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Histórico noticias



Poetas y banqueros

Tras tantos años de leer y releer a Hölderlin, pensé que era tiempo de visitar algunos de los lugares en donde vivió el poeta. Y decidí empezar por Bad Homburg, en la ladera que desciende desde la sierra del Taunus hacia el valle del Meno. A esta llegó el alemán en 1798, después de tres años trabajando en Fráncfort como ayo para un banquero.

14 de enero de 2019

Al entrar en la estancia vi a dos personas tras el mostrador. Una mujer que ordenaba papeles y un hombre absorto en el ordenador.

—¡Buenos días! —me dice la señora con jovialidad— ¿Quiere hacer una visita guiada

—¿Se puede hacer una visita sin guía?

—No. Solo hay visitas guiadas.

—Bien, de acuerdo. Haré la visita guiada —respondí—. Por cierto ¿se visita la biblioteca?

La señora miró entonces con cierta incomodidad al hombre que, a su lado, seguía enfrascado en el ordenador.

—No, no se visita la biblioteca —contestaron los dos casi al unísono.

—¿Pero es la biblioteca en donde trabajó el poeta, verdad? —pregunté.

—Todo lo del poeta se encuentra en  el Archivo del Gustavsgarten, en la Villa Wertheimber —respondió, adusto, el hombre.

Al despedirme me preguntaron, muy sorprendidos, porque no hacía la visita guiada. Les aclaré que, en verdad, solo me interesaba la biblioteca. Si no podía visitarla, no me interesaba la visita al castillo. Por sus caras adiviné que no les gustó mi respuesta. Al marchar sentí que había quedado cierta tensión en el ambiente.

En el jardín del castillo, bajo la enorme copa de un cedro del Líbano, varias personas estaban desayunando apaciblemente. La temperatura era fresca aún, pero el día se anunciaba caluroso. Decidí ir a buscar la oficina de información turística para saber dónde se encontraba la Villa Wertheimber.

Bad Homburg, Alemania.

Xavier Arnau Bofarull.

Frente al castillo, la Dorotheenstrasse descendía suavemente. Al inicio de la calle, a la derecha, se encontraba la iglesia evangélica. Frente a ella y a la izquierda, el Museo Sinclair.

En aquella hora la calle estaba desierta. Solo tres jóvenes —dos hombres y una mujer— subían con paso firme por la calle. Llevaban severos vestidos oscuros y un maletín cada uno. Igual podían ser consultores de una multinacional, agentes de bolsa o miembros de alguna iglesia evangélica que acudían, con marcial vitalidad, a iniciar las tareas del día.

Seguí bajando por la Dorotheenstrasse y pasé por delante de la iglesia católica. Casi al final de la calle llegué frente a la casa en donde se hospedó el poeta Friedrich Hölderlin durante su segunda estancia en la ciudad. Este apartamento se utiliza hoy en día como vivienda para los estudiosos que visitan Bad Homburg para trabajar sobre Hölderlin y su obra.

Friedrich Hölderlin llegó a Bad Homburg en septiembre de 1798, a la edad de 28 años. Desde 1795 Hölderlin había trabajado en Fráncfort del Meno como ayo de los hijos del banquero Jakob Friedrich Gontard. Durante estos tres años, Hölderlin estableció una profunda y sentida relación amorosa con la esposa del banquero Gontard, Susette, que fue la Diótima de sus obras. A raíz de esta relación, Hölderlin tuvo que abandonar la casa Gontard, aceptando el ofrecimiento de su amigo Isaac von Sinclair, que a la sazón estaba al servicio del Landgrave de Hesse-Homburg, de ir a vivir a Bad Homburg, sede del landgraviato.

Bad Homburg, Alemania.

Xavier Arnau Bofarull.

Hace ya muchos años que descubrí la obra de Hölderlin gracias a la editorial madrileña Hiperión. Hiperión es el nombre del protagonista de la novela Hiperión, o el eremita en Grecia, publicada en los años 1797-99. Fue el primer título que dicha editorial sacó, en traducción de Jesús Munárriz, en 1976 (el logotipo de la editorial es, precisamente, un perfil de Hölderlin a los veinte años…).

Tras tantos años de leer y releer a Hölderlin, pensé que era tiempo de visitar algunos de los lugares en donde vivió el poeta. Y había decidido empezar por Bad Homburg.Bad Homburg, que se encuentra en la ladera que desciende desde la sierra del Taunus hacia el valle del Meno, fue durante siglos la capital de un langraviato que orbitaba alrededor del Gran Ducado de Hessen-Darmstadt, hasta que, en 1866, como consecuencia de la guerra austro-prusiana, quedó integrado en la llamada Confederación de Alemania del Norte, bajo dominio prusiano, hasta que, en 1871, tras el triunfo germano en la guerra franco-prusiana, se formó el Imperio alemán, o lo que Rafael Poch (1) dio en llamar la segunda Alemania, que aparece con la unificación bismarckiana y se extiende bajo batuta prusiana hasta más allá de la Primera Guerra Mundial.

Bad Homburg se convirtió, a mediados del siglo XIX, en una ciudad balneario con un importante casino, alcanzando por ello fama internacional. Desde 1888 fue elegida como residencia de verano por el Káiser Guillermo II.

La oficina de información turística se encontraba en la Kurhaus. La Kurhaus original fue abierta al público en 1843. Contaba con Casino, salas de baile y un restaurante. Al final de la Segunda Guerra Mundial, el edificio fue totalmente destruido por los bombardeos. El edificio actual es un centro de congresos y actividades culturales, de estilo, según dicen, postmoderno, es decir, pretencioso y sin interés. En su teatro se celebran cada año diversos actos del Festival de la Poesía y Literatura (3), en los que famosas actrices y actores de la escena alemana hacen lecturas literarias, y cuyas entradas suelen ser carísimas. En el marco de este festival se libra desde 1983, cada 6 de junio —la víspera del día de la muerte del poeta—,  el Premio de Poesia Friedrich-Hölderlin.

Bad Homburg, Alemania.

Xavier Arnau Bofarull.

La señora de la oficina me atendió de una manera muy teutona, es decir, con una fría amabilidad, un tanto histriónica. Buscó en el ordenador, cogió un plano de la ciudad y me indicó en él dónde estaba la villa, marcando el lugar con un círculo. Al intentar plegar el plano, este se resistió a ser plegado y la señora, tensa, empezó a hacerse un lío con él.

—Sí, a mí también me resulta más fácil plegar la ropa después de lavarla que plegar los planos— le dije.

Soltó un par de sonoras carcajadas, se relajó y consiguió doblar el plano. ¿Por qué les costará tanto a los alemanes comportarse con menos rigidez y severidad?

Al salir de la Kurhaus volví a mirar el plano. La Villa Wertheimber quedaba un poco lejos, por detrás del castillo, casi al final de la Tannenwaldallee, una larga calle que se encaramaba ladera arriba hacia el Taunus. Me daba pereza hacer la excursión hasta la villa, pero no pude resistir el morbo de visitar una de las zonas más exclusivas, no solo de Bad Homburg sino de toda Alemania, donde las villas —cuyos precios de compra superan el millón de euros— se alineaban una junto a otra y en sus jardines pacían tranquilos coches de altísima gama.

Fui ascendiendo la Tannenwaldallee acompañado de los diversos ruidos que producían los jardineros de las villas en sus quehaceres. Toda esta zona, desde el castillo hasta el final de la Tannenwaldallee, fue un conjunto de  jardines que los landgraves empezaron a construir por el año 1770, unos fastuosos y grandiosos jardines (Gran Tannenwald, Pequeño Tannenwald, Jardín Inglés, Louisgarten, Gustavsgarten, Ferdinandsgarten und Philippsgarten), para solaz y esparcimiento de los aristócratas propietarios. Sus descendientes vendieron el Gustavsgarten en 1898 a un banquero de Fráncfort, el señor Julius Wertheimber. En el año 1900 el Sr. Wertheimber se construyó una villa, la susodicha Villa Wertheimber, que tras no se cuántas vicisitudes, ha llegado a ser un edificio público y que alberga el archivo de la ciudad, con importantes documentos históricos sobre su desarrollo, sus instituciones e incluso sobre el nacionalsocialismo. Y, por supuesto, documentos relativos a Friedrich Hölderlin.

Bad Homburg, Alemania.

La villa estaba en medio de lo que fue el Gustavsgarten —parte de los antiguos jardines del landgraviato—, en el que, entre los árboles, se encontraban diversos grupos escultóricos. Uno de ellos consistía en una hilera de estatuas de hierro oxidado de personas decapitadas y sentadas sobre caballetes. Otro ocupaba un amplio prado entre abetos y consistía en una serie de esculturas de gran tamaño, de hierro negro, que representaban a gatos paseando meditabundos y cabizbajos. Al fondo, tras los gatos y al pie de los abetos una pareja disfrutaba de un placentero y solitario pícnic: sobre la mesa de camping estaban los restos del desayuno, el termo de café, las tazas, mientras la pareja estaba enfrascada en sus lecturas: él leía un libro, ella la prensa.

Bad Homburg, Alemania.

Xavier Arnau Bofarull.

Hablamos unos momentos. Les conté mis pesquisas sobre Hölderlin y me indicaron que el responsable del archivo era una persona muy competente y amable y que sin duda me ayudaría a encontrar documentos sobre el poeta. Lamentablemente, ese día el archivo estaba cerrado. Así que, tras despedirme de los campistas, me volví hacia el centro de la ciudad.

Me dirigí hacia el parque, el fastuoso Kurpark, dónde había un monumento a Holderlin. Tuve que atravesar un jardín adyacente a la Kurhaus, dominado en el centro por una superficie de césped oval, rodeada por un camino de grava, flanqueado a su vez por enormes plátanos y viejos tilos. Al caminar por el camino de grava, me di de bruces con una estatua de Fiódor Dostoyevski, casi escondida entre la vegetación. La escultura representaba al escritor ruso sentado con los codos apoyados sobre las rodillas y la mirada perdida hacia el suelo, como abatido.

Bad Homburg, Alemania.

Xavier Arnau Bofarull.

Dostoyevski visitó Bad Homburg en 1867, junto con su mujer Anna Grigorjewna Dostojewskaja, la cual había empeñado su dote para financiar el viaje. Tuve la sensación de que la estatua representaba el momento en que el escritor estaba preparando la justificación que daría a su mujer por haber perdido, una vez más, mucho dinero en la ruleta de la Kurhaus.

A los pies de la estatua correteaba una pareja de mirlos, picoteando entre las hojas muertas. Al acercarme yo, desaparecieron debajo de los setos que rodeaban a la estatua. Al alejarme, volvieron a salir y siguieron con su búsqueda entre la hojarasca.

En el parque casi no había nadie. Dos parejas de personas mayores hacían, lentamente y en  silencio, lo que parecía su matinal paseo. Más allá, sentada en un banco, una mujer absorta fumaba con avidez un cigarrillo. Me cruzó otra mujer corriendo con atuendo y aparatos electrónicos ad hoc. En un camino paralelo al mio, un joven, absorto en su teléfono móvil, paseaba a su perro. ¿O era el perro quien lo paseaba a él?

El parque es un laberinto de caminos que transcurren bajo enormes árboles: robles rojos americanos, cipreses de los pantanos, metasecuoyas, plátanos, fresnos, arces, tilos, castaños, hayas. Un bello y protector paisaje.

Bad Homburg, Alemania.

Xavier Arnau Bofarull.

Llegué al monumento a Hölderlin. Una columna con la efigie del poeta y algunos versos del poema País Natal inscritos en ella.

Un hijo de la Tierra soy,

hecho para amar, para sufrir.

(Ein Sohn der Erde

Schein ich; zu lieben gemacht, zu leiden.)

Junto a ella había unos bancos. En uno no había nadie y en el otro se sentaban tres jóvenes, dos chicas y un chico. Me senté en un banco libre. Al poco rato vi que se acercaba un anciano renqueante con su caminador. Caminaba con pasos rápidos y cortísimos, lo que daba la sensación de costarle  mucho esfuerzo. Al llegar frente a mí, me preguntó si se podía sentar en el banco.

—Claro —le respondí— hay sitio de sobra para los dos.

—Es que no quisiera molestar —añadió.

—¿Molestar? De ninguna manera.

Su aspecto era desaliñado, ese que van adquiriendo, a veces, las personas ancianas, sobre todo los hombres, cuando la soledad —ya sea en casa o en la residencia de ancianos—  los desarbola. Se sentó y colocó su andador perfectamente ante sí y le puso los frenos. De una bolsa de plástico sacó con mano temblorosa una botella con un liquido rosa de la que bebió también con boca temblorosa.

Estuvimos bastante rato uno al lado del otro en silencio. Los jóvenes, hasta entonces inmersos en un juego de coqueteos y provocaciones, se levantaron y se marcharon. El hombre dijo como para sí, pero en voz alta: ¡Que maravilla poder aún mirar la belleza de las jóvenes!

Luego, ya dirigiéndose a mi, me dijo, ¿quiere que me vaya al otro banco.

—¿Porqué?

—Igual le molesto…

—¿A mi? No, no… Igual soy yo quien molesta…

—En absoluto.

Y nos volvimos a quedar en silencio, uno junto al otro, mirando ora al lago, ora a los escasos pasantes.

Bad Homburg, Alemania.

Xavier Arnau Bofarull.

De pronto me acordé de que cerca, al otro lado del parque, había un pabellón dedicado a Hölderlin. Era, según había leído, un pabellón construido en 1985 en el lugar al que solía ir el poeta después del trabajo. El pabellón se encontraba en los jardines de la Fundación Werner Reimers, una fundación dedicada a impulsar la investigación y la ciencia, creada por el señor Werner Reimers (1888-1965) con la fortuna que había adquirido como comerciante. Decidí visitar ese pabellón. Me despedí del hombre, que se quedó allí sentado, solo, agotando quizá el tiempo de paseo que le permitían en la residencia de ancianos.

La Fundación Werner Reimers estaba situada detrás del Kaiser Wilhems Bad, el balneario construido entre 1887 y 1890 y al que, como reza la propaganda del spa actual, no hace mucho tiempo acudían príncipes y reyes de todo el mundo para descansar, relajarse y recuperar energías.

Bad Homburg, Alemania.

Xavier Arnau Bofarull.

En mi camino hacia el balneario me crucé, una vez más, con una apresurada persona con su perro cogido con la correspondiente correa. Como alguna vez ocurre, entre el perro y yo se cruzó una mirada de complicidad. Es increíble esa mirada de los perros. Nos comprendimos enseguida: los dos sabíamos que nos gustaría compartir juegos y saltos por el césped del parque. Pero, desafortunadamente, la voz seca y autoritaria del amo y el brusco tirón de la correa forzaron al perro a seguir su camino. El perro y yo retomamos nuestro camino en direcciones opuestas. Tras unos pasos —eso siempre lo sé—, me puedo girar y ver cómo el perro también se gira y me mira. Los dos, con cierta tristeza, nos encogimos de hombros y seguimos nuestros caminos.

Llegué a la Fundación y entré en el jardín. En la parte más alta estaba el pabellón, una construcción circular de madera con techo cónico. En su interior había una placa con unas frases de una carta que escribió Hölderlin a su hermana en 1799:

Cuando estoy cansado del trabajo voy allí afuera, asciendo la colina y me siento al sol, y miro a la lejanía detrás de Fráncfort y estos cándidos momentos me dan coraje y energía para vivir y seguir adelante (2).

El paisaje había cambiado mucho desde que Hölderlin escribió esa carta. Fráncfort ya no se veía. Una hilera de villas y los árboles de sus jardines cerraban la vista. En dirección opuesta, entre los árboles, se veían las torres de las iglesias católica y protestante —que no existían en los tiempos en que el poeta vivió aquí— y la torre del castillo.

Mientras paseaba alrededor del pabellón, se me acercó un hombre que se identificó como responsable de la Fundación, y me pidió explicaciones por mi presencia en el jardín. Solo soy —le dije— un lector de Hölderlin. Tras invitarme a que me tomara todo el tiempo que quisiera, me recomendó la visita guiada del jardín que organizaba la Fundación el mes venidero.

Sí, sin lugar a dudas, antaño esa pequeña colina debió de ser un amable y cándido lugar de reposo para el poeta.

Viaje a Alemania.

Xavier Arnau Bofarull.

Descendí otra vez hacia el parque. Seguí a lo largo de la Brunnenallee, en cuyos laterales estaban diversas fuentes de aguas medicinales de horrorosos sabores bajo templetes y esculturas elegantes: fuente de Augusta Victoria, fuente del Landgrave, fuente de Elisabeth… Crucé por delante de la Orangerie, construida en 1844 como invernadero de naranjos, siendo en la actualidad un refinado café y restaurante. Dejé Bad Homburg por el camino de Königstein. En un recodo tuve una hermosa vista de prados y campos frutales que, en suave pendiente, descendían hacia el valle del Meno. Y al fondo, veinte kilómetros más lejos, Fráncfort, con el imponente skyline del barrio financiero, una fortaleza de altos rascacielos azulados por la bruma del mediodía. Un paisaje que mostraba, sin lugar a dudas, que los Gontards habían ganado frente a los Hölderlin.

Como muy bien sabía Dostoievsky, la banca siempre gana.

 

(1) La Quinta Alemania. Rafael Poch-de-Feliu; Angel Ferrero. 2013.

(2) Da gehe ich dann hinaus, wenn ich von meiner Arbeit müde bin, steige auf den Hügel und seze mich in die Sonne, und sehe über Frankfurt in die weiten Fernen hinaus, und diese unschuldigen Augenblicke geben mir dann wieder Mut und Kraft zu leben und zu scgaffen.

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