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19 de octubre de 2018
“Para comprender en su esencia una nación extranjera es absolutamente necesario haberla visto con los ...
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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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Poesía animal. La pistola y el corazón

Un viaje no tiene principio ni fin. Pero eso lo dijo Graham Greene y ahora yo lo repito, porque estoy a punto de entrar en Nicaragua con la certeza de que a mí no me espera la revolución sandinista, tampoco la guerra, a lo sumo los pícaros que surgieron cuando las balas fueron sustituidas por las palabras.

14 de mayo de 2018
Viaje a Nicaragua.

Hilario J. Rodríguez.

Como las historias, un viaje no tiene principio ni fin. Pero eso lo dijo Graham Greene y ahora yo lo repito, no por respeto o admiración, ni siquiera porque tenga una fe enorme en sus palabras, tan solo porque estoy a punto de entrar en Nicaragua con la certeza de que a mí –a diferencia de él– no me guía la fe en la causa sandinista, convertida hoy en un pálido reflejo de sí misma. No me espera la revolución, tampoco la guerra, a lo sumo los pícaros que surgieron cuando las balas fueron sustituidas por las palabras y los sandinistas se convirtieron en políticos incapaces de traducir sus ideales socialistas a la realidad, obligando a un elevado porcentaje de la población del país –todavía hoy el segundo más pobre de Latinoamérica– a buscarse la vida como puede porque el Estado no tiene para todos.

Cerca de La Cruz, el último pueblo de Costa Rica antes de la frontera con Nicaragua, el conductor del autobús nos advirtió que tuviésemos cuidado porque alguien tarde o temprano se nos acercaría con intenciones de engañarnos, estafarnos o robarnos. «Los sarnosos huelen a sus víctimas a kilómetros de distancia, así que tengan cuidado». Aunque aún no habíamos llegado a la parada y afuera se veían cientos de chabolas entre los camiones aparcados, todos los pasajeros se habían puesto en pie y nadie le prestaba atención al conductor, menos yo. Me gustó la palabra sarnosos para referirse a los miembros del comité de bienvenida con los que estábamos a punto de encontrarnos, en cuanto pusiésemos un pie en tierra. Imaginé –porque mi imaginación en ciertos casos tiende a ser desbordante– que estaba a punto de aterrizar en la Luna y que allí, en lugar de selenitas, me esperaba una jauría de chuchos, moviendo la cola y sacando la lengua mientras afilaban los dientes antes de morderme. También imaginé que si aquella perrita soviética que lanzaron al espacio en 1957 hubiese pisado la Luna, no solo habría sido el primer ser vivo que lo hacía sino que además le habría demostrado a los chuchos lunares que en realidad todos somos iguales o parecidos cuando se trata de mover la cola, sacar la lengua, ladrar o morder. Así que, al regresar a la realidad y darme cuenta de que no quedaba nadie a bordo salvo yo, bajé aprisa del autobús, cogí mi mochila en la bodeguilla, le di las gracias al conductor y me puse a caminar.

Por lo que había leído en los periódicos costarricenses, sabía que en torno a La Cruz y al paso fronterizo de Peñas Blancas hay más de seis mil africanos, haitianos y cubanos esperando un despiste o una noche lo bastante oscura para entrar en Nicaragua sin ser detectados por el ejército y devueltos inmediatamente a suelo costarricense. Ninguno quiere quedarse en Costa Rica ni en Nicaragua, su destino final es Estados Unidos. Recorren caminos llenos de desvíos por diferentes motivos. Los cubanos suelen ir a Ecuador y desde allí comienzan su viaje porque es el único país donde no se les exige visado de entrada en el continente. Los africanos inician el suyo en alguna ciudad costera de Brasil, porque allí es adonde los llevan los barcos que salen desde las zonas portuarias del África subsahariana. Y no me preguntéis por los haitianos, cuyas razones siguen resultándome oscuras, porque quizá Graham Greene tenía razón cuando dijo en Los comediantes que «hablan mucho, mienten más y resulta muy difícil –si no imposible– llegar cerca de una verdad en cualquier asunto que les concierna». Unos y otros van en busca de biyuyo, cobre, luca, muna, harina, mosca, lana u oxígeno, que son algunas de las palabras que se utilizan para referirse al dinero en Latinoamérica.

Aquellos trayectos tan llenos de desvíos me hicieron pensar en The Loop, de Francis Alÿs, donde para cubrir la distancia entre Tijuana y San Diego el artista belga-mexicano decidió complicarse la vida con un itinerario de vuelos que lo obligó a invertir veintinueve días y pasar por tres continentes, haciendo escalas en México DF, Ciudad de Panamá, Santiago de Chile, Auckland, Sydney, Singapur, Bangkok, Rangún, Hong Kong, Shanghai, Seúl, Anchorage, Vancouver y Los Ángeles, cuando lo más lógico a primera vista habría sido cruzar la frontera en coche, porque así habría llegado a su destino en menos de una hora. Por supuesto, todos los rodeos de Alÿs tenían como objetivo evitar la línea divisoria entre México y Estados Unidos, atravesada legal e ilegalmente en un flujo tan constante que a veces se confunden ambos términos, permitiendo que esa confusión sea aprovechada por los estadounidenses para justificar su vejatoria desconfianza hacia los extranjeros que pretenden entrar en su país a través de ese paso fronterizo; aunque a los ocupantes de los vehículos que van en sentido contrario, hacia Tijuana, no les piden que muestren sus pasaportes, ni siquiera a los menores de edad que cada fin de semana gastan sus dólares alocadamente en alcohol barato y juergas, de vuelta luego a sus vidas yanquis con una cruda (resaca) morrocotuda, después de haber experimentado sensaciones fuertes que a veces acaban en peleas, violaciones o desapariciones sin que a nadie a ambos lados de esa frontera parezca importarle gran cosa.

Viaje a Nicaragua

Hilario J. Rodríguez.

Según Ryszard Kapuscinski, «cruzar una frontera nunca ha sido un asunto sencillo. A menudo cruzarla resulta peligroso, es algo que puede costar la vida; es la barrera entre la vida y la muerte. En Berlín hay un cementerio con la gente que no lo logró. Las fronteras se guardan con armas y en ellas se exigen documentos para pasar al otro lado. En la Guerra Fría, a las nuestras las llamaban Telón de Acero y, más que países, separaban mundos opuestos. El Mediterráneo es ahora una gran frontera en la que muchos mueren ahogados al intentar pasar de África a Europa. También sucede con los latinoamericanos entre México y Estados Unidos. Personas que están dispuestas a morir en el mar o en el desierto porque buscan algo fuera de sus países». Para él, el sentido de la vida no es otro que cruzar fronteras.

Lo importante es que aquellos seis mil cubanos, africanos y haitianos en torno a Peñas Blancas cada día son más, y cada día los recursos –y la paciencia– del gobierno costarricense merma un poco. Hay semanas en las que no reciben alimentos ni ayudas mínimas, una medida de presión para obligarlos a cruzar la frontera a la desesperada, sin pensárselo demasiado, porque al fin y al cabo no todos pueden malvivir gracias a la prostitución y los trapicheos, y la mayoría lo sabe. A veces los pillan en grupos muy numerosos y los devuelven enseguida, de Nicaragua a Costa Rica o de Costa Rica a Panamá, porque allá también se estancan, sin obedecer ninguna lógica, o quizá una lógica mercantil que les permite ir de un sitio a otro solo cuando se les necesita como mano de obra barata. Una cosa es tener a inmigrantes ilegales a quienes se puede explotar y otra muy diferente es tener a posibles refugiados a quienes es preciso alimentar por su cara bonita. Nicaragua, en ese sentido, tiene las cosas más claras y rechaza la mano de obra barata venida de fuera porque el país entero es mano de obra barata.

A menudo cierra sus fronteras con Costa Rica porque Nicaragua es un país mucho más pobre y los países pobres esgrimen, para bien y para mal, actitudes menos volubles que los países ricos y no cambian de opinión tan fácilmente, como hace Costa Rica dependiendo de las temporadas de cultivo o recolección de banano o café, momentos de fronteras flexibles no solo entre países sino también entre el bien y el mal, el trabajo y la delincuencia, los inmigrantes ilegales y los proxenetas, el latifundismo y el narcotráfico… Nicaragua tiene suficientes criminales y trabajadores, suficientes desplazados y migrantes interiores por culpa de los volcanes, como para necesitar más; aparte tiene una economía menos explosiva, con temporada alta y temporada baja, lo suyo es más bien una temporada plana, similar a las tarifas telefónicas.

Viaje a Nicaragua

Hilario J. Rodríguez.

El cierre de fronteras entre Costa Rica y Nicaragua, no obstante, se debe también a los odios ticos y nicas, odios en algunos casos ancestrales y en otros más recientes. De carácter racista y de carácter revolucionario. Odios históricos y contrahistóricos. Su diferencia fundamental, más allá de la riqueza, la ideología política o el analfabetismo a ambos lados de la fronteras, es el 97% de blancos descendientes de europeos que hay en la población costarricense y el 17% que hay en la nicaragüense. Si en el pasado no había bastantes indios para construir carreteras o una línea de ferrocarril que uniese el Pacífico con el Atlántico, hoy en día Costa Rica necesita nicas para llevar a cabo los trabajos peor pagados, en cafetales, minas u obras públicas, mientras los criollos afianzan las ofertas turísticas del país, mejoran las operaciones mercantiles a nivel internacional o captan a inversores extranjeros. La mayoría de los nicas cobran de ochenta mil a cuatrocientos mil colones al mes, y los criollos ticas medio millón como mínimo, según algunas agencias humanitarias.

Viaje a Nicaragua

Hilario J. Rodríguez.

Nada más cruzar el puesto fronterizo costarricense, donde he dejado a una madre que olvidó el pasaporte de uno de sus hijos, tengo a mi disposición los servicios de transportistas, cambistas, guías, aguadores, vendedores… Todo el mundo oferta algo. Los más rápidos en llegar hasta mí agitan fajos de billetes entre los dedos de sus manos, donde cada espacio entre falanges lo ocupa una moneda diferente. Debo decidirme por uno enseguida, el problema es cuál; ninguno me parece demasiado fiable, aunque unos y otros me sonrían, quizá preguntándose si soy un pardillo a quien pueden timar o si conmigo necesitan andarse con ojo. Son unos segundos de realidad que traducidos a literatura pueden convertirse en muchas florituras innecesarias, comprimirse o desaparecer dependiendo de cómo recuerdes luego las cosas, en caso de hacerlo y encontrarles un sentido sin el que no valdría la pena detenerse en ellas.

–Aquí pagamos hasta el último centavo –me dicen.

–¡Los huevos! –le respondo yo a uno que me muestra una calculadora en cuya pantalla aparece la cifra de 3.000 en lugar de 3.160, como si de pronto ya no recordase el cambió que él mismo acaba de ofrecerme, de 30,16 córdobas por dólar.

Viaje a Nicaragua

Hilario J. Rodríguez.

Me intenta explicar las leyes del redondeo al notarme cabreado, empeorando la situación cuando da por hecho que perder cinco dólares para mí no es nada y para él es luz, una de las muchas palabras nicaragüenses que significa dinero. Estoy a punto de decirle que el dinero ilumina el camino de los turistas porque lo utilizan como un matamoscas para espantar eventualidades y que así sus vacaciones se aseguren un encefalograma plano, sin grandes sobresaltos, pero al final reacciono de manera sensata y me callo. Al cambista, por desgracia, mi silencio le parece una claudicación. Continúa con su palabreo interminable, contento al verme un poco sobrepasado mientras otros cambistas intentan hacerle competencia y los niños nos rodean a todos, en espera de mi buena voluntad, montando un barullo babélico del que nos libra el primer cambista que se acercó a mí, que tira un puñado de monedas al suelo y consigue que en menos de un parpadeo nos quedemos solos mientras los demás se lanzan a recoger los patacones. No sé si la cosa va en serio o va en broma, lo que entiendo enseguida es que el dinero acá debe de tener un significado especial, más allá de mis entendederas. Aunque sea luz, como lo llaman los nicas, es también una forma de librarse de los demás cuando uno pretende hacer negocios o seguir su camino, a no ser que tenga mucho tiempo, algo muy escaso para quienes –al igual que yo– pretenden cruzar las siete fronteras de Centroamérica en veintiún días y hacerlo por vía terrestre o marítima, solo por diluir un poco los trámites aduaneros, los turísticos y el miedo, por convertir el espacio geopolítico en simple espacio abarcable, transitable, sostenible, mejorable y –por encima de cualquier otra cosa– cuestionable.

Ya en el paso fronterizo nicaragüense, constato por enésima vez la equivalencia entre el tráfico de turistas y el tráfico de ganado, algo de lo que poca gente se queja, quizá porque viaja con piloto automático o porque acepta cierto tipo de degradación y explotación con alegría por tener el privilegio de visitar un país pobre en sus vacaciones. Un dólar de impuesto municipal y siete por un visado de treinta días parece una cantidad insignificante aunque solo la paguemos los no centroamericanos (entendiendo por centroamericano a quien no sea nica, hondureño, salvadoreño o guatemalteco); lo más paradójico –y cabreante– es que no admitan córdobas, solo dólares, poco importa si eres español o senegalés. Tampoco resulta sorprendente que no funcione su servicio de pago con tarjeta, porque su conexión a Internet es esporádica, ni siquiera que no quieran darte cambio a un billete de cien. ¡Te jodes, compañero! Bienvenido a Nicaragua o vuelve por donde has venido, que nadie te invitó. Lo mejor es no pensar, pagar, seguir hacia delante. Ocho dólares, al fin y al cabo, no son nada o muy poco, tanto da si entiendes lo del impuesto municipal (donde no hay municipio ni la chingada), por no hablar del trato discriminatorio según la nacionalidad, un asunto del cual apenas se habla cuando uno se refiere a turistas o viajeros, como si nuestras intenciones fuesen sancionables solo por ser capaces de llevarlas a cabo a golpe de talonario o mochila al hombro, de cualquier manera más o menos precaria porque unos y otros entramos en la categoría de sospechosos habituales de ser ricos, cheles (su palabra para los extranjeros), extraños, rubios, blanquitos, bobos, idiotas…

¿Hace falta añadir que estoy de un humor de perros? O quizá debería decir que estoy de un humor de sarnosos, aunque en el fondo también estoy feliz con mi nueva condición animal. Estoy a punto de entrar en un país donde siempre he deseado estar, y no me importa ser un poco perro o sarnoso para conseguirlo. Tampoco pienso mucho en cómo acabaré el viaje ni en si tendré que hacerlo rodeado por perros o sarnosos como yo, porque al fin y al cabo –y si lo miro bien– deben de ser mis hermanos o mis amigos o mis iguales, gente a la que mueve el dinero, igual que nos mueve a quienes lo gastamos viajando, la mayoría de las veces sin mirar atrás ni a los lados, un poco asalvajados y fuera de la ley porque la ley a menudo es injusta y nos condena sin siquiera haber cometido, aun solo por ser cubanos, africanos o haitianos. O nicas.

Viaje a Nicaragua

Hilario J. Rodríguez.

Mi sensación, al pararme y mirar atrás durante unos segundos, no debe de ser muy diferente a aquella que describía Roberto Bolaño: «la poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que, según dicen, presienten algunos animales».

En su libro Atlas, una especie de cuaderno de notas viajeras con algunas imágenes maravillosas, Jorge Luis Borges cuenta paseos en globo sobrevolando los viñedos de Napa (en California) y un sinfín de grandes felicidades en diferentes partes del planeta, adonde no tuvo que llegar con la imaginación y pudo hacerlo por su propio pie. De Egipto, por ejemplo, recuerda cómo en mitad del desierto no pudo evitar la tentación de coger un puñado de polvo del desierto, lanzarlo luego a favor del viento y pensar mientras tanto que con aquel gesto minúsculo su poderosa imaginación –porque la imaginación siempre es poderosa y nos permite hacer cualquier cosa– acababa de modificar el Sáhara.

Saco del bolsillo la piedra que cogí del lado costarricense de la frontera y la tiro hacia donde nadie pueda encontrarla jamás. Y continúo mi camino.

Viaje a Nicaragua

Hilario J. Rodríguez.

Experiencia de Viaje, viaje a nicaragua

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