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Reflexiones sobre el paisaje: Jardines y Parques

Los jardines, originalmente construidos por reyes y príncipes, son paisajes embellecidos. Una naturaleza urbanizada despojada de los peligros de lo salvaje. Un estado de ánimo y un espacio sin tiempo donde pasar el rato, hecho para ser abandonado.

31 de julio de 2014

Así como declaré que me gustan los cementerios, para ser sincero, debo decir ahora que me disgustan los jardines. Si los cementerios culminan las vidas que conservan en un reducto de espacio la historia entera de la humanidad, los jardines, ¿qué son? ¿Para qué sirven? ¿A qué intención responden?
Ni naturaleza en su estado salvaje, ni ciudad en su estado social. Ni se vive en ellos como hacemos en la ciudad; ni sobrevivimos a su tránsito, como haríamos en la naturaleza. Los jardines o están apartados del mundo o conforman mundos apartados.
Karl Gottlob Schelle, un filósofo del siglo XVIII que reivindica una filosofía popular, dice que los jardines deben ser paisajes embellecidos. ¿Qué significa embellecer un paisaje? Schelle nos explica su idea de jardín:

“La idea de un jardín es indisociable de la impresión de que, a despecho de toda la libertad de la naturaleza imperante, debe su existencia a y para las gentes. Esa impresión se produce gracias a construcciones dispuestas de manera racional, estatuas, puentes, cenadores, rincones, cabañas, bancos y asientos. Pero siempre han de estar en una relación de subordinación con la naturaleza, y ésta ha de mostrarse en toda su variedad, sin que el paseante se le desfigure de forma esclava el placer por medio de una ordenanza prescrita de sus paseos. Todos estos condicionantes los reúne el famoso jardín de Wörlitz.”  (1)

Jardines de María Luisa en Sevilla.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

El párrafo no tiene desperdicio, ¿quiénes son las gentes que construyen jardines y los disfrutan? Los jardines originalmente los construyen reyes, príncipes y aristócratas, son lugares privados adosados a sus palacios y residencias, para su disfrute y, a lo sumo, para sus cortesanos. Como vemos, son una mezcla variada de naturaleza artificial y de urbanismo decorativo y, por lo que parece, permiten pasear sin norma ni propósito.
Sí, esto es un jardín, un paisaje embellecido, un paisaje hecho para ser paisaje. ¡Tengan, pues, cuidado de no meterse en un jardín!
Revisemos hombres ilustres que se atrevieron a penetran en ellos, para lo cual nos podemos ayudar de un hermoso y erudito libro de Ignacio Gómez de Liaño, un libro, me temo, injustamente olvidado o que pasó desapercibido, Paisajes del placer y de la culpa. (2)
En este estudio, Gómez de Liaño revisa precisamente los personajes que se atrevieron a recorrer diversos jardines. Odiseo, que se deleito en los jardines de Calipso y Circe; Erec que se aventuró en “la alegría de la Corte” en el jardín paradisíaco cerca del castillo de Brandigán, según Chrétien de Troyes; el paladín Ruggiero, que consigue escapar de la isla de Alcina en Orlando el Furioso, de Ludovico Ariosto; Reinaldo se enfrentará a la lasciva Armida en su jardín situado en la más occidental de las Islas Afortunadas, que el mar devoró posteriormente, según nos relata Torcuato Tasso en su Jerusalem liberada; Persiles en su isla soñada ante su hermana-amante Auristela, según imagina Cervantes en su Persiles y Sigismunda; el propio Torcuato Tasso en el jardín de Leonor, según Goethe en su tragedia Tasso… En fin… En la literatura, los jardines son los lugares en donde cabe olvidar, mientras se está inmerso en ellos, lo presente, lo que depara el futuro o lo que atormenta del pasado. El jardín es una nada en el tiempo, un espacio sin tiempo, un lugar atemporal en donde pasar un rato. No tiene otra función, olvidar que el tiempo pasa y con él las exigencias de la vida.
Por eso, un buen jardinero debe mantener el jardín siempre en el mismo estado, ajeno a los ciclos estacionales, al margen de la naturaleza, inmaculado al paso de los hombres, reductos de una inmóvil permanencia en un mundo en constante transformación.
Un buen jardinero debe conocer las temporadas de las flores y el arte de la poda, mantener la arquitectura constante y el equilibrio de todos los elementos para que el todo parezca inmutable y nada incomode a los sentidos.

Jardines de los Alcázares de Sevilla.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

¿Y de dónde procede la costumbre humana de hacer jardines? Sin duda, como todo lo humano, procede de su imaginación, de su capacidad de ir más allá de donde se está. Pero la idea del jardín sólo cabe pensar que se funda en una extraña analogía por la que se desea provocar un jardín interior en la estancia fugaz de un lugar propicio.
El jardín es un estado de ánimo que deseamos provocar en el jardín. Jardines, lugares propicios para alimentar jardines interiores del deseo, de la fantasía, de la reflexión, de la verdad o del olvido. Luego nuestra idea de un lugar propio es la naturaleza urbanizada y ordenada a la que se ha despojado de los peligros de lo salvaje y de las tentaciones de lo social. Un lugar en donde nada debe alterarnos, a lo sumo, despertarnos los sentidos, disponernos a los deleites, para hacerlos desaparecer en la plenitud de la conciencia interior. Su máxima expresión es el jardín japonés.

Imagen de la instalación de Esther Pizarro. Un jardín japonés: topografías del Vacio, en el Matadero de Madrid (2014)

Carlos Muñoz Gutiérrez.

¿Y para qué? Desde luego no para revelaciones místicas que el eremita acompaña con la obligada soledad en lo más inhóspito de la soledad de la cueva, no para la producción intelectual que el académico alcanza tras largas jornadas en la biblioteca o el laboratorio, no para la producción artística que sólo aparece tras el sudoroso trabajo en el taller, no para satisfacer la necesidad del alimento porque un cultivo es lo más ajeno a un jardín… Sino para un momento en el que detener la vida. Por eso el jardín se construye, se mantiene para que no muestre variación. Es un espacio sin tiempo, y, si no hay tiempo, no hay acontecimiento.
Aunque todos sabemos que es una pura apariencia. Un escenario en donde interpretar, como en el teatro, un trozo de vida desgajado de su continuo temporal, del hastío de su cotidianidad o de los rigores de su exigencia. Y, ciertamente, como en el teatro, puede producirse catarsis y revelaciones, puede entretener los sentidos o sencillamente trasladar allí la mera vida social. El jardín es un lugar para realizar representaciones.
Gómez de Liaño  lo resume perfectamente:

“Nos volvemos entonces a preguntar: ¿En qué coinciden todos esos jardines? Pareciera que coinciden en ser realidades engañosas, que se han de abandonar para ir o para retornar a la única realidad verdadera, que la razón comunica. Pero, si ahondamos en la clase de realidad que corresponde a esos jardines —con todas las matizaciones que se quiera, dadas sus tan señaladas diferencias—, encontramos que en todos ellos se vive para sí mismo. Se vive la vida como una experiencia estrictamente privada, ajena a los valores morales y a las exigencias sociales. Esas islas-jardines representan mundos incomunicantes, espacios cerrados en sí mismos, que giran en torno al centro de una impresión a la que los demás no pueden acceder en modo alguno por una vía directa. En todos ellos la vida de los sentidos y la imaginación, la de los placeres inmediatos y las fantasías, constituyen ese universo cerrado, esencialmente antipúblico, que, por eso mismo, se ha de abandonar para ir en pos de un género de realidad que será esencialmente comunicativo, público, racional, histórico.”

Sí, un jardín está hecho para ser abandonado, para escapar de él. Todos sabemos que no podemos quedarnos, no se pueden habitar. También nadie queda en el teatro cuando el telón cae. El jardín es un tiempo de juego en una vida adulta, y por eso ofrece elementos de divertimento.

 

El jardín japonés

Jardín Ryoanji, Kioto, Japón.

Decíamos que la ejemplificación radical de esta nada es el jardín japonés, que en su versión zen, sólo busca escenificar el vacío para permitir que una conciencia se llene, pero de una ideología concreta. Al final va a resultar que los jardines no son tan inocentes ni neutrales, sino que simbolizan y escenifican una intención política o social o metafísica. El jardín seco de Ryoanji, en Kioto, intenta hacernos comprender la comunidad mística del todo, y hacia esa dirección se orienta el diseño japonés. Pero, ¿y Versalles, los jardines de Aranjuez o incluso los jardines del Buen Retiro y todos aquellos que resultan de la mano de las cortes europeas?  ¿Los jardines árabes de la Alhambra de Granada o de los Alcázares de Sevilla? Nos son más que una manifestación del poder, de su grandeza y de su privilegio. Jardines privados e inaccesibles, espacios secretos que sólo pueden disfrutar una corte para marcar la profunda diferencia que hay entre los seres humanos: entre los que pueden disponer de un tiempo fuera de la vida en un espacio fuera del mundo y los que no.

Pero la historia también ocurre en el seno del poder, y los jardines incluso dejan de ser útiles para un poder que ya no tiene tiempo para concentrarse en sí mismo y descuidar sus asuntos. Así que los jardines se abren al público y se hacen parques. En la evolución del poder se cree que algunos privilegios se han democratizado; pero, ¿qué significa que algo se democratice? Parece que se quiere expresar que ahora aquello que sólo disfrutaban los menos pueden ya disfrutarlo los más. Democratizar sería participar en la toma de decisión, disponer de la palabra a la hora de la deliberación. Hacer del jardín parque no es sino un caso más de la mercantilización de las cosas. El parque es la salida al mercado del jardín, en donde el cenador íntimo se convierte en chiringuito, en el embalse plácido se montan negocios de paseos en barca y se inicia un proceso de explotación privada de lo que ha devenido intencionadamente público. El espectáculo sale del teatro e inunda nuestras vidas haciendo que nuestro ocio sea también productivo. No, no me gustan los jardines, ni los parques, sigo prefiriendo las altas montañas o los cementerios, porque nadie discute el derecho a descansar en la tierra, que, en justicia, aunque sea poética, es y debe ser de todos.

 

Notas

(1) K.G. Schelle, El arte de pasear, edición de Federico L. Silvestre y traducción de Isabel Hernández, Diaz y Pons Editores, Madrid, 2013, página 69. El jardín de Wörlitz a orillas del Elba, en Dessau, pasa por ser el primer jardín a la inglesa de Alemania. Mandado construir por el principe Leopoldo III entre 1769 y 1773, lo realizaron F.W. Erdmannsdorff y J.F. Eyserbeck.

(2) Ignacio Gómez de Liaño, Paisajes del placer y de la culpa, Técnos, Madrid, 1990.

parques y jardines, Reflexión sobre el paisaje

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  • 31 de julio de 2014 a las 11:08

    Quiere decir el autor, entonces, que deberían eliminarse todos los jardines y parques de las ciudades?, quizá también los árboles, las macetas…, quedarían entonces tremendos termiteros atufados por los coches. Bufff…

    Por Celia
    • 31 de julio de 2014 a las 20:18

      No, no quiero decir más que lo que digo. Y desde luego no se sigue que haya que eliminar los jardines o los parques

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