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Reflexiones sobre el Paisaje: Los ríos

Qué sería del antiguo Egipto sin las aguas del Nilo, de la India sin el Ganges, de la Europa central sin el Rhin o el Danubio, de la selva sin el Amazonas o el Orinoco, de Norteamérica sin su Mississippi. Qué sería de los paisajes sin el fluir de los ríos que los moldean.

20 de noviembre de 2013

“No te puedes bañar dos veces en el mismo río”

Heráclito de Éfeso

Desde la orilla sur del río Colorado, donde su cañón alcanza su máxima extensión, contemplando una furiosa tormenta que se desarrolla en su orilla norte y que no nos alcanza, pero que alimentará las aguas del cauce, asomándose todo lo que el vacío permite, la visión del agua del río no se alcanza. ¿Cómo algo tan pequeño y tranquilo ha podido producir tan profunda erosión? ¿Qué combate a lo largo de los siglos han emprendido las aguas contra las rocas para desencadenar tan descomunal paisaje? ¿Y quién ha vencido en este incesante enfrentamiento? Dirán que el agua que ha ido minando y descomponiendo la roca; pero, sin embargo, poco a poco, conforme cede su material al río, la tierra va hundiendo en su seno, invisibilizando, anulando la corriente imparable que es un río. Y al final, con profundas grietas o abruptos cañones, la tierra permanece y el río termina yendo a parar al mar, ¿qué es el morir?

Cañón del Colorado, USA.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Desde la orilla del alto Indo, tras largas y duras jornadas de caminata a la búsqueda de los glaciares de las altas montañas, uno desea darse un baño en sus aguas y descubre, no sólo que no te puedes bañar dos veces en el mismo río, sino también que el agua del Indo no limpia la piel sedienta y cansada, sino que la ensucia de barro y, por mucho que se desee filtrar el líquido del material que transporta, al final se descubre que no hay diferencia entre el agua y el limo que arrastra. Allí, a orillas del Indo o del Shigar, el afluente que nace directamente del glaciar del Baltoro, comprendes cómo las aguas desbastan las tierras y cómo a su paso nada se resiste a su fuerza.

Nacimiento del Shigar desde el glaciar del Baltoro, Pakistán.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Mucho más, si uno tiene la experiencia de tener que cruzar un pequeño torrente después de un aguacero tropical en la época de las lluvias y sentir cómo el agua que galopa sobre sí misma, te arranca de debajo de los pies el suelo que pisas, dejándote a merced del fluir desbocado, que parece querer ir más deprisa y se ondula saltando ola sobre ola, gota sobre gota.

Dificultades para vadear un torrente después de un aguacero.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Este es el rasgo de lo fluido, llena el espacio y lo desborda y, conforme se aumenta la cantidad, experimenta un cambio cualitativo: su masa líquida se convierte en energía, según ya formuló Einstein. Fuerza que se acelera ella misma. Las corrientes se animan, se empujan, porque siempre hay un espacio disponible para ocupar, y terminan produciendo una fuerza desbordante, una avalancha, una inundación. Lo sólido se amontona y requiere de un suelo firme a partir del cual pueda elevarse. Bajo o alto, la masa sólida no modifica su calidad por la cantidad, montón o loma, colina o montaña, se diferencia en altura. Una gota con otra conforma regueros que, con otros, producen torrentes que horadan la tierra y hacen canales para sumar más líquido y hacer ríos afluentes de otros mayores; y, cuando ya crecidos, encuentran resistencia, golpean, y cada golpe produce corriente que se acelera, y golpean más y de nuevo. El movimiento incrementa su velocidad hasta que desbordan y derriban cualquier resistencia que se oponga a su ciego impulso. ¿Qué meta buscan? No hay meta, no hay destino, sino mantenerse en movimiento, no estancarse.

Heráclito pensó un mundo fluido en perpetuo movimiento, en guerra permanente de contrarios, donde nada permanece sino el cambio. El río es el paisaje del devenir, la fuerza transformadora de la quietud. Sin más fin ni propósito que seguir adelante, y no por una malvada naturaleza, sino porque lo líquido no se sostiene, no se yergue, fluye, esa es su condición. Sí, no nos podemos bañar dos veces en el mismo río, y, sin embargo edifica cauces en donde acudir al baño, convocando en sus orillas un paisaje de ribera propio y exclusivo de su condición fluida.

Así resiste la tierra, su contrario, colonizando desde la retaguardia de su derrota, facilitando el tránsito de su enemigo, restándole elementos para dar vida a sus colonos. Y, poco a poco, la batalla se iguala, y la resistencia se hace más firme, el río se retuerce en meandros, inicia un largo camino para permanecer en su perpetuo movimiento que sólo cesa en el momento final en donde toda agua se encuentra, en ría o delta. La corriente ya no tiene más resistencia que los vaivenes de su propio movimiento. Alcanza su territorio líquido, el ancho mar, que no es el morir, sino su lugar propio desde donde se inicia un nuevo ciclo del agua.

Arribes del Duero.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

El río, como la acción del hombre, conquista el territorio que, en su marcha, siempre triunfal, se encuentra y lo transforma en paisaje. Si el paisaje es el resultado de una acción transformadora, el agua de los ríos produce paisajes. Paisajes que, por su indiferencia, ceden a otros elementos para que se establezcan, lo habiten y prosperen. Paisaje sin intención ni mirada. Riberas tranquilas y veloces torrentes, pozas profundas, lagos y lagunas, cañones, cascadas e incluso cataratas. El movimiento del agua dinamiza los territorios y transforma, como nadie, la tierra. La Tierra es el paisaje que el agua ha producido a lo largo de millones de años.

Y es vida y, como vida, se desborda y anima y, como vida, siembra también muerte y destrucción. Porque la vida no se agota, es una cadena de reproducción. Y así, en sus riberas, florecerán los árboles en donde nidificarán las aves, y en su cauce nadarán los peces y toda una suerte de fauna que se concentrará tras ellos. Y los hombres edificarán sus ciudades en las tierras fértiles que el agua riega. Qué sería del antiguo Egipto sin las aguas del Nilo, de la India sin el Ganges, de la Europa central sin el Rhin o el Danubio, de la selva sin el Amazonas o el Orinoco, de Norteamérica sin su Mississippi.

Singular confluencia de dos cauces de agua, una ferruginosa. Costa Rica.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Heráclito tenía más razón que Parménides, y es hora ya de reivindicarle y aprovechar su enseñanza. Nuestra cultura se ha construido sobre la creencia ciega y el deseo firme de lo permanente y estable, de lo quieto e inmóvil, y nuestra comprensión del ser y nuestra relación con él ha sido sobre la ficción de su permanencia. Pero, “todo fluye, nada permanece“, salvo el propio devenir. Es hora ya de pensar de otro modo, de sentir de otro modo, de acostumbrarnos a ese cambio que es la vida. Tampoco nuestras instituciones pueden pretender la permanencia; deben, si acaso, remontar la corriente, nadar entre las aguas que las harán cambiar. Todo cambia y desaparece para que nuevas cosas emerjan ocupando su espacio.

El río de la vida es como el resto de los ríos, fluido, dinámico, cambiante. Por mucha protección y seguridad que busquemos para estar si quiera un minuto más, seamos conscientes que una corriente acabará con nuestras más firmes murallas y nuestras defensas más férreas. Pensar como el agua, vivir en la corriente, sobrevivir a su fuerza. Comprender la lógica del cambio, un saber que Heráclito declaró tener, pero la tentación de mantener el privilegio, lo firme y estable de una posición, la seguridad del territorio conquistado, nos ha hecho perder de vista que cualquier corriente se desborda y cambia su curso.

Alto Indo, Pakistán.

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Las culturas orientales han entendido mucho mejor el fenómeno de la vida y han dado un significado mucho más preciso a lo fluido del agua. Hasta Bruce Lee nos lo quiso transmitir, aunque nuestros publicistas denigraran su mensaje: ¡Be water, my friend!

“Vacía tu mente. Libérate de las formas, sé moldeable como el agua. Si pones agua en la taza, se convierte en la taza. Pon agua en una botella y será la botella, ponla en la tetera y será la tetera. El agua puede fluir o puede golpear. Sé agua, amigo. El agua que corre nunca se estanca, así que hay que seguir fluyendo.”

reflexiones sobre el paisaje

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