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Entre el mar y la tierra

En la batalla, entre los mares y las tierras, entre la vida y la muerte, bajo la lluvia y entre las nubes, aparece Asturias, con las montañas de los Picos de Europa levantándose amenazantes ante el rugir de las olas, en una guerra eterna entre agua, viento, rocas y cielo.

13 de abril de 2016

De cómo haya sido el abrazo entre los mares y las tierras, quizá puedan darnos respuesta geólogos y geógrafos; pero a los ojos del paseante que desde las orillas de las playas, desde los altos de los acantilados o desde el interior del mar imagina el proceso, no puede sino aterrarse de la lucha que debió haber entre las fuerzas colonizadoras de las olas y las resistencias de los límites de la corteza terrestre.

Bien sabemos que, a lo largo de los tiempos, las cosas fueron muy distintas y muy caprichosas; pero, en determinados lugares, la fantasía se deja llevar ante la contemplación misma del proceso que aún sigue produciéndose. Allí donde el mar se distancia muy poco de la montaña, allí donde los bosques llegan hasta las playas o allí donde los acantilados mantienen una lucha visible contra el ímpetu de la mar, uno comprende que el mundo es el resultado de fuerzas sin intenciones y de resistencias sin voluntades.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

¡Qué ávida se acerca esta ola! ¡Parece como si quisiera alcanzar algo! ¡Cómo se arrastra con temible premura hasta los más recónditos rincones del rocoso barranco! Parece como si fuera al encuentro de alguien; parece que allí hay algo escondido que tiene valor, un gran valor. Y ahora regresa, un poco más despacio, todavía lo bastante blanca a causa de la excitación. —¿Está decepcionada? ¿Ha encontrado lo que buscaba? ¿Se muestra decepcionada?—. Mas ya se aproxima otra ola, aún más ávida y feroz que la primera; su alma parece estar llena de misterios y del deseo de rastrear tesoros. Así viven las olas —¡Así vivimos nosotros, los que tenemos voluntad!—, no digo más. ¿Cómo? ¿Desconfías de mí? ¿Estáis enfadados conmigo, bellos monstruos? ¿Teméis acaso que desvele por completo vuestro secreto? ¡Bien! Podéis enfadaros conmigo, pero ¡elevad tan alto como podáis vuestros peligrosos cuerpos verdes! ¡Construid una muralla entre el sol y yo! —¡Cómo ahora! A decir verdad, ya no queda nada del mundo más que un verde crepúsculo y verdes resplandores. Impulsadlos como queráis, vosotras, insolentes, rugid de deseo y de maldad, o sumergiros de nuevo, sacudid vuestras esmeraldas en lo más profundo del mar, arrojad encima vuestros infinitos y blancos mechones de espuma y las crestas de ola sobre ellos: todo ello me parecerá justo, pues todo os sienta tan bien y os lo agradezco todo tanto. ¡Cómo os podría traicionar! Pues —¡oídme bien!—: yo os conozco a vosotras y a vuestros secretos, conozco vuestra especie. ¡Pues vosotros y yo somos de una misma especie! —¡Pues vosotras y yo tenemos un mismo secreto! (1)

Nietzsche comprendió muy bien el ardor del deseo observando las arremetidas de las olas contra la tierra firme, comprendió muy bien que las consecuencias de los actos no son previsibles mientras las cosas continúen; pero, como quien parase el tiempo de la evolución, en un instante ínfimo del transcurso geológico, el aspecto de esa lucha se manifiesta con tal ferocidad que lo sublime toma cuerpo en la conjunción de elementos de esta guerra eterna entre los mares y los vientos, entre las rocas y los cielos. Y en los resquicios de calma que los lentos procesos parecen disponer anidan especies de seres vivos que unen fuerzas contra la dinámica originaria de los elementos.

Costa de Asturias

Carlos Muñoz Gutiérrez.

A las mareas vivas que ahogan o alargan la extensión de las playas, se une la fortaleza de los acantilados que resisten su acción erosiva, vanguardia de una montaña imponente de agudas formas y profundos desniveles, barrera de vientos y nubes. Y a pesar de ello, a menudo las aguas encuentran su camino y emergen feroces bufones en los días de tempestad, como aquellos de Pria en Llanes. ¿Estos farallones rocosos, primera línea de defensa, protegen una meseta o se apoderan de ella? ¿O las dos cosas? No importa la respuesta, en verdad ocurre que los vientos y nubes que las montañas frenan producen la riqueza que en sus laderas crece, y en sus profundos barrancos y desniveles emerge la belleza como respuesta a la destrucción.

Naranjo de Bulnes

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Picos de Europa y las sierras que en formación de combate se ordenan frente al mar parecen las ruinas que perviven de un combate sin igual, un combate que siempre ocurre y las playas testimonian las amargas derrotas de batallas entre ejércitos muy desiguales. ¿Y no será estrategia? ¿No será que para mostrarse más altivas y poderosas se colocan cerca, lo suficientemente cerca, quizá demasiado, del horizonte plano e ilimitado que el mar conforma? Así, la montaña se levanta amenazante ante el rugir de las olas advirtiendo que la resistencia será tan feroz que tal vez la fuerza no será suficiente.

Algo parecido percibo de las gentes que entre el mar y la montaña habitan los profundos valles y los húmedos bosques, algo que la geografía ha debido contagiar: el empeño en lo querido y la resistencia ante el poder. El poder del suelo que esconde tesoros que hay que desenterrar en oscuras minas, el poder de los mares que alojan el sustento de los hombres y mujeres. El empeño en cultivos heroicos y en pastos de altura. Y esa mezcla de orgullosa resistencia y perseverancia recalcitrante se manifiesta en la exuberante vida que entre el mar y la montaña crece en cada grieta, en cada oquedad, en cada lugar que ofrezca la mínima oportunidad. Y así suena también el canto de las gaitas con una mezcla de arrogancia y de dulce tristeza expresando que a pesar de las dificultades seguirán sonando.

Gaitas asturianas

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Pero podemos mirarlo de otra manera, como el comienzo de todo, allí donde la tierra comienza a elevarse del nivel del mar, apresurada por alcanzar entidad, una entidad borrosa según el curso de las nubes y de las nieves. Donde comienza o recomienza, y eso nos dice la historia y la prehistoria, una nación, con una entidad igualmente borrosa conforme el territorio se extiende más allá de las montañas hacia el sur. Desde las cuevas que habitaron nuestros ancestros a las primeras iglesias. Y, si no, los que decidieron comenzar de nuevo y aventurarse en la conquista o en la emigración, para volver después con el calificativo de conquistador o de indiano y hacerlo notar en sus casas y edificaciones.

Comienzo o fin, poder que avanza o resistencia que frena, evidencia que una lucha eterna se libra allí donde los límites se hacen borrosos y donde cada parte se empeña en trazarlos una y otra vez. En la batalla, entre los mares y las tierras, entre la vida y la muerte, bajo la lluvia y entre las nubes, aparece Asturias. Siempre entre, porque desde el medio aparece lo valioso.

 

Nota

(1) F. Nietzsche. La Gaya Ciencia lib. IV, nº 310.

reflexiones sobre el paisaje, viaje a asturias

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