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Reflexiones sobre el Paisaje: El Cementerio

Los cementerios son las ciudades de los muertos, un paisaje en el que rendir culto a nuestros antepasados. La sepultura de Marx en Highgate o la de Walter Benjamin en Port Bou son algunas de las ilustres tumbas donde honrar la memoria de quienes nos precedieron.

8 de agosto de 2013

Para Miryam

Hace 75.000 años, los neandertales enterraban ya a sus muertos. Este dato indica la aparición de la conciencia humana, la conciencia de la muerte, el control del tiempo, el echar de menos a aquellos con los que compartimos la vida, aquellos que nos la dieron y nos transmitieron conocimientos y afectos, la cultura humana. Sin duda, lo más propiamente humano es la conciencia de la muerte, de la contingencia de la vida, de que nada de lo que ha pasado volverá a suceder en los mismos términos. El vínculo que nos une con nuestros antepasados nos dispone en una línea continua que denominamos tradición. Una línea de afectos y emociones que nos lleva a pensar que aquellos con los que compartimos nuestra vida seguirán de un modo u otro cerca, cuidándonos aún, o muy lejos, tan lejos que ya no nos harán más mal.

Nichos en el Cementerio civil de la Almudena, Madrid.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

El sentimiento religioso propio del ser humano se funda en el culto a los antepasados y en las potencias misteriosas de la naturaleza que se nos escapan y nos sobrepasan. A éstas las personificamos con dioses; a nuestros ancestros, a quienes conocimos y fueron nuestros pares, los dejamos descansar en lugares localizados adonde en ocasiones volvemos en paseos rituales para renovar un vínculo que ya no ocurre, pero que, no obstante, no ha desaparecido por completo.
Los cementerios son las ciudades de los muertos y conforman un paisaje extraordinario y paradójico. Paradójico porque consta de dos dimensiones: una real, el lugar tranquilo y hermoso que la muerte impone y por la que la belleza es posible. Porque la belleza requiere de un marco que es la muerte. Porque para que algo sea bello requiere del contraste de su fin, de su contingencia. ¡Cuántos seres hermosos descansarán bajo sus lápidas! ¿Qué vidas habrán tenido? ¿Qué trato les darán aún los vivos? Por eso los cementerios son hermosos en su calma plácida, en el silencio de tantas historias ya terminadas. Edificaciones para el recuerdo callado que, a lo sumo, en una sentencia, resumen el deseo de una vida. “Nada hay después de la muerte, 1942”, podemos leer en una tumba del cementerio civil de la Almudena en Madrid.

Lápida.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Reconozco que cada vez me gustan más los cementerios, no porque contengan muerte, sino porque culminan muchas vidas de gente que me antecedieron y que, como a hombros de gigantes, nos han elevado. Por eso, en ocasiones, soy capaz de desviarme algunos kilómetros o de andar a lo largo de las ciudades para visitar sus cementerios, para rendirles culto a sus antiguos pobladores o sencillamente unos minutos de atención. Y no sólo para visitar tumbas de ilustres y egregios hombres y mujeres a los que sin duda la historia conserva muy vivos, sino de todos aquellos de los que queda sólo el nombre en sus lápidas y las fechas en las que por esos nombres llamaban a sus portadores. Porque, como reza el homenaje de Dani Karavan a la memoria de Walter Benjamin en Port Bou:

“Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre.”

Así, anduve kilómetros por el norte de Londres para visitar la tumba de Marx y no recuerdo horas más hermosas que las que pasé en Port Bou tras desviarme durante kilómetros para visitar la tumba o el monumento que conmemora la muerte de Walter Benjamin en Port Bou, de cuyo cementerio, decía Hannah Arendt, era un lugar muy hermoso, colgando sobre el azul del Mediterráneo.

Cementerio de Port Bou.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Cementerios, ciudad de los muertos, que permiten también un análisis sociológico de cómo vivieron sus moradores, de cómo tratan los vivos a sus muertos, de cómo hasta los muertos terminan en las ruinas que será, al final, el destino de todo lo humano. Porque cuando los vivos de los muertos mueren ya no queda memoria y esa memoria perdida, la tradición de los sin nombre que reclama Benjamin como la tarea de la historia, se diluye entre las ruinas de aquellas tumbas que el tiempo devora, creando, a menudo, nueva belleza.

Tu padre yace enterrado bajo cinco brazas de agua;
Se ha hecho coral con sus huesos;
Los que eran ojos son perlas.
Nada de él se ha dispersado,
Sino que todo ha sufrido la transformación del mar
En algo rico y extraño.

Shakespeare, La tempestad, I, 2.

El Cemitério dos Prazeres, en Lisboa; el cementerio judío de Praga; el de Montmartre, en París; donde yace Marx, en Highgate, o el mismo cementerio de la Almudena, en Madrid, no sólo acogen los cuerpos sin vida de los habitantes de sus ciudades, sino que, entre cipreses, cuya sombra es alargada, muestran una arquitectura que, desde el Panteón glorioso a la simple lápida, inevitablemente nos hace imaginar las vidas de sus habitantes.

El autor y unos amigos ante la tumba de Marx en 1983.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Y aquí emerge la segunda dimensión paradójica del cementerio, la que nos muestra un paisaje extraordinario. Una dimensión virtual que recorre los tiempos y concreta en el más inmediato presente la historia de la humanidad. Tumbas que se convierten en lugares de culto, reliquias que santificamos, fiestas de los muertos, recuerdos de tragedias y holocaustos. Actos de resistencia ante el injusto reparto de los sagrado y lo profano. Un cementerio es exactamente un acto de resistencia ante la muerte, como lo es el arte o la literatura, como lo es la lucha y el combate por la supervivencia. Porque los cementerios no son sino la lucha del hombre por la supervivencia. Y bajo los paseos bordeados de altos cipreses se amontonan los nombres de los hombres cuyas vidas consideramos valiosas y les rendimos culto. Por eso es también comprensible no localizar el descanso del infame.

Sí, me gusta pasear por los cementerios para honrar a mis muertos, pues todos son míos al fin y al cabo, y porque entre sus caminos sombreados recuerdo a los que, muertos en vida, ya no podré localizar, ¡ojalá en el más lejano tiempo!, su tumba y ni siquiera podré rendirles culto ni acudir a decirles que los echo de menos.

Cementerios, reflexiones sobre el paisaje

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Comentarios sobre  Reflexiones sobre el Paisaje: El Cementerio

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  • 08 de agosto de 2013 a las 20:51

    …y acabo recordar otro cementerio: El cementerio marino de Valéry. Aquí van las dos primeras estrofas (porque es bastante largo), en versión bilingüe.

    Ce toit tranquille, où marchent des colombes,
    Entre les pins palpite, entre les tombes ;
    Midi le juste y compose de feux
    La mer, la mer, toujours recommencée
    Ô récompense après une pensée
    Qu’un long regard sur le calme des dieux !

    Quel pur travail de fins éclairs consume
    Maint diamant d’imperceptible écume,
    Et quelle paix semble se concevoir !
    Quand sur l’abîme un soleil se repose,
    Ouvrages purs d’une éternelle cause,
    Le Temps scintille et le Songe est savoir.

    Esta es la versión de Javier Sologuren:

    Calmo techo surcado de palomas,
    palpita entre los pinos y las tumbas;
    mediodía puntual arma sus fuegos
    ¡El mar, el mar siempre recomenzado!
    ¡Qué regalo después de un pensamiento
    ver moroso la calma de los dioses!

    ¡Qué obra pura consume de relámpagos
    vario diamante de invisible espuma,
    y cuánta paz parece concebirse!
    Cuando sobre el abismo un sol reposa,
    trabajos puros de una eterna causa,
    el Tiempo riela y es Sueño la ciencia.

    Por Mar Sánchez
    • 09 de agosto de 2013 a las 17:12

      Sí, y termina en la estrofa XXIV:

      El viento vuelve, intentemos vivir
      Abre y cierra mi libro al aire inmenso,
      Con las rocas se atreve la ola en polvo.
      Volad, volad, páginas deslumbradas.
      Olas, romped gozosas el tranquilo
      Techo donde los foques picotean

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