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Reflexiones sobre el paisaje: Animales

La mera aparición en la naturaleza de un animal salvaje delimita un paisaje. En su territorio, al ser humano, observador, sólo le cabe devenir animal, mantener con él una relación de igual a igual. Es lo que le ocurre al capitán Ahab con Moby Dick,en la obra de Herman Melville.

27 de octubre de 2014

La mera aparición de un animal salvaje delimita un paisaje. Cuando la mirada periférica, siempre al acecho y discreta, recaba la atención ante un movimiento percibido en el horizonte, ahí delimitamos un encuadre que hace paisaje. Pero este paisaje es probablemente el único que tiene un rasgo diferencial respecto del concepto prototípico. Nos exige un movimiento, un trayecto, un recorrido de la mirada que enfoca al animal que se desplaza por su territorio. De lo contrario, no tenemos un paisaje, tenemos un retrato. Y por eso no valen las fotos, ni las posiciones estáticas; a un animal no se le contempla (salvo que estemos en el zoológico): a un animal se le rastrea, se le persigue, se le sorprende o, al revés, nos sorprende. Y esa inevitable acción establece una singular relación entre el ser humano y el animal. Una relación que está en un límite, en el confuso límite que separa lo humano de lo animal.

 

El límite que separa el territorio del paisaje

Decía Eduardo Martínez de Pisón: “Los animales tienen territorio, el hombre paisaje”. Y sin embargo, la aparición del animal nos introduce en su territorio y nosotros le encuadramos en nuestro paisaje. Pero a él esto le es ajeno; para nosotros, este hecho, sin embargo, resulta crucial. Así, tan súbitamente como el animal aparece ante nuestra mirada, nos encontramos insertos en su territorio. Y entonces ya no vale mantener las distancias o los géneros, el límite se vuelve borroso y termina desapareciendo. Ahora somos un elemento en el territorio del animal, el paisaje se pone en movimiento por unos momentos: segundos, minutos, tal vez más tiempo. En el territorio del animal sólo nos cabe una cosa, devenir-animal. Es decir, tener una relación animal con el animal, un encuentro. Como el que tiene el capitán Ahab con Moby Dick. En la obra de Melville, la ballena empieza a pensar como Ahab y el capitán piensa como Moby Dick, de un modo obsesivo, de un modo donde ya nada más importa. Uno vive para el otro o contra el otro.

Sólo hay devenir en el territorio, en la geografía, donde se produce una lucha por la territorialidad. Así lo piensa el animal, así se comporta el hombre. Ya sea cazador o sólo quiera fotografiarlo, se inicia un trayecto, un movimiento. En la persecución hay una fuga, un hacer huir y el peligro de perderse. La ballena tendría que haber huido ante la intención de los balleneros, pero la lucha por el territorio la mantiene en su lugar. Ahab y su tripulación deberían haber desistido de la persecución, pero le pierde su obsesión. Y es que toda huida es hacer huir. Huir no es viajar, tal vez ni siquiera haga falta moverse, es un asunto de territorio, de geografía. Los animales tienen territorio, lo marcan con señales, lo poseen, pero siempre disponen de una línea de fuga. En la entrada del hombre al territorio animal, a éste sólo le cabe huir. Aunque en la huida no hay nada asegurado, nunca queda asegurado no encontrar en la fuga aquello de lo que se quiere escapar. El pecado de Ahab es haber elegido a Moby Dick, daba igual qué ballena cazar, le dicen sus marineros; pero el devenir-ballena de Ahab le lleva a establecer esa relación mortal con la ballena blanca. Personalizar al elegirlo convierte al animal en otra cosa, le lleva a la frontera, a un límite donde el hombre pierde su identidad mientras que el animal adquiere una que nunca tiene en su medio salvaje. Para la ballena, Ahab es un hombre; para Ahab, la ballena es Moby Dick, ¿o quizá no? ¿Quizá la ballena sabe que no es un mero hombre? ¿Es el capitán Ahab?

Pero lo normal es que la huida del animal deje pronto las cosas como eran, si para quien desdeña la caza le basta la representación en una instantánea capturada en la huida. Pero ya es retrato. Perdemos el paisaje, mientras el animal busca un nuevo territorio o espera paciente que el elemento extraño y peligroso abandone su propósito.

Ciervo en Monfragüe.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

El límite que separa la señal del símbolo

El límite que separa el trino de la música, el grito del canto, el silencio del sentido. Sin embargo, Walter Benjamin (1) afirmaba que todo se expresa y, para expresarse, requiere de un lenguaje. No hay cosa o acontecimiento que pueda darse que no participe de algún modo del lenguaje. Naturalmente, Benjamin está distinguiendo entre lenguaje en general y lenguaje humano, como queda muy claro desde el título del ensayo. La comunicación mediante palabras es sólo un caso particular del lenguaje en general. Ahora bien, ¿qué es lo que se expresa en el lenguaje? Según Benjamin, lo que se expresa en el lenguaje es el ser espiritual de quien usa ese lenguaje. Luego, Benjamin no comparte la idea tradicionalmente establecida de que la naturaleza salvaje es muda, como pensaba, por ejemplo Fritz Mauthner: “La naturaleza es enteramente muda. Y mudo se quedaría también quien la comprendiera”. Todo se expresa y lo hace, obviamente, en un lenguaje. Mucho más los animales, de quien nadie puede negar que dispongan de sus lenguajes.

El lenguaje animal es un lenguaje de señales, olores, posturas, colores o vocalizaciones: cantos, berridos, ladridos, silbos, etc. Por medio de las señales no sólo delimitan su territorio, casi como un asunto del arte; también se relacionan con todo lo que se introduce en él. De hecho, el territorio es el espacio geográfico que queda delimitado por el acto de señalizarlo, de marcarlo, de defenderlo y, en último extremo, abandonarlo ante el peligro o la derrota, que también marca su pérdida.

El lenguaje humano es simbólico y tiene, frente a las señales, la posibilidad de expresar una realidad distinta a la del propio signo. De suerte que, ¿no podría ser que nuestros paisajes tuvieran el fin último de traducir al ser espiritual que se expresa en los territorios que representamos?

El encuentro con un animal es un acontecimiento, un episodio único que no es designable ni significable. No bastan los nombres que hemos concedido a las cosas que conforman el acontecimiento; tampoco contiene ningún significado que pudiera elevarse más allá de lo que está en este momento ocurriendo. El acontecimiento sólo es expresable. ¿Qué pasa, qué ocurre, qué acontece? Es siempre la pregunta situada fuera del tiempo, aún no es o aún no sabemos que ha sido; por eso el acontecimiento demanda una comunicación inmediata. Pero el lenguaje que requerimos no es el de la significación, pues aun no sabemos qué es; ni el de la designación que nos permitiría reconocer; es un lenguaje esotérico, un lenguaje de la adivinación. La interpretación adivinatoria establece la relación entre el acontecimiento puro (aún no efectuado) y la profundidad de los cuerpos, las acciones y las pasiones corporales de las que resulta. “Leer lo que no está escrito”.

¿Qué pasa, qué ocurre, qué acontece? ¡Un ciervo! ¡Un zorro! ¡Un animal se ha cruzado ante nuestros ojos!

Zorro.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Representar ese acontecimiento, convertirlo en paisaje, no puede ser entonces describir el estado de cosas que lo compone, ni conocer las relaciones que se establecen entre los diversos elementos que se hallan presentes; sólo puede ser, volviendo a Benjamin, expresar el ser espiritual que se manifiesta y que nuestro lenguaje, al representarlo, traduce. ¿No serán nuestros paisajes un hablar en lugar de lo mudo y silenciado, un decir del ser espiritual que el acontecimiento expresado contiene? Un hablar por lo que no ha sido dicho, un poner voz a los que no la tienen y la obligación de hablar por ellos, en su lugar. Luchar por ellos. Esto es, devenir animal.
Y tal vez ahora debamos dar la razón a Mauthner, cuando afirmaba que “mudo se quedaría también quien comprendiera a la naturaleza”. No es eso lo que le ocurrió a Hugo von Hofmannsthal cuando hace a Lord Philipp Chandos relatar a Sir Francis Bacon el sorprendente estado en que se encuentra una vez que le han abandonado las palabras, porque la riqueza de las apariencias de las cosas las hacía inservibles para expresarse, porque:

“Una regadera, un rastrillo abandonado en el campo, un perro al sol, un cementerio pobre, un tullido, una pequeña granja, todo esto puede llegar a convertirse en el recipiente de mi revelación. Cada uno de estos objetos, y mil otros parecidos, sobre los cuales normalmente el ojo se desliza con natural indiferencia, puede de repente, en cualquier momento, que en modo alguno está a mi alcance suscitar, cobrar para mí un carácter sublime y conmovedor que la totalidad del vocabulario me parece demasiado pobre para expresar”.

Y así declara a su amigo que:

“En ese momento he sentido con certeza, no exenta de un punto de dolor, que tampoco en los años inmediatos ni en los siguientes ni en todos los años de esta vida mía escribiré ningún libro ni en inglés ni en latín: y ello por una única razón [...]: porque la lengua en que quizá me fuera dado, no sólo escribir, sino también pensar, no es el latín ni el inglés ni el italiano o el español, sino una lengua de cuyas palabras ni siquiera una sola me es conocida; una lengua en la que las cosas mudas me hablan y en la que quizá un día en la tumba tendré que rendir cuentas a un juez desconocido”.

Rebeco o sarrio en Pirineos.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Y por eso von Hofmannsthal comprendió que “el escritor es un brujo porque vive el animal como el único pueblo ante el que es responsable”.

Ante el animal que nos sorprende y convierte su territorio en paisaje sólo podemos, entonces, hablar en su lugar, ponerle voz, unirnos a su pueblo. Devenir-animal. Del resto, seguramente, un juez desconocido nos pedirá responsabilidades.

 

Notas

(1) BENJAMIN, WALTER. Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje del hombre, en Obras, libro II, vol. 1, traducción de Jorge Navarro Pérez, Abada Editores, Madrid, 2007, pp. 144-162.
(2) VON HOFMANNSTHAL, HUGO. Una Carta (De Lord Phillipp Chandos a Sir Francis Bacon). Traducción de José Muñoz Millanes, Pre-Textos, Valencia, 2008.

reflexiones sobre el paisaje

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