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Reflexiones sobre el paisaje: El bosque encantado y III

Los bosques son lugares mágicos donde habitan todo tipo de seres fantásticos. Bosques encantados como los de Shakespeare, donde viven hadas y duendes. ¿Dónde irán los dioses cuando ya no queden bosques?

29 de marzo de 2013

Cuenta Elisée Reclus, el gran geógrafo anarquista, de esos pocos que son capaces de gobernarse a sí mismos, que el leñador de los Apeninos apenas se atrevía a introducirse en el bosque, pues pensaba que en el bosque habitaban los dioses. Su voz era el ruido de las copas de los árboles mecidos por el viento; la savia del árbol, la sangre divina, y así, antes de blandir su hacha e impactar en la madera del tronco, decía:

“Si eres dios o diosa, perdóname”.

Sierra de Urbasa.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Pero, sin duda, quien mejor comprende y describe el carácter mágico que los hombres han atribuido al bosque es Shakespeare. En Sueño de una noche de verano, el bosque adquiere un papel fundamental en la obra. Allí viven hadas y duendes liderados por Titania, reina de las hadas, y Oberón, rey de los duendes. Personajes que se divierten o castigan el tránsito por los senderos de su bosque a los incautos mortales. De entre todos, Puck, el travieso, gusta de sembrar el caos, y declara que no hay nada que le guste más que lo absurdo. No obstante, siembran amor entre mortales, quizá inadecuadamente, pero siempre hay arreglo en las cosas del amor. En Cómo gustéis, el bosque de Arden es el territorio del amor y, en Macbeth, las brujas en su profecía tranquilizan a un Macbeth atormentado por la culpa, pero que confía en que los bosques no cambian de lugar. Su fin es evidente cuando el bosque de Birnam sube por la colina del palacio usurpado.

Bosque de Oma, pintado por Agustín Ibarrola.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Nada hay seguro en el interior de un bosque, siempre poblado de seres misteriosos y mágicos que acechan a los pobres y desafortunados mortales que no tienen más arma que su razón, con la que no alcanzan a entender ni dominar fuerzas tan poderosas que producen maravillas.

Con la razón ya Theophrastus Bombastus Von Hohenhein, conocido como Paracelso, en la primera mitad del siglo XVI, en su Libro de las ninfas, los silfos, los pigmeos, las salamandras y los demás espíritus pretende catalogar a estos seres, de una raza distinta a la de Adán, mágicos y misteriosos, que habitan lo salvaje. Seres intermedios entre los compuestos de carne y sangre y los espíritus, que no están formados con tierra y no son palpables ni visibles. Estos seres mágicos son ligeros, como los espíritus, engendran como el hombre y poseen su aspecto y su régimen. Los hay que habitan en el agua, los Ninfos; en el aire, Silfos; en la tierra, Duendes o Pigmeos y, en el fuego, Salamandras. Pero, además, éstos son capaces de engendrar diversas perversiones que adquieren el carácter de monstruos: enanos, gigantes o sirenas. Los gigantes son engendrados por los silfos y los enanos por los pigmeos. Las sirenas son los monstruos de las ninfas.

Tronco de un árbol.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Y es que cuando las religiones monoteístas triunfaron y se extendieron por todo el planeta, parece que los dioses menores encontraron refugio en el bosque. Quizá, el poder omnipotente del dios único los expulsó del Olimpo y éstos no tuvieron más remedio que refugiarse allí donde uno puede permanecer sin ser visto. El bosque siempre ha sido refugio de resistentes, prófugos y maquis. Desde las sombras de las oscuras espesuras, mimetizados con el entorno, cómplices de los pájaros o de los insectos, habitando en coloridas setas y hongos, continúan controlando la suerte de los mortales, porque en el mundo de los hombres hay muchos acontecimientos, a menudo insignificantes, a menudo demasiado particulares, para que un único dios sea su causa.

Si ya las concepciones politeístas contemplaban la existencia de seres intermedios, demonios que mediaban entre dioses y hombres, el dios omnipotente del monoteísmo no pudo arrancar de las mentes humanas infinidad de santos, santitos, duendes, hadas, lamias, monstruos y gigantes y seres poderosos en diverso grado que interactúan cotidianamente con los hombres para bien y para mal, porque no todo en la vida de cada hombre resulta comprensible o aceptable.

Amanita muscaria.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

¿Dónde alojar a todos estos seres desterrados que, sin embargo aún perviven en los corazones humanos? ¿Dónde depositar los miedos que la vida despierta en los hombres? ¿Dónde colocar los delirios de la imaginación que piensa acontecimientos terribles y resoluciones milagrosas? Sin duda, no hay mejor lugar que en un bosque.

El bosque, con su ambiente húmedo y silencioso, con su horizonte escondido y su vida oculta es siempre un bosque encantado. En él, todos estos seres se conjuran, o a él acudimos a invocarlos, y así los cantos suenan a través de las aves y del efecto del viento entre las ramas, y se extienden sin ser vistos para convocar una imaginación humana que no puede dejar de fabular su destino, quizá porque no se decide a agarrarlo por los cuernos, como dicen los anarquistas que son capaces de hacerlo.

Pero los tiempos cambian y en nuestro tercer milenio ya apenas queda ocasión para perderse en un bosque y confiar nuestro destino a esos seres maravillosos, pues el leñador ya no teme, sino que ha convertido el bosque en un elemento de lucro más y tala superficies sin ninguna oración y sin ningún miramiento. Ya todo es tasable según el precio del mercado, y los bosques y las selvas se convierten en materias primas que salen al mercado como la propia humanidad.

¿Adónde emigrarán los habitantes del bosque? ¿Qué nuevo refugio podrán encontrar al que puedan adaptarse? Mala cosa será que no encuentren un lugar habitable los productos de nuestra imaginación, porque entonces la imaginación misma quedará silenciada por la norma, lo dado, lo establecido y, entonces, me temo, perderemos algo propio de los hombres: la capacidad de pensar dioses.

Eso será terrible pues, aunque, como decía Dostoievsky, sin dios, todo está permitido; sin imaginación —decía Celine—, hasta la muerte parece poca cosa.

Raíces de un árbol.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Confiemos que aún encuentren asilo en cuevas o montañas, en desiertos o en las profundidades de los mares. El mercado avanza, pero a la velocidad de la rentabilidad que obtiene, aún, quizá, tengamos algo de tiempo para proyectar imaginativamente nuestros miedos y deseos, nuestras visiones fantásticas que animan y encantan un mundo que hemos hecho gris, tedioso y previsible.

 

Bosque, bosques de shakespeare, reflexiones sobre el paisaje

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Comentarios sobre  Reflexiones sobre el paisaje: El bosque encantado y III

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  • 29 de marzo de 2013 a las 14:23

    Precioso. Ya era hora.
    Nota de ampliación: Brocéliande, en Bretaña. El Bosque, con mayúsculas y sin chauvinismo.

    Por Mar
  • 09 de abril de 2013 a las 18:35

    Si en el bosque percibes sensaciones que la ciudad no te permite, se asocia a lo sobrenatural y Shakespeare nos muestra que los humanos podemos ser intervenidos por espíritus del bosque en nuestras ensoñaciones del amor. Estas son excusas para no hacer nuestras las sensaciones que tanto el amor como los bosques nos permiten experimentarnos de una manera distinta, imprevisible y en ocasiones “como si estuviéramos viviendo un sueño”, arrastrados por fuerzas mágicas que nos permiten vivirnos diferentes a lo cotidiano.

    Por Miryam
  • 09 de abril de 2013 a las 18:41

    Y me encanta que el bosque sea siempre un lugar encantado

    Por Miryam
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