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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

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Histórico noticias



Prisionero Mandela, ¿valió la pena?

Robben Island fue la cárcel de máxima seguridad en la que Nelson Mandela estuvo preso por sus ideas dieciocho años. Ahora solo es posible estar en esta prisión histórica dos horas: las dos horas que duran las visitas guiadas por lo que hoy es un museo Patrimonio de la Humanidad.

12 de octubre de 2017

“–Mandela, ¿estás despierto? Eres un hombre afortunado, vamos a llevarte a un lugar en el que podrás ser libre. Podrás pasear; podrás ver el mar y el cielo, no sólo paredes grises–. No pretendía ser sarcástico, pero yo sabía perfectamente que el lugar al que se refería no me permitiría disfrutar de la libertad que añoraba. (…) Quince minutos después nos abríamos camino a través del laberinto de acero de la prisión local de Pretoria, con el eco de la interminable serie de puertas metálicas resonando en nuestros oídos. Una vez fuera, los siete –Walter, Raymond, Govan, Kathy, Andrew, Elias y yo– fuimos esposados e introducidos en un furgón de la policía. (…) Partimos sigilosamente en medio de la noche sin más alharacas que una fuerte escolta policial. En menos de media hora estábamos en un pequeño aeródromo militar en las afueras de la ciudad. Nos introdujeron un Dakota, un transporte militar de gran tamaño que había conocido días mejores. No tenía calefacción y viajamos estremecidos en la panza del aeroplano. (…) Poco después, en las aguas azul oscuro de la bahía Table, en el Atlántico, alcanzamos a distinguir entre la neblina el perfil de la isla de Robben.”

Era el invierno de 1964.

A mí solo me había costado media hora y veinticinco euros llegar. Mis máximos temores se reducían a no poder sacar la entrada para el tour en el mismo embarcadero, ya que por Internet no lo había conseguido y parecía que estaban bastante solicitadas.

Tras un relajado paseo en barco de doce kilómetros junto a otros turistas, llegué a Robben Island, la cárcel de máxima seguridad en la que Mandela estuvo preso dieciocho años.

Nelson Mandela

Mónica Hernández.

Robben había sido casi siempre una prisión, desde que los holandeses se establecieron en el Cabo a mediados de 1600. En el siglo XIX fue utilizada como colonia de leprosos, después manicomio y cárcel para delincuentes comunes. Era imposible escapar de ella a nado por las fuertes corrientes y los tiburones. Seguridad máxima para que los bandidos dejaran de infringir la ley y los presos políticos de compartir sus ideas.

Desde 1997, esta isla ovalada y plana de tres kilómetros de largo por dos de ancho es museo y Patrimonio de la Humanidad.

“Fuimos recibidos por guardias armados con fusiles automáticos. El ambiente era tenso pero apagado (…) Fuimos escoltados hasta la vieja cárcel, un edificio aislado de piedra en cuyo exterior se nos ordenó que nos desvistiéramos. Una de las humillaciones rituales de la vida penitenciaria es que cuando te transfieren de una cárcel a otra, lo primero que te obligan a hacer es cambiarte de ropa, sustituyendo el uniforme de la anterior por el de la nueva. Cuando estuvimos desnudos nos tiraron los uniformes caqui empleados en la isla de Robben. (…) La vieja cárcel solo fue un alojamiento provisional. Las autoridades estaban dando los últimos retoques a una estructura independiente de máxima seguridad para prisioneros políticos. Mientras estuvimos allí no se nos permitió salir al exterior ni tener el menor contacto con otros presos.”

Nelson Mandela

Mónica Hernández.

Bajamos del barco. Nos esperaba un bus que nos llevaría por toda la isla en una visita guiada de unas dos horas. No se puede visitar por libre. Las paradas, solo las que ellos deciden que merecen explicación. Aunque todos los turistas del grupo ansiábamos ver la celda de Mandela, uno de los presos más famosos del mundo, solo nos la enseñarán al final sin permitirnos detenernos en ella más que para la foto. El resto del trayecto, patria y doctrina. Está bien que encarcelar a alguien por sus ideas haya quedado en una visita guiada. Al menos allí, en aquel lugar remoto.

“La nueva estructura era una fortaleza rectangular de piedra de un solo piso con un patio de cemento en el centro que medía alrededor de treinta y cinco por diez metros. Tenía celdas en tres de sus cuatro lados. El cuarto lado era un muro de siete metros de altura con una pasarela patrullada por guardianes acompañados de perros pastores alemanes. (…) La sección de presos comunes albergaba alrededor de un millar de presos, aunque una cuarta parte de los allí encerrados eran presos políticos. Se nos mantenía aislados de los presos comunes por dos razones: se nos consideraba peligrosos desde el punto de vista de la seguridad, pero aún más peligrosos desde el punto de vista ideológico.”

Nelson Mandela

Mónica Hernández.

“Cada mañana un camión traía una carga de piedras del tamaño de una pelota de balonvolea y la dejaba junto a la entrada del patio. Llevábamos las piedras con carretilla hasta el centro del patio. Luego nos daban mazos de dos kilos; o de siete kilos para las piedras de mayor tamaño. Nuestro trabajo consistía en convertir las piedras en grava. (…) Durante las primeras semanas venían guardianes de otras secciones de la cárcel e incluso de otras cárceles, para mirarnos como si fuéramos una colección de animales exóticos enjaulados.”

Nelson Mandela

Mónica Hernández.

“La isla era, sin duda, la prisión más brutal y represiva de todo el sistema penitenciario de Sudáfrica. Era una fuente de penalidades no solo para los presos, también para los funcionarios de prisiones. Habían desaparecido los guardianes mestizos que nos habían ofrecido cigarrillos y comprensión –cuando estuve durante quince días en 1962–. Ahora los carceleros eran todos blancos y una abrumadora mayoría de ellos hablaba afrikaans e imponía una relación amo-esclavo. Nos ordenaron que les llamáramos baas, a lo que nos negamos. La separación racial en la isla de Robben era absoluta: no había guardianes negros ni prisioneros blancos.”

Nuestro guía sí era negro. Nos contaba la vida en la cárcel con cierta ironía e indignación. Como si aquello hubiera sido un gran error de unos pocos necios, un gran delirio. A modo de conclusión, reflexionó en alto que después de abolirse el Apartheid había quedado claro que no hay raza blanca y raza negra, sino raza humana. De pronto sentí que ese hombre y yo teníamos mucho en común y que era más lo que nos unía que lo que nos separaba. Nos unía la necesidad de ser queridos, el sufrimiento, el miedo, la búsqueda de la felicidad, tener sueños, emociones… Nos separaban detalles circunstanciales como el idioma, el color de piel o el sistema de creencias.

“Todas las mañanas, a las cinco y media, nos despertaba el guardián de noche haciendo sonar una campana de bronce que había al comienzo del corredor. (…) No nos dejaban salir al exterior hasta las seis cuarenta y cinco. Para entonces debíamos haber limpiado la celda y enrollado las esterillas y mantas. No había agua corriente y en lugar de retretes teníamos unos cubos de hierro llamados ballies, de unos veinticinco centímetros de diámetro. Tenían una tapa cóncava de porcelana que contenía el agua que debíamos utilizar para afeitarnos y lavarnos manos y cara. Al salir de la celda había que limpiar los ballies cuidadosamente en los sumideros que había al final del pasillo, ya que si no el hedor se hacía insoportable. (…) El desayuno consistía en una papilla de harina de maíz que los presos comunes servían en un cuenco y después introducían a través de los barrotes. (…)Trabajábamos picando piedra en el patio hasta el medio día. No había descansos y no se nos estaba permitido bajar el ritmo. Nos daban de comer granos de maíz. A los mestizos arroz y verdura.”

Nelson Mandela

Mónica Hernández.

Allí estaba la celda. La exhibían tal y como la había encontrado Madiba. El grupo entero hacía turnos para posar ante aquellos barrotes esperpénticos que provocaban sonrojo. Era el prisionero 466/64. Solo podía recibir una visita y una carta cada seis meses.

“Mi celda se podía recorrer en tres pasos. Cuando me acostaba tocaba una pared con los pies y mi cabeza rozaba el cemento de la pared opuesta. Tenía 46 años y era un prisionero político condenado a cadena perpetua. Aquel angosto cubículo había de ser mi hogar sabía dios hasta cuándo. (…) En la prisión uno está frente a frente con el paso del tiempo. No hay nada más aterrador”.

La visita había durado las dos horas establecidas, con una parada en un bar instalado en medio de la isla. Para Mandela pasaron dieciocho años. A su salida, las multitudes lo recibieron con honores de líder. En el 94 fue elegido presidente de la nación en unos comicios en los que por primera vez votaron negros y blancos. El Apartheid se había abolido en 1990. Los últimos prisioneros políticos abandonaron la isla en 1991 y la cárcel cerró finalmente en 1996.

Nos esperaba el barco de vuelta. No había nada más que hacer en aquel lugar en el fin del mundo. Subí pensando que aquellos pasajeros eran mis hermanos. No somos distintos los unos de los otros. Y, hasta que no nos reconozcamos en los demás y no haya verdadera compasión, no habrá empatía. Y hasta que no haya empatía no habrá amor. Los mismos miedos. Los mismos sueños.

He aquí la semilla de la guerra, creer que somos distintos. Yo soy yo y lo mío y tú eres tú y lo tuyo. ¿No es el egoísmo la principal fuente de todos nuestros males? Si después de las guerras y las separaciones se llega a la conclusión de que solo han generado sufrimiento y se llevan a exposiciones y museos, ¿por qué seguir haciendo guerras que terminarán en museos de torturas o genocidios? ¿Tan difícil es aprender? ¿Tan complejos somos?

Prisionero Mandela, ¿valió para algo el Apartheid? ¿Realmente éramos diferentes?


(Textos extraídos de la biografía de Nelson Mandela Long walk to freedom)

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