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Reflexiones sobre el Paisaje: El Faro

Los faros iluminan la noche para dar la bienvenida a los navegantes allí donde finisterre se asoma al mar. Sin estos faros, los marineros no se sabrían orientar. Faros como el de la novela de Virginia Woolf, que anuncian con su luz que el fin del viaje se acerca y muy pronto pisarán tierra.

12 de octubre de 2013

De entre los numerosos peligros y temores, que debieron afrontar aquellos hombres que antes de ser marineros se atrevieron a surcar los mares, más allá de la inmensidad del espacio abierto, de la ferocidad de las olas en las tormentas, de la soledad completa, de lo inhabitable del medio, del sol abrasador del que ninguna sombra podrá protegerlos, debió estar el no saber a dónde ir o a dónde llegar. ¿Qué habrá más allá de la mirada? ¿Cómo alcanzar el destino, si existe alguno?

Orientarse es, desde luego, la principal preocupación del marino. Allí donde no hay sino agua, deben buscarse referencias fuera de ella y, así, fue natural buscar en el sol o en la esfera de las estrellas fijas el compás por el que orientarse al recorrer los mares. Pero estas referencias se pierden en las noches tormentosas donde las nubes no dejan pasar aquellas lejanas luces que, desde las estrellas, dibujan un paisaje mitológico y zodiacal en los cielos. Se puede esperar al alba, pero, ¿y si en la noche alcanzamos las escarpadas costas de alguna isla o los acantilados altivos de los continentes? ¿Cómo advertir que el mar rompe contra una tierra en donde las naves ya no están a salvo?

Faro de Santoña, Cantabria.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Luces en los cabos y en los salientes, potentes linternas que se activan en la noche y guían la llegada de los barcos a tierra. Allí donde el fin de la tierra se asoma al mar, allí hemos fabricado altas torres y hemos situado en su cúspide focos que dan la bienvenida a los navegantes y señalizan el inicio de la tierra. Dibujan la fractal cartografía de las costas y construyen un inquietante paisaje del peligro y de la salvación. Anuncian la imposibilidad de seguir por donde la luz alumbra y señalan el camino correcto en la oscuridad, entre las luces. ¡Huye de la luz y vuelve a la oscuridad!

El faro invierte la intuición humana y nos devuelve al instinto animal. ¡El camino es lo oscuro, por allí queda agua por donde transitar! Contra el símbolo humano, la señal animal, más rápida, más eficaz, porque no requiere de interpretación, porque no permite confusión ni malentendido. Es clara, es precisa, es inmediata, como los lenguajes animales. Por eso también los faros delimitan un territorio salvaje y, más allá, del romanticismo del farero, que en otro tiempo los alimentaba y los cuidaba, ya deshabitados y automatizados refuerzan la ausencia de lo humano y transmiten la soledad de lo natural. Algo humano se suma al mundo silencioso de lo animal, una señal humana aumenta ese silencio.

Faro de Orchilla en El Hierro.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Y ya digo, la romántica idea de huir del mundanal ruido y buscar las soledades de un faro, haciéndose farero, no se sostiene. Nadie como Virginia Woolf, una vez más, para desmitificar ciertas ideas que los imaginarios del turista crean. En su novela Al faro, donde alrededor de la visita al faro pivota una trama de desconsuelo, describe la vida del torrero:

“Caso de que lo acabara esa noche y de que fueran por fin al Faro, se lo llevaría, al torrero para su hijo, que tenía tuberculosis de cadera, junto con un montón de revistas atrasadas, algo de tabaco y todo lo que pudiera encontrar tirado por la casa y que no sirviera más que de estorbo, por llevarle algo a esa pobre gente que se debía aburrir de muerte, todo el día allí sin nada que hacer más que sacarle brillo a la lámpara del faro, ajustarle la mecha y rastrillar aquella birria de jardín, algo para que se entretuvieran un poco. «¿Quién podría aguantar ─se preguntaba─ vivir encerrado durante un mes entero, o incluso más en tiempo de borrasca, en un promontorio del tamaño de un campo de tenis? Y no recibir cartas, ni periódicos, ni visitas, y si eres casado no ver a tu mujer ni tener idea de cómo andan tus hijos, no saber si están enfermos, si se han caído y han podido romperse un brazo o una pierna, no ver otra cosa que las mismas olas monótonas de siempre rompiendo una semana tras otra, y una horrible tormenta que se avecina, y las ventanas salpicadas de espuma y los pájaros estrellándose contra la lámpara y todo el promontorio sacudido, sin que te atrevas a asomarte fuera por miedo a que te barran los embates del mar». «¿Quién aguantaría una vida así? —preguntaba, dirigiéndose especialmente a sus hijas—. Por eso mismo —añadía luego en otro tono— tenemos que llevarles todo el consuelo que podamos»”.

Consuelo para el que vela del consuelo de los demás. Porque aunque la luz del faro anuncia del peligro, también anuncia que el fin del viaje está cerca, que la tierra firme pronto se podrá pisar. Gritar con fuerza y alegría ¡Tierra!, tras una travesía de días o meses viendo nada más que agua. ¡Faro!, luego hay tierra.

Certificado que se emite a aquellos que alcanzan el faro de orchillaTierra, algo de la tierra que mira al mar, pero que es tierra y desde la tierra se accede a o se contempla un paisaje ambiguo y nada definido, fin y comienzo, salvación y riesgo, soledad humanizada, calma ante la tempestad y color y arquitectura y tecnología; pero sobre todo el linde más lejano de la tierra, donde las masas continentales se dibujan como en un mapa. No hay lugar como el faro para comprender el dibujo caprichoso que el mar ha ido lentamente mordiendo a la tierra. Mirador obligado no tanto del paisaje, sino del símbolo. Señal que simboliza, nueva paradoja, nuevo misterio. Un paisaje siempre guarda profundos misterios, acumula historia, relatos que no se cuentan, pero se adivinan, por eso es propicio para la fotografía, para la pintura, para su representación, desvelar lo que el paisaje esconde, mudo, con los símbolos de la representación. Señal representada: eso es el paisaje del faro.

Se convierte, por consiguiente, en lugar de visita, de peregrinación, y ¿por qué? ¿Qué de turístico tiene un faro? ¿Su vista amplia hacia un mar monótono? ¿La costa que señaliza? ¿La posición geográfica que ocupa en donde frecuentemente se localiza el lugar más meridional, el finisterre, el último esfuerzo de la tierra por perdurar? Y, con todo, aún lleno de visitantes y turistas, mantiene esa atmósfera de silencio y de calma, ese lugar todavía no humano, pero ya tampoco salvaje. Edificios vacíos, prácticamente inútiles en nuestros días de GPS y de alta tecnología, a los que se ha permitido un acceso y por el que vamos y regresamos siempre imaginando las tempestades y los naufragios que habrán evitado ante la perseverancia de su luz, que siempre alumbra en las noches señalando el fin del mar y el comienzo de la tierra; aunque también puede ser al revés: el fin de la tierra y el comienzo del indómito mar.

Más que torre de Hércules, debería ser de Jano, el bifronte, dios de las entradas de los hogares, apertura por la que se entra a lo humano y se sale a lo marino. Desde la tierra, mira al mar para anunciarla. El punto entre dos fuerzas, siempre entre, en el medio que une está la clave de lo que acontece.

faros, reflexiones sobre el paisaje

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