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Puerto Lápice sin don Quijote

Puerto Lápice, como muchos pueblos de La Mancha, no precisa de ser evocado apoyándose en Cervantes y su inmortal caballero. Son pueblos y paisajes que merecen la visita, la estancia y los paseos. Visitemos esas tierras sin la sombra del libro que todos citan y casi nadie ha leído.

4 de abril de 2016

Hay quien piensa que el apacible Puerto Lápice es sólo un lugar de paso. Hasta su nombre parece denunciar esa vulnerabilidad. Estar cerca de una autovía no ayuda, al contrario. Y si no hubiera sido por el Quijote aún menos personas lo conocerían. La antigua Venta de Juana María era lo más parecido a la venta donde juró sus armas el Caballero. Pero los viejos del lugar, hace  sesenta años, hablaban de unas ruinas en los aledaños del pueblo que llamaban Ventas de Don Quijote. La realidad y la imaginación se entreveraban.

Sírvanos Puerto Lápice, no de paso, sino de centro desde donde ir poco a poco –que los parajes son inmensos– conociendo esa Mancha que a veces no queremos ver. Tierra más uniforme y a la vez más diferente que ésta, paradoja del paisaje, se ha visto raramente. Todo el centro de la Península es Mancha, incluso Madrid, aunque se las den de capitalinos. Tierra seca, sin mar, con un río engañoso, que se esconde y reaparece, pero tierra que es un mar de viñas y cereales.

Visitemos esos pueblos sin la sombra del libro que todos citan y casi nadie ha leído. Recorramos los campos entre El Toboso, Alhambra, Montiel, Infantes y Puerto Lápice. Calles laterales, tranquilas, algunas con viejos bardales, con grandes portones para carros, blasones en muchas (en Infantes, sobre todo).

Ruta de don Quijote por La Mancha

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye.

Puerto Lápice, en el paso de Andalucía, en la carretera N IV, a 134 kilómetros de Madrid, es tierra más de olivar que viñedo, tierra de caza (esos galgos bien cuidados), de antiguos carros y tartanas (en la carretera antes había letreros, “Carros por arcén, multa 500 pesetas”). Hoy, altos tractores labran las tierras y heredades, cuidadosamente mantenidas. De vez en cuando un ciclista con su azada, un viejo campesino en su Renault 4 L, el cuatro latas.

Es Puerto Lápice un pueblo sin pretensiones, bien organizado, de casas bajas y de una planta, como mucho, sin los engendros que vemos por otros lugares. No hay alharacas y podremos disfrutar de la tranquilidad desde el Hotel del Puerto al Aprisco. Días de lectura y paseos por esas carreteras largas, rectas, solitarias. En la oscuridad quizá nos llegue el rumor lejano de un camión nocturno, de esos que atraviesan la Península, lo que nos da un confort raro en el cuarto silencioso del hotel.

Se intenta hoy inventariar, diseccionar a Cervantes, escarbar sus huesos, determinar cuál era “el lugar de cuyo nombre no quiero acordarme”. En la liza, Argamasilla, Campo de Criptana y, hoy, Infantes. Todo con más afán comercial que cultural. “Indagar lo inexistente”, que hubiera dicho Juan Benet. Preferimos el Cervantes en la penumbra de los siglos, dejando que el viajero sueñe un poco, sin tanto catálogo ni clasificación.

Molino a brazo abierto en tolvanera

leguleyo en batalla vizcaína,

la nueva lanza y más: ¡toda la encina!

te diera mi señor si reviviera.

Llegar a Puerto Lápice a mi lado…

Como dijo Sancho en el soneto de Juan Alcaide, el poeta que fue nombrado con gran acierto hijo adoptivo de este pueblo.

La tristeza dulce del campo. Llanuras, pequeños alcores desde donde la vista se dilata, que Azorín recreó en su Ruta de don Quijote hace más de cien años, hablando de las personas que iba encontrando, del caballero lector y empobrecido o el recuerdo afectuoso de aquella sirvienta graciosa de una venta, cezosita (que cecea). Quizá se necesitaba un levantino, de Monóvar, para devolver sin adornos el espíritu cervantino que flota por esos pueblos, por los que no han sido atacados por la fea construcción. No gustamos de esas alabanzas necrológicas, de obituario, que se acostumbran a publicar en centenarios o en folletos turísticos para salir del paso. La cartografía de esos campos de Calatrava, de San Juan, hasta los santiguistas, está llena de historia y de muchas historias (como las del abuelo Palancas de Félix Grande).

Ruta de don Quijote por La Mancha

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye.

Es refrescante, hasta gracioso, leer el Quijote de una vez por todas, y releerlo con fruición por esos pueblos y campos; su estructura en episodios o estampas permiten abrirlo por cualquier página, siempre inspirador. Pero no es imprescindible el Quijote para apreciar La Mancha. No es necesario hipostatizar La Mancha en el libro de Cervantes. Ella vive sola. Pensar en La Mancha refiriéndose siempre al Quijote es sólo ver lo que pueda restar del pasado, es limitador.

El viajero disfruta de esos campos despoblados, de vegetación escueta, pobre, austera, de amplios horizontes. Una tierra que nos trae misteriosamente el recuerdo de algo que no hemos conocido. Paisajes inmóviles aunque cambiantes con las estaciones. Las tierras son coloradas a menudo, rastrojos y barbechos, como cuando el Caballero Andante, matizan el horizonte. Cielos altos, sin límites, que protagonizan, por la llanura, tres cuartas partes del paisaje.

Ruta de don Quijote por La Mancha.

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye.

Vaya de Villahermosa a Fuenllana (pequeño y pulquérrimo pueblo, donde nació el orteguiano Rodríguez Huéscar, que rememoró esa comarca en su ensayo Homo Montielensis) y aún podrá contemplar esas tierras antiguas de cereal, para solaz de la vista. O a Tomelloso, tierra de García Pavón y de Félix Grande, donde su abuelo Palancas guardaba ovejas y donde su padre trabajaba en una bodega (lean La balada del abuelo Palancas, uno de los mejores libros publicados en los últimos diez años y un prodigio de lenguaje  rico pero sencillo). La Torre de Juan Abad, el destierro de Quevedo, no lejos de San Carlos del Valle, población creada por Carlos III. Con La Torre tuvo Quevedo pleitos de por vida y no debía de ser muy apreciado como señor del lugar. Es también La Mancha el país de Angel Crespo, aquel poeta amante de Portugal e Italia, y del poeta y memorialista Antonio Martínez Sarrión, con jazz y días de lluvia. Tierras secas, pero fértiles para literatura y poesía. Hasta Santiago Rusiñol –que vivió en Aranjuez y recorrió La Mancha– en 1914 le dedicó un gracioso libro, El català de “La Mancha”, donde describe la vida de la región hace más de un siglo, con huelgas, el hijo del catalán, Joanet o Juanillo, metido a novillero, y todas las cosas que pasaban en el inventado pueblo de Cantalafuente, donde bebían vino de Villarrubia de Santiago.

Parajes que asolaron don Rodrigo Manrique y su hijo, que era solamente bueno para los versos y que para lo demás se comportó como un demonio. Quemaron, destruyeron, exterminaron. Los pueblos de la zona sólo empezaron a recuperarse con el reinado de los Reyes Católicos, que establecieron la paz en Castilla.

Ruta de don Quijote por La Mancha.

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye.

Finalmente, recordemos, para otra carta, que La Mancha fue tierra de lienzos y tejidos, los famosos lienceros de La Mancha. Encajes, telas, los manchegos aún muestran su habilidad en este oficio y quizá por eso en Montiel hay fábricas de confección que recuperan, aunque sea para grandes marcas, esa habilidad secular.

Y en los capítulos de almuerzos, tras un buen paseo, no olvidemos el pisto, o el mojetillo, los galianos o las migas, de postre pan de Calatrava, y en verano, los melones de Manzanares regado todo con los vinos que antes se vendían en pellejos y damajuanas y hoy se han sofisticado.

Sirvan estos apuntes, mera muestra de todo lo que hay que ver, y sentir, en La Mancha; conscientes de la imposibilidad de abarcarlo todo, dejamos para otras líneas, Las Navas del Marqués, Almodóvar, Moral de Calatrava (de donde era aquel profesor que me enseñó geografía, don Antonio) y tantos pueblos antiguos y hacendosos.

(Nota: las fotos de los castillos son del Castillo de Montiel y del de Iznavéjor, cerca de Torre de Juan Abad.)

Cervantes, don quijote, puerto lápice, viaje a castilla la mancha, viajes culturales

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