abre la modernidad, sin embargo, no se revela aquí. Son textos inmisericordes, insultantes, exagerados. El poeta fue a Bruselas de viaje de negocios; es decir, a gestiones de ediciones y derechos de autor. Y creía además que iba a ser recibido como el Más Grande. Pero no. No le hicieron mucho caso; su ego sufrió bastante y, en vista de eso, se despachó contra los belgas. A las conferencias que pronunció no fue casi nadie. Les llamó sucios, malolientes, tontos, pesados y muchas más cosas peores. A las mujeres las insultó aún más. Hasta los niños belgas pasan bajo el rodillo. Y encima se consideró a menudo calumniado, en una especie de manía persecutoria digna de mejor causa.

No creo que estas cartas de Bélgica contribuyan a enaltecer al poeta; más bien, al revés. Enfermo, sin dinero, amargado, destila, supura más bien, toda su bilis contra el país que le acoge. Bruselas había sido albergue de los exiliados franceses, generosa con los perseguidos como Víctor Hugo (que no perdonaba Waterloo, “morne plaine”). Todo escritor tiene derecho a sus momentos de rabia, de impotencia. Rabia o, mejor, furia, han tenido geniales poetas, como Ezra Pound o novelistas, como Céline. Se lo perdonamos. Pero cuando esa rabia ni siquiera es articulada, cuando es una letanía de insultos, de misoginia, de odio, la cosa se hace pesada. Ya no es el poeta de Las flores del mal, donde su habitual negatividad está impregnada de lirismo, aun en los más siniestros poemas, como Un voyage à Cythère.

Charles Baudelaire.Amœnitates Belgicæ son unos pocos poemas, incluidos a veces al final de sus libros; al final, porque, efectivamente, no aportan gran cosa. En Le spleen de Paris, Baudelaire tampoco es precisamente alegre –nunca lo fue; era un poeta maldito–, y al escribir sobre Bélgica nos viene a la memoria su tremenda frase: “cette vie est un hôpital où chaque malade est possédé du désir de changer de lit” (“esta vida es un hospital en el que cada enfermo está obsesionado con cambiar de lecho”). Él cambió de cama y los colchones de Bruselas parece que no le dejaron dormir.

Lo interesante es que estos denuestos son muy franceses; siguen una inveterada tradición, porque, desde el principio de la historia, Francia consideró que lo que hoy es Bélgica le pertenecía por propio derecho, tanto fuese parte de la Borgoña, de Flandes o, desde la creación del Estado belga, en 1830, el país entero. No es casual que se quedaran de una parte de Flandes como es Lille y su área de influencia. Y si no se apropiaron de más fue porque Inglaterra velaba por la independencia de Bélgica, como veló siglos por la de Portugal respecto de Castilla. Todo pequeño país parece precisar de un padrino. En Lille, Arras, todo viajero puede comprobar que la arquitectura, la gastronomía, los apellidos, son más flamencos que galos.

Napoleón el imperialista, siguiendo la tradición de los monarcas franceses, absorbió el país y lo dividió en unos cuantos departamentos administrativos. La revancha de la historia fue la derrota de Waterloo, a quince kilómetros de la capital, a manos de Wellington.

Hoy aún persiste un cierto menosprecio hacia Bélgica en los salones parisinos. Ni siquiera el único premio Nobel belga, Maurice Maeterlinck ha podido entrar en la colección La Pléyade. Modiano, el flamante Nobel, es medio belga, pues su madre era de Amberes. Los franceses se siguen considerando los dueños de la lengua y tienden a burlarse de los belgas (los chistes de belgas siguen de moda). Viajan más a Londres, Barcelona o Milán que a Bruselas, y quizá les da un poco de envidia que los restaurantes bruselenses sean en general mejores.

En Bruselas, Charles Baudelaire –que no habló casi nunca bien de nadie, afición que muchos escritores actuales siguen cultivando– se puso las gafas al revés y no vio nada positivo, digno de elogio. Afortunadamente, los belgas no se toman demasiado en serio a sí mismos y no se ofenden fácilmente. Tardan un año en constituir gobierno, se pelean y se reconcilian en el mismo escenario, y sigue la música. Una buena cerveza en uno de esos bistrots acogedores de todas sus ciudades (milagrosamente conservados, no destinados a oficinas bancarias o tiendas de trapos), un queso belga (también parece irritarles que haya quesos belgas magníficos, como el herve o el paschendael), una canción (ah, el gran Jacques, Brel, Julos Beaucarne o Arno), les quitan todas las penas. Con la Unión Europea y el trilingüismo (francés, neerlandés, alemán), sin contar el wallon y el ubicuo inglés, se han acostumbrado al cosmopolitismo. Al fin y al cabo, como dijo Brel, Londres es un suburbio de Brujas.

Nos hubiera gustado, a los que amamos Bélgica y Bruselas, que Baudelaire hubiera estado todavía en vena, no tan enfermo, y nos hubiera dejado, en vez de esta sarta de insultos, un Le Spleen de Bruxelles, captando, como hizo con París, esa atmósfera de la gran ciudad. Entre las notas que va tomando hay unas muy interesantes sobre la pintura que, de haberlas acabado, hubieran completado sus otros libros sobre arte. Era inteligente y buen observador, aunque aquí le perdió el acíbar.

Valparaiso Ediciones, de Granada, se ha embarcado en un interesante proyecto editorial, muy centrado en la poesía y en textos menos conocidos, lo que en estos tiempos requiere coraje y optimismo. Solamente, una pequeña advertencia de impresión –ah, los duendes–: en la página 14 debe decir invectiva, no inventiva.

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