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Reflexiones sobre el paisaje: Cuevas

Los primeros seres humanos encontraron en las cavidades subterráneas no sólo refugio y protección, sino un paisaje maravilloso de rocas retorcidas y caprichosas. Nos adentramos por los caminos tenebrosos y laberínticos de una de ellas: la cueva de Škocjan, en Eslovenia.

19 de octubre de 2015

“En bosques y cavernas, en parajes pantanosos y bajo cielos cubiertos, allí ha vivido, y vivido miserablemente, el hombre como en las etapas culturales de siglos y siglos enteros. Allí aprendió a despreciar el presente, la vecindad, la vida y a sí mismo, y nosotros, nosotros habitantes de las vegas más claras de la naturaleza y del espíritu, aún llevamos hoy en día en nuestra sangre, por herencia, algo de este veneno del desprecio hacia lo más próximo.”

Friedrich Nietzsche (El Caminante y su sombra, 16. Donde es menester la indiferencia)

Que lo natural es inhóspito y cruel se muestra en el origen de la humanidad, pues ésta es precisamente el modo humano de escapar de lo salvaje que nos arriesga en cada instante y nos desborda en la totalidad. Pero, el dilema, el profundo y enigmático problema de cuando sólo hay naturaleza, es en dónde empezar a edificar algo humano en lo salvaje de lo que aún formamos parte. ¿En qué lugar del mundo tendremos que retirarnos para iniciar un camino nuevo? ¿Dónde establecer los límites habitables de un mundo en donde rige la ley del más fuerte y en dónde la permanencia en un lugar depende de la aparición inopinada de una fuerza que nos obliga a huir? ¿Qué se puede defender de fuerzas superiores? ¿Dónde esconderse cuando el combate ya no es aconsejable y la huida no significa una escapatoria?

La cueva: debieron pensar nuestros ancestros prehistóricos. La cueva que nos oculta y nos protege, la cueva que quizá asusta más que la noche y aún en el día nos esconde. Si la cueva está en nuestros orígenes, en su profundo temor, la especie humana es valiente. Y si el razonamiento es aceptado, si la cueva fue elegida como el origen, hay en la tierra una señal clara de lo abierto y de lo cerrado; de lo profundo y oscuro frente a la superficie luminosa; de lo habitable frente a lo inhóspito. Arriba y abajo, en el origen adquirió un valor que la historia ha subvertido. Esta subversión del valor marca el origen de la técnica, de la cultura y de la religión. Frente a lo sagrado silencioso, el dios que nos da su palabra. Y allí donde lo sagrado se esconde, habitarán con el tiempo los demonios del Tártaro o del Averno. La historia es el camino por el que el ser humano sale poderoso de las cuevas para colonizar el exterior luminoso. Abandona la huida para amenazar al resto de seres vivos. En las cuevas el hombre encontrará la confianza para conquistar la naturaleza.

Cuevas de Skocjan, Eslovenia

Carlos Muñoz Gutiérrez.

¿Pero hay algo más inquietante y terrorífico que las profundas cavidades que el tiempo nos descubre bajo la superficie terrestre? Quien haya bajado a las profundidades de una cueva estará de acuerdo conmigo en que su paisaje tenebroso de formas caprichosas y laberínticos caminos parece el peor sitio posible desde el que se pueda iniciar un camino de humanidad. Y, sin embargo, así parece que fue, luego algo ha cambiado profundamente en nosotros respecto de nuestros ancestros.

Las cuevas son los testigos directos de la transformación geológica de la Tierra, y como testigos, decía Paul Celan, nadie les rinde testimonio. El efecto del agua sobre las superficies calizas horada la tierra y la vacía de material. Tras siglos, hundimientos caprichosos dejan abiertas sus cavidades y allí encontraron los primeros seres humanos no sólo su refugio y protección, sino también un paisaje maravilloso de rocas retorcidas y planos yuxtapuestos. Pero el valor de entrar en las simas oscuras y explorar sus espacios, prueba la extraña condición humana, y, tal vez, los recursos de la inteligencia. Porque acceder en la profunda oscuridad de la cueva a su interior, al menos hoy, nos estremece. Su inquietante paisaje sonoro que va desde el silencio más profundo, al goteo que salpica ocasionalmente nuestras nucas produciéndonos escalofríos, hasta el estrépito de aquellas cavernas que han devorado una corriente y que cabalga con fuerza por su interior, en la penumbra, si acaso, nos mantiene en una extraña tensión.

En el suroeste de Eslovenia (1), un país que contiene alrededor de seiscientas cuevas, las cuevas de Skocjan ejemplifican a la perfección este recorrido. En la inmensidad de su sistema de grutas, encontramos primero el mundo del silencio, salpicado de las gotas de agua que filtra la roca exterior, y conforme avanzamos hacia su interior, comenzamos a oír el murmullo que desemboca en un sonido estremecedor cuando alcanzamos el río Reka, que penetra su interior y profundiza la altura de sus bóvedas y de sus abismos.

Aun iluminadas tenuemente por antorchas, el paisaje que contemplamos no es menos impresionante; pero, sin duda, nos empuja a imaginar seres misteriosos y proyectar entre sus planos y formas representaciones de nuestros deseos, invocando a los seres sagrados que seguramente también habitaron allí cuando nuestros ancestros iniciaron el camino de la humanidad.

Cueva de Skocjan, Eslovenia

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Aunque, bien mirado a la tenue luz del fuego, ellas mismas son testigo de su testimonio. En su lenta, pero permanente, metamorfosis, en el progresivo alargamiento de las estalactitas y en el crecimiento de las estalagmitas, en los efectos que las corrientes de aire producen en las aún maleables capas de roca, en los barrocos diseños de sus salientes y prominencias, testimonian la transformación permanente que experimenta la corteza terrestre y, como testigos, nos permiten imaginar un mundo de lo trascendente y sagrado. Una sacralidad que impone el tiempo que no se percibe, pero que revela un devenir que demanda causas que no se entienden. ¿Cómo al azar el agua, el viento y el tiempo, transforman subterráneamente la Tierra y construyen retorcidos paisajes de rocas?

Formas en La cueva de Skocjan, Eslovenia

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Que las primeras manifestaciones artísticas humanas las encontremos al abrigo de sus paredes, amparadas en las condiciones constantes que facilitan la conservación de los trazos, posiblemente signifique que el paisaje subterráneo de las cuevas nos vinculó con otra dimensión, con una dimensión mágica o trascendente. Y allí, en lo más profundo y lo más inaccesible, en lo más sagrado, el hombre prehistórico expresó sus deseos en forma de representaciones mudas.

El arte nace en las cavernas, un arte sin palabras, testimonio callado de un proceso que también silencia la intención, pero que expresa la calma que requiere imaginar alternativas posibles a lo inmediato. Las pinturas rupestres nos emocionan hoy, pero no alcanzamos bien a saber la razón de este impacto en nuestras sensibilidades modernas. Maurice Blanchot, reflexionando a partir de la bestia de Lascaux, dice: “Lo que le afecta, lo que le parece “terrible”, es [...] el silencio, silencio majestuoso, mutismo en sí mismo inhumano y que hace proyectarse en el arte el escalofrío de las fuerzas sagradas, esas fuerzas que, por el horror y el terror, abren al hombre a regiones extrañas”.

Las majestuosas pinturas de Lascaux o Altamira o de tantas cuevas en las que habitaron los hombres y mujeres, en su silencio permanente, en su anonimato, revelan, como un oráculo donde habla lo divino sin que esté presente su palabra, la ausencia de un dios que hable. En las cuevas el ser humano encontró una humanidad, una humanidad caracterizada por lo oscuro y profundo, por el silencio y lo mágico. Adquirió confianza en su seguridad y protección en su abrigo y, pasado el tiempo, mucho menos que el que costó que la caverna se conformara, salió a la luz y allí, pertrechado con el poder de la representación, encontró la luz y el calor; pero, sobre todo, la palabra de un dios, y transformó los valores que orientaron su camino. Y así hoy, la cueva nos parece inhabitable porque ya sólo pueden ocuparla demonios, dragones o bestias feroces. Pero son, en muchos casos, sobre lo que edificamos nuestras ciudades.

No somos, entonces, más que cavernícolas que en lo más profundo y oscuro de las cuevas imaginamos cómo vivir en la luminosa y cálida superficie. De las cuevas salimos armados con el arte, y con el arte la dominación territorial que marca y señaliza, que dice esto es mío o aquí estoy yo, esto me pertenece. En las cavernas se fraguó una singular humanidad, quizá tan solo para escapar de la humedad, de la oscuridad y del silencio aterrador o del goteo incansable o del estrépito que lo cavernoso amplifica. Así seguimos de un lado a otro, siempre buscando algo que allí donde nos encontramos se nos ocurre imaginar.

Cueva de LascauxLa bestia innombrable (2)

La Bestia innombrable cierra la marcha del gracioso rebaño, como un cíclope bufo.
Ocho pullas la adornan, dividen su locura.
La Bestia eructa con devoción en el rústico ambiente.
Sus costados hinchados y caídos están dolorosos, van a vaciarse de su preñez.
Desde su pezuña a sus vanas defensas, está envuelta en fetidez.
Así se me aparece en el friso de Lascaux, madre fantásticamente disfrazada,
La Sabiduría con los ojos llenos de lágrimas.

René Char

Notas

(1) Queremos agradecer la gentileza que la Oficina de Turismo Esloveno y su responsable de marketing, Brina Čehovin, tuvo con La Línea del Horizonte al permitirnos fotografiar las cuevas de Skocjan, imágenes que ilustran este artículo.

(2) Rene Char, La Béte innommable. Este poema pertenece al libro de Char La Paroi et la Prairíe (1952).

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