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  • Orientalismos

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    Mariano Fortuny, Francisco de Goya, Francisco Iturrino, Paul Klee, August Macke, Henri Matisse, Lee Miller, Pablo Picasso, Man Ray, Emilio Sala o Joaquín Sorolla son algunos de los artistas con cuyas obras el IVAM reflexiona en torno a la construcción del imaginario de Oriente Próximo y el Norte de África entre 1800 y 1956; esto es: desde la campaña napoléonica en Egipto y Siria hasta la independencia de Marruecos y Túnez. La exposición estará abierta al público hasta el 21 de junio...[Leer más]

  • Una vuelta al mundo en la BNE

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    Tan importante como rodear la Tierra siempre fue contarlo. No por casualidad la edad de las circunnavegaciones fue la época de la imagen del mundo, pero también la de la imprenta y el libro: mapas, derroteros y atlas, cuadernos de bitácora, diarios, literatura de viajes y, naturalmente, bibliotecas. Al fin y al cabo, ¿qué es una biblioteca sino un pequeño microcosmos, un lugar donde recorrer y perderse por estrechos y laberintos? Una exposición en la Biblioteca Nacional de España ...[Leer más]

  • La naturaleza de las cosas

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    Una jaula se transforma en una nube, un cubo de hielo en un regalo, notas de músicas caen como ramas de un árbol, un cactus hecho de piedras... Chema Madoz juega con elementos de lo cotidiano y con la Naturaleza, en fotografías que interpelan y sorprenden al espectador con una nueva visión del mundo. El artista crea objetos nuevos, inventa combinaciones inesperadas, piensa asociaciones insólitas. Muestra la fragilidad de la vida. Su trabajo puede verse hasta el 1 de marzo en una ...[Leer más]

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Querer el viaje

En ‘Teoría del viaje’ (Taurus), Michel Onfray convierte el viajar en un estimulante tema de reflexión. El texto a continuación corresponde al primer capítulo del libro, donde el autor analiza los dos modos de estar en el mundo: el de los nómadas cosmopolitas y el de los sedentarios nacionalistas.

6 de abril de 2016

Al comienzo, bastante antes de todo gesto, de toda iniciativa y de toda voluntad deliberada de viajar, el cuerpo trabaja, al modo de los metales bajo la mordedura del sol. Sumido en la evidencia de los elementos, se mueve, se dilata, se tensa, se distiende y modifica sus volúmenes. Toda genealogía se pierde en las tibias aguas de un líquido amniótico, ese primitivo baño estelar en el que parpadean las estrellas con las que, más tarde, se fabrican mapas celestes y topografías luminosas, donde se señala y localiza a la Estrella del Pastor —que mi padre fue el primero en enseñarme— entre las diversas constelaciones. El deseo del viaje toma confusamente su fuente en esa agua lustral, tibia, se nutre extrañamente de ese manto metafísico y de esa ontología germinativa. No se hace uno un nómada impenitente si no es instruido en propia carne, en las horas en que el vientre materno es redondo como un globo, un mapamundi.

El resto es el desarrollo de un pergamino ya escrito. Más tarde, mucho más tarde, cada uno se descubre nómada o sedentario, aficionado al flujo, a los transportes, a los desplazamientos o apasionado por el estatismo, por el inmovilismo y por las raíces.

Sin saberlo, algunos obedecen a tropismos imperiosos, padecen los campos magnéticos hiperbóreos o septentrionales, caen del lado del levante, basculan hacia poniente, se saben mortales, ciertamente, pero se experimentan como fragmentos de eternidad destinados a moverse sobre un planeta finito: viven de una manera parecida la energía que les afecta y la que anima al resto del mundo; igual de ciegamente, otros experimentan el deseo de radicación, conocen los placeres de lo local y la desconfianza respecto a lo global. Los primeros aman la ruta, larga e interminable, sinuosa y zigzagueante, los segundos disfrutan de la madriguera, oscura y profunda, húmeda y misteriosa. Estos dos principios existen menos en estado puro, a manera de arquetipos, que como componentes indiscernibles en el detalle de cada individualidad.

Teoría del viaje

Tom Pursey, Flickr.

Para representar estos dos modos de estar en el mundo, el relato genealógico y mitológico ha conformado al pastor y al agricultor. Estos dos mundos se proponen y se oponen. Con el tiempo, se convierten en el pretexto teórico para cuestiones metafísicas, ideológicas y luego políticas.

El cosmopolitismo de los viajeros nómadas frente al nacionalismo de los campesinos sedentarios: esa oposición configura la historia desde el neolítico hasta las formas más contemporáneas del imperialismo. Todavía acosa las conciencias ante el inmediato horizonte del proyecto europeo o, más distante, pero igualmente seguro, del Estado universal.

Los pastores recorren vastas extensiones, apacientan los rebaños sin preocupación política o social: la organización comunitaria tribal supone algunas reglas, ciertamente, pero lo más sencillas posible; los agricultores se instalan, construyen, edifican, levantan poblados, ciudades, inventan la sociedad, la política, el Estado, y en consecuencia la Ley, el Derecho que sostiene un uso interesado de Dios vía la religión. Aparecen las iglesias, las catedrales y los campanarios indispensables para ritmar los tiempos del trabajo, de la oración y del ocio. El capitalismo puede nacer y con él hace eclosión la prisión. Todo lo que rechaza ese nuevo orden se opone a lo social: el nómada inquieta a los poderes, se convierte en el incontrolable, el electrón libre imposible de seguir y, por lo tanto, de fijar, de asignar.

El Antiguo Testamento no ha olvidado esta cuestión. Reléanse las páginas inaugurales del Génesis en las que podemos encontrarnos con Caín y Abel, dos hermanos destinados a la tragedia, condenados a la maldición. Conocemos más o me nos la historia del fratricidio o del primer homicidio.

Es más raro que nos acordemos del oficio de los dos protagonistas: el pastor de ganado y el agricultor, el hombre de los corderos en movimiento frente al de campo, el que permanece. Los caminantes, los vagabundos, los giróvagos, los pastores, los corredores, los viajeros, los deambuladores, los viandantes, los paseantes, los agrimensores, entonces, todavía y siempre, opuestos a los asentados, a los inmóviles, a los petrificados, a los que son como estatuas. El agua de los arroyos, que corre, inasible y viva, contra la condición mineral de las piedras muertas. El río, el árbol.

El agricultor mata entonces al pastor, el labrador asesina al cabrero. ¿Las razones? El afecto más nítidamente manifestado por Dios para con la futura víctima. A fin de honrar al Creador, Abel ofrece a los recentales de su rebaño, y también grasa, Caín los frutos de su trabajo agrícola. Y, al parecer, el Todopoderoso concede más atención al pastor. No se sabe por qué. Envidioso, el labrador se arroja sobre su hermano y lo mata. Dios maldice a Caín y le castiga condenándole a errar. Génesis de la errancia: la maldición; genealogía del eterno viaje: la expiación. De ahí la anterioridad de una falta siempre aferrada al ser como una sombra maléfica. El viajero procede de la raza de Caín, tan querida por Baudelaire.

Cuando siglos más tarde un nazareno con mucha labia emprende la ascensión al Gólgota para ser allí crucificado entre dos ladrones, se dice —aunque el Nuevo Testamento permanece silencioso al respecto— que un individuo sin nombre, innombrado y en trance de hacerse innombrable, no quiso dar de beber al hombre que iba camino de su crucifixión. Por esa razón, el avaro que no ofreció ni un trago de agua al sediento fue maldecido y condenado, él también, a la maldición y a la errancia por los siglos de los siglos. Se trataba del judío que da origen al judío errante, destinado a caminar eternamente, maldito, junto a Caín. El labrador fratricida y el judío egocéntrico nos recuerdan que la condena de la ausencia de domicilio fijo acompaña a la falta, al pecado y al error.

Teoría del viaje

Krzysztof Aaron, Flickr.

Desde entonces, se asocia el viaje sin retorno a la voluntad punitiva de Dios. La ausencia de casa, de tierra, de suelo supone, antes bien, un gesto inapropiado, una pena causada a Dios. El esquema impregna el alma de los hombres desde hace siglos: los judíos, los zíngaros, los romanís, los gitanos, los bohemios, los calós y todas las gentes del viaje saben que todos les hemos querido, algún día, forzar al sedentarismo, cuando no les hemos negado el derecho mismo a existir. El viajero desagrada al Dios de los cristianos, indispone lo mismo a príncipes, a reyes, a gentes poderosas deseosas de hacer real la comunidad de la que se escapan siempre los errantes impenitentes, asociales e inaccesibles para los grupos arraigados.

Todas las ideologías dominantes ejercen su control, su dominación, entiéndase su violencia, sobre el nómada. Los imperios se constituyen siempre sobre la reducción a la nada de figuras errantes o de pueblos móviles. El nacionalsocialismo alemán celebró la raza aria sedentaria, arraigada, fija y nacional, al mismo tiempo que designaba a sus enemigos: los judíos y los gitanos nómadas, sin raíces, móviles y cosmopolitas, sin patrias, sin tierras. El estalinismo ruso procedió de la misma manera, persiguiendo él también a los semitas y a los pueblos de pastores de las repúblicas caucásicas o sursiberianas. El pétainisme francés eligió a las mismas víctimas expiatorias, al tiempo que celebraba a los sedentarios regionales, locales, patriotas, nacionalistas, a las gentes de la tierra, a los productos galos. ¿Qué falta se les reprochaba a esas figuras designadas? La de ser inasimilables a la comunidad, irreductibles, imposibles de gobernar, de dirigir. ¿Su castigo? La retención, la asignación de residencia, el encierro en recintos para el ganado, la alambrada, finalmente la destrucción, el gaseo, como con los animales dañinos. El capitalismo de hoy condena de modo parecido a la errancia, a la ausencia de domicilio o al desempleo a los individuos que rechaza y maldice. ¿Su crimen? Ser inasimilables para el mercado, la patria de los adinerados. ¿Su castigo?

Los puentes, la calle, las aceras, las bocas de metro, las bodegas, las estaciones, los bancos: el envilecimiento de los cuerpos y la imposibilidad de un refugio, de un reposo.

El viajero concentra esos tropismos milenarios: el gusto por el movimiento, la pasión por el cambio, el deseo ferviente de movilidad, la incapacidad visceral de la comunión gregaria, la furia de la independencia, el culto de la libertad y la pasión por la improvisación de sus menores gestos y acciones, ama su capricho más que el de la sociedad, en la que se comporta a la manera de un extranjero, aprecia su autonomía claramente situada por encima de la salvación de la ciudad que habita como actor de una obra cuyo carácter de farsa no desconoce.

Lejos de las ideologías del pueblo natal y de la tierra, del suelo de la nación y de la sangre de la raza, el errante cultiva la paradoja de la fuerte individualidad y no ignora que ahí se juega la oposición rebelde y radiante a las leyes colectivas. Zaratustra, que odia las ciudades y la vaca multicolor, le proporciona su figura tutelar.

Teoría del viaje

Jeffrey Zeldman, Flickr.

Viajar supone por tanto rechazar el empleo del tiempo laborioso de la civilización en beneficio del ocio inventivo y feliz. El arte del viaje induce a una ética lúdica, una declaración de guerra a cuadricular y a cronometrar la existencia. La ciudad obliga al sedentarismo interpretable gracias a una abscisa espacial y a una ordenada temporal: estar siempre en un lugar dado en un momento preciso. De este modo, el individuo es controlado y detectado fácilmente por una autoridad. El nómada, por su parte, rechaza esa lógica que permite transformar el tiempo en dinero y la energía singular, el único bien del que se dispone, en moneda contante y sonante.

Marcharse, acomodarse al paso de los pastores, es experimentar un género de panteísmo extremadamente pagano y es volver a encontrar la huella de los antiguos dioses —dioses de las encrucijadas y del azar, de la fortuna y de la ebriedad, de la fecundidad y de la alegría, dioses de los caminos y de la comunicación, de la naturaleza y de la fatalidad— y romper las amarras con los obstáculos y las servidumbres del mundo moderno. La elección del planeta entero como periplo acarrea la condena de aquello que paraliza y somete: el Trabajo, la Familia y la Patria, al menos por lo que respecta a los obstáculos más visibles, más detectables. En tanto que mónada autosuficiente, el viajero recusa el tiempo social, colectivo y restrictivo, en beneficio de un tiempo singular construido por duraciones subjetivas y por instantes festivos queridos y deseados. Asocial, insociable, irrecuperable, el nómada ignora el reloj y funciona con el sol y las estrellas, consulta las constelaciones y el recorrido del astro por el cielo, no tiene reloj sino un ojo de animal entrenado en distinguir las albas, las auroras, las tormentas, las escampadas, los crepúsculos, los eclipses, los cometas, los centelleos estelares, sabe leer la materia de las nubes y descifrar sus promesas, interpreta los vientos y conoce sus costumbres. El capricho gobierna sus proyectos con relación a los ritmos de la naturaleza. Él y su utilización del mundo, el resto no cuenta: por eso procede de los desterrados y los recusados. Cuando se pone en marcha, obedece a una fuerza que, surgida de su vientre y de las profundidades de su subconsciente, le coloca en el camino, le da el impulso y le abre el mundo como un fruto exótico, raro y dispendioso. Desde los primeros pasos, hace realidad su destino. Por las pistas y los senderos, en las estepas y los desiertos, en las calles de las megalópolis o la desolación de las pampas, sobre la ola profunda o en el aire atravesado por invisibles corrientes, sabe que es inevitable la cita con su sombra; no tiene elección.

Michel Onfray

Doctor en Filosofía, fue profesor en un instituto durante veinte años, hasta que abandonó la educación pública en 2002 para crear e impulsar la Universidad Popular de Caen. Es autor de unos cincuenta títulos, traducidos a más de veinticinco lenguas. Entre los más destacados están Antimanual de filosofía (2005), Tratado de ateología (2008) o Freud. El crepúsculo de un ídolo (2011).

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