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Reflexiones sobre el paisaje: Ciudades

No hay mejor ejemplo de paisaje que la visión de una ciudad rompiendo el horizonte desde la distancia. La ciudad es el lugar de lo humano; aunque hoy muchas metrópolis europeas hayan dejado de ser habitables para convertirse en lugares hostiles donde sobrevivir.

16 de febrero de 2015

No hay mejor ejemplo de paisaje que la visión de una ciudad rompiendo el horizonte desde la distancia. El trayecto hacia una ciudad resulta una metáfora perfecta de lo que sea su esencia. Si lo que queremos es responder a ¿qué es una ciudad?, llegar a una ciudad desde un automóvil, un avión, incluso un tren, es penetrar desde lo general a lo particular, es estar fuera o estar dentro, es estar en lo salvaje o cobijarse en lo humano. La ciudad es el lugar de lo humano, el lugar en donde habitamos. En la distancia, nuestra mirada abarca su extensión, su forma, su dimensión. Podemos hacernos una idea general de su historia, de su urbanismo, de su política; pero conforme entramos, aunque sólo sea a su primera calle, en la periferia, en el suburbio más alejado de las maravillas que guarda, la ciudad deja de ser paisaje y se convierte en medio, en entorno, como si nos engullera para siempre y ya no nos dejará escapar. Dentro de la ciudad no hay límites, el confín nunca se alcanza y sus fronteras se nos marcan como los barrotes de un penal. En algunas ni siquiera se alcanza a ver el cielo. Es el límite definido en donde lo urbano, lo propio de los hombres, se distingue de lo natural. Entre medias aún queda ese resbaladizo concepto que es lo rural. Pero incluso lo rural alberga ciudad.  Ésta sólo es paisaje desde fuera y muy lejos de su territorio. La ciudad es, a lo sumo, el paisaje en el que vivimos, lo que habitamos.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

La habitabilidad es, por lo tanto, el concepto clave que diseña el anhelo humano de ciudad. Bien mirado, la habitabilidad es un concepto ético, la arquitectura, el urbanismo, las políticas sociales de los municipios, los medios de transportes, los museos y los teatros, los bares y restaurantes, los edificios y viviendas son las condiciones que hacen o no habitable una ciudad.

Desde que Aristóteles afirmara la sociabilidad del ser humano, lo habitable ha sido el reducto de la ciudad. En el principio la ciudad fue polis, la comunidad social, política y humana de los ciudadanos, así que, como la mayoría de las cosas, fue un invento griego. Porque no se habita en la naturaleza, pero tampoco en los imperios o tiranías, en los feudos ni satrapías. En lo salvaje y en el imperio se sobrevive.

Tras las polis griegas, hubo que volver a inventar las ciudades, los burgos, pero ya no eran comunidades de ciudadanos, sino espacios de intercambio. Como bien se pregunta el Marco Polo de Ítalo Calvino:

“¿Cuáles son las razones secretas que han llevado a los hombres a vivir en ciudades?”

Aristóteles lo deja bien claro:

“La razón por la cual el hombre es, más que la abeja o cualquier animal gregario, un animal social es evidente: la naturaleza, como solemos decir, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene la palabra. La voz es signo de dolor y de placer, y por eso la tienen también los animales, pues su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer y significársela unos a otros; pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo dañosos, lo justo y lo injusto, y es exclusivo del hombre, frente a los demás animales, el tener, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, etc., y la comunidad de estas cosas es lo que constituyen la casa y la ciudad.” (Aristóteles, La Política, Libro I, cap.2)

Así que cuando Calvino afirma que “las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos.” (Ítalo Calvino, Las Ciudades Invisibles, Nota Preliminar), no está diciendo nada distinto de Aristóteles. La ciudad es una comunidad de lenguaje que comparte y difunde un sentido del bien y de la justicia y que todo ello se concreta en esa noción a la que me refería, la habitabilidad, como valor y criterio último, como realidad deseada y proyectada, como condición política y realidad concreta.  Por eso, la ciudad nos acoge y nos sepulta, y se nos pierde su visión entre sus aceras y calles, porque ya no se contempla, sólo se vive o se malvive. Incluso si estás de visita, aunque sólo sea un fin de semana, siempre se vive en la ciudad, por eso somos hombres.

Florencia

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Habitabilidad es el calificativo de lo común que la ciudad escenifica porque nos contiene y conforma en comunidad. Frente a la naturaleza y contra las formas de dominación, de usurpación y de apropiación, la ciudad es el espacio común que no pertenece a nadie porque nos reúne en un ámbito de visibilidad. La ciudad habitable es la escena cotidiana en el que un ser humano teje su vida con los demás. Espacio de visibilidad, no es de extrañar que en su diseño, como en su deseo, el arte acuda a decorar sus edificios y plazas y esconda de la mirada las complejas redes que facilitan la vida. Porque también en la ciudad nos mostramos con nuestras mejores galas ante los demás que son nuestros pares, nuestros iguales, vecinos, todos ciudadanos. No es de extrañar que los que habitan la ciudad sean ciudadanos, y la ciudadanía es la consecuencia política del deseo de ciudad.

 

¿Qué queda hoy de la ciudad?

Si fue una creación griega que se tuvo que reinventar a lo largo de la historia en el burgo medieval, en las ciudades-estado renacentistas italianas, es acertado pensar que fundamentalmente es un producto de la tradición occidental. Y en su expansión como forma de organización política inicia también su proceso de perversión.

En el germen de la ciudad nacerá el estado-nación y, en su proceso de expansión, la capital se convierte en metrópoli y el estado en colonizador, y lo que fue un espacio común, un ámbito de visibilidad, progresivamente fue convirtiéndose en un elemento de propiedad. El común fue usurpado al ciudadano, se tasó el suelo y el ágora se convirtió en mercado. La estancia se transformó en movimiento y el ámbito de la mirada se perdió en complejos canales de comunicación. ¿Qué queda hoy de la ciudad?

Hoy la Ciudad es un archipiélago. Los archipiélagos se caracterizan por quedar unidos por aquello que los separa, lo fragmentario de nuestros sitios, lo distribuido de ellos, imposibilita la continuidad y la causalidad que exige nuestro concepto de lo habitable. Las ciudades posmodernas no pueden ni siquiera localizarse en los mapas, no son transitables físicamente, requieren de elaboraciones virtuales, pues virtuales son sus sitios; requieren simulaciones, pues irreales son sus instituciones y sus gentes. Nuestra presencia en las ciudades se reduce a apariciones apresuradas que cubren un trayecto entre fines. No son sino un mero medio, a menudo hostil, para nuestras intenciones. Cada vez más estas apariciones tienden a reducirse, a limitarse en tiempo, a protegerse en vehículos o transportes que las agilicen. Estos movimientos, a diferencia del viaje clásico, no pueden aportar la continuidad y la causalidad que requerimos para construir vidas, al contrario: parecen imponer una desmembración sólo aliviada por el mundo que nos ofrecen los medios de comunicación. Son los media los que dotan de unidad a nuestros movimientos; pero en ellos, evidentemente, no participamos ni tan siquiera como personajes. Los medios de comunicación imponen juicios y verdades, mantienen la esencialidad de un mundo que, sabemos, ya no posee. La Sociedad de la Imagen resulta irresistible. Pero lo irresistible requiere siempre una aceptación o un engaño o una indiferencia. No habitamos entre las imágenes. Las imágenes imponen sus colores y sus formas, no dejan ningún espacio de posibilidad, no alimentan la imaginación.

Las ciudades contemporáneas son una mercancía igual que todo lo que contienen, alguien se ha apropiado del común, nos ha robado la dignidad de nuestra presencia abierta a todas las miradas, la ciudadanía se ha convertido en masa y el cuidado que en otro tiempo se ponía en su diseño y construcción ha derivado en especulación.

Las grandes ciudades europeas han dejado de ser habitables y se han convertido en lugares hostiles en donde sobrevivir. Ya no son el espacio humano; una dimensión transcendente se ha apoderado de ellas, de sus habitantes, de sus gestores, de sus edificios y maravillas. El capital que acumuló el burgués lo ha devorado todo. Quizá Calvino tuviera razón y ya sólo quedan ciudades invisibles. Pero modificaría un poco su afirmación, porque las ciudades invisibles son el sueño que nace del corazón de las ciudades visibles, aquellas que  fueron y nos arrebataron.

El anhelo de ciudad no desaparece, porque es lo humano, lo más humano. La lucha es entonces devolver la visibilidad a la ciudad, hacerla de nuevo habitable, reivindicar el común arrebatado, reclamar el espacio abierto, fomentar los encuentros entre vecinos y decidir como ciudadanos; es decir, vivir humanamente.

www.festivalelviajeysusculturas.com

Ciudades, festival el viaje y sus culturas, Italo Calvino, las ciudades visibles, Reflexión sobre el paisaje

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