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Histórico noticias



R de Russell

De todos los pioneros que iniciaron el Pirineismo como cultura, sin duda, el Conde Henry Russell es el más singular, porque desarrolló su vida a lo largo de la cordillera, de oeste a este y de norte a sur, aunque estableció su hogar en el Vignemale, pico del que fue propietario durante noventa y nueve años.

24 de enero de 2019

Russell es un nombre que resuena por toda la cordillera: Los picos Russell, las grutas de Russell; un apellido inglés en unas montañas franco-españolas, un apellido común para nombrar algo excepcional. Como con otros apellidos ilustres que dejaron su nombre para denominar muchos hitos en determinados territorios: von Humbold en Sudamérica, Muir en California, Magallanes en las aguas entre el Atlántico y el Pacífico, en Filipinas y hasta en la Luna; estas eponimias nos ponen en aviso de que tratamos con alguien de cuya presencia en una zona geográfica va más allá de la exploración o el descubrimiento de esos territorios, también establecieron un vínculo especial con ellos que ya no podemos disociar, por eso ponemos sus nombres, para memoria de la humanidad, para homenajear su labor, concediéndoles la propiedad de aquello que tanto amaron. Aunque en el caso de Russell, la propiedad fue, a partir de un momento de su vida, del todo literal.

¡Por fin!, hablamos de nuestro querido pionero el conde Henry Patrick Marie Russell-Kilough. Aunque con apellido inglés, nació en Toulouse en 1834, de madre francesa, de quien heredaría el título de Conde; de su padre irlandés, el apellido. De todos los pioneros que iniciaron el Pirineismo como cultura, sin duda, el Conde Russell es el más singular, porque desarrolló su vida a lo largo de la cordillera, de oeste a este y de norte a sur, aunque estableció su hogar en el pico Vignemale. El 15 de diciembre de 1888, Russell se dirige al prefecto de Hautes Pyrénées para solicitar la concesión del Vignemale y la administración resuelve a su favor a cambio de un alquiler simbólico de un franco al año. Durante noventa y nueve años, Henry Russell fue el dueño del Vignemale y allí durmió ciento cincuenta días, una sobre la cima, dos en el collado de Cerbillona y el resto en sus cuevas.

Abecdario de los Pirineos. R de Russell

Carlos Muñoz Gutiérrez.

En 1861, llegado de las antípodas, después de iniciar una vida de aventurero que le llevó con veintitrés años a recorrer Norteamérica; con veinticinco Rusia, Mongolia y China atravesando el desierto de Gobi. Estuvo en Shangái y Hong Kong, y desde allí viajó a Australia y Nueva Zelanda. Posteriormente vivió durante un año en India y regresó a la Francia de su juventud tras recalar en El Cairo y Constantinopla, realizó su primera ascensión al Vignemale en compañía de Laurent, padre de Henri Passet. Desde entonces, su macizo se convirtió, según sus palabras, en su piedra filial. El 8 de agosto de 1904 realizó su trigésima tercera ascensión al Vignemale, con setenta años y cuarenta seis años después de que se iniciara en los Pirineos ascendiendo tres veces el Monte Perdido (1858). Russell solo podía aceptar la Naturaleza en su pureza salvaje y no contemplaba la posibilidad de intervenir en ella con artificios humanos. Ya propietario de la montaña, el Club Alpino Francés le pide permiso para edificar el refugio de Bayssellance, Russell se niega: “La profanación de mi montaña con cadenas o barras es imposible, pues mi territorio empieza en el collado de Ossue y el refugio queda en mi frontera”, argumenta.

Por eso, Russell pensó que excavar cuevas, a modo de refugios, en la roca de las montañas, era perturbarlas menos. Así que a lo largo de su idilio con el Vignemale excavó siete cuevas a diferentes alturas de la montaña para disponer de un refugio en donde pasar sus campañas, independientemente de la altura que alcanzara la nieve en el glaciar. La primera la llamó Villa Russell, culminada en 1882 cerca del pico de Cerbillona, a 3.205 metros de altitud. Acondicionó convenientemente su refugio en el interior de la roca, pero resultaba insuficiente para albergar a amigos, guías y porteadores, pues su modo de vida aristocrático no iba a variar en sus temporadas en la montaña, por lo que en 1885 se embarca en la construcción de la gruta des Guides, a una altura ligeramente superior a la de Villa Russell, y poco después (1888) la Grotte des Dames, más acogedora y caliente que las dos primeras. Pero las fluctuaciones del glaciar provocan que Russell proyecte otras dos grutas, esta vez a 2.400 metros, a las que se les añadirá una tercera para completar las llamadas grutas de Bellevue.

Cuando la dan la concesión del macizo, en 1889, excava (es decir, sus trabajadores excavan) una gruta bajo el Pique Longue, a escasos dieciocho metros de la cima. Es la Grotte du Paradis, en la que se ve obligado a usar explosivos para extraer dieciséis metros cúbicos de roca.

Pico Vignemale, en donde se aprecia la gruta Paraiso

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Seguramente hoy no veríamos con los mismos ojos la intervención de nuestro Conde en la alta montaña y nos parece más razonable construir refugios e instalaciones más propias del individuo moderno para facilitar la estancia montañera en las alturas; pero en ese territorio virgen que eran los Pirineos en el siglo XIX, Russell interpretó de este modo su amor por el macizo del Vignemale, porque, como él mismo lo refiere en su singular libro Recuerdos de un montañero, fue un amor que terminó en matrimonio, como terminan las felices historias de amor:

“El amor un poco misantrópico por la naturaleza no es una enfermedad, no es más que una paradoja y un misterio. Nuestra alma está llena de enigmas. [...] Limitémonos a constatar, a recordar el hecho de que el hombre, por mucho que en sus venas tenga una gota de sangre del Norte, en los rincones más salvajes de su alma, sobre todo, después de haber pasado como yo, veinticinco veranos subiendo montañas, a menudo solo, viviendo en ellas, sobre ellas, ¡casi iba a decir como ellas! Resulta que, al cabo de tantos años de vida nómada y militante, se sigue el ejemplo de los viejos solteros que se casan para sentar la cabeza. Se adopta una montaña, uno se casa con ella, se le adora, se presenta orgullosamente a los amigos, y se termina por encontrarle tantas virtudes y bellezas, por idealizarla hasta tal punto, que ya no se tiene la mirada dulce, nada más que amor sino para ella. He llegado hasta aquí por el Vignemale. A fuerza de vivir allí, me he enamorado.”

Russell, como von Humbold, como Thoreau, como Muir y como esos apasionados naturalistas, convirtió los Pirineos en su hogar sin más empeño ni interés que vivir en aquello que le gustaba, que impregnaba su espíritu de una dimensión mística, aprendió como un científico la geología, la fauna y la flora de los Pirineos, pero no era un científico y no acudió al Pirineo, como otros pioneros, por razones científicas, geográficas o militares; acudió llamado por la belleza de este lugar, al que prefería más que los Alpes o más que cualquier otra parte del mundo. A él se le deben muchas primeras ascensiones de sus cimas, de él reciben el nombre los compactos picos Russell (3.201 metros) que culminan la cresta sureste del Aneto. Russell inicialmente los llamó pequeño Aneto, pero luego, en su honor y en vida del autor, lo denominaron con su nombre. Igual podrían habérselo puesto a muchas de las cimas de la cordillera que ascendió por primera vez, pero había que dejar algo para los demás.

Picos Russell

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Los Pirineos, seguramente más que ninguna otra cordillera, expresan en sus toponimias y nombres propios la historia de su descubrimiento y exploración, honrando así a estos singulares personajes que convirtieron de un modo u otro al Pirineo en su obsesión; pero, de entre todos ellos, es sin duda Henry Russell el más sobresaliente, porque en el fondo no pretendía nada más que vivir feliz en su matrimonio. En el fondo, no era más que un montañero que, como los describía otro eminente alpinista francés, Lionel Terray, son los conquistadores de lo inútil.

Russell era muy consciente de su condición y así mismo se describía en tercera persona, poniéndose en el lugar de la gente corriente y social que tienden a pensar, como les enseñaron, según un esquema de medios-fines:

“¿Cuál ha sido la función de este ser extraño en el mundo? ¿Qué nos ha enseñado? No es más que un acróbata, un exaltado, un neurótico, un solitario, o peor todavía, un panteísta. Es como un sonámbulo que ha pasado por todas partes, sobre la nieve, la arena, los ríos de los dos mundos, sobre los mares más lejanos…Ha pisoteado casi todas las plantas conocidas y desconocidas, sin recoger ni una sola, sin ni siquiera reconocerlas. En cuanto a las rocas, él ha hecho de ellas su mesa, su almohada, su hogar y nada más. Enamorado exclusivamente de lo bello, no ha visto otra cosa en la naturaleza, que, por otra parte, lo ha embrujado. La ciencia nada le debe, pues no ha analizado ni descubierto nada. Su carácter y sus ideas han tomado la consistencia vía movilidad de las nubes con las cuales su vida ha transcurrido en una especie de sueño; ahora bien, los soñadores son inútiles, por no decir dañinos”.

Quizá sea hora de aceptar que necesitamos más inútiles de este tipo que nos enseñen una nueva relación con la naturaleza y la montaña.

Abecedario de los Pirineos, Henry Russell, Pirineos, Vignemale

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