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En el silencio

WADE DAVIS

Editorial: PRE-TEXTOS
Lugar: VALENCIA
Año: 0
Páginas: 1148
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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La triste epopeya de  George Mallory,  el mejor alpinista de Gran Bretaña en su momento,  y el inexperto Sandy Irvine, por conquistar el Everest ha sido contada de mil maneras y ha dado pie a excelentes relatos. Lo que nos ha gustado de esta monumental reconstrucción de aquella escalada es el prolijo esfuerzo de su autor por desvelarnos el contexto que la alentó. La servidumbre de intereses de la expansión colonial de Gran Bretaña, la dominación de Asia, la necesidad de dar esperanza y horizontes a una generación rota tras la I Guerra Mundial. Si la montaña siempre ha ofrecido un tesoro de simbolismo de altura, el Everest significaba la cumbre de cualquier ambición. Mucho más que un relato de montaña, desde luego.
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Reflexiones sobre el Paisaje: La isla desierta

Las islas desiertas son los sueños de quienes, atrapados por la tierra o condenados por el mar, desean comenzar de nuevo. Un buen ejemplo es la isla que Daniel Defoe imaginó para Robinson Crusoe, o las Galápagos, donde Darwin elaboró su teoría de la evolución.

15 de junio de 2013

Una isla es el paisaje que queda ya delimitado por aquello que, rodeándolo, lo aísla y lo separa de la continuidad del territorio. Naturalmente, si es paisaje, requiere que ante la mirada se descubra por completo en su extensión. A diferencia de otras miradas, la que atiende a una isla, aunque cargada de intención, ni delimita ni encuadra, pues sus límites están fijados por lo que ya no es y por lo que hace ser isla. El mar que hace de marco dibuja el ser de la isla.

Si ya es paisaje sin necesidad de una mirada, la mirada mitifica y produce un paisaje mítico. Pues mito es pensar lo que es de un modo muy distinto de cómo se es. Toda isla es fruto de la imaginación humana. ¿Toda isla? No, no toda. El mito que contiene una isla requiere de una condición: estar desierta. Pues lo que dispone la imaginación humana en la mirada que hace paisaje de un paisaje ya establecido por su aislamiento es la posibilidad del origen, de un empezar de nuevo, de empezar desde el comienzo. La isla desierta abre a la imaginación renacer ante la salvación inesperada o el comienzo desde un origen que queda ya inaccesible. Así, la isla nos abre a un origen mítico.

La isla desierta no tiene que ser desierto, basta con que esté deshabitada, despoblada. Ya vimos que todo desierto contiene un pueblo, la isla que emerge de los fondos marinos o que se separa de la corteza continental une a su pura contingencia la posibilidad de un destino, de una estancia eventual o accidental, deliberada o casual, forzada o deseada. Encontrar una isla significa la posibilidad de urdir un destino, sin necesidad de dioses o de linajes, sin necesidad de órdenes ni jerarquías, aunque, eso sí, en la soledad que abisma y asusta. No una soledad psicológica, sino cósmica, tan mítica como solo puede ser imaginar el comienzo.

Isla Robinson Crusoe.

Las islas surgen ya por segregación de la masa continental, como si quisieran huir de la continuidad que las atrapan en una indiferencia o en una cautividad difícil de soportar, ya porque desde los fondos oceánicos esa masa de tierra sepultada reclama su aparición ante lo que sepulta y ahoga. Como las islas, aquellos que alcancen sus costas será igualmente por segregación o por emergencia. El deseo de habitar un lugar despoblado, que sólo puede ser isla sin historia, sin cultura, sin memoria, será porque se quiera por siempre o por temporadas separarse de la masa, de la historia, de la cultura o de la memoria que nos tiene atrapados en una secuencia que no deseamos y que sólo puede romperse en una huida a un origen, y buscamos una soledad cósmica que es ya imposible en lo poblado. O bien porque, náufrago o perdido de lo propio, no tenemos más remedio que habitarla o perecer en lo inhabitable.

En ambos casos, la isla es la salvación. Salvar una vida que se daba por perdida o escapar de una larga agonía cuyo horizonte es una muerte en vida. Rebeldes o náufragos sueñan con islas. Las islas desiertas son los sueños de los hombres que, atrapados por la tierra o condenados por el mar, sólo desean comenzar de nuevo. Renacer, disponer de una segunda oportunidad, una repetición que salva y que abre un destino con la carga de una memoria culpable.

Siempre, el origen promete un futuro incierto porque se accede a él en una plena ignorancia. Por eso las almas platónicas, que descienden del mundo de las ideas para encarnarse corporalmente en el mundo sensible, olvidan todo lo que ya aprendieron; pues, de lo contrario, sabiéndolo, sería terrible acoplarse al mundo histórico que los hombres han producido. El Leteo, el río del olvido, nos salva ante la pérdida, como la isla.

La cultura humana, esa propiedad exclusiva del homo sapiens de acumular experiencia que se transmite a la descendencia para facilitar la supervivencia, nos libra de la ignorancia del comienzo, pero contiene un alto coste para los recién llegados. La experiencia de los antepasados es una condición insalvable. La memoria, la historia, la cultura es un tren en marcha al que uno está obligado a subirse si se quiere vivir, y cuyo destino, aunque desconocido para el nuevo pasajero, es ineludible. Esto es lo que impulsa a la imaginación a desear poder comenzar livianos, sin lastres, por propia voluntad. Eso es lo que el náufrago encuentra tras su salvación: la responsabilidad completa de lo que ha de venir, de lo que va a ser un nuevo origen de una vida humana.

Detalle del mapa del norte de África de 1707 según Guillermo Delisle, Carte de la Barbarie de la Nigritie et de La Guinée

Noé, cuando tras la larga deriva en las aguas del diluvio encuentra tierra firme en el monte Ararat, una isla desierta por entonces, asume la responsabilidad de reiniciar una raza que había sido condenada por sus pecados.

¡Cuán distintas son las islas que Odiseo encuentra en su retorno a Itaca! Porque las islas de la Odisea están pobladas de culturas que no son las de Ulises, regidas por magas y reinas que acogen y a la vez ponen en peligro el retorno a la propia. Porque estas islas en donde reina Circe o Calipso expresan el peligro que toda isla, y mucho más si es desierta, contiene: no poder escapar de ella, no regresar jamás.

Luego, el rebelde, consciente de lo que no quiso, se encuentra con la difícil tarea de construir desde la nada algo mejor, y el náufrago, salvado por la tierra firme que la isla ofrece, quizá tenga que resignarse a lo que no quiere. Todo premio contiene un castigo y, en la isla desierta, peligro y salvación se unen como el haz y envés de la hoja, como las caras de la moneda, como mar y tierra que mantienen la indescifrable combinación al no saber que está sobre o que está dentro. Y es que las islas ejemplifican como nada el abrazo constitutivo de los elementos, agua y tierra, que dan la vida y que la entierran.

 

La isla del tesoro

Por eso nada mejor que una isla para enterrar secretos y tesoros. Aprovechar el cautiverio al que nos somete el mar que la rodea para enterrar riquezas ilegales y leyendas, tan míticas como la atmósfera, incluso, de su propia existencia. Así, no es extraño encontrar leyendas de islas que emergen y desaparecen entre las brumas y las nieblas, como es el caso de San Borondón en el archipiélago de las Islas Canarias o tesoros en islas que llevan sin más el nombre de La Isla del Tesoro, porque éstas ni nombre tienen de lo desconocidas que son. De tal manera que, al final, lo realmente valioso es el mapa que puede conducirnos a ella.

Pero, tal y como está el mundo, la isla desierta, mito del origen, sueño de los hombres y conciencia del náufrago o del rebelde solo existe en la literatura:

Lo que significa, una vez más, que la esencia de la isla desierta es imaginaria y no real, mitológica y no geográfica. Por ello mismo, su destino queda sometido a las condiciones humanas que hacen posible una mitología. La mitología no nace de la simple voluntad y los pueblos llegan enseguida a no poder comprender sus mitos. En ese momento es cuando comienza la literatura. La literatura es el intento de interpretar muy ingeniosamente los mitos que no se comprenden, cuando ya no se comprenden porque no se sabe cómo soñarlos ni reproducirlos.

(Gilles Deleuze, La Isla Desierta, p.18, en La Isla desierta y otros textos, Pre-textos, Valencia, 2005)

 

La isla desierta sólo es un personaje literario, un escenario en donde imaginar un origen desde cero, una repetición salvadora. Y alrededor de este mito encontramos casi un subgénero literario que, con mayor o menor prospección, nos deja siempre en el aire la pregunta de cómo te las arreglarías en una isla desierta o, si la hipótesis es aterradora, aquella otra más consoladora de qué te llevarías a una isla desierta. La isla desierta nos fuerza a pensar qué es lo verdaderamente valioso.

En el extremo más triste y aburrido encontramos a Robinson Crusoe. Expresión perfecta del náufrago que reproduce en soledad la sociedad de su tiempo, incluida la esclavitud de Viernes. Precisamente será Viernes o los limbos del Pacífico, de Michel Tournier, quien, desde una lectura deconstructiva de la obra de Defoe, nos ofrece un esclarecedor análisis de Robinson. Un tipo que salva con él toda la civilización que le ha conformado y que la reproduce al milímetro hasta su relación etnocéntrica con Viernes. ¡Cuánto hemos deseado que Viernes no perdiera tan pronto sus hábitos antropofágicos y que de una vez se hubiera comido a un Robinson sin imaginación! En el relato de Tournier, sin embargo, Robinson aparece más humano, tan humano que al final siente pertenecer a la isla permaneciendo orgulloso de su producción en ella y, por el contrario, Viernes, mucho más lúdico y soñador, aprovecha la oportunidad de ver otros mundos, de escapar precisamente de su aislamiento salvaje.

Las islas Galápagos, con sus endemismos y singularidades, permitió a la mirada atenta y observadora de Darwin elaborar la teoría de la evolución. La teoría de la evolución muestra, no mitológicamente, que si no el origen, sí la evolución de los seres en una isla puede diferir enormemente de la vida en el continente. Subraya así la esperanza de que, tal vez, en una isla desierta con tesoros o sin ellos un náufrago o un rebelde pueda, como Noé, empezar de nuevo una vida humana distinta de la que hoy vivimos y que tan difícil resulta transformar.

Las álápagos desde un satélite

Al final, tristemente, es posible que William Golding tenga razón. No había escenario mejor que el que nos plantea en El Señor de las moscas: unos niños sin la compañía de adultos, una isla desierta, un obligado comenzar de nuevo, y, sin embargo, el resultado es el mismo. ¿Será que los hombres están condenados a enfrentarse, a luchar por el poder, a imaginar seres que les someten, a matarse entre sí, y, en consecuencia, a soñar con islas desiertas en donde intentarlo de nuevo?

Quizá alguna vez se logre, quizá de los fondos marinos emerja alguna isla que un náufrago alcance antes de que alguna nación descubra los tesoros que entierra. Entre tanto, pidamos al actual rey de Redonda, Javier Marías, que nos haga ciudadanos de su isla.

Islas desiertas, islas galapagos, reflexiones sobre el paisaje, Ronbinson crusoe

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  • 17 de junio de 2013 a las 13:27

    William Golding no creo que lleve razón. No, no estamos condenados ni a enfrentarnos, ni a luchar por el poder, ni a matarnos entre nosotros. Son elecciones que por suerte no hacemos la mayoría. Y sí, una que parece caracterísitica propiamente humana es el deseo de comenzar de nuevo, de renacer, cómo no, el deseo de nuevos orígenes, de olvidar lastres; claro que sí. Responsabilizándonos de lo que vaya a venir desde la observación de qué es lo verdaderamente valioso.

    Por Miryam
  • 06 de julio de 2013 a las 20:15

    Me ha gustado mucho su artículo sobre islas desiertas. El tema de la isla me apasiona y he escrito un libro de poemas que se titula precisamente así, Islas. Se editó en Madrid hace unos años. Si le interesa leer algunos poemas puede hacerlo en mi página web: http://www.mercedesescolano.jimdo.com
    Mercedes Escolano

    Por Mercedes Escolano
  • 13 de agosto de 2013 a las 20:13

    Estoy de acuerdo con el autor. La isla desierta alimenta el sueño no realizable de volver a empezar y crear otro mundo mejor. Es el lugar de todas la utopías, de todas las paradojas y de todas las contradicciones. Pero yo no puedo dejar de ser quien soy y habitaré la isla con ese equipaje y repetiré mis equivocaciones, aunque podré limarlas, matizarlas o disimularlas. Si mi vida corre peligro o mis intereses se ven amenazados, habría que ver qué queda de mi capacidad de comprensión y empatía con los demás, por ejemplo. De cualquier forma, como tiendo a la misantropía, me marcharía a una isla desierta no para reiniciarme, sino para desaparecer cuando ya esté saturada de todo y de misma, cuando ya no entienda nada de lo que me rodea, para convertirme en eremita y quitarme de enmedio. Y, no, no me llevaré ningún libro, ni nada que me recuerde el mundanal ruido. La isla desierta es el punto final pero no dejaré de fantasear con que allí estaré mejor que aquí, si el aquí me supera. Es que no podemos vivir sin esperanza. Y ese sí que es un motor poderoso.

    Por Mar Sánchez
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