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    ExposicionesEl mundo no volvió a ser el mismo después de esta expedición. Doscientos treinta y nueve hombres y cinco naos partieron de Sevilla en 1519 en busca de una ruta por el oeste hacia la Especiería. Tres años después, regresaron dieciocho hombres y una nao, después de haber dado la vuelta al mundo. El Museo Naval de Madrid se une a la celebración del quincentario con la exposición Fuimos los primeros. Magallanes, Elcano y la Vuelta al Mundo, abierta al público desde el 20 de septiembre.

Histórico noticias



Quilmes, la ciudad sagrada de los Valles Calchaquíes

Pese a no ser más que ruinas indígenas, Quilmes se considera una Ciudad Sagrada todavía. Situada en los valles Calchaquíes, es el mayor asentamiento prehispánico de Argentina, hoy convertido en yacimiento arqueológico y museo al aire libre.

29 de agosto de 2013

El abra del Infiernillo, a 3.042 msnm., también tiene su apacheta, aquí en forma de pirámide rudimentaria. Estos amontonamientos de piedras son característicos de los pasos andinos, especialmente en la Puna. Algunos tienen siglos de existencia. Los collas –indígenas y mestizos nativos del noroeste de Argentina– los levantan como signo de devoción a la Pachamama, la Madre Tierra, de la cual esperan que les ampare durante su andadura por tan elevados parajes. “A menudo depositan sobre ellos el pucho del cigarro y el acullico de coca que van mascando para superar el soroche, el mal de altura”, nos informa Hugo Olgiati, del Ente de Turismo de Tucumán, que nos acompaña en este recorrido. “Es lo que ellos llaman corpachar”, añade, “un ritual tradicional exclusivo de esta región, ya que en el resto del país el consumo de coca está prohibido”.

A falta de las socorridas hojas de este arbusto, y para respetar la costumbre, hemos agregado nuevas piedras a la apacheta. Cada una de las ya acumuladas, según hemos entendido, simboliza la historia y la vida del transeúnte que la colocó. Claro que existe otra razón que no conocíamos, ésta de índole histórica, para que deseemos conmemorar nuestra travesía del abra del Infiernillo. Es también Hugo quien nos la revela: “Por aquí precisamente, hace casi cinco siglos, pasaron los primeros españoles camino de la gran llanura chaco-pampeana. Todavía hoy sigue siendo la única vía de comunicación entre las cumbres Calchaquíes, que vemos allí al norte, y las sierras del Aconquija, al sur”.

Quebrada de Las Conchas. Valles Calchaquíes, Argentina.

Javier Jayme.

Silencios geológicos, soledades añejas, luminosidad cegadora y cielos exentos de nubes la mayor parte del año: he aquí las señas de identidad ambiental de estos valles, a los que se conoce con el nombre de Calchaquíes. Compartidos por las provincias de Salta, Tucumán y Catamarca, se incluyen entre las regiones más notables y bellas de Argentina. Son 520 km. de depresiones longitudinales en dirección norte-sur  sembradas de pueblos precolombinos y virreinales en gran medida intactos. Una tierra de cantores y copleros –aquí nació una de las danzas tradicionales del país, la zamba– que conquista a fuerza de sones de vidalas y de embrujos telúricos, donde naturaleza, historia, arqueología, tradiciones y mitos conforman una amalgama tan vasta como indisoluble.

En estos valles Calchaquíes, antes de la llegada de los europeos, resaltó con luz propia una de las civilizaciones más australes del Nuevo Mundo: la de los diaguitas. Bajo esta denominación general agruparon los recién venidos de ultramar a yocaviles, quilmes, colalaos, chicoanas, amaichas, tilcaras, purmamarcas y calchaquíes, las principales culturas indígenas de la zona. Sus asentamientos, que datan del siglo X d.C., se consideran las primeras ciudades prehispánicas de Argentina. Y Quilmes, cuya reconstrucción se inició en 1978, fue la mayor de todas.

En busca de las huellas de este pasado aborigen innumerable iniciamos el descenso desde el abra del Infiernillo por la cuesta de los Cardones hacia Amaicha del Valle (voz aimara que significa justamente “cuesta abajo”). La carretera, a través de rocosas quebradas, nos va regalando curvas y contra curvas. También –y haciendo honor a su nombre– ejerce de palco para poder contemplar el anárquico desfile de los cardones, que proliferan entre 2.000 y 3.500 metros de altitud. Esta planta cactácea, cuya primera floración tiene lugar a los 40 años, es la reina vegetal de los áridos y agrestes paisajes calchaquíes. A poco de dejar el abra, un cartel nos advierte de que se trata de una especie protegida y de que el gobierno de la provincia de Tucumán prohíbe la extracción, corte y/o recolección de ejemplares o de sus partes.

Ruinas de Quilmes, Argentina.

Javier Jayme.

La población de Amaicha del Valle, mayoritariamente descendiente de los diaguitas, constituye una comunidad única en el país. Su singularidad es también su privilegio: una cédula real española de 1716 les otorgó la propiedad de sus tierras, cincuenta años después de que su cultura colapsara en la que la historiografía hispanoamericana califica como “una de las mayores tragedias de nuestra historia”. Tal otorgamiento, no obstante, constituye la base de las reivindicaciones que el actual pueblo diaguita hace ante el Estado argentino de sus posesiones ancestrales. Particularmente de Quilmes, su antigua capital, a la que hoy, pese a no ser más que una vasta ruina, sigue considerando su Ciudad Sagrada.

Recorremos los 22 km que separan Amaicha de la otrora próspera urbe-fortaleza, último bastión de la resistencia aborigen frente al avance español, situada a dos mil  metros de altura en una suerte de anfiteatro natural a los pies del cerro Alto del Rey. Se sabe que los quilmes, pueblo agro-alfarero de origen incierto, la habitaron al menos durante ochocientos años. Sus actuales vestigios se desparraman por una superficie de treinta hectáreas. El sol, inclemente, y la luz, despiadada, nos dan la bienvenida al lugar, cuya soledad sería absoluta de no ser por la presencia de Miguel Mamaní, el guía local. “Es que estamos entre semana, por eso no hay turistas”, arguye para disipar nuestro desconcierto, antes de sintetizarnos su abolengo: “Yo soy un colla de acá. Pasando ese cerro –nos lo señala alzando el brazo– tengo mi casa, y entre mis diez hijos y mis cabras me he pasado toda la vida criando.”

Sorteando grandes cardones con espinas dispuestas a todo, paseamos sin rumbo al encuentro de la obra restaurada, sólo una décima parte de las ruinas: tres hectáreas repartidas entre el sector urbano y las dos fortalezas defensivas. Lo que vamos descubriendo realmente a nuestro alrededor es un espacioso mosaico compuesto de pircas semienterradas y muros de piedras apiladas sin argamasa correspondientes a lo que en su día fueron viviendas, casas comunitarias, silos, morteros, tumbas, cistas, terrazas de cultivo y canales para el regadío. “Las partes más negras son las originales, esto que ven claro es lo nuevo”, nos sigue explicando Miguel. Pero conjeturar, con estos elementos a la vista rezumando siglos de afanes marchitos, silencios atrapados e inmovilidades de sepulcro, lo que debió de ser la Ciudad Sagrada en su apogeo es labor de la imaginación de cada cual.

Museo de la Pachamama. Ruinas de Quilmes, Argentina.

Javier Jayme.

Los quilmes eran bravos guerreros. A partir de 1480, y durante 50 años, soportaron las arremetidas de los incas, quienes terminaron por incorporar los valles Calchaquíes al Tahuantinsuyo. El arribo posterior de los españoles supuso otra conmoción en el territorio. Sin embargo, a base de una tenaz resistencia, los indígenas  rechazaron a los nuevos invasores nada menos que durante 130 años. Justo hasta 1667, fecha en la que los quilmes enfrentaron su aciago destino. En ese tiempo su comunidad sumaba unas tres mil personas en el área urbana y diez mil  más en los alrededores. Pero fueron suficientes cuatrocientos  soldados hispanos para infligirles la que sería su definitiva derrota militar.

La táctica de los vencedores consistió en cercar su Ciudad Sagrada, cortarles el acceso a sus cultivos en la fértil llanura del río Santa María y, por último, envenenar los manantiales de las montañas que les aprovisionaban de agua potable. A las flechas y lanzas, hondas y hachas de piedra de los sitiados, sus enemigos oponían petos, corazas y armas de fuego. En menos de un mes, dado lo insostenible de su situación, el cacique Martín Iquín y sus guerreros se vieron abocados a rendirse.

Pero ni siquiera con esta capitulación se consiguió arrancar de cuajo su rebeldía. Visto lo cual, el gobernador de Tucumán, Alonso Mercado, marqués de Villacorta, optó por la solución draconiana: su deportación en masa. Cuentan las crónicas que las mujeres, viéndose forzadas a desamparar su valle, preferían arrojarse al vacío con sus criaturas en brazos. Los 2.600 supervivientes fueron traslados a pie desde Tucumán hasta la reducción de Santa Cruz, cerca del río de La Plata, en lo que es la actual ciudad de Quilmes, en el sureste del Gran Buenos Aires; una marcha de 1.200 km de la que se estima que sólo salieron con vida poco más de cuatrocientos indígenas. De éstos, la mayoría terminó sus días en los húmedos e insalubres bañados rioplatenses, a causa sobre todo de dolencias pulmonares.

La Ciudad Sagrada de Quilmes, antaño depositaria de un desarrollo social y cultural en la alimentación, la arquitectura, la medicina el arte y la astrología y, en definitiva, de una cosmovisión y de una espiritualidad pujantes, ejerce hoy de yacimiento arqueológico para investigadores y de museo al aire libre para turistas que curiosean por sus piedras desimpregnados del dramatismo de su historia.

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