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Libros sobre India




Proximidad y estupefacción

Es difícil clasificar un libro como ‘La piel de la frontera’, de Francesc Serés. No está muy claro si es una colección de crónicas, de relatos, un libro de viajes, un estudio antropológico… Lo único cierto es que leer al escritor de Zaidín constituye una experiencia fascinante.

7 de marzo de 2016

Es difícil clasificar un libro como La piel de la frontera. No está muy claro si se trata de una colección de crónicas, de relatos, si es un libro de viajes, si es, porque a veces lo parece, un estudio de antropología… Lo único cierto, y nos apresuramos a decirlo, es que su lectura constituye una experiencia fascinante. Cada una de las piezas, escritas y publicadas en diferentes momentos en un lapso de diez años (la más antigua es de 2003 y la más reciente de 2013) se puede apreciar de manera independiente, pero cuando se leen todas seguidas se advierte una extraña unidad y todo el libro cobra un significado aún más profundo.

Lo primero que se debe destacar es la mirada del autor. Francesc Serés ha llevado a las últimas consecuencias el consejo de Tolstoi de ser universales describiendo la propia aldea. Nadie ha explicado mejor lo que significa la globalización sin salir prácticamente de un pueblo perdido de Huesca de poco más de un millar de habitantes. Esa es la primera lección de La piel de la frontera. No es necesario irse lejos para entenderlo todo. Todo el mundo está en todo el mundo (p.200). En primer lugar porque en pueblos como Zaidin o como Alcarrás conviven centenares de personas de Malí, de Senegal, de Guinea, de Camerún, de Bulgaria, de Rumanía, algo inconcebible hace una generación. Lo dice con ironía en una de las crónicas –La sombra del árbol genealógico–: “Si la abuela saliese hoy a coser o a hacer bolillos, lo que vería sería una multitud de inmigrantes. El partido de José Antonio que loaba “la raza” vería la plaza de su fundador llena de búlgaros…”. Pero no es sólo por eso. Hay algo que conecta lo que pasa en un pequeño pueblo oscense con lo que pasa en el norte de África y en el Este de Europa y en China. Cuando a mediados de los noventa empezaron a llegar los primeros refugiados argelinos al pueblo, mirábamos los mapas para ver de dónde procedían esos jóvenes con los que hablábamos, nos dice el autor,  pero allí “en lugar de carreteras lo que encontrábamos eran grietas que llegaban hasta Zaidín, como cuando se resquebraja la madera y se ve el camino que seguirá el corte”. (p. 187)

Libros de viaje.

Resultan conmovedoras en muchos momentos del libro la honestidad, la humildad y la perseverancia con la que durante décadas el autor se ha acercado adonde viven los inmigrantes a interesarse por ellos y a contarnos después cómo viven. Sin ánimo de denunciar sino de describir con objetividad (a lo que ayudan, dicho sea de paso, las abundantes fotografías en blanco y negro que salpican el libro). Donde los demás no vemos más que una niebla informe, él se sumerge para decirnos lo que hay dentro. Sin prejuicios. Hay muchos momentos que recuerdan a autores como Juan Goytisolo o Rafael Chirbes, porque se cuentan con los dedos de una mano los escritores españoles que se han acercado con esa falta de temor a colectivos sobre los que pesan tantos tópicos. Si puede echarles una mano, en cosas prácticas (llevarles una pequeña sierra porque le resultan patéticos los esfuerzos de Majeed, por ejemplo, para partir la leña), lo hace. Pero no es un cooperante, ni mucho menos un sociólogo cargado de teorías sobre la multiculturalidad. Todo el texto está sazonado con una amarga ironía al respecto: “La teoría está muy bien, pero nunca llega hasta aquí. Teorizamos y leemos los metros de estantería de antropología posmoderna que haga falta, nos hacen tragar la sociedad líquida, la pluriculturalidad y todos y cada uno de los neologismos que se acuñan, pero después un hombre te da el pasaporte que lleva dentro de los pantalones envuelto en una bolsa de plástico sudada, una bolsa que apesta porque el sudor apesta, la ropa apesta y la hierba y los campos apestan” (p. 80).

Llama la atención desde el primer relato o la primera crónica –Historias de la historia sin historia– que abundan mucho más los gestos de bondad de la población autóctona hacia estos jóvenes inmigrantes que los de rechazo. Desconfianza sí hay, claro, pero lo  destacable en unas personas muchas veces mayores y a quienes nadie les preparó para esta convivencia, es que no tienen ningún interés en perjudicarles. Al contrario. Todos entienden de alguna manera que son unas víctimas. Se repiten los pasajes en que vemos a gente que se encariña con alguien que los ha cuidado durante un tiempo. O que se inventa ocupaciones innecesarias para pagarles un jornal. O intentan convencer a alguien de que los dejen vivir en una cabaña medio en ruinas en las afueras del pueblo. O que les invitan todos los días a un café. “Muchos bares del Bajo Cinca y el Segrià merecen un monumento”, llega a exclamar. Y ésta es otra de las virtudes del libro, que huye de los estereotipos sobre el racismo, que existe, por supuesto, pero a menudo y más en pequeñas comunidades, como excepción. Ya hace años que una película como Flores de otro mundo reflejaba la complejidad de la convivencia con los inmigrantes en el ámbito rural.

Libros de viaje

Francesc Serés es en muchos momentos un visionario. Nada enfático, es cierto, pero no por eso deja de advertirnos una y otra vez de que vivimos en una seguridad que es irreal. Hablando de Majeed formula con toda claridad algo que de distinta manera está presente en todo el libro: “Lo que descorazona es pensar que una persona que tiene un pasado está casi imposibilitado para tener un futuro, si la dignidad es poder decidir sobre el futuro, él ya no la tiene. Pero aún es más descorazonador saber, tener la certeza de que mañana puedo ser yo quien esté en un almacén como éste, en otro país. Y que quizás alguien me traiga ropa y comida y me pregunte si puede hacer algo por mí, y yo le diga que no, que no hay nada que hacer. No veo la distancia en ninguna parte, la seguridad que nos rodea es pura ficción”.

La conexión de Zaidín con el mundo no se advierte sólo en la sucesivas y cada vez más impresionantes oleadas de inmigrantes (“una constante sucesión de mareas que han ido llegando año tras año, primero los marroquíes, y dos temporadas más tarde, los argelinos. Desde entonces, malienses, senegaleses, gambianos, lituanos y ucranianos, rumanos y por último, búlgaros”). Hay algunas crónicas impagables, como Gente que gira alrededor del sol, donde cuenta su experiencia como profesor en un aula de acogida para niños inmigrantes. El autor nos dice que después de perder el tiempo en el Departamento de Trabajo dela Universidad Pompeu Fabra sintió la necesidad de constatar que hacía algo útil y durante cuatro años estuvo trabajando en Olot con niños que procedía de todo el mundo. Otro observatorio. Desde allí analiza las enormes diferencias culturales entre los alumnos marroquíes, los punyabíes o los de Europa del Este. Otro lugar también desde donde empatizar y ponerte en el lugar del otro: “¿Cómo puede pedírsele a un alumno que acaba de llegar que aprenda a hablar o leer, si tiene tanto miedo que no puede mirarte a los ojos? O ¿cómo se puede hacer reír a un niño chino? Pues fingiendo que me llama Mao Tse Tung por teléfono. Primero pone unos ojos como platos y después no para de reír”.

Libros de viaje

Otras crónicas –El año que tuvimos el cielo en las manos– hablan de lo que supuso para los pueblos limítrofes con Los Monegros el abortado proyecto de construir una réplica de Las Vegas en esta zona. Con un estilo que recuerda al mejor Bruce Chatwin de En la Patagonia, el autor va hablando con todo tipo de gente en bares y gasolineras para conocer sus impresiones. O la sorprendente crónica, y esta es otra de las grietas por las que conecta esta zona con el mundo, titulada Hombres entre líneas, en la que describe la excursión por distintas explotaciones agrícolas y ganaderas en compañía de su amigo Jordi, una técnico en tecnología de los alimentos. A lo largo de una tarde le va explicando cómo funciona el mercado de alimentos a nivel mundial, lo que provoca algunos despropósitos. Le habla de la importancia que ha tenido a lo largo de la historia la capacidad de conservar los alimentos: “todas las civilizaciones se han basado en el trigo, el arroz y la cabra. No hay ninguna que se base en el melocotón y la alcachofa”. Y un poco más adelante le habla de cómo los dueños de las grandes cadenas de supermercados lo que quieren son manzanas que aguanten los manoseos de los clientes. “En casi todas las cadenas de distribución piden las mismas manzanas. Estándares, claro. Granny Smith, Royal Gala, Fuji, Golden… ¿Te acuerdas de las reinetas? Pues recuérdalas bien porque no volverás a comerlas nunca más…”

Sólo hay una crónica –o relato– que rompe la unidad del conjunto, pero no su sentido. Se trata de Aviones que entran por la ventana. En ella se nos describe, también con mucha ironía, una reunión de escritores y editores procedentes de distintos países en un pequeño pueblo al norte de Nueva York. Es otra manera en la que el mundo y Zaidín están conectados a través de la obra de un joven escritor, el mismo Serés, que nos muestra a unos editores que buscan más que obras de calidad o autores de talento, nichos de mercado. Se pregunta en un momento si Catherine una joven escritora nacida en Sudáfrica y que emigró a Australia y que quiere contar su experiencia en un pueblo, con la violencia racial de fondo, podrá convencer a algún editor sobre su proyecto. Aunque lo duda, dice: “Ese nicho lo ocupa Coetzee de forma avasalladora”.

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Podríamos estar mucho más tiempo extrayendo fragmentos e ideas de este libro que contiene una sabiduría innegable. Me gustaría terminar con sus reflexiones, porque lo explica extraordinariamente bien, sobre cómo es la convivencia del castellano y el catalán para un escritor en esa zona limítrofe donde él vive (se trata de otra de las muchas fronteras cutáneas y porosas a que se refiere el título). En El mundo se araña y se acaricia, lo mismo que en la última (y más breve, y más reciente) El fin del mundo tal y como lo conocimos, es donde se hace más visible el concepto de identidad. Me interesa mucho la manera cómo habla sobre sus primeras lecturas –Cela, Sender, Delibes–, de las que quedan sin duda lejanas huellas en su prosa, y cómo a partir de un momento empezó a leer en catalán. En particular dos escritores, Jesús Moncada (con su Camí de Sirga) y Mercè Ibarz (con La Terra retirada) le abrieron la puerta a un mundo que ignoraba que le rodeaba. Esas obras fueron “dos hojas de una puerta en forma de libro que se no se ha vuelto a cerrar nunca más”. Y concluye: “Es cierto que los personajes de Moncada necesitaban a los de Delibes para definir y completar el carácter de las sombras de la gente que yo conocía, pero inauguraba sin que lo supiese un camino sin retorno…” Porque tras esos dos autores catalanes vinieron otros: Pla, Sagarra, Rodoreda, Sales… Y concluye: “Fue como si del este no sólo me llegaran textos, sino también la hoja donde se ve el calco y el propio calco, una nueva manera de mirar todo cuanto me rodeaba”. Quizás debamos tomarnos en serio palabras como éstas cuando queramos conocer de verdad lo que está pasando en Cataluña y lo que significa el catalán para muchas personas.

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