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    Una jaula se transforma en una nube, un cubo de hielo en un regalo, notas de músicas caen como ramas de un árbol, un cactus hecho de piedras... Chema Madoz juega con elementos de lo cotidiano y con la Naturaleza, en fotografías que interpelan y sorprenden al espectador con una nueva visión del mundo. El artista crea objetos nuevos, inventa combinaciones inesperadas, piensa asociaciones insólitas. Muestra la fragilidad de la vida. Su trabajo puede verse hasta el 1 de marzo en una ...[Leer más]

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    El artista Luis Sáez ha remontado el Ganges desde su desembocadura en Calcuta hasta Gangotri, al pie del glaciar en que brotan sus fuentes, para mostrar su desbordante espiritualidad en una exposición abierta al público hasta el 9 de febrero en el Museo Nacional de Antropología. Siempre sin abandonar los márgenes del río, las fotografías hacen escala en algunos de los lugares más señalados para las diferentes religiones de la India: Bodhgaya, donde se halla el árbol bajo el cual Buda ...[Leer más]

  • La India del XIX bajo mirada fotográfica

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    Una exposición en el Museo Guimet de París ilustra cómo el reciente invento de la fotografía plasmó, en el siglo XIX, la grandeza de la civilización india, dando forma en el extranjero a la imagen de un país para muchos misterioso y desconocido. Noventa instantáneas originales de paisajes, arquitectura, escenas de la vida cotidiana y personajes podrán verse hasta el 17 de febrero de 2020, con trabajos como los de Linneo Tripe, William Baker o Samuel Bourne, quien realizó tres ...[Leer más]

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    Las fronteras son una invención, pero, desde un punto de vista artístico, solo deben servir para ser obviadas o, aún mejor, contravenidas, y así abandonar los carriles centrales, orillarse hacia los arcenes, las periferias, los territorios menos explorados. Este es el objetivo del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) con su ciclo Fronteras, que empieza temporada con conciertos desde el 18 de octubre al 5 de mayo de 2020. Tras la inauguración a cargo del Tarkovsky Quartet, el ...[Leer más]

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Provenza: la Francia romana

Multitud de pueblos de la Provenza –además de Arles y de Nîmes– constituyen un recuerdo permanente de la civilización romana en el sur de Francia. Paisajes de viñedos, cipreses y anfiteatros en ruinas que vieron nacer a grandes poetas, pintores y artistas.

5 de septiembre de 2013

El Sur de Francia, siguiendo la antigua via Domitia, es un recuerdo permanente de la civilización de Roma. Son bien conocidas las ciudades de Arles (Arelate) y Nîmes (Nemausus), con sus anfiteatros, hoy plazas de toros y de espectáculos. Pero hay multitud de pequeñas poblaciones en las que el pasado romano aparece en ruinas, en puentes –aún utilizados y bien resistentes–, así como en el paisaje de viñedos, cipreses y montes de encinas y pinos. Era la Provincia, la Provence, cuyo límite occidental era el Ródano, donde empezaba la antigua Septimania gótica o de Carlomagno, cuya capital era Narbona.

Provenza es inabarcable para el viajero apresurado; su visita y disfrute puede demorar días, semanas, incluso, ¿por qué no toda la vida?, viniendo a establecerse aquí, como han hecho muchos belgas, americanos, británicos, holandeses… Las guías turísticas, numerosas, cubren sus atractivos y museos, y no es necesario intentar resumirlo aquí. La oferta es casi inagotable y da para pasar meses en la región. Estas líneas sirvan sólo para destacar unas cuantas paradas necesarias.

Orange (Arausio), de donde viene el título principesco holandés, era también una ciudad romana. Su territorio es adquirido por matrimonio por los Nassau en el siglo XVI, entrando así en la historia de los Países Bajos. Sólo es incorporado a la corona francesa en 1713, por el Tratado de Utrecht, al fin de la Guerra de Sucesión, cuando España entrega Gibraltar y Menorca a los ingleses. Otro lugar singular es Vaison la Romaine (Vasio Julia Vocontiorum), muy cerca del Mont Ventoux, el de Petrarca. Se suele decir que, con la ascensión del poeta, comienza el Renacimiento. El hombre ya no es deudor de la naturaleza, sino que la puede dominar. Las ruinas de Vaison han sido cuidadosamente excavadas y ajardinadas con gusto. A caballo sobre el Ródano, el condado Venaissin, de Venasque, que fue parte de los territorios papales y que solo serán integrados en Francia a la Revolución francesa, en 1789.

Vaison la Romaine.

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye.

País amable y de buen vivir, no en vano ha sido la Provenza tierra de artistas, de pintores y poetas de todos los países y religiones. Los pueblos y ciudades se enorgullecen de acoger a los más variados pensadores, a los más exuberantes creadores. Y en la nómina de escritores se cuneta desde Fréderic Mistral, nacido en Tarascon, hasta Charles Maurras, de Martigues (la antigua Maritima), pasando por Rivarol, Alphonse Daudet, Giono, René Char y otros muchos. La latinidad tuvo siempre sus defensores, una entidad no excluyente, no nacionalista, sino integradora y abierta. La Provenza, la Provincia romana por antonomasia, con sus señas de identidad, las cuatro barras de Giuffré el Pilós, Joffre le Velu, el rey catalán, es acogedora. Las banderas y estandartes indican simplemente amor a la tierra, sin excluir las otras y sintiéndose a la vez muy franceses.

De los más conocidos escritores por los españoles podemos citar a Julio Cortázar, que vivió en Saignon, un pueblecito trepado en un alto muy cerca de la pequeña ciudad de Apt (Julia Apta). Subimos hacia la parte alta del pueblecito, hacia el Rocher donde está la casa. Nadie le recuerda. Solo un anciano, que hacía pequeñas piñas con espliego o lavanda, lo recuerda pero “il y a un bon moment”, nos responde indicándonos con un leve ademán la dirección del Rocher. De Apt hacia Aix (Aquae Sextia) atravesamos el pueblo donde vivió Albert Camus, Lourmarin, quizá hoy demasiado compuesto, de moda entre los branchés y personas cultas con dinero, sin el carácter que tuvo en la época del escritor.

Arles.

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye.

Acérquese el amante de la lectura a Banon, donde está Le Bleuet, la más original librería de Francia, que ocupa varias casas de este pequeño pueblo de la Alta Provenza, entrelazadas por puertas, escaleras y pasajes donde el amante de los libros encontrará toda la literatura de Francia.

Aix en Provence, Arles y Avignon necesitarían una atención especial, pero ya se le dan todos los medios de comunicación. Baste recordar unos detalles, que a veces olvidan. En Arles, el museo Arles Antique es un excelente resumen del pasado romano y su visita es imprescindible para comprender la estructura e historia antigua de la región. Y, en lo contemporáneo, en Arles hay que hacer una visita  la librería Actes Sud, en la place Nina Berberova –a dos pasos de las Termas y del Museo Réattu, instalado en la antigua sede de la Orden de Malta y donde, hasta el 31 de octubre, se puede visitar una exposición fascinante: Nuage–, para conocer uno de los hitos del mundo editorial francés, fundada por el escritor belga Hubert Nyssen (1925-2011), que allí se estableció y quien descubrió a esta escritora rusa, además de a otros muchos escritores contemporáneos.

Ya que los templos suelen ser ignorados, merece la pena detenerse en la catedral del Salvador, de Aix, con un claustro románico que precisa explicación, de riquísima simbología, y el Retablo de la Zarza Ardiente, en la que aparece aquel gran rey de Provenza, René. A la salida de Aix, hacia el Este, se ve la imponente Montagne Sainte Victoire, pintada tantas veces por Cézanne, natural de Aix (aunque de origen italiano, pues su familia procedía de Cesana). A poca distancia está el castillo de Vauvenargues, que Picasso compró y donde está enterrado.

Cerca de Arles, campo de girasoles de Van Gogh.

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye.

Además de la belleza de poblaciones y paisajes, perfectamente cuidados, sin atropellos inmobiliarios, que no cumplen ser alabadas –pues todos lo hacen y es obvio–, tres cosas llaman la atención al viajero español: cultura, ecología y buen vivir. El gusto por la cultura se manifiesta en todas sus expresiones (teatro, pintura, música, historia, libros), el cuidado por el paisaje y los cultivos respetuosos de la diversidad y lo bien que se come y bebe en casi cualquier establecimiento. El éxito internacional de la región se debe a esa combinación de estética, cultura y epicureísmo que hace que siempre haya algo que descubrir, un teatro, un concierto, un restaurante, un panorama.

Todo esto tiene su importancia más allá del viaje y el turismo. Hay un propósito bien claro, deliberado y muy estable y consistente, de ofrecer un país, de dar una imagen y una realidad. Aquí se ve y palpa esa calidad turística de la que tanto se habla como un mantra. Y calidad de vida. En efecto, uno de los atractivos de Francia para localizar empresas multinacionales, desplazar personal de alto nivel, atraer inversiones, en definitiva, es el atractivo del país, la belleza de sus paisajes y ciudades, la calidad de los servicios públicos e infraestructuras, colegios y enseñanza, incentivos al ocio. Quedan atrás otras consideraciones, como su excesiva burocracia –no peor que otra europeas– u otras trabas; al final, la calidad de vida cuenta como un elemento de peso al elegir el destino de una empresa.

Y para hablar de calidad de vida, proponemos unos restaurantes que quizá no aparezcan en todas las guías. Se advierte que hay muchos, innumerables, restaurantes buenos en los que degustar una ensalada como saben hacer los franceses y un vaso de vino local, que permitirán continuar ruta sin demasiada pesadez. Pero se pueden recordar éstos, algo fuera de los circuitos habituales:

  • Le Garde Manger, en St. Etienne du Grès, a veinte kilómetros al este de Arles, en Carretera D 99, yendo hacia St. Rémy de Provence (donde viviera un tiempo Van Gogh). Unas simpáticas belgas, establecidas desde hace diez años, ofrecen una carta rica y unos menús muy proporcionados y equilibrados de precio.
  • Le Regalido, en Fontvieille, a cinco kilómetros de Arles, pasada la abadía de Montmajour.  
  • Chez Féraud, en Aix en Provence, rue du Puits Juif. Nombre delicioso de esa calle, pues el agua era siempre importante en la región –hay otras calles con nombres de pozos y fuentes–. Deguste el viajero el pistou, especialidad provenzal.

Y en todos los restaurantes y casas de comidas, siempre esos buenos vinos del Ródano que hacen reír y hacen cantar (“ces jolis vins du Rhône qui font rire et qui font chanter”, como decía el gran escritor del país, Alphonse Daudet).

Para más información, www.cuisinegrandsud.fr

provenza francia, viaje a francia

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