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Reflexiones sobre el Paisaje: El Bosque I

Los árboles no nos dejan ver el bosque, porque el bosque es inabarcable con la mirada: se extiende en superficie, en profundidad, en altura. Un territorio que se expande en todas direcciones y que sólo lograremos comprender si, como Heidegger, nos perdemos en él.

7 de diciembre de 2012

Foto de Carlos Muñoz

El Bosque es inabarcable con la mirada. “Los árboles no dejan ver el bosque”. Se extiende en superficie, en profundidad, en altura. Es un territorio multidimensional. El bosque es la espesura y se expande a partir de su linde en todas direcciones. No es posible enmarcarlo si no es fragmentándolo. Ni la visión cenital ni desde su linde se obtiene un encuadre global. El plano cenital nos proporciona la extensión, pero la densidad del dosel invisibiliza la altura. La multidimesionalidad característica y propia deviene superficie; la espesura, plano. La proyección desde el linde es aún más limitada, lo convierte en línea. Una línea que el horizonte distorsiona hasta ocultar su límite. El linde es siempre, entonces, local; nunca perimetral.

Surge la primera duda: ¿hasta dónde se extiende, si pretendiéramos rodearlo? Pero la segunda duda es mucho más técnica y seguramente su respuesta más arbitraria: ¿por qué los árboles no van más allá de su linde? ¿Por qué no hay árboles a este lado del bosque? Pareciera que el confin del bosque contiene razones profundas que escapan desde luego a la mirada, pero también al análisis. Se dice que, en otro tiempo , una ardilla podría desplazarse de sur a norte de la Península Ibérica sin necesidad de descender al suelo en ningún momento. Pero no es esa la cuestión, porque un bosque requiere su linde que lo pone fin. ¿Y si la ardilla transitaba feliz cruzando España entre las copas de los árboles, cómo se transforma un bosque en sabana y la sabana en desierto y quizá volvamos a empezar? Metamorfosis evolutiva de la geografía de la Tierra que no puede comprenderse linealmente.

Foto de Carlos Muñoz

Carlos Muñoz.

James Lovelock, para demostrar su hipótesis Gaia de que la Tierra es un sistema autopoiético que se autorregula —dicho de otro modo, la Tierra no es un receptáculo muerto de la vida, sino que ella misma es vida y conforma un continuo inseparable con lo que contiene—, ideó su famoso “modelo de las margaritas”.

El modelo de las margaritas es un modelo matemático simplificado del sistema Gaia. Parte de un planeta calentado por un sol con radiación térmica constantemente creciente y poblado únicamente por dos especies de margaritas, unas blancas y otras negras. Las semillas de éstas se han repartido uniformemente por todo el planeta, que tiene humedad y fertilidad uniformes. Ahora bien, las margaritas solo crecerán dentro de una determinada gama de temperaturas. Sobre estos presupuestos, Lovelock programó en un ordenador el modelo y lo puso a vivir.

El resultado fue el siguiente: a medida que el planeta se calentaba, su ecuador alcanzaba las condiciones necesarias para el florecimiento de las margaritas negras, pues son ellas las que mejor absorben el calor. Así, inicialmente el planeta muestra un “bosque de margaritas” sobre el ecuador. Pero pronto el ecuador está demasiado caliente para la supervivencia de las margaritas negras, que tienden a moverse hacia las zonas subtropicales, mientras que las margaritas blancas empiezan a colonizar la región ecuatorial. Como lo blanco refleja el calor, las margaritas blancas consiguen sobrevivir mejor en las regiones cálidas y, en consecuencia, se van extendiendo por el planeta desde su centro, a la vez que sus hermanas negras se van retirando hacia los polos conforme el planeta se va calentando por la radiación solar.

El incremento de temperatura hace que el ecuador ya no mantenga las condiciones vitales ni para las margaritas blancas, así que en un tercer momento evolutivo el planeta muestra el ecuador despoblado, las zonas subtropicales pobladas de margaritas blancas y los polos se empiezan a ocupar por las negras. En la cuarta fase, ni las zonas subtropicales permiten el crecimiento de las flores y entonces encontramos el ecuador despoblado, las margaritas blancas en las zonas templadas y los polos ocupadas por las negras. Naturalmente, conforme el calor aumenta, todo se torna desierto y la vida se extingue.

La espesura del bosque se debe también a su carácter autoorganizativo; pero, entonces,¿qué distingue al árbol de la tierra que lo sujeta, del aire que lo alimenta, del linde que lo conforma y de la vida que alberga? ¿Qué es un bosque? Y volvemos a empezar.

Foto de Carlos Muñoz
Carlos Muñoz.

Bruno Latour, un filósofo francés que se declara no moderno (ni moderno, ni posmoderno) y que ha liderado el nacimiento de los denominados “estudios de la ciencia”, en un trabajo de campo que realizaba una botánica brasileña y un edafólogo francés, nos ofrece una respuesta al enigma de los lindes naturales de una selva amazónica de Roraima (1). La intención de Latour es observar antropológicamente lo que hacen los biólogos, el interés de éstos es determinar si la selva avanza o se retrae. Insistimos en que la selva es virgen y el hombre no ha realizado ninguna actividad en la zona. La situación es que el bosque se detiene en un punto a partir del cual lo que se encuentra es un terreno de sabana. Las hipótesis son que o bien la sabana está poco a poco invadiendo al bosque mediante la transformación del suelo arcilloso en un suelo arenoso no apto para el crecimiento de los árboles, o bien, al contrario, el bosque se extiende y va comiendo terreno a la sabana.

La botánica apuesta por el bosque, el edafólogo por la sabana. Los conocimientos edafológicos afirman que el suelo se degrada de arcilla a arena y nunca de arena a arcilla. El problema, parece, es de suelo, de la tierra. Tras una edafogénesis (2) pormenorizada del terreno se observa que, a veinte metros del linde del bosque, hay una franja arcillosa que delimita el suelo arenoso de la sabana del rico y húmedo suelo recreado por el bosque mediante su sombra y su captación de humedad. Latour está mirando cómo trabajan los científicos para ofrecernos una nueva comprensión de los resultados de la ciencia respecto al conocimiento del mundo. Para no abrumarles con los detalles, terminaremos diciendo que la clave que permite obtener una respuesta resultan ser unas lombrices. Las lombrices parecen ser las responsables de la banda arcillosa que poco a poco transforma el suelo de la sabana para permitir que el bosque avance. El bosque gana la batalla.

Foto de Carlos Muñoz
Carlos Muñoz.

El bosque, su ser y su condición, es un organismo vivo formado por las complejas y singulares relaciones que los elementos componentes establecen entre ellos, su multidimesionalidad se reproduce a todas las escalas, en la espesura de las copas que luchan por la luz, que albergan orquídeas y epifitas diversas, que atraen a insectos. Allí también anidan pájaros de todo tipo, y en las oscuridades subterráneas de su suelo, en donde raíces, invertebrados y bacterias conviven para hacer posible que en la superficie habiten territorializando la tierra animales de diversas clases que compiten entre sí por el alimento y la vida misma.

El bosque es espesura y solo podremos hacerlo paisaje de un modo calidoscópico, a diversas escalas, entretejiendo los encuadres para terminar conformando un puzzle inacabable, porque las piezas se van transformando y terminan ofreciendo una imagen muy distinta de la que, como modelo, empleamos en el inicio de su composición. Como bien lo vio Heidegger, debemos introducirnos en el bosque y afrontar el riesgo de perdernos en él, porque solo en la pérdida comprenderemos lo que es el bosque.

Holz [madera, leña] es un antiguo nombre para el bosque. En el bosque hay caminos [Wege], por lo general medio ocultos por la maleza, que cesan bruscamente en lo no hollado. Es a estos caminos a los que se llama Holzwege ["caminos de bosque, caminos que se pierden en el bosque"].

Cada uno de ellos sigue un trazado diferente, pero siempre dentro del mismo bosque. Muchas veces parece como si fueran iguales, pero es una mera apariencia.

Los leñadores y guardabosques conocen los caminos. Ellos saben lo que significa encontrarse en un camino que se pierde en el bosque.

Martin Heidegger, Caminos de bosque

Así pues, busquemos un camino de bosque y, atentos, veamos que nos depara…

Notas

Bosque de secuoyas

Carlos Muñoz.

(1) El estudio titulado La referencia circulante. Muestreo de tierra en la selva amazónica“, puede leerse en castellano con traducción de Tomás Fernández Aúz en su libro La esperanza de Pandora, publicado en Gedisa, Barcelona, 2001.

(2) Dado que el suelo permanece oculto bajo nuestros pies, una edafogénesis del suelo consiste en elaborar perfiles mediante la excavación de hoyos en el terreno. Un perfil consiste en la reunión de las sucesivas capas de suelo, denominadas precisamente con la palabra “horizonte”. El agua de lluvia, las plantas, las raíces, las lombrices y los billones de bacterias transforman la matriz del lecho rocoso, dando lugar a distintos “horizontes”. Los edafólogos distinguen, clasifican y representan estos horizontes en una historia, que es lo que denominan edafogénesis.

Bosque, reflexiones sobre el paisaje

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