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Puerto Calderón, ensenada de la historia

Visitar Puerto Calderón es hacer una mezcla de turismo de ruinas, de naturaleza y de historia. Esencia misma del Romanticismo. Si uno creyera en fantasmas y en presencias aquí podría hacer hasta asambleas. Pero en realidad se visita una ausencia que está poblada de microhistoria.

9 de noviembre de 2017

Aquí estuvieron, con toda probabilidad, cazadores paleolíticos y neolíticos. Después legiones romanas, navegantes y comerciantes medievales, barcos mineros y submarinos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad algunas, pocas, barcas de pesca. Y algún turista, pocos también.

¿Y dónde ha habido tanto movimiento histórico?, pensarán ustedes. En Puerto Calderón, una pequeña ensenada en Cantabria, cerca de Santillana del Mar y por tanto de la cueva de Altamira.

A pesar de la grandilocuencia con la que he empezado esta nota, el lugar casi pasaría desapercibido si uno no sabe dónde está y lo que allí ha venido ocurriendo. Es uno de esos paisajes aparentemente vacíos pero repletos de historias que, en buena medida, son virtuales, fantasmáticas, mentales. El lugar, claro está, existe y los acontecimientos son reales pero su observación y disfrute lo ha de complementar el viajero pensando, sintiendo, llenándose de lo que fue ocurriendo durante siglos. Y, si no suena insoportablemente romántico, vinculándose a los que por diversas razones usaron este lugar.

Se trata de una hermosa ensenada que en forma de U rompe el recto perfil de la línea de la costa cantábrica. No es propiamente un puerto, aunque ha servido como tal durante milenios. El mar Cantábrico en esta zona no tiene demasiados abrigos y la orientación norte hace que no sean buenos ni cómodos. Los más cercanos, San Vicente de la Barquera o Suances, tienen la ventaja  de contar con unas rías que, aun con entradas nunca fáciles, permiten un cierto descanso para los barcos que pueden estar seguros y hasta tranquilos en un mar tan bello como peligroso e implacable. Pero esta ensenada no deja de ser un refugio, un lugar seguro, un sitio apartado. De una belleza dramática. Todo su perímetro está protegido por altos e impresionantes acantilados que hacen imposible ir andando de un punto a otro de los dos cabos que la enmarcan, Punta Calderón y Punta del Poyo. Solo es posible por barco o dando un largo rodeo.

Hay poca documentación acerca de Puerto Calderón. No parece posible que haya tenido un uso muy intenso dada su dualidad, ya que es un lugar que, aunque protector, está abierto a un mar que rara vez está tranquilo. Sus aguas son muy profundas y los barcos, incluidos los submarinos, pueden entrar con facilidad sin temor a encallar.

Viaje a Cantabria

Rubén Díaz Caviedes, Flickr.

A pesar de las dificultades, la tradición habla de un uso frecuente por parte de los romanos. Incluso hay quien dice que el Portus Blendium no era el cercano Suances sino el lugar del que nos ocupamos. Durante la Edad Media sirvió como lugar alternativo en el que cargar o descargar, así como para esconderse de piratas o de naves enemigas. En el siglo XX la Compañía Asturiana del Zinc abrió aquí  diversas minas para extraer mineral y construyó un pequeño embarcadero desde el que sacar el material. No estamos lejos de Reocín, un importante yacimiento de zinc, hoy cerrado. Las bocaminas aún pueden verse e incluso entrar en ellas, aunque es bastante peligroso.

Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió de refugio y punto de aprovisionamiento de los submarinos alemanes, esos temibles U-boot que operaban en el Cantábrico y que tantas veces hemos visto en el cine bélico. Es fácil imaginarlo en una de esas películas de nazis. El sumergible emerge y al abrirse las escotillas sale al exterior un oficial alemán impecablemente vestido y con aspecto de malo malísimo. Mientras otea el horizonte con cierto aire de displicente héroe wagneriano, la disciplinada tripulación renueva el aire, vacía los depósitos y las basuras. Y de manera fugaz observan un mundo al que parece que la guerra no ha tocado. O también uno puede imaginar un filme del agente 007, en el que, en una ensenada semejante, bien podría estar la entrada secreta a algunas de las fortalezas del mal que el agente Bond, James Bond, suele destrozar sin despeinarse.

Se llega con facilidad desde el pueblo de Oreña, en el municipio cántabro de Alfoz de Lloredo. Una pequeña carretera nos deja justo encima del acantilado en el que se encuentra la ensenada. Unas explotaciones ganaderas dan un toque surrealista al espacio. Vacas y submarinos no son fáciles de armonizar. Parecen algo ajeno a las idas y venidas históricas. Desde ahí un fácil descenso a pie nos lleva hasta la zona del cargadero, hoy en ruinas. Antes de bajar hasta la orilla conviene contemplar toda la ensenada desde lo alto. Así se tiene una  idea completa de su forma, belleza y utilidad.

Estamos ante un tratado de microhistoria. Verídico pero invisible. Tal vez como toda historia, como todo acontecimiento. Aunque su nombre es relativamente conocido, es raro ver gente. Es un paisaje aislado, como debió estar casi siempre a pesar del milenario trajín. Eso permite una visita relajada, personal e imaginativa. Es fácil sentarse en silencio e imaginar cómo durante milenios, de tan pequeño lugar los seres humanos han sacado un importante provecho. Ha dado y salvado riquezas y muchas vidas. En la actualidad el viajero verá un imponente espacio natural en el que la historia y la cultura apenas han dejado huella. ¿Será una metáfora?

Abajo, en Punta Calderón, todo es ruina. Aún se distinguen las tolvas, los canales de agua para el lavado y los hornos de tostado de mineral. Alguna vagoneta volcada. Poco más queda. Todo abandonado. En una comunidad como Cantabria en la que los responsables del gobierno dicen querer desestacionalizar el turismo, el estado de abandono en el que se encuentra resulta desesperanzador e irritante. La desidia de las administraciones públicas en esta tierra es proverbial. Las construcciones están en tan mal estado que son peligrosas. Pueden derrumbarse y caer al mar en cualquier momento.

Además de esas ruinas, en la actualidad hay unos extraños cables y poleas que bajan de la parte superior del acantilado. A la subida preguntamos por ello a un anciano que vivía cerca de donde habíamos dejado el coche. Nos dijo que eran para bajar hasta el mar las barcas de los pescadores sin tener que hacer un penoso y peligroso descenso de muchos metros. Seguro que será mejor volar con una barca por encima de esos farallones hasta la pequeña hendidura en la que se depositan para, a continuación, salir ya a pescar. En uno de los acantilados, cerca del embarcadero, había un cormorán. Estuvo allí todo el tiempo que duró nuestra visita. Nada tímido. Más bien desafiante o con la completa consciencia de que él sí estaba en su sitio. Nosotros, quién sabe.

Enfrente, la Punta del Poyo cierra el fondeadero. Se aprecian el camino minero que baja hasta el agua y alguna de las bocaminas. Se puede entrar en ellas pero es muy peligroso. El saliente rocoso está perforado por numerosas galerías de las minas de manganeso y blenda ya abandonadas. Impresiona ver esas enormes entradas, tan cerca del mar, que el agua entrará en ellas en los días de tormenta.

Visitar Puerto Calderón es hacer una mezcla de turismo de ruinas, de naturaleza y  de historia. Esencia misma del Romanticismo. Si uno creyera en fantasmas y en presencias aquí podría hacer hasta asambleas. Pero en realidad se visita una ausencia que está poblada de microhistoria. No estuvieron, que sepamos, Augusto o Nelson. Tal vez es mejor, ya que la historia está hecha tanto de pequeños acontecimientos, lugares y personas anónimas, como de grandes nombres. Todas esas personas que han estado aquí a lo largo de miles de años, ¿qué verían en este paisaje?, ¿qué les recordaría?

Pensarían, sin duda, en amigos, en enemigos, desearían hombres o mujeres, rezarían o maldecirían a cualesquiera de los dioses en los que creyeran, soñarían con riquezas, temerían los peligros. Y también observarían la belleza y fuerza de esta ensenada y de este mar que les protegía y les amenazaba al tiempo.

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